lunes, 10 de junio de 2019

Tres poemas de W. S. Merwin




EL CABALLO

En un árbol muerto
está el fantasma de un caballo
ningún caballo
fue visto nunca cerca de árbol
pero el árbol nació
de una yegua
retozó con largas zancas
en praderas murmurantes
paró las orejas
alzó y sacudió la cabeza
y de pronto se quedó quieto
comenzando a recordar
mientras se le caían las hojas




ÁRBOLES

Estoy mirando los árboles
tal vez sean una de las cosas que extrañaré
más de la tierra
aunque muchos de los que he visto
ya no pueda recordarlos
y aunque pocas veces abrace los que veo
y aunque nunca he podido hablar
con uno
los escucho con ternura
nunca alcanzados por sus nombres
en ronda han cuidado mi sueño
y cuando estaba prohibido subirse a ellos
me han mecido en sus ramas




DESTINO

Nube en la mañana
al atardecer un ópalo blanco
tras un sol pálido
el ópalo iluminado se posa en la orilla
de negras montañas
algunos nacen oyendo ladrar perros en las montañas
entre altas paredes poco después del ocaso
y durante su vida saben cosas
que ni siquiera saben los que nacieron oyendo agua
o árboles o sollozos o flautas o risas




De La rosa náutica (El Tucán de Virginia, 1993)
Traducción de María Palomar y Jorge Esquinca

viernes, 8 de marzo de 2019

Tres poemas de Eloísa Oliva



SHAWNA

Shawna ofrece
internet de alta velocidad.
La atiende una mujer
que escucha con paciencia:
Este es un servicio que pueden disfrutar
usted y su marido. Shawna es amable,
tiene una voz dulce
y áspera, de edad
indefinida.
Parece cubrirte con una manta cada vez
que te habla.
¡Oh, querida!, dice la mujer
al teléfono,
tengo ochenta y cuatro años, mi marido se fue hace cinco,
estoy completamente sola, eso no me serviría.
Shawna vive en Winnnipeg y escucha
canciones de la Velvet Underground,
cuando era más joven
fue hermosa y también
heroinómana.
¡Oh señora!, dice estirando su manta sobre ella,
no quería molestarla, gracias por su tiempo.
¡Oh no, querida, no es un problema!,
yo les agradezco
por las cosas bonitas que siempre me ofrecen
contesta la mujer, desde la
frontera del mundo.
Su mano
casi que se deshace
mientras cuelga el teléfono y
se acomoda el peinado



ZYRUS

Zyrus Buensuceso es
un chico promedio
estatura promedio, inteligencia
promedio
no ha tenido
una suerte especial
ni una vocación
ni una fantasía.
Cada uno de sus días está dividido en tres.
El primer tercio de vigilia lo pasa
sentado en un box, aislado
acústicamente.
Uno de los quinientos boxes
que la compañía para la que trabaja
tiene en su oficina
de Welland, Ontario, Canadá.
No es amable ni tampoco
agresivo, llega a su tope
de producción y está contento.
Tiene una hija pequeña
y un Buick modelo 72
estacionado en la entrada
de su hogar prefabricado.
El segundo tercio suele pasear en su auto
recorrer los suburbios
de la gente más rica, las casas
grandes y viejas, donde columnas de humo
brotan de las chimeneas.
Los domingos
lleva a su familia
hasta los lagos cercanos,
a ver los patos salvajes
que ahí se reproducen
y nadan.
En las noches de verano, algo
le impide dormir.
Se sienta en el porche
mira pasar a los chicos de la cuadra
sabe que envejece, y su hija también
pero todo es tan
tranquilizador...
Destapa su cerveza
y espera
a que la noche
se termine de evaporar.



KIMBERLY

La última navidad
Kimberly se compró
una Harley Davidson
de gran cilindrada. “120 caballos
de potencia, una máquina
de verdad”, se dijo
al lustrar el fuerte, cromado cuerpo
de su moto nueva.
De lunes a viernes la deja descansar
mientras entrena
nuevos equipos de venta. Dedicada
como una gran madre
muestra los trucos
para una buena llamada.
Le gusta escuchar las historias
de sus trainees. Pregunta,
siempre pregunta. Como buena madre,
Kimberly pregunta
pero no cuenta.
Un día está enferma, se la escucha
tan débil, su voz
no encaja en su torso
de cantante de ópera.
Entonces a ellos
les toca escuchar:
Cada sábado, subida a mi Harley
recorro el asfalto de la interestatal.
Me gusta recibir
el viento en la cara
olvidarme de todo y
acelerar, mientras la ruta
se deshace, metro a metro, bajo las ruedas.



