viernes, 9 de noviembre de 2018

Mircea Cărtărescu - Un fragmento sobre poesía



Al final de la Segunda Guerra Mundial, un excombatiente, Seymour Glass (cuenta J. D. Salinger) es invitado a cenar con la muy burguesa familia de su prometida, Muriel. Los padres de esta, preocupados por las rarezas del joven, le hacen la clásica pregunta sobre la carrera que le gustaría desarrollar después de la guerra. Para su consternación, Seymour responde que no querría ser otra cosa que un gato muerto. Naturalmente, ellos se toman su respuesta como una prueba más de su locura, sin saber que el maravilloso personaje (un nuevo príncipe Mishkin, en definitiva), un poeta por excelencia, se refería a una antigua parábola zen. «¿Cuál es el objeto más valioso del mundo?», le preguntan a un maestro zen. «Un gato muerto —responde él—, pues nadie puede ponerle precio».

   La poesía es el gato muerto del mundo consumista, hedonista y mediático en el que vivimos. No se puede imaginar una presencia más ausente, una grandeza más humilde, un terror más dulce. Nadie parece ponerle precio y, sin embargo, no existe nada más valioso. Solo la encontramos en las librerías si tenemos la paciencia de llegar hasta las últimas filas de las estanterías. Los poetas no tienen ya estatuas, como en el siglo XIX, ni reputación, como en el siglo XX. Obsesionadas por las ventas y la rentabilidad, las editoriales huyen de la poesía como alma que lleva el diablo. No se puede imaginar hoy en día un destino más dramático que el del poeta que decida consagrar toda su vida al arte. Los antiguos arruinaban su vida (en muchas ocasiones también la de otros) por la locura de un verso hermoso, pero confiaban al menos en el reconocimiento de las generaciones venideras. Ellos podían creer sinceramente que la belleza —como dijo Dostoievski— es la salvación del mundo, pero hoy ya no sabemos qué es la belleza, ni tampoco el mundo, y no entendemos qué significa «salvar». ¿Qué vas a salvar si vivimos en lo inmanente y lo aleatorio? Sin la perspectiva de conseguir algo a través del arte y, en definitiva, de su profesión, sin la esperanza en la gloria y en la posteridad, el poeta está condenado a la vida asocial y fantasiosa del consumidor de hachís. «El poeta, como el soldado, no tiene vida propia, / su vida propia es polvo y pólvora», escribía Nichita Stănescu. Hoy, cuando la civilización del libro agoniza y cuando penetramos con voluptuosidad en los espantosos desfiladeros de lo virtual, la poesía es menos visible aún. La modernidad implicaba una civilización centrada en la cultura, una cultura centrada en el arte, un arte centrado en la literatura y una literatura centrada en la poesía. La poesía en la época de Valéry, Ungaretti y T. S. Eliot era el meollo del meollo de nuestro mundo. Ahora, la descentralización posmoderna ha producido una civilización sin cultura, una cultura sin arte, un arte sin literatura y una literatura sin poesía. En cierto modo, los polos de la vida humana se han invertido de manera brusca y las primeras víctimas han sido los poetas.

   Y, sin embargo, humillada y disuelta en el tejido social, casi desaparecida como profesión y como arte, la poesía sigue siendo omnipresente y ubicua como el aire que nos envuelve. Pues, antes que una fórmula y una técnica literaria, la poesía es un modo de vida y una forma de mirar el mundo. Expulsados de nuevo de la ciudadela, los poetas han aprendido a luchar con las mismas armas que la civilización que los condena. Se han refugiado en las redes de los blogs literarios, donde publican libremente sus textos eludiendo las servidumbres de toda forma de comercialización, y han encontrado cobijo en los lyrics de la música rock y el rap, han conquistado las almenas de los vídeos musicales y comerciales. Han aprendido a competir en los slams de poesía interpretada. Han comprendido la alegría del anonimato, la alegría de la autosuficiencia de producir textos para unos cuantos amigos, han aprendido a protegerse de la brutalidad del mundo circundante y de la vulgaridad del éxito. Nada es más discreto, más admirable y más triste, en cierto sentido, que el poeta de hoy, el último artesano en un mundo de copias sin original, como escribía Baudrillard, el último ingenuo en un mundo de arribistas.


