sábado, 7 de abril de 2018

Simon Leys - Cartas desde las antípodas



CONCIENCIAS DELICADAS

 «El tabaco es para el hombre un veneno de lo más peligroso». Esta virtuosa puesta en guardia se ha vuelto bastante banal, me diréis. Lo que lo es menos —y que debería mover a reflexión— es la identidad del que la formulaba: Adolf Hitler.

Del mismo modo, Adolf Eichmann, mientras esperaba su ejecución, pidió prestado un ejemplar de Lolita a la biblioteca de la cárcel. Al cabo de algunas páginas (nos dice un biógrafo de Nabokov), indignado, arrojó el libro: «¡Esto es repugnante!»



MALENTENDIDO CREADOR (FRAGMENTO)

En mi juventud, hice un curioso viaje a pie a una región desfavorecida del Kwango, en el país de los bayaka. De vez en cuando venía allí, a los pueblos de la sabana, un comerciante griego equipado con una camioneta y un grupo electrógeno a organizar sesiones de cine ambulante (os hablo de antes de la Independencia; pues hoy, aun en el supuesto de que siguiera habiendo griegos emprendedores en la región, dudo que pudieran encontrar todavía pistas practicables para llegar a esas remotas aldeas). Las películas que proyectaba el griego eran viejas producciones de Hollywood con mujeres fatales, teléfonos blancos y gánsteres con puros y trajes a rayas. ¿Contaban estas películas con banda sonora? La verdad es que habría sido de escasa utilidad, pues los espectadores sólo comprendían el kiyaka. En cambio, inventaban, a partir de esas imágenes inciertas que bailaban en una pantalla improvisada en la noche rechinante de insectos, unas epopeyas prodigiosas que sobrepasaban con creces todo cuanto hubiera podido concebir nunca la imaginación de los guionistas de Hollywood.

Los únicos actores negros que aparecían en las películas estadounidenses de esa época eran invariablemente relegados a insignificantes papeles de figurantes mudos: un portero de hotel, un limpiabotas, la cocinera de una mansión, un mozo de equipajes etcétera. Pero era en ellos en quienes se concentraba todo el interés apasionado de los espectadores. A los ojos de éstos, se convertían en los verdaderos héroes de la película: y, por otra parte, la propia rareza de sus apariciones no hacía sino confirmar esta importancia oculta y fundamental de sus papeles que les prestaba la inspiración colectiva de los espectadores. Sus entradas en escena, excepcionales e inopinadas, eran saludadas cada vez con una enorme ovación, y siempre estaban precedidas de una intensa espera. A veces ocurría que el figurante negro desaparecía definitivamente después de haber salido nada más que una vez, pero ¡no importaba! Ello significaba que se volvía más libre de continuar sus fabulosas aventuras en esa otra película, invisible y soberbia, de la que la pantalla no mostraba más que el pobre envés.



WRITER’S BLOCK (FRAGMENTO)

Toda verdadera creación tiene un aspecto extático. Un pintor chino del siglo XVII había adquirido la costumbre de destruir sus pinturas a medida que las acababa, pues era la experiencia espiritual de la ejecución lo que le interesaba, mientras que la obra acabada no era más que el residuo. D. H. Lawrence habló claramente de esta experiencia: «Esa absorción feliz e intensa en un trabajo que se lleva tan cerca como es posible de la perfección es un estado en el que se está con Dios, y la gente que no lo ha conocido jamás ha orillado la vida».

Sin este éxtasis inspirado, no hay poema. Pero ello entraña un corolario que es subrayado por Jean-François Revel: «El genio poético no solamente es escaso, sino que raras veces se manifiesta en quienes lo poseen». Los propios poetas se muestran de acuerdo con esto. Ted Hughes estimaba que incluso los más grandes poetas sólo han escrito tres o cuatro páginas de verdadera poesía, y que el resto es simple versificación. Y Randall Jarrell era más pesimista aún: «Un buen poeta es alguien que, pasando una vida entera en el exterior expuesto a todas las tormentas, consigue hacerse fulminar cuatro o cinco veces por el rayo»



HOMBRES DE LETRAS

A la muerte de su joven esposa, Dante Gabriel Rossetti puso en el féretro, a modo de ofrenda piadosa, un manuscrito de sus propios poemas. Pero no tenía otra copia de ellos. Por eso, al cabo de algún tiempo, cambió de parecer e hizo desenterrar a su mujer para recuperar su manuscrito.