De El tiempo en Ontario (Editorial Nudista, 2012)

jueves, 21 de febrero de 2019

Tres poemas de Ron Padgett



POEMA

Estoy en casa.
Afuera está lindo: un sol
cálido sobre la nieve fría.
Primer día de primavera
o último de invierno.
Mis piernas bajan corriendo
la escalera y cruzan
la puerta, mi mitad
superior tipeando aquí.



MARIPOSA

Chuang Tzu escribió sobre un hombre
que soñó que era una mariposa
y cuando despertó
no sabía si era o no
una mariposa que soñaba ser un hombre.
La idea me encanta
aunque no creo que Chuang Tzu
realmente pensara que un hombre pudiera pensar
que es una mariposa,
porque una cosa es despertarse
de un sueño en medio de la noche
y otra pasar toda tu vida
soñando que eres un hombre.
Yo me pasé toda la vida
pensando que era un niño, después un hombre,
y una persona, y un norteamericano
y un ente físico y un espíritu
y quizás un poco mariposa.
Quizás debería ser más mariposa,
es decir, fluctuar en una habitación
con ojos saltones y alas grandes que revoloteen
soltando un polvo asfixiante
sobre gente que chilla y cae muerta,
casi. Porque los rescataría
con la música celestial de mi belleza
y mi absoluto desamparo,
mi etérea indiferencia hacia lo que son.



UNA NUBE EN PAÑALES

Los humanos parecen ser los únicos animales
que disfrutan de las nubes. Nunca vas a ver un gusano
extasiado por un atardecer, ni
a un weimaraner. Tal vez un chimpancé
puede encontrar placer estético
en esas rayas índigo púrpura:
míralo, está aplaudiendo y
saltando alrededor del promontorio
sobre el que siguen ondulando a la deriva
las nubes, majestuosas, extrañamente enormes,
de perfil, gratis, en verdad extrañamente enormes.



De Cómo ser perfecto (Zindo & Gafuri / Kriller71, 2018)
Traducción de Aníbal Cristobo y Patricio Grinberg

viernes, 15 de febrero de 2019

Morten A. Strøksnes - Fragmentos del Libro del mar




Con todo lo que sabemos sobre los abismos oceánicos podemos afirmar, desde un punto de vista puramente lógico, que lo que hay en la tierra —las montañas, las colinas, los campos, los desiertos, incluso las ciudades y todo lo que los seres humanos han creado— cabría con gran holgura en el mar. La altura media en tierra firme es de solo ochocientos cuarenta metros. Si arrojáramos el Himalaya a la zona más profunda del océano, solo veríamos un gran chapoteo antes de que toda la cadena montañosa se hundiera y desapareciera sin dejar rastro.


*


Son más las personas que han viajado al espacio que las que han descendido a las vastas profundidades del mar. Conocemos mucho mejor la superficie de la Luna, e incluso los lagos secos de Marte. Si pudiéramos nadar con ese frío y en esa oscuridad, tendríamos la sensación de estar flotando por el espacio, rodeados de estrellas titilantes y formas de vida que nadie habría sido capaz de imaginar.


*


Ningún pez luce con más intensidad que el Linophryne arborifera gracias a la larga antena que le sale del hocico y la especie de arbusto, tan largo como el propio pez, que le cuelga de la mandíbula inferior. Nos estamos refiriendo aquí a la hembra, porque el macho no es más que un pequeño parásito que en una fase muy temprana de su vida se pega con un mordisco al vientre de la hembra. Y así vive hasta el fin de sus días. Recibe alimento de la sangre de la compañera y él a cambio le proporciona esperma de una manera regular


*


La mayoría de las luces bioluminiscentes que producen las especies de los abismos son azules, porque dicho color es el que llega a mayor profundidad.