De El ojo castaño de nuestro amor (Impedimenta, 2012)
Traducción de Marian Ochoa de Eribe

lunes, 29 de octubre de 2018

Dos poemas de Charles Simic





MENÚ DEL DÍA

Señor, sólo nos queda
una cuchara y un cuenco vacío
del que servirse
grandes sorbos de nada

y pretender que eso que come
es una sopa espesa, oscura
un potaje humeante
en el cuenco vacío.




LA MÉDIUM

Esta mesa redonda era de una mujer
que convocaba a visitantes fantasmales
y transmitía sus crípticos mensajes
a los presentes, que se daban la mano en círculo,
con los rostros iluminados vagamente por una vela,

esperando sentir al ser amado
o al menos escuchar esa voz familiar
saludarnos de nuevo, revelar un secreto
desde el otro lado de la tumba,
hacer que algún oyente se tape los oídos
otro rompa a llorar,

mientras al otro lado de las gruesas cortinas
comienzan a caer copos de nieve
sobre la noche oscura, fría y silenciosa,
cada cual decidido a enterrar algo,
no importa cuán pequeño ni cuán grande.




De El lunático (Vaso Roto, 2017)
Traducción de Jordi Doce.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Tres poemas de Denise Levertov





ATENTA

Cuando encontré la puerta
me encontré
con que las hojas del parral
hablaban entre ellas, susurrando.
Al notarme, retuvieron su aliento verde, incómodas,
como los hombres cuando abotonan sus abrigos
fingiendo que se estaban yendo ya,
como si la conversación
hubiera terminado justo antes de que una
llegara.
Me gustó, sin embargo,
lo que alcancé a entrever
de sus ocultos gestos.
Y me gustó el susurro de sus voces secretas.
La próxima
me moveré muy lentamente,
como la luz del sol, abriendo
la puerta de a milímetros,
y escucharé tranquila
sin hacer ruido.




EL SECRETO

Dos chicas, en un verso
súbito, descubren
el secreto de la
vida.

Yo que no sé el
secreto escribí
el verso. Ellas
me contaron

(a través de un tercero)
que lo habían encontrado
pero no sé en qué consistía
ni siquiera

cuál era el verso. Ahora no tengo
dudas, pasada más de
una semana, de que olvidaron
el secreto,

el verso, el nombre
del poema. Las amo
porque vieron lo que
no puedo ver,
y por amarme por
el verso que escribí,
y por olvidárselo
de modo que

mil veces más, hasta que las alcance
la muerte, pueden descubrirlo
de nuevo en otros
versos

en otros
acontecimientos. Y por
querer saberlo,
por

suponer que existe
tal secreto, sí,
por eso
más que nada.




VIVIR

Es el fuego en las hojas y en el pasto
tan verde que parece
cada verano el último verano.

Sopla el viento, las hojas
se estremecen al sol,
todos los días el último día.

Hay una salamandra
roja, muy fría
y fácil de atrapar,

que mueve, como en sueños,
sus delicadas patas y su larga cola.
Dejo la mano abierta para que pueda irse.

Cada minuto el último minuto.




De Cada verano el último verano (Zindo & Gafuri, 2018)
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg y Alejandro Crotto

lunes, 8 de octubre de 2018

Paul Valéry - Algunas notas sobre poesía



En los espíritus no-poéticos se manifiesta siempre una tendencia a traducir al lenguaje de la prosa el texto escrito en verso. Es lo que ellos llaman “comprender”. Esta operación sólo es posible cuando el poema no vale nada; es la demostración de lo inútil y arbitrario de su condición formal.


*


Algunos oponen la geometría a la poesía. Por mi parte, cuando la poesía languidece, hago con gusto geometría, y con frecuencia veo reaparecer la poesía por reacción natural contra un abuso de la geometría.


*


Un verdadero escritor es aquel que no encuentra las palabras. Entonces las busca. Pero al buscarlas encuentra las mejores.