CONTRA SAINTE-BEUVE (FRAGMENTO)

Proust considera que en el proceso creador la inteligencia no desempeña más que un papel secundario. Muchos escritores comparten esta opinión. Colette dijo a Emmanuel Berl: «Es usted demasiado inteligente para ser un buen novelista». Y Claudel observaba: «La inteligencia no es la cualidad esencial de un artista en mayor medida que la prudencia lo es de un militar». Lo cual no quiere decir, evidentemente, que para un artista sea más ventajoso ser un imbécil —Proust mismo tenía una inteligencia formidable—; pero todos esos escritores saben por experiencia que, en la creación literaria, no es su inteligencia lo que se moviliza, sino más bien su sensibilidad y su imaginación. Lo que importa sobre todo es «la inspiración», el «estado de gracia», la comunicación directa establecida con las fuentes profundas de la memoria y del inconsciente; y para captar esas fuentes a menudo es preferible dar descanso a la inteligencia. Aragon era más inteligente que Eluard, pero Eluard era mejor poeta. La inteligencia no inhibe ese don poético; el don poético simplemente es de otra naturaleza: puede coexistir con una inteligencia mediocre, incluso con una mente confusa. Tengo un disco de Céline que escucho de vez en cuando. Las primeras páginas de El viaje al fin de la noche (leídas por Michel Simon) producen físicamente (carne de gallina) la impresión del genio en estado puro. Es perturbador. Luego viene una larga entrevista al autor, que desvaría y repite machaconamente banalidades. Es deprimente. ¿Céline y el doctor Destouches habrían sido, pues, dos individuos diferentes

No, diría Sainte-Beuve, que pensaba que el hombre y el escritor constituían una unidad: un completo conocimiento del primero os dará la plena comprensión del segundo. Pero Proust demolió soberbiamente esta mecánica grosera: «[Sainte-Beuve] desconocía lo que nos enseña una habituación un poco profunda con nosotros mismos: que un libro es el producto de un yo distinto del que manifestamos en nuestras costumbres, en la sociedad, en nuestros vicios». Lo cual explica, por otra parte, el contraste a veces impresionante entre el esplendor de una obra y la maloliente miseria humana de su autor. Paradoja perfectamente resumida por el axioma de Valéry: «Toda persona es inferior a lo que ha hecho de más hermoso».



MAR

El hombre nadando en el océano, luchador solitario enfrentado al destino, es una imagen recurrente en la obra de Conrad. Paradoja: el propio Conrad no sabía nadar.

Capitán de altura, Conrad se casó a la edad de treinta y nueve años, después de una pedida de mano repentina y extraña, con la joven (de veintitrés años) que mecanografiaba sus manuscritos. Al atravesar el canal de la Mancha en el viaje de novios, ante la gran estupefacción de la recién casada, Conrad se mareó como una sopa.



EL IMPERIO DE LO FEO (FRAGMENTO)

Los indios de la costa del Pacífico eran atrevidos navegantes. Tallaban sus grandes piraguas de guerra en el tronco de uno de esos cedros gigantes cuyos bosques cubrían todo el noroeste de América. La construcción comenzaba por una ceremonia ritual al pie del árbol elegido, para explicarle la necesidad urgente que tenían de talarlo, y pedirle perdón por ello. Cosa curiosa, en el otro extremo del Pacífico, los maoríes de Nueva Zelanda hacían piraguas parecidas ahuecando el tronco de los kauri; y también allí la tala era precedida de una ceremonia propiciatoria para obtener el perdón del árbol.