*


El cachalote (Physeter macrocephalus) no solo es el carnívoro más grande del mundo, también es el más grande que ha existido en la Tierra. Está por encima incluso del Tyrannosaurus rex, el megalodón o los cronosaurios. El cachalote es más pesado y más largo. Nada que haya vivido o viva en la Tierra, incluidas las ballenas más grandes, puede compararse con él


*


La parte frontal de la cabeza del cachalote alberga el órgano emisor de sonidos más grande del mundo animal. Puede llegar a pesar diez toneladas. Los clics que produce se han medido en doscientos treinta decibelios, un volumen comparable a un disparo de escopeta a diez centímetros de la oreja. El macho emite unos rugidos profundos, mientras que las hembras «hablan» más deprisa, como en una especie de código morse.


*


Todas las ballenas son capaces de comunicarse entre ellas aun estando a grandes distancias, pero el aumento del tráfico naval lo hace cada vez más difícil. Sin embargo, este es un problema menor comparado con el que tiene que lidiar «la ballena más solitaria del mundo». Por regla general, el rorcual se comunica a una frecuencia de veinte hercios, y solo oye los sonidos cercanos a esta frecuencia. Pero hace unos años, unos investigadores de ballenas descubrieron asombrados un rorcual con un hándicap muy especial: canta a una frecuencia de unos cincuenta y dos hercios, lo que implica que no puede oírlo otro rorcual y que no puede relacionarse con sus congéneres. Tal vez las otras ballenas piensen que es mudo, que pertenece a una especie distinta o que es un tipo asocial. «La ballena más solitaria del mundo» no se mezcla con nadie. Ni siquiera sigue las rutas migratorias de las demás ballenas.


*


El atún de aleta azul es uno de los peces más maravillosos del mar. Todo su cuerpo es como un solo músculo fibroso, y con su cola esbelta en forma de hoz puede alcanzar velocidades que rondan los sesenta kilómetros por hora. Solo unas pocas especies, como el pez espada, el marlín, la orca, los delfines y algunas ballenas, son más veloces que él. La mayoría de los peces son poiquilotermos, lo que significa que cambian de temperatura corporal según la temperatura del mar. Pero al igual que nosotros, los humanos, el atún es de sangre caliente y se mantiene en una temperatura constante.


*


El desprecio de los norteños [de Noruega] por la caballa viene de lejos. La gente consideraba que este pez, con un dibujo dorsal que recuerda al esqueleto humano, se comía los cadáveres de los ahogados.


*


En las islas Orcadas abundan las leyendas sobre los selkies, los «hombres foca», que en el mar pueden nadar como dichos animales y en tierra firme parecen hombres normales y corrientes, excepto porque son increíblemente atractivos, lo que los hace muy peligrosos, sobre todo para las jóvenes. En el norte de Noruega la gente temía al draug, el fantasma del mar, sobre el que se cuentan un montón de historias. Se decía que era el fantasma de un pescador ahogado que te miraba con unos ojos rojos de muerto oculto bajo una vieja capa de cuero. Su cabeza era un racimo de algas y tenía los brazos extraordinariamente largos. Siempre que salía a navegar, en su barco partido por la mitad y con las velas rasgadas, le gustaba hacerlo entre los barcos de los vivos. Si gritaba y formaba alboroto no había que prestarle atención bajo ningún pretexto. El draug presagiaba la muerte a todos los que lo veían, o bien se los llevaba con él al fondo del mar en ese mismo momento. Podía anunciar la muerte incluso sin hacer acto de presencia. Por la noche, mientras el barco estaba amarrado, solo tenía que destrozar los útiles de pesca. Si los remos, por ejemplo, aparecían colocados del revés, quienes se sentaban en la parte delantera de la barca tenían pocas posibilidades de sobrevivir


*


Se busca: tiburón boreal de tamaño medio, de tres a cinco metros y de unos seiscientos kilos. Nombre en latín: Somniosus microcephalus. Hocico corto y redondo, cuerpo con forma cilíndrica, aletas relativamente pequeñas. Es vivíparo. Vive en el Atlántico Norte, pero también nada por debajo de la capa flotante de hielo alrededor del Polo Norte. Prefiere temperaturas cercanas a los cero grados, pero tolera aguas más cálidas. Es capaz de sumergirse hasta mil doscientos metros e incluso a más profundidad. Tiene los dientes inferiores pequeños, como los de una sierra, y los superiores son igual de afilados pero bastante más largos; con ellos perfora a la presa mientras la mandíbula inferior hace el trabajo de sierra. Además de los dientes, y al igual que algunos otros tiburones, tiene unos labios de succión, con los que sujeta a las capturas de cierto tamaño en la boca mientras las mastica. Y se aparean con violencia. El lado bueno de la historia es que el tiburón boreal no copula hasta que ronda los cien años.


*


La carne del tiburón boreal es venenosa y huele a orina. Sin embargo, antiguamente, los esquimales alimentaban a sus perros con ella si no tenían otra opción. Pero los pobres perros se intoxicaban, parecía que estaban borrachos como una cuba e incluso se quedaban paralizados durante días. También durante la Primera Guerra Mundial hubo escasez de alimentos en muchos lugares del norte, y la gente no podía escoger. La carne de tiburón boreal abundaba, pero si se comía sin congelar, o no se cocinaba bien, la gente se «emborrachaba de tiburón», porque la carne contiene óxido de trimetilamina y este afecta al sistema nervioso. Por lo visto, la embriaguez que produce este veneno es muy parecida a tomar una cantidad ingente de alcohol. Las personas que se emborrachan de tiburón hablan de un modo incoherente, ven visiones, se tambalean y enloquecen. Cuando por fin se quedan dormidas, es casi imposible despertarlas después. Para evitar tales efectos secundarios, hay que cortar de inmediato la aorta del animal y dejar que este se desangre. Luego se puede dejar secando o cocerlo en agua, que habrá que cambiar varias veces. En Islandia, este plato (llamado hákarl) se considera un manjar, pero siempre y cuando la carne se prepare bien. Para eliminar el veneno, se debe hervir varias veces, dejar que se seque o incluso enterrarla para que fermente.


*


La familia Stevenson fue la única responsable de la construcción de los noventa y siete faros que se instalaron a lo largo de la costa escocesa entre 1790 y 1940. Por eso, en vista de la tradición familiar, Robert Louis Stevenson, autor de La isla del tesoro, Dr. Jekyll y Mr. Hyde y otros clásicos, parecía estar destinado a ser ingeniero de faros. Sin embargo, el escritor, rico y de renombre universal, se convirtió en la oveja negra de la familia, ya que al contrario de todos los hombres de su estirpe, como su abuelo paterno, su padre, su tío y su hermano, ni planificó, ni diseñó, ni construyó ninguno.


*


De la misma manera que la mayoría de los animales de la tierra se alimentan de hierba y plantas, la mayoría de los animales que viven en el mar se alimentan de plancton. Este hace lo mismo que las plantas en la tierra: absorbe cantidades enormes de carbono y produce oxígeno por fotosíntesis. Hay una clase especial de alga de color verde azulado que es tan productiva y numerosa que los científicos calculan que ella sola genera el veinte por ciento del oxígeno de la tierra. La ciencia ni siquiera conoció de su existencia hasta la década de los noventa. Y eso que el plancton contribuye en gran medida a hacer habitable nuestro planeta. Estamos en deuda infinita con algo que no podemos ver, algo de lo que la mayoría de la gente no sabe gran cosa. El plancton puede adquirir las formas más extrañas. Cuando se le toman fotos con microscopios electrónicos, a uno le resulta difícil dar crédito a lo que ve. Sus organismos parecen cristales de nieve, módulos lunares, tubos de órgano, torres Eiffel, estatuas de la Libertad, satélites de comunicación, fuegos artificiales, imágenes caleidoscópicas, cepillos de dientes, cestas de la compra vacías, gofreras abiertas, copas de vino con un cubito de hielo flotando dentro, copas de champán forradas de piel de leopardo, urnas griegas, esculturas etruscas, portabicicletas, salabardos, piezas de máquinas, plumas, flores, bolas pegajosas con manzanas dentro, manos libres para teléfonos móviles, lámparas de disco, campanas transparentes a punto de derretirse, alfombras persas voladoras, dientes de león, redes de pesca, sombreros de copa, aspiradoras, embriones, navajas de afeitar, úteros, órganos sexuales cubiertos de pinchos, espermatozoides, cerebros y estilográficas. El plancton puede tener la forma de casi todo lo que hay en el mundo, además de tantas otras desconocidas que se podría construir uno nuevo.


*


Unos investigadores británicos que han estudiado fósiles del período devoniano (hace unos cuatrocientos millones de años), cuando las primeras criaturas marinas reptaron hasta la tierra, han hecho un descubrimiento asombroso. Las mandíbulas y los dientes de los primeros animales terrestres estaban desarrollados para desgarrar carne, no para masticar plantas. Tenían los ojos colocados en la parte superior de la cabeza y carecían de cuello. Esto significa que los primeros animales de la Tierra eran carnívoros, tenían cabeza de pez y usaban los dientes para devorarse entre ellos. Los cabeza de pez gobernaron el planeta durante ochenta millones de años. Resulta difícil quitarse esta imagen de la mente cuando la has visualizado.


*


El mar es de muchos colores, pero ¿cómo suena? ¿Como las olas que acarician una playa o se abaten contra los acantilados? ¿Como cuando las rocas de la costa son azotadas por las inclemencias del tiempo? Pues sí, así suena desde la tierra. Pero bajo el agua todo se percibe de una manera distinta. Allí el mar tiene su propio sonido, un zumbido profundo que procede de él mismo. El jadeo de Behemot en celo. Durante décadas, gente de todo el mundo ha debatido sobre ese sonido, que solo algunos son capaces de oír. Ha sido descrito como el sonido de un coche diésel en la lejanía, vibrante y de baja frecuencia. Algunos, entre ellos los galeses, tan sensibles, han sostenido que ese sonido a veces provoca sangrado de nariz, dolor de cabeza e insomnio. Otros han intentado explicar el fenómeno con todo tipo de teorías, desde postes de teléfono, cables submarinos, equipamiento de comunicación, acúfenos, peces copulando y ovnis. Hay tanta gente lúcida que asegura haberlo oído que se decidió investigarlo. Y algunos investigadores franceses del Centre National de la Recherche Scientifique aseguran haber encontrado la respuesta. Las olas de muy baja frecuencia generan una actividad microsísmica en el fondo del mar. En cambio, bajo determinadas condiciones, las olas grandes y pesadas pueden hacer vibrar la tierra, y estas vibraciones crean unas ondas sonoras profundas que algunos seres humanos son capaces de oír con toda claridad


*


Las avispas son mucho más peligrosas para los seres humanos que los tiburones. En total, en todo el planeta, estos matan entre diez y veinte personas al año. En el mismo espacio de tiempo nosotros acabamos con alrededor de setenta y tres millones de tiburones, y a pesar de eso lo consideramos un depredador peligroso.



De El libro del mar (Salamandra, 2018)
Traducción de Kirsti Baggethun & Asunción Lorenzo

miércoles, 23 de enero de 2019

Erik Satie - La jornada del músico



El artista debe regular su vida.

Aquí tienen el horario detallado de mis actividades diarias:
Me levanto a las 7.18 h; inspirado: de 10.23 a 11.47 h. Almuerzo a las 12.11 h y me levanto de la mesa a las 12.14 h.

Saludable paseo a caballo, en el fondo del parque: de 13.19 a 14.53 h. Otra inspiración: de 15.12 a 16.07 h.

Ocupaciones diversas (esgrima, reflexiones, inmovilidad, visitas, contemplación, destreza, natación, etc.), de 16.21 a 18.47 h.

La cena se sirve a las 19.16 y se termina a las 19.20 h. A continuación, lecturas sinfónicas en voz alta: de 20.09 a 21.59 h.

Me acuesto normalmente a las 22.37 h. Una vez por semana, despertar sobresaltado a las 3.19 h (los martes).

Sólo como alimentos blancos: huevos, azúcar, huesos rallados, grasa de animales muertos; ternera, sal, coco, pollo cocido en agua blanca; mohos de fruta, arroz, nabos; morcilla alcanforada, pastas, queso (blanco), ensalada de algodón y algunos pescados (sin piel).

Me hiervo el vino, que bebo frío con zumo de fuchsia. Tengo apetito: pero no hablo nunca comiendo, por miedo a atragantarme.

Respiro con cuidado (poco cada vez). Bailo muy raras veces. Cuando ando, voy por los lados y miro fijamente atrás.

Muy serio de aspecto, si me río es sin querer. Y siempre me disculpo por ello con educación.

Sólo duermo con un ojo; tengo un sueño muy duro. Mi cama es redonda y perforada por un agujero para que pase la cabeza. Cada hora, un criado me toma la temperatura y me pone otra.

Desde hace tiempo estoy abonado a una revista de moda. Llevo un gorro blanco, medias blancas y un chaleco blanco.

El médico me ha dicho siempre que fume. A sus consejos añade: —Fume, amigo: si no, otro fumará en su lugar.



De Memorias de un amnésico y otros escritos (Árdora ediciones, 1994)
Traducción de Loreto Casado

martes, 8 de enero de 2019

Siete relatos de Lydia Davis



LOS SENTIDOS

Mucha gente trata a sus cinco sentidos con cierto respeto y consideración. Lleva sus ojos al museo, la nariz a una exposición de flores, las manos a la sección de sedas y terciopelos de una tienda de tejidos; sorprenden a sus oídos con un concierto, y le brindan a la boca la emoción de comer en un restaurante.

Pero la mayoría de las personas obligan a sus sentidos a trabajar a fondo día tras día: ¡Leedme el periódico! ¡Vigila, nariz, si la comida se quema! ¡Oídos! ¡Atentos a si llaman a la puerta! ¡Ahora! Los sentidos se cansan. A veces, mucho antes del final, dicen: «Me retiro. Me libro de ese ahora». Y entonces la persona se siente menos preparada para enfrentarse al mundo, y se queda más tiempo en casa, sin parte de lo que necesitaría para seguir adelante.

Si todos los sentidos la abandonan, se queda verdaderamente sola: en la oscuridad, en silencio, entumecidas las manos, sin nada en la boca, sin nada en la nariz. Entonces se pregunta: ¿Los traté mal? ¿No les di ni una alegría?



EL PESCADO

Está frente a un pescado, pensando en ciertos errores irrevocables que ha cometido hoy. El pescado está cocido, y ella está a solas con él. El pescado es para ella: no hay nadie más en la casa. Pero ha tenido un día problemático. ¿Cómo va a comerse este pescado, que se enfría sobre una superficie de mármol? Y, sin embargo, tampoco el pescado, inmóvil como está, y desprovisto de sus espinas, y despojado de su piel de plata, ha estado nunca tan sólo como en este momento: violado irremediablemente y observado con ojos cansados por esta mujer que ha cometido el último error de la jornada y le ha hecho esto.



LA BISABUELA

En la reunión familiar pusieron a las bisabuelas al sol, en el porche. Pero, por algún problema con los niños, en el momento en que el cuñado caía en un estupor alcohólico, todos nos olvidamos de las bisabuelas un buen rato. Cuando abrimos la puerta vidriera, pasamos entre las siringas y nos acercamos a las ancianas iluminadas por el sol, era demasiado tarde: sus manos nudosas se habían fundido con la madera del puño de sus bastones, los labios eran una membrana hendida, los globos oculares, endurecidos, miraban imperturbables hacia el bosquecillo de castaños en el que los niños iban y venían como exhalaciones. Sólo la vieja Agnes conservaba algo de vida, podíamos oír cómo respiraba por la boca, podíamos ver su corazón, funcionando bajo el vestido de seda, pero, cuando nos acercamos a ella, se estremeció y se quedó inmóvil.



LA MADRE

La chica escribió un cuento. «Sería mucho mejor si escribieras una novela», dijo su madre. La chica construyó una casa de muñecas. «Sería mucho mejor si fuera una casa de verdad», dijo la madre. La chica hizo un cojín para su padre. «¿No hubiera sido más útil un edredón?», dijo la madre. La chica excavó un pequeño hoyo en el jardín. «Sería mucho mejor si excavaras uno grande», dijo la madre. La chica excavó un gran hoyo y, dentro, se echó a dormir. «Sería mucho mejor si te durmieras para siempre», dijo la madre.



LA EXCURSIÓN

Un ataque de ira cerca de la carretera, una negativa a hablar en el camino, un silencio en el pinar, un silencio al cruzar el viejo puente del ferrocarril, un intento de ser amable en el agua, un rechazo a terminar la discusión en las piedras lisas, un grito de ira en el terraplén de la orilla, unas lágrimas entre los matorrales.



LA MUJER NÚMERO TRECE

En una ciudad de doce mujeres había una decimotercera. Nadie admitía que vivía allí, no recibía cartas, nadie le hablaba, nadie preguntaba por ella, nadie le vendía pan, nadie le compraba nada, nadie le devolvía la mirada, nadie llamaba a su puerta; la lluvia no caía sobre ella, el día nunca amanecía para ella, el sol nunca brillaba sobre ella, la noche nunca caía para ella; para ella las semanas no pasaban, los años no corrían; su casa estaba sin numerar, su jardín sin cuidar, sin pisadas su camino, sin sueño su cama, sin comer su comida, sin arrugas su ropa; y, a pesar de todo, seguía viviendo en la ciudad sin resentimiento por lo que la ciudad le hacía.



DESASTRE NATURAL

No resistiremos mucho más aquí, en nuestra casa, a orillas del mar crecido. El frío y la humedad acabarán con nosotros, porque ya no es posible irse: el frío ha agrietado la única carretera que teníamos, la marea ha subido y, donde la marisma es más baja, ha invadido las grietas, ha inundado las grietas, recubriéndolas con cristales de sal, y ha subido de nuevo, más aún, y ha vuelto la carretera intransitable.

El mar llega por las tuberías a nuestros lavabos, y el agua que bebemos es salobre. Han aparecido moluscos en nuestro patio y en nuestro jardín y no podemos dar un paso sin pisar las conchas. Cada vez que sube la marea, el mar cubre nuestros campos y, cuando se retira, deja charcas entre los rosales y en los surcos del terreno donde tenemos plantado centeno. Se ha llevado las semillas; los cuervos se han comido lo poco que había quedado.

Nos hemos trasladado a las habitaciones más altas de la casa y observamos desde la ventana cómo los peces brillan entre las ramas del melocotonero. Una anguila mira, desde abajo, nuestra carretilla de mano.

Se hiela lo que lavamos y tendemos para que se seque en la ventana de arriba: nuestras camisas y pantalones hacen extrañas contorsiones en la cuerda. La ropa que llevamos está siempre húmeda, y la sal nos roza la piel hasta provocarnos rojeces y llagas. Ahora pasamos casi todo el día en la cama bajo mantas pesadas y ásperas; las paredes de madera están hinchadas por la humedad; el mar penetra en las grietas de los alféizares y gotea en el suelo. Tres de los nuestros han muerto de neumonía y bronquitis a diferentes horas de la madrugada, antes del amanecer. Quedamos tres, y estamos débiles, apenas si podemos dormir ligeramente, pensar sin confusión, ver todavía con dificultad la luz y la tiniebla, sólo turbiedad y sombra.



De Cuentos completos (Seix Barral, 2009)
Traducción de Justo Navarro

viernes, 4 de enero de 2019

Kenneth Koch - El arte de la poesía (tres fragmentos)




Qué tan bueno debe ser un poema
antes de que decidamos publicarlo o dárselo a leer a los demás
se puede decidir aplicando las siguientes reglas: pregúntate 1) ¿Es extraordinario?
¿Disfruto cada vez que lo leo?¿Dice algo que yo no sabía
antes de sentarme a escribirlo? y 2) ¿Me convierte en alguien mejor,
o más sabio, o las dos cosas? ¿o pueden las dos no estar
separadas? 3) ¿Es realmente mío
o lo robé de otro lugar? (Esto a veces sucede,
aunque no con tanta frecuencia) 4) ¿Revela algo sobre mí
que no querría que nadie supiera? 5) ¿Es suficientemente “moderno”?
(más sobre esto en breve) 6) ¿Es mi propia “voz”?
Además, está claro, de las preguntas más obvias, como
7) ¿Hay alguna incomodidad no deseada, efectos baratos, intentos infundados de obtener atención
fanfarronadas, ñoñerías, pseudo profundidad, trucos pasados de moda,
fragmentos de sueños mal incorporados, y otras basuras del tipo “bésame, soy poético”?
¿Está libre de esto mi poema? 8) ¿Se mueve fluida y velozmente
de la excitación al sueño para luego llegar desbordando razón
con pureza y solidez y alegría? 9) ¿Es del tipo de poema
que yo envidiaría si otro lo escribiera? 10)
¿Estaría feliz de irme al Paraíso con este poema abrochado en mi
chaqueta angelical como en una pasarela?¿En serio? Y si puedes responder que Sí a todos estos puntos
menos al 4, cuya respuesta debe ser No,
entonces puedes mostrarlo, al menos en ese momento.
Yo volvería a mirarlo, de todos modos, quizás en un par de horas, después en una o dos semanas,
y después en un mes, momento en el que
probablemente te sientas seguro.
Volver a leer un poema ciertamente causa angustia
en muchos casos, pero eso es algo que un escritor debe aprender a sobrellevar.
porque sin eso sería como una gallina que nunca sabrá qué está haciendo,
mientras va pavoneándose y aleteando por la vida. 




En la escritura
el dolor es relativamente poco. No necesitamos volver a hablar de esto
salvo en el miedo de “haber perdido el talento”,
del que voy a hablar enseguida. Este miedo
es un miedo perfectamente lógico para los poetas,
y todos ellos, de tanto en tanto, lo sentirán. Es muy raro
pero eso que uno hace mejor y de lo que depende su felicidad
en gran medida, depende de factores
que parecen estar fuera del control de uno. Porque ¿de dónde viene
la inspiración?
¿Se quedará feliz en su habitación o me visitará esta noche?
¿Soy ya demasiado viejo para que me bese? ¿Le gustará más aquel chico que yo?
¿Soy un viejo cerdo consumido? ¿Es este el fin? ¿Perdí
ese dulce don que tuve la semana pasada,
el mes pasado, el año pasado, la década pasada, que les gustaba a todos
y especialmente a mí? Ya no puedo sentir su tibieza—
lo perdí. Y cuando escribes un nuevo poema
que te gusta, te olvidas de esa angustia, y así hasta tu muerte,
tras la cual serás recordado, no por “haber mantenido tu talento”,
sino por lo que escribiste, más allá de tus preocupaciones y tus miedos.
La verdad, me parece, que nadie pierde su talento,
aunque a veces podemos traspapelarlo —en intentos por permanecer en el pasado,
en aventuras inútiles pensadas para complacer a esos a los que,
si uno pudiera ver claramente, no quisiera complacer,
en libretos de ópera, o incluso en la propia vida
en alguna parte. Pero casi siempre puedes encontrarlo, quizás en la búsqueda de nuevas formas
o no en una forma, sino en la (aparente) falta de ella —
en el “stream of consciousness”. O, por el contrario, puedes tratar de traducir algo.
Renuncia a repetir lo que tuvo éxito hace años. Busca
el éxito de algo con lo que nadie soñó. Escribe un manual de pesca poético. Intenta un arte del amor.
Como sea, estate atento a aquello que temes haber perdido,
el talento que se te traspapeló. Los únicos modos de perderlo realmente
son los daños cerebrales serios y el estar tan atraído
por otra cosa (como dinero, sexo, arreglar motores caros)
que te olvidas de él por completo. Y en ese caso ¿a quién le importa haberlo perdido?




Recuerda, tu obligación es escribir
y, en la escritura,
ser serio sin ser solemne, ser fresco sin ser frío
ser inclusivo sin ser necio, particular sin ser quisquilloso, femenino sin ser afeminado,
masculino sin ser bruto, humano, manteniendo todas las gracias animales
que tenías dentro del vientre, y ser como una bestia sin ser inhumano.
Haz que tu lenguaje siempre sea exquisito, y fresco y verdadero.
No seas engreído. Deja que tu emoción y compasión
te guíen. Y cada vez que emprendas algo, llévalo hasta el fin.




De "El arte de la poesía"; poema incluido en Un tren oculta otro tren (Zindo & Gafuri, 2017)
Traducción de Silvia Galup y Aníbal Cristobo