Un artista no traduce palabra por palabra sino efecto producido a efecto por producir.

La más bella y fuerte conmoción interior no tiene necesariamente ninguna relación con el lenguaje.

El arte comienza sacrificando la fidelidad a la eficacia.


*


Escribir: intento de otorgar a algunos fenómenos pasajeros cierta existencia, cierta duración permanente.


*


El sentimiento, o aquello que vagamente se denomina con esta palabra, no interviene para nada en la invención o en los hallazgos del poeta o el músico.

Los verdaderos hallazgos son el resultado de una especie de cristalización brusca o semibrusca. Son arreglos sui generis, nacidos del azar. Ese azar, o las diversas circunstancias, pueden albergar el sentimiento o la emoción, pero sólo en calidad de elementos.

Este ordenamiento tiene mucha semejanza con los fenómenos de la memoria, o de la resonancia generalizada. Así, el ruido o el sonido tenue de un choque metálico puede producir bruscamente una disposición favorable a una jugada feliz.

Pero además se necesita tacto y adiestramiento, conciencia de sí mismo, análisis de esta conmoción extraordinaria.

El talento intenta imitar, volver habitual —funcional —, este azar.


*


No se hacen buenos versos con buenos sentimientos.


*


Siempre he intentado hacer del trabajo literario una especie de cálculo. Después de todo se trata de realizar una obra aplicada, como cuando haces una casa o una máquina.


*


A partir de la misma impresión uno crea una melodía, otro una teoría analítica.


*


Poesía es el arte de hablar sin decir nada, pero para sugerirlo todo.


*

Habría que ser muy ingenuo para atribuir a un poeta los sentimientos que manifiesta en sus versos.

Y los versos tendrían que ser muy malos para poner de manifiesto los sentimientos del autor. Por lo menos así sucede en lo que se conoce.



De Notas sobre poesía (Hilos editora, 2015)
Traducción de Hugo Gola

jueves, 4 de octubre de 2018

Eduardo Padilla - Cinco fragmentos de Hotel Hastings




1.

Dejé la escuela y me fui vivir a East Hastings con todos lo demás fantasmas.
Aquel mausoleo
me abrió sus puertas
como a un hijo que vuelve de la guerra perturbado
pero lleno de gratitud.
Tres pisos de gris angostura
montada encima de una carnicería
donde las moscas bailaban en líneas
la danza que junta a los vaqueros
bajo el hospicio
de la cabeza de cerdo
que flotaba, divina,
en el cielo del escaparate.
Cabeza de neón rosa
¿sólo a mí me cerraste el ojo?
¿sólo yo soñé
que tú intercedías por nosotros,
los niños muertos
de East Hastings?




7.

Cómo puedo describir Vancouver
si apenas sé describir una silla.

Hay un océano enfrente
y una isla que separa
a los monstruos.
¿Qué pasaría si no hubiera una isla?
¿Se comería el mar a Vancouver?
¿La dormiría en su pecho?

Aquí todo es limpio y estéril,
toneladas de aburrimiento vertical
en el distrito financiero.
Los nuevos tótems no tienen la gracia
de los antiguos—
¿qué es un tótem sin sus animales?
Es la ciudad de Vancouver.

Mejor no vengas.




9.

Hay color en Vancouver,
hay grises y blancos.
Mucho gris, sobre todo.

Un azul deprimido.

Hay también mucho verde, sabes,
a los canadienses les salen árboles
de todas partes.
Pero sólo en verano el verde sale a pregonar.

El resto del año es un glaucoma

un velo mortuorio hecho de asbestos

un burócrata que te va aplastando lento,
sin que te duela.




40.

Volvemos de la expedición
con cerveza y drogas
para todos.
Algunos gritan conmovidos
cuando ven el Super Nintendo
que hemos rescatado
de una casa de empeño.

Es una sensación de alegría comunal
que no había tenido nunca
y que no he vuelto a sentir
hasta la fecha.




42.

Recuerdo
el panquecito de arándano
que compré un día de otoño
y nubarrones negros.