Unas costumbres tan exquisitamente civilizadas como éstas deberían avergonzarnos. Tal fue mi sentimiento la otra mañana; me habían despertado los chirridos de una sierra mecánica que trabajaba en el jardín de mi vecino, y, desde mi ventana, pude ver cómo éste —aparentemente sin haber hecho ninguna ceremonia previa— dirigía la tala de un magnífico árbol que daba sombra a nuestro rincón desde hacía medio siglo. Las grandes aves que anidaban en sus ramas (una variedad de cuervos desconocida en el hemisferio Norte y que, lejos de graznar, tiene un canto prodigiosamente melodioso), espantadas por la destrucción de su hábitat, revoloteaban en vuelos frenéticos, lanzando desgarradores chillidos de alarma. Mi vecino no es un mal tipo, y nuestras relaciones son perfectamente corteses, pero me hubiera gustado cuando menos saber la razón de su sorprendente vandalismo. Intuyendo sin duda mi curiosidad, me anunció alegremente que sus arriates tendrían en adelante más sol. En su Diario, Claudel menciona una explicación parecida dada por un vecino suyo de campo que acababa de talar un olmo secular por el que el poeta sentía apego: «El árbol ese daba sombra y estaba infestado de ruiseñores».

La belleza llama a la catástrofe del mismo modo que los campanarios atraen el rayo. La administración de servicios públicos que hace pasar una autopista por en medio de Stonehenge, o una vía férrea a través de las ruinas de Villers-la-Ville, el monje que prende fuego al Kinkakuji, el municipio que transforma la iglesia abacial de Cluny en una cantera de piedras, el energúmeno que lanza un bote de pintura acrílica al último autorretrato de Rembrandt, o el que ataca con un martillo la madona de Miguel Ángel, obedecen todos ellos, sin saberlo, a una misma pulsión.




De La felicidad de los pececillos (Acantilado, 2011)
Traducción de José Ramón Monreal

jueves, 5 de abril de 2018

Kassia St Clair - Las vidas secretas del color (fragmentos)




Los colores deberían entenderse como creaciones culturales subjetivas: fijar de manera plausible una definición específica de todas las tonalidades conocidas es tan posible o imposible como establecer las coordenadas espaciales de un sueño.



El albayalde es un carbonato de plomo básico con una estructura molecular de cristales. Es espeso, opaco y pesado, y hay pruebas rotundas de que ya se fabricaba en Anatolia alrededor del año 2300 a.C., y se ha estado utilizando por todo el mundo desde entonces  utilizando, básicamente, el mismo método descrito por Plinio el Viejo hace 2000 años: se colocaban unas tiras de plomo en un compartimento que se metía en una vasija especial de arcilla dividida en dos. Se vertía vinagre en la otra mitad, y luego se rodeaba la vasija de estiércol animal en el interior de un cobertizo cerrado a cal y canto durante 30 días. Durante ese tiempo, se producía una reacción química relativamente sencilla: los gases del vinagre reaccionaban con el plomo y se generaba acetato de plomo; a medida que fermentaba el estiércol se liberaba CO2, que a su vez reaccionaba con el acetato, convirtiéndolo en carbonato. Al cabo de un mes se enviaba a algún pobre diablo al interior del cobertizo apestoso a recoger las piezas de plomo, para entonces cubiertas de una capa blanca de carbonato de plomo con un aspecto parecido al hojaldre, que se podía moler tal cual, prensar en pastillas y vender.



El albayalde, sin embargo, tenía un defecto letal: en el número de invierno de 1678 de Philosophical Transactions, la revista de la Royal Society, Sir Philiberto Vernatti describió la suerte que corrían los que participaban en la producción del albayalde:

Las afecciones a las que se exponen los trabajadores son el Dolor Inmediato de Estómago, terribles Retorcijones de Tripas y Estreñimiento que no se alivia con Purgas catárticas… También les ocasiona Altas Fiebres, Asma y Falta de Resuello en grado sumo… Luego les provoca Vértigo o Mareos con Intenso Dolor Constante en la Frente, Ceguera, Aturdimiento y Trastornos de Parálisis; pérdida de apetito, Mala gana y Vómitos Frecuentes, por lo general con abundante Flema, a veces mezclada con Bilis, hasta debilitar el Cuerpo al máximo.    



La plata crece y decrece en ciclos sucesivos de lustre y deslustre: un minuto está resplandeciente y refleja todo como un espejo, y al siguiente está eclipsada por una película negra de sulfuro de plata. Hay algo en esta imperfección que la hace más humana: parece tener un ciclo de vida y, al igual que nosotros morimos, su brillo también muere un poco.



En las personas, el amarillo es un color que se asocia a la enfermedad: no hay más que pensar en la piel cetrina, la ictericia o los cálculos biliares. Si se aplica a grupos o fenómenos de masas, las connotaciones son todavía peores. En conjunción con “periodismo” indica sensacionalismo imprudente. El flujo de inmigrantes que llegaron a Europa y América del Norte de Oriente, sobre todo de China a principios del siglo XX, se conocía como “el peligro amarillo”.



A mediados del siglo XX, los nazis encumbraron el ideal ario y ojos azules como el sumun de la humanidad. Una exposición escalofriante del Stadtmuseum de Münich contiene una carta de colores de pelo, que se empleaba en una de las pruebas realizadas para identificar a los que poseían características físicas de la raza aria, que era la que el Führer quería propagar por considerarla una raza superior.    



El azafrán es, al peso, la especia más cara del mundo. En 2013, una onza de azafrán costaba 364 dólares, mientras que la misma cantidad de vainilla valía 8 dólares y el cardamomo unos míseros 3,75 dólares. Esto se debe en parte a que las flores requieren condiciones tan especiales: según un relato del siglo XVI, la Crocus sativus prefiere “noches cálidas, dulces rocíos suaves, terreno fértil y amaneceres brumosos”. Además del breve florecimiento individual de cada flor, toda la cosecha se realiza en una quincena. Hay que recoger las flores y extraer los estigmas a mano; todos los intentos de mecanizar el proceso han fracasado debido a que las flores son demasiado delicadas. Hacen falta entre 70.000 y 100.000 flores para producir un kilo de la especia.



La Francia prerrevolucionaria estaba plagada de nomenclatura exótica para los colores: por ejemplo, a la combinación de verde manzana con rayas blancas se le llamaba “alegre pastora”, y otros tonos muy peculiares incluían el “quejas indiscretas”, “gran reputación”, “suspiro contenido” y “los vapores”.  



En 2012, se publicó un estudio en el Journal of Hospitality & Tourism Research en que se recomendaba a las camareras llevar rojo. ¿Por qué? El estudio revelaba que, si llevaban ese color, las propinas que les daban los clientes varones aumentaban un 26%.



En las Olimpiadas de Atenas  de 2004, los competidores en deportes de combate que iban de rojo ganaron en el 55% de las ocasiones. Y, según un estudio de los partidos de futbol que se han jugado desde la Segunda Guerra Mundial, los equipos ingleses que llevan este color tienen más probabilidades de ser campeones y, de media, terminan más arriba en la tabla de clasificación que los que llevan otro color. 



Hacen falta muchos insectos, unos 70.000 bichos secos por cada libra de pigmento rojo cochinilla en bruto, pero el resultado final es uno de los más potentes y brillantes que se hayan visto jamás.



Una lista confeccionada alrededor de 1520 registraba los tributos que los aztecas exigían a sus súbditos: al pueblo mixteca, 40 sacos de cochinilla al año; a los zapotecas, 20 bolsas cada 80 días.



Las cochinillas todavía se crían para producir el rojo cochinilla utilizado en cosméticos y en el sector de la alimentación. Puede encontrarse en cualquier producto, desde los chocolates M&M hasta las salchichas, desde los bizcochitos red velvet hasta la Coca-Cola de cereza (y para apaciguar a los remilgados, por lo general se oculta tras la inofensiva etiqueta E120).



El bermellón fue en su día tan preciado y tan costoso como el oro y reinó con toda majestad en tiempos de los artistas medievales que emplearon con gran reverencia el rojo, junto con el pan de oro y el azul ultramar, para las capitulares de los manuscritos y los paneles de tempera. Luego se le aplicaba una veladura que se hacía con una mezcla repugnante de yema de huevo y cerumen.



El púrpura de Tiro se obtenía con dos variedades de marisco autóctono del mediterráneo: el Thias haemastoma y y el Murex brandaris. Si abrías el caparazón rugoso de uno de estos gasterópodos carnívoros, te encontrabas con una glándula hipobranquial (o “florecimiento”) de color pálido posicionada transversalmente. Y si la exprimías obtenías una única gota de un líquido transparente que olía a ajo. Al cabo de unos instantes, la luz del sol volvía el líquido primero amarillo, luego verde-mar, después azul y por fin púrpura-rojo oscuro. El mejor color, tan oscuro que tenía destellos de negro, se conseguía mezclando los fluidos de los dos tipos de marisco.  



La popularidad del púrpura fue una noticia terrible para el Murex y el Thais. Como cada espécimen tan solo contenía una gota, hacían falta unos 250.000 para fabricar una onza de tinte. Las montañas de conchas desechadas son tan inmensas que se han convertido en accidentes geográficos que jalonan la costa mediterránea oriental.



En el siglo IV d.C., el emperador podía llevar púrpura de Tiro, pero cualquier otra persona a quien se sorprendiera luciéndolo se arriesgaba a enfrentarse a la pena de muerte.



El culto al luto alcanzó su punto álgido durante el siglo XIX, con unas normas sociales cada vez más elaboradas que dictaban lo que la gente —y en particular las mujeres— podían ponerse en los meses y años posteriores a la muerte de un familiar o un monarca. El heliotropo y otros tonos suaves de púrpura, eran obligatorios durante todo el luto. En el caso de las viudas, que eran las que más sufrían las consecuencias de la pérdida, sólo se llegaba al medio luto tras dos años de llevar vestidos de color negro mate muy sencillos; para familiares más lejanos, el luto era menos severo y se permitían colores discretos desde el principio. Un grave brote de gripe durante el verano de 1890 resultó en un auge del negro, gris y heliotropo al año siguiente.  



En 1881, Édouard Manet anunció a sus amigos que por fin había descubierto el verdadero color de la atmósfera. “Es violeta —dijo—. El aire fresco es violeta. Dentro de tres años, todo el mundo trabajará en violeta.”




Los egipcios eran especiales en el aprecio que sentían por el azul: la mayoría de las culturas occidentales ni siquiera poseía una palabra específica para la franja entre del espectro entre el verde y el violeta. En cambio, para los egipcios de la Antigüedad, era el color que representaba el cielo, el río Nilo, la creación y la divinidad.



De Las vidas secretas del color (Ediciones Urano, 2017)
Traducción de Helena Álvarez de la Miyar

domingo, 1 de abril de 2018

Georges Perec - Seis sueños




LA DENTISTA


Al fondo de un dédalo de galerías cubiertas, un poco como en un zoco, llego a la consulta de un dentista.

El dentista no está, pero está su hijo, un muchacho joven que me pide que vuelva más tarde, después recapacita y me dice que su madre vendrá de un momento a otro.

Me voy. Me tropiezo con una mujer muy bajita, guapa y risueña. Es la dentista. Me arrastra a la sala de espera. Le digo que no tengo tiempo. Me abre la boca todo lo grande que es y me dice, estallando en sollozos, que tengo todos los dientes podridos pero que no vale la pena curarme.

Mi gran boca abierta es inmensa. Tengo la sensación casi concreta de una podredumbre total.

Mi boca es tan grande y la dentista tan pequeña que tengo la impresión de que va a meter la cabeza entera en mi boca.

Más tarde, corro a las galerías comerciales. Compro un infiernillo de gas de tres fuegos que cuesta 26 000 francos y un frigorífico de 103 litros




LA ILUSIÓN

Sueño
Ella está junto a mí
Me digo que estoy soñando
Pero la presión de su mano contra mi mano me parece demasiado fuerte
Me despierto
Está sin lugar a dudas junto a mí
Loca felicidad
Enciendo
La luz brilla una centésima de segundo y después se apaga
(una bombilla que estalla)
La abrazo

 (me despierto: estoy solo)




LA VARILLA

«Una preciosa mañana» me encuentro de nuevo en un campo de concentración. Es la hora de levantarse: el problema es encontrar ropa (estoy vestido como en la ciudad, chaqueta de tweed, zapatos ingleses).

En el campo, todo se compra. Veo circular billetes grandes en fajos. Las vigilantas suministran pociones a los detenidos.

Me encuentran un chaleco. Nos ponemos en fila para bajar (estamos en un gran dormitorio comunitario en el primer piso de una especie de barracón en desuso).

Nos escondemos un momento en un pasillo.

Caminamos en fila de a cuatro. Un oficial nos alinea usando una varilla larga de bambú. En principio es bondadoso, pero poco después se pone a injuriarnos terriblemente.

En fila para ser llamados. El oficial grita todo el tiempo pero no nos golpea. En un momento dado, sujetamos (él y yo) un extremo del junco: me invade el pánico ante la idea de ser golpeado por él.
  
El universo del campo está intacto: no podemos hacer nada al respecto.

Más tarde, estallo en sollozos al pasar por delante de un pabellón donde cuidan a niños aquejados de un mal incurable. Allí se encuentra su única oportunidad de sobrevivir. Me pregunto si esta supervivencia no consistirá en transformarlos en pastillas, y me acuerdo en este sentido de una anécdota acerca de curas de adelgazamiento que fueron exitosas porque se les administraban pastillas que en realidad contenían una lombriz solitaria




ESPERMA Y TEATRO

(en un momento dado de la mañana me acuerdo de que he tenido un sueño, pero de ese sueño solo emergen dos palabras: esperma, teatro)




OCHO FRAGMENTOS, QUIZÁS DE UNA ÓPERA

Me parece que he ido a ver la película de Nicholas Ray Johnny Guitar.
  
Vivo en una casa que alquilo por 360 francos al año. La casa se derrumba. Los radiadores se caen.

Envío (sin duda al propietario) una carta de excusas en la que hago recaer la responsabilidad de la degradación de la casa en un soldado de segunda clase, ya que yo mismo soy capitán de reserva.

Una compañera de oficina, M., viene a visitarme. Le sigue G., otra compañera; puede ser que nos moleste: en cualquier caso, nuestra escena en trío provoca en mí una gran incomodidad.

Nos damos varias citas; somos muchos. Salida para el desfile: perspectiva de una gran fiesta. Problema con un traje.

La ópera (a la que asisto) no se parece a la que debía ser. La escena es terriblemente lejana.

La escena, esta vez muy cercana: un hombre alto y calvo, cuyo rostro muestra una gran ternura, le rompe el cráneo a mazazos al rey, a la reina y al Papa. En medio de los innumerables figurantes se encuentra B.

Llamo por teléfono a Z.




MIS ZAPATOS

¿He perdido mis zapatos? ¿Cómo he perdido mis zapatos?
  
Era en una gran verbena: podríamos dar toda una vuelta por el aire agarrándonos al extremo de una bala de cañón, de una bola o de unos globos —gag clásico del vendedor de globos cuyas mercancías se lo llevan volando.

El viaje se acababa sobre una plataforma muy alta. Para volver al nivel del suelo podíamos —era una de las atracciones más concurridas de la verbena— deslizarnos por un inmenso pasadizo de tela (como una manga enorme llena de pliegues, como un gigantesco intestino delgado): me aseguran que era muy impresionante, pero en absoluto peligroso.

Fue muy agradable, en efecto (caída libre siempre amortiguada), y totalmente inofensivo.

Al salir de este aparato, muy satisfecho, fui a sentarme en un banco. Ahí es cuando me di cuenta de que había perdido mis zapatos.

Llamo al empleado responsable de abajo y le pido ir a ver si mis zapatos se han quedado en el fondo del aparato. Me responde que es imposible. Insisto, añadiendo que son botines con cordones, casi nuevos (me los acaban de regalar), fácilmente reconocibles. Pero el empleado sigue afirