lunes, 31 de julio de 2017

Jack Kerouac - Doce haikús




Detrás del supermercado
                entre la maleza del aparcamiento,
Flores moradas



El Gran Jefe Caballo Loco
                mira al norte entre lágrimas
La llegada de las primeras nieves



En la escarcha de la mañana
                los gatos
Pisaban despacio



Chicas preciosas suben corriendo
                los escalones de la biblioteca
Con esas minifaldas



Mao Tse Tung ha tomado
                demasiadas setas sagradas
De Siberia en otoño



Atardece —un niño
                aplasta dientes de león
Con un palo



Campo de béisbol vacío
—Un petirrojo    
A saltitos por el banquillo



Lluvia gris de primavera
                —Y nunca podé
Los setos



El gato come cabezas de pescado
                —Todos esos ojos
a la luz de las estrellas



La silla de verano
                por sí sola se mece
En la ventisca



Campanas de misa en el pueblo
                —La excavadora
en la yerba



Nubes de Iowa,
                una detrás de otra
Hacia la eternidad



De Libro de Jaikus (Bartleby, 2007)
Traducción de Marcos Canteli

domingo, 23 de julio de 2017

Ocho piezas de Yoko Ono




PIEZA DE COLECCIÓN

Coleccionar en la mente los sonidos que
se han escuchado casualmente en la semana.
Repetirlos mentalmente en distinto orden
una tarde.

Otoño 1963




PIEZA DE ATRÁS I

Apagar la luz.
Ponerse detrás de una persona durante cuatro horas.




PIEZA DE ATRÁS II

Apagar la luz.
Caminar detrás de una persona durante cuatro horas.

Invierno 1961




PIEZA DE ESCONDITE

Esconderse hasta que todos se vayan a sus casas.
Esconderse hasta que todos se olviden de uno.
Esconderse hasta que todos mueran.

Primavera 1964




PIEZA DE CIUDAD

Caminar por toda la ciudad con un cochecito de bebé vacío.

Invierno 1961




PIEZA DE NIEVE

Pensar que está cayendo nieve.
Pensar que está cayendo nieve en todas partes
todo el tiempo.
Al hablar con una persona, pensar
que la nieve está cayendo entre
ambos.
Dejar de conversar cuando se piensa
que la persona está cubierta de nieve.

Verano 1963




PIEZA DE PIEDRA

Buscar una piedra que tenga el tamaño o el peso de uno.
Romperla hasta convertirla en polvo fino.
Tirarlo al río. (a)
Enviar pequeñas cantidades a los amigos. (b)
No decirle a nadie lo que se ha hecho.
No explicar sobre el polvo a los amigos
a quienes se les envió.

Primavera 1963




PIEZA DE QUEMAR

Hacer diferentes objetos para quemar.
Los objetos deben ser materiales y
complejos.

                p. ej:     autobiografía
                               bordado
                               juego de mahjong
                               silla tallada
                               estudio electrónico, etc.

Apreciar la diferencia de tiempo
que tardan en arder.
La pieza está lista cuando se conviertan en ceniza.

No utilizar objetos industriales para quemar.

Primavera 1960




De Pomelo (Ediciones de la Flor, 1970)
Traducción de Pirí Lugones

lunes, 3 de julio de 2017

Elizabeth Bishop - El pez


Pesqué un enorme pez, lo mantuve
junto a la embarcación, fuera del agua,
a medias, con mi anzuelo
enganchado en su boca. No luchó,
no había opuesto ninguna resistencia.
Hoscamente pendía con su peso
demolido y horrible y venerable.
Su parda piel estaba en ciertas partes
descascarada como papel-tapiz, tenía formas
como rosas en pleno florecimiento, pero
tiznadas y diluidas por la vejez.
Lo moteaban percebes y rosetas
finísimas de cal. Lo infestaban
diminutos piojos marinos.
De su vientre colgaban
hilachas de sargazo.
Mientras sus branquias respiraban
el oxígeno atroz —aterradoras agallas,
sanas, tersas de sangre,
capaces de cortar brutalmente—
pensé en la basta carne blanca
comprimida como plumaje,
las espinas grandes y pequeñas,
los salvajes colores negro y rojo
de sus entrañas deslumbrantes.
su vejiga de natación
rosada como una enorme peonía.
Miré sus ojos amarillentos,
mucho mayores que los míos,
aunque menos profundos;
los iris empotrados y rellenos
con papel de estaño impreciso
visto a través de una mica antigua y con rayas.
Se movían levemente, aunque no
para corresponderme la mirada:
eran como un objeto
que se inclinara hacia la luz.
Admiré su cara resentida,
el mecanismo de su mandíbula.
Entonces vi
que de su labio inferior
—si eso puede llamarse labio—
húmedo, torvo, en forma de arma,
colgaban cinco viejos sedales,
o tal vez cuatro y un alambre
con el sistema giratorio aún atado,
y sus cinco grandes anzuelos
firmemente clavados en su boca.
Un sedal verde, hilachas a su término,
donde el pez lo rompió;
dos sedales más gruesos
un esbelto hilo negro, rizado
por forcejeos y sacudimientos
de cuando se libró y pudo escapar.
Como medallas de raídos listones
oscilantes, cinco pelos,
barbas de la sabiduría,
brotaban
de su mandíbula doliente.
Yo miraba y miraba
y la victoria llenó
la embarcación de alquiler,
desde el fondo junto a la quilla
donde el petróleo desplegaba un arcoíris
en torno del motor comido de óxido,
hasta el desaguador anaranjado, las bancas
hendidas por el sol, las chumaceras
en sus toletes, hasta que todo fue
arcoíris, arcoíris, arcoíris.
Y dejé que el pez escapara.


De Más de dos siglos de poesía norteamericana I (UNAM, 1993)
Traducción de José Emilio Pacheco

viernes, 30 de junio de 2017

Adam Zagajewski - El indescriptible cinismo de la poesía



EL INDESCRIPTIBLE CINISMO DE LA POESÍA

El universo interior, donde la poesía es la soberana absoluta, tiene la particularidad de ser inefable. Es como el aire; aparecen en él corrientes, diferencias de temperatura y tormentas, pero su propiedad primordial es la transparencia total y absoluta. ¿Cómo actúa, pues, ese universo interior, que es inefable y, no obstante, nada desea tanto como expresarse? Se sirve de un subterfugio. Finge estar interesado, y mucho, por la realidad exterior. ¿Se hunde un gran estado? Estupendo, el universo interior está encantado: ya tiene un tema. La muerte aparece en el horizonte. El universo interior, que se cree inmortal, se estremece de alegría. ¿Una guerra? ¡De maravilla! ¿Un sufrimiento? ¡Albricias! ¿Los árboles? ¿Las rosas marchitas? ¡Todavía mejor! La realidad. ¡Bravo! La realidad es simplemente imprescindible; si no existiera habría que inventarla.
     La poesía se esfuerza por engañar a la realidad; finge preocuparse por sus pesares. Menea compasivamente la cabeza. Ay, otro terremoto —dice—. Oh, una nueva injusticia. Otra inundación, otra revolución. Otra vez alguien ha envejecido.
     La poesía teme que su secreto se descubra. Un día, la realidad se percatará de que el corazón de la poesía está frío. O que la poesía no tiene corazón, sino unos ojos enormes y un oído muy fino. De pronto, la realidad comprenderá que no ha sido para la poesía más que un pozo inagotable de metáforas, y se esfumará. La poesía se quedará sola en el mundo, muda, vacía, triste e intransmisible.



MATÉ A HITLER

Se me ha hecho tarde; soy viejo. Ya es hora de contar lo que sucedió en el verano de 1937 en un pequeño pueblo de Hessen. Maté a Hitler.
     Soy holandés, un encuadernador jubilado desde hace mucho. En los años treinta, me apasionaba la política europea, muy trágica por aquel entonces. Dicho sea de paso, mi mujer era judía, de modo que mi interés por la política no tenía nada de académico. Decidí liquidar a Hitler, yo solito, con métodos artesanales, precisos, como se encuaderna un libro. Y lo logré.
     Sabía que, en verano, a Hitler le gustaba viajar prácticamente sin escolta con un grupo reducido de amigos y que solía detenerse en los restaurantes veraniegos de pequeñas aldeas para comer a la sombra de los tilos.
     ¿A qué vienen todos estos detalles? Sólo diré una cosa: lo maté a tiros y logré huir.
     Era domingo, hacía bochorno, se avecinaba una tormenta, las abejas revoloteaban como ebrias.
     El restaurante se ocultaba bajo unos árboles enormes. El suelo estaba recubierto de una grava menuda. Era casi completamente oscuro y reinaba una modorra tan pesada que tuve que hacer un gran esfuerzo para apretar el gatillo. La botella de vino se volcó y el líquido rojo se derramó por el mantel de papel blanco.
     Después, corrí con mi pequeño automóvil como alma que lleva el diablo, pero nadie me perseguía. Estalló una tormenta, cayó un aguacero.
     Por el camino, tiré la pistola a una zanja poblada de ortigas; ahuyenté a dos ocas, que se dieron a la fuga tambaleándose torpemente.
     ¿A qué vienen tantos detalles?
     Regresé triunfante a casa. Me arranqué la peluca, quemé la ropa y lavé el coche.
     De poco me sirvió todo aquello porque, al día siguiente, alguien que se parecía al muerto como un huevo a otro huevo y que era quizá aún más despiadado que él ocupó su lugar.
     La prensa no hizo ni una sola mención al asesinato. Uno había desaparecido y había aparecido otro.
     Aquel día, las nubes eran completamente negras y el aire se pegaba a la piel como la melaza.



EL ÉXTASIS Y LA IRONÍA

En poesía se encuentran dos elementos contradictorios: el éxtasis y la ironía. El elemento extático está relacionado con la aceptación incondicional del mundo y de todo lo que tiene de cruel y absurdo. En cambio, la ironía es una representación artística del pensamiento, de la crítica y de la duda. El éxtasis está dispuesto a abarcar el mundo entero, mientras que la ironía, que sigue el rastro de las ideas, lo pone todo en tela de juicio, plantea preguntas capciosas, hace dudar del sentido de la poesía e incluso de sí misma. La ironía sabe que el mundo es triste y trágico.
     Que dos elementos tan distintos puedan dar forma a la poesía es algo desconcertante y, mirándolo bien, incluso embarazoso. No es de extrañar, pues, que casi nadie lea poemas.



EN DEFENSA DEL ADJETIVO

A menudo nos repiten que debemos suprimir los adjetivos. Un buen estilo —oímos decir— puede prescindir perfectamente del adjetivo; le basta el arco sólido del sustantivo y la flecha ubicua del verbo. Y, sin embargo, el mundo sin adjetivos es triste como el quirófano en el día de domingo. Una luz azulina se filtra a través de las ventanas frías, zumban en voz baja los mustios tubos fluorescentes.
     El sustantivo y el verbo son suficientes para los soldados y los dirigentes de los países totalitarios. Porque el adjetivo es el garante indeleble de la individualidad de los objetos y las personas. He aquí un montón de melones en un tenderete. Para un adversario de los adjetivos la situación no presenta ninguna dificultad. «Los melones están en el tenderete». Y lo cierto es que un melón es amarillento como la tez de Talleyrand mientras discurseaba en el Congreso de Viena, otro es verde, inmaduro y lleno de arrogancia juvenil, y hay uno que tiene la cara chupada y se ha sumido en un silencio profundo y fúnebre como si no pudiera acabar de despedirse de los campos de Provenza. No hay dos melones iguales. Algunos son oblongos, otros rechonchos. Duros o blandos. Huelen a campiña y a amaneceres o están secos, resignados a todo, asesinados por el transporte, por la lluvia, por las manos de unos desconocidos y por el cielo plomizo de un suburbio parisino.
     El adjetivo es para la lengua lo que el color para las artes plásticas. Pongamos por caso a ese señor de edad provecta que se ha sentado a mi lado en el vagón de metro: ¡es una mina de adjetivos! Finge dormitar, pero observa a los pasajeros por debajo de los párpados entornados. Por su rostro vaga una sonrisa guasona que a ratos se convierte en un mohín irónico. No sé si lo que habita en su interior es un desespero apacible, cansancio o un sentido del humor inmune a la acción destructora del tiempo.
     El ejército limita la cantidad de adjetivos. Sólo el adjetivo «uniforme» parece complacer sus ojos sin color. Ropa uniforme, carabinas uniformes. Quien, después de unas maniobras, se pone el traje de civil para ir a dar un garbeo por una ciudad de civiles recuerda la increíble explosión de adjetivos, colores, matices, formas y diferencias con la que saluda el cosmos repleto de individualidades bien marcadas.
     ¡Viva el adjetivo! Pequeño o grande, olvidado o actual. ¡Te necesitamos, oh adjetivo maltratado por los puristas! ¡Nos haces falta, oh adjetivo moldeable y esbelto que yaces ingrávido, ojo avizor, sobre los objetos y las personas, velando por que no se pierda el sabor vivificante de la individualidad! Ciudades sombrías y calles bañadas en un sol pálido y cruel. Nubes del color de las alas de las palomas y grandes nubarrones negros rebosantes de ira: ¿qué sería de vosotras sin las alígeras flotillas de adjetivos que siguen vuestra estela?
     La ética no sobreviviría ni un solo día sin adjetivos. Bueno, malo, artero, magnánimo, vengativo, apasionado, noble —he aquí unos vocablos que brillan como la cuchilla de la guillotina.
   Y, si no fuera por los adjetivos, tampoco habría recuerdos. La memoria está construida con adjetivos. Una calle larga, un día tórrido de agosto, un portillo chirriante que conduce al jardín y allí, entre las grosellas recubiertas de polvo estival, tus ingeniosos dedos («tus» también es un adjetivo —sólo que posesivo—). 



De Dos ciudades (Acantilado, 2006)
Traducción de J. Slawomirski y A. Rubió

martes, 13 de junio de 2017

Tres poemas de Ilya Kaminsky




BAILANDO EN ODESA

     En una ciudad gobernada conjuntamente por palomas y cuervos, las palomas cubrían el distrito central y los cuervos el mercado. Un niño sordo contó los pájaros que había en el patio de su vecino y obtuvo un número de cuatro dígitos. Marcó ese número en el teléfono y le declaró su amor a la voz del otro lado.

     Mi secreto: a la edad de cuatro años me quedé sordo. Cuando perdí el oído, empecé a ver voces. En un tranvía lleno de gente, un hombre con un solo brazo me dijo que mi vida estaría misteriosamente conectada a la historia de mi país. Y sin embargo mi país ha desaparecido; sus ciudadanos se dan cita en sueños para realizar elecciones. El hombre no describió sus caras, sólo unos pocos nombres: Roldán, Aladino, Simbad.



JOSEF BRODSKY

     Josef se ganaba la vida dando clases de todo, desde ingeniería hasta griego. Sus ojos eran soñolientos y pequeños, su cara dominada por un enorme bigote como el de Nietzsche. Murmuraba. ¿Te gusta Brahms? No te puedo oír, le dije. ¿Qué tal Chopin? No te puedo oír. ¿Mozart? ¿Bach? ¿Beethoveen? Tengo problemas de audición, ¿podría repetirme lo que dijo, por favor? Vas a tener mucho éxito en la música, dijo él.

     Para conocerlo, me voy de vuelta al Leningrado de 1964. Las calles están endiabladamente frías: nos sentamos en el pavimento; el inicia abruptamente (una risa seca, un cigarrillo) a contarme la historia de su vida. Mientras hablamos sus palabras se convierten en carámbanos. Yo las leo en el aire.



BAILANDO EN ODESA

Vivíamos al norte del futuro, los días abrían
cartas firmadas por un niño, una frambuesa, una página de cielo.

Mi abuela arrojaba tomates
desde su balcón, tiraba de la imaginación como de un mantel
sobre mi cabeza. Yo pintaba el rostro de mi madre.
Ella entendía de soledad,
escondía a los muertos en la tierra como si fueran partisanos.

La noche nos desvistió (yo le tomé
el pulso) mi madre bailó, y llenó el pasado
con duraznos y cacerolas. Con esto mi doctor se reía, su nieta
tocó mi párpado —yo la besé

detrás de su rodilla. La ciudad tembló,
un barco fantasma se hacía a la mar.
Y mi compañero de escuela inventó veinte nombres para judío.
Él era un ángel, no tenía nombre,
y sí, luchamos. Montados en tractores, mis abuelos pelearon

contra los tanques alemanes, yo guardaba una maleta llena
con poemas de Brodsky. La ciudad tembló,
un barco fantasma se hacía a la mar.

De noche, me despertaba a susurrar: sí, estuvimos vivos.
Estuvimos vivos, sí, no digas que fue un sueño.

En la fábrica local, mi padre
tomó un puñado de nieve, lo puso en mi boca.
El sol dio comienzo a su narración rutinaria,

blanqueaba sus cuerpos: madre y padre bailaban, se movían
mientras la oscuridad bailaba a sus espaldas.
Era abril. El sol lavó los balcones, abril.

Yo recuento la historia que la luz bosqueja
en mi mano: Librito, vete a la ciudad sin mí.



De Bailando en Odesa (Valparaíso, 2014)
Traducción de G. A. Chaves

lunes, 29 de mayo de 2017

Tres poemas de Ana Blandiana




ANIMAL PLANET

Más inocente, aunque no inocente,
en este universo donde
las leyes de la naturaleza deciden por sí mismas
quién tiene que matar a quién
y el que mata más es rey:
con cuánta admiración se filma
al león plácido y feroz descuartizando a la gacela,
y yo, al cerrar los ojos o el televisor,
siento que participo menos en el crimen,
aunque sé que el candil de la vida
se ha de llenar siempre con sangre,
la sangre de otro.

Más inocente, aunque no inocente,
me senté a la mesa con cazadores,
aunque gozaba acariciando las largas y sedosas
orejas de los conejos
arrojados, como en un catafalco, sobre el mantel bordado.
Culpable, aunque no hubiera apretado el gatillo
pues me tapaba los oídos, horripilada ante el ruido de la muerte
y ante el olor a sudor descarado de los que disparaban.

Más inocente, aunque no inocente,
en todo caso más inocente que tú,
autor de esta inclemente perfección,
que todo lo decidiste
y luego me enseñaste a ofrecer la otra mejilla.




IGLESIAS CERRADAS

Iglesias cerradas
como casas cuyo dueño se marchó
sin mencionar por cuánto tiempo,
y sin dejar sus señas.
A su alrededor la ciudad
hace girar tranvías, bicicletas,
bocinas y reclamos,
apresurados habitantes
venden y compran, venden y compran,
comen andando
y a rato, al cansarse,
paran para tomarse un café
en la mesita de la acera
junto a una catedral del siglo XI,
que miran sin llegar a ver,
pues hablan por teléfono
y sin pararse a pensar
quién habrá sido el que una vez moró
una casa tan grande.




DESFLORACIÓN

Mariposas y abejas
siguiendo cada cual su ley,
ocultándose lúbricas entre estambres,
mientras palpitan las corolas
excitadas, conteniendo su ira.
Amantes de las ambivalentes flores
que pagan con la miel
y con esta desfloración
el envío de polen
a cuenta de
la salvación de la muerte.




De Miniaturas de tiempos venideros. Poesía rumana contemporánea (Vaso Roto, 2013)
Traducción de Catalina Iliescu Gheorghiu

jueves, 4 de mayo de 2017

Cinco poemas de Safo




Cuando vi a Eros
            descendiendo
            de los cielos

llevaba un manto de soldado

            de intenso
            color púrpura.




De pie junto a mi lecho,
            en sandalias doradas,
me ha despertado el Alba del instante.

Me he preguntado

            ¿Safo,
qué puedes dar a Afrodita
que todo lo posee?

Me he dicho entonces

            en su altar quemaré los fémures
            de una cabra blanca.




Con su veneno irresistible
            y agridulce

ese aflojador de miembros,
el Amor

            como un reptil
me ha derribado.




Sé amable conmigo

Gongyla,

sólo te pido que uses el vestido
blanco crema cuando vengas.




Sin aviso

            como un torbellino
            abatiendo una encina

el amor sacude mi corazón.




De Ahora, mientras danzamos. Poemas de Safo (Pequeño Dios Editores, 2012)
Versiones de Soledad Fariña