Lo compré en un centro de ayuda
para mentes quebradas
allá donde Hastings
frota sus escamas
contra los muros del Barrio Chino.

Quién necesita esperanza
cuando hay pastelitos de arándano.

En efecto, no había luz en aquel lugar,
sólo había muffins
de ámbar,
radiantes
panquecitos de cristo
guiando nuestros pasos
sobre la negrura.




De Hotel Hastings (Ediciones Cinosargo, 2018)

lunes, 24 de septiembre de 2018

Tres poemas de Deborah Miranda




CARTOGRAFÍA INDÍGENA

Mi padre abre un mapa de California
—traza con el dedo sierras, ríos, límites de condados
como linajes. Tuolomne,
Salinas, Los Ángeles, Paso Robles,
Ventura, Santa Bárbara, Saticoy,
Tehachapi. Lugares donde fue feliz,
o donde la tragedia lo saludó
como un familiar viejo y desagradable.

Un pequeño punto azul marca
el lago Cachuma, creado cuando
reposaron el Santa Ynez, inundaron
el valle, dividieron
la niñez de mi padre: los días
en que aprendió a nadar de mala manera,
y los días en que caminó sobre las escamas plateadas,
las barrigas hinchadas de los salmones que volvían
a un río que no estaba allí.
El gobierno pagó a esos indígenas para que se mudaran,
dice, no sé a dónde fueron.

En sueños, mi padre,
después del solaz de una caja de cerveza,
persigue un deseo, una profundidad.
Cuando llega al valle
que ahogara un río desplazado
se tira al agua, boca abajo flota
con los ojos abiertos, mira hacia tierras
que no aparecen en ningún mapa. Quizá vea sombras,
un pueblo líquido,
que fluye en el agua oscura, cuerpos
largos que destellan con joyas de bordes filosos,
y bocas que todavía se abren y cierran
sobre las historias de nuestro hogar.




CIERVA

La cuelgan en el granero, cabeza abajo, la lengua gruesa,
goteando sangre. Me quedo sola
por un momento, me atrevo a acercarme para acariciar la piel oscura,
ya áspera del invierno; es cuando aún está entera,
indemne antes de ser destazada. No estoy segura
si le dispararon o le arrollaron
con la camioneta, pero viene de las montañas
fuera de estación, así que es la oscuridad lo que importa, no
cómo moriría. A lo largo del invierno, la comeremos
secretamente: bistec, guisos, huesos hervidos para el caldo
y los perros.  Pero lo que recordaré es
la manera en que las manos de los hombres le quitan el cuero, jalando
duro para separarlo de su carne. Un cuchillo de cazar
sin filo fractura y descoyunta la carcaza.
La desmiembra pedazo por pedazo.
El cuero desaparece —dejado sin curtir, tirado
al basural. Años más tarde camino
al granero, me raspo el pie contra
el piso manchado bajo la barra,
nunca le digo a nadie
                                               que me han tratado así.




LENGUAS

Mi hija no puede hablar. Le pido que abra la boca. Muestra una pequeña hoja de papel afilado incrustada en el costado de la lengua. Cuando empiezo a arrancarla, la lengua se abre en dos; al jalar, una hoja entera emerge. Espero que ella grite de dolor, pero no lo hace. Jalo más y más. Al fondo de la lengua, el papel se enraíza en el músculo. Debo usar las dos manos para desgarrar la hoja de la carne de la lengua. Aun así a ella no le duele. Cuando quito la hoja, doy un paso atrás, sin palabras, sin respiración. Mi hija y yo nos miramos. Ella tiene la boca abierta ligeramente; se ve la separación en la lengua. Yace abierta como un lenguado, como un filete. No puedo imaginar cómo podrá hablar. No me puedo imaginar qué idioma necesitará aprender, ni el que ya sabe.  



De En esa roja nación de sangre. Poesía indígena estadounidense contemporánea (La Cabra Ediciones, 2011).
Traducción de Katherine M. Hedeen y Víctor Rodríguez Núñez

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Bernardino de Sahagún - Fauna de Nueva España (fragmentos)




De las bestias fieras

Hay un animal en estas partes que se llama mazamiztli, quiere decir ciervo-león, el cual no sé si le hay en alguna otra parte; es del tamaño del ciervo y tiene el color del ciervo, y tiene sus uñas como ciervo, y los machos tienen cuernos como ciervo; pero tiene pesuños como león, muy agudos, y los dientes y colmillos como león; no come hierbas, anda entre los otros ciervos, y cuando quiere comer abrázase con un ciervo y con el pesuño ábrele por la barriga , comenzando desde las piernas hasta la garganta , y así le echa fuera todos los intestinos y le come; en ninguna cosa le conocen los otros ciervos, sino en un mal hedor que tiene.


Hay un animal que se llama tzoníztac; críase hacia la mar del sur, en la provincia de Toztlan y llámanle tzoníztac porque tiene la cabeza muy blanca tan solamente; es del tamaño el tigre o casi, es bajo de pies y de grueso cuerpo; come carne de las bestias silvestres. Cuando quiere cazar regaña como gato, y luego arrebata la caza; tiene las manos y los pies como tigre; es muy negro de todo el cuerpo y tiene la cola larga. Este animal muy pocas veces parece, y si alguno se encuentra con él y le ve la cabeza amarilla, es señal de que morirá presto; y si alguno le encuentra, y la parece con la cabeza blanca, es señal que vivirá mucho, en pobreza, aunque mucho trabaje: este agüero se tenía acerca de este animal. Mátanle con saeta.


Hay otro animal al cual llaman itzcuinquani, quiere decir comedor de perros; […] llámase comedor de perros porque de noche llega hacia las poblaciones, y desde cerca del lugar comienza a aullar y todos los perros que le oyen, le responden aullando, y van corriendo a donde él está, y en estando juntos con él los perros, mata los que ha menester para comer y cómelos, y los demás vanse; su comer son los perros, hállalos muy sabrosos este animal; según esta relación parece ser lobos.  





De las aves

Hay unas avecitas en esta tierra que son muy pequeñitas, que parecen más moscardones que aves; hay muchas maneras de ellas, tienen el pico chiquito, negro y delgadito, así como aguja; hacen su nido en los arbustos, allí ponen sus huevos y los empollan y sacan sus pollos; no ponen más de dos huevos. Comen y mantiénense del rocío de las flores, como las abejas, son muy ligeras, vuelan como saeta; son de color pardillo. Renuévanse cada año: en el tiempo del invierno cuélganse de los árboles por el pico, allí colgados se secan y se les cae la pluma; y cuando el árbol torna a reverdecer él torna a revivir, y tórnale a nacer la pluma, y cuando comienza a tronar para llover entonces despierta y vuela y resucita. Es medicinal, para las bubas, comido, y el que los come nunca tendrá bubas, pero hace estéril al que los come.


Hay otra avecilla que se llama yollotótotl; críase en la provincia que se llama Teotlixco, es hacia la Mar del Sur; es ave pequeñuela como una codorniz. Llámanse yollotótotl porque los habitadores de aquella provincia dicen que los corazones de los difuntos, o sus ánimas, se vuelven en aquella ave. Su canto es dulce y suave, la cabeza y el pecho y las espaldas son entre pardo y amarillo, la cola tiene negra, las plumas de las alas tiene ametaladas y las puntas blancas; es de comer.





De los animales del agua

Hay un pescado en la mar que se llama totomichin, quiere decir ave pez; dícese ave porque tiene la cabeza como ave, y el pico como ave y pica como ave, y tiene las alas largas como pez y la cola como pez.


Hay un pez en la mar que se  llama huitzitzilmichin; llámase así porque tiene el piquito muy delgado como el avecilla que se llama zinzon, que anda chupando flores.




De otros animales del agua que no son comestibles

Hay un animal en esta tierra que vive en el agua, nunca oído, el cual se llama ahuítzotl; es tamaño como un perrillo, tiene el pelo muy lezne y pequeño, tiene las orejitas pequeñas y puntiagudas, tiene el cuerpo negro y muy liso, tiene la cola larga y en el cabo de la cola una como mano de persona; tiene pies y manos, y las manos y pies como de mona; habita este animal en los profundos manantiales de las aguas; y si alguna persona llega a la orilla del agua donde él habita, luego le arrebata con la mano de la cola, y le mete debajo del agua y le lleva al profundo, y luego turba el agua y le hace vertir y levantar olas, parece que es tempestad del agua y las olas quiebran en las orillas y hacen espuma; y luego salen muchos peces y ranas del profundo del agua y andan sobre el haz del agua, y hacen grande alboroto en el agua. Y el que fue metido debajo del agua allí muere, y dende a pocos días el agua echa fuera el cuerpo del que fue ahogado, y sale sin ojos y sin dientes y sin uñas, que todo se los quitó el ahuízotl; el cuerpo ninguna llaga trae sino todo lleno de cardenales.




De las serpientes y otros animales de tierra de diversas maneras

Hay una culebra que se llama zolcóatl, quiere decir las culebra enemiga de las codornices, porque las engaña con su canto y las come. Es mediana, ni es muy gruesa ni muy larga; es pintada como las codornices, tiene el pecho blanco y la boca amarilla. Es muy ponzoñosa, a quien pica no tiene remedio; es fraudulenta, engaña con su canto a las codornices y a las personas; canta como codorniz, y las codornices que la oyen piensan que es codorniz y  vanse a ella, y entonces arrebátalas y cómelas; y algunos indios bobos, como oyen su canto, piensan que es codorniz, y van hacia donde está ella y pícalos, y mátalos. Los que son avisados, cuando oyen que canta esta culebra escuchan si responde otra codorniz, y si no la responde otra, ella torna a silbar o cantar en el mismo lugar que antes; entiende que esta es culebra zolcóatl, y guárdanse de ella; dicen que vuela esta culebra.


Hay una culebra en esta tierra que tiene dos cabezas: una en lugar de cabeza, otra en lugar de la cola, y llámase maquizcóatl; tiene dos cabezas y en cada una de ellas tiene ojos, boca y dientes y lengua; no tiene cola ninguna. No es grande, ni es larga, sino pequeña; tiene cuatro rayas largas por el lomo, y otras cuatro coloradas en un lado y otras cuatro amarillas en el otro. Anda hacia ambas partes, a veces la guía la una cabeza, y a veces la otra; y esta culebra se llama culebra espantosa, raramente parece; tienen ciertos agüeros acerca de esta culebra, como están en la letra. A los chismeros llámanlos por el nombre de esta culebra, que dicen que tiene dos lenguas y dos cabezas.   


Hay una culebra que se llama mazacóatl y es pequeña, tiene cuernos, es prieta, no hace mal ni tiene eslabones en la cola. De la carne de ésta usan los que quieren tener potencia para tener cuenta con muchas mujeres; los que la usan mucho, o toman demasiado de cantidad, siempre tienen el miembro armado y siempre despiden simiente, y mueren de ello.


Hay una culebra en esta tierra que se llama tetzauhcóat; ni es gruesa ni larga, tiene el pecho colorado, y el pescuezo así como brasa; pocas veces parece, y el que la ve cobra tal miedo que muere de él, o queda muy enfermo, y por eso la llaman tetzauhcóat, porque mata con espanto.


Hay otra culebra que se llama xicalcóatl, que quiere decir culebra de jícara. Hay unas grandes y otras pequeñas; críanse en el agua; cuando son grandes tienen en el lomo naturalmente nacida una jícara, muy pintada, de todos colores y toda labor. Esta culebra, cuando quiere cazar personas, llégase a donde pasan caminantes y demuestra la jícara sobre el agua, que anda nadando, y ella escóndese debajo de ella, que no parece; y los que pasan por allí, como ven la jícara, éntranse en el agua a tomarla, y ella poco poco se va llegando hacia lo hondo, y el que va a tomarla vase tras ella, y llegando a donde está hondo, comienza a turbarse el agua, y hace olas, y allí se ahoga el que iba tomar la jícara. Dicen que esta culebra es negra; sólo la jícara es de diversos colores.
  


De Fauna de Nueva España (Fondo de Cultura Económica, 2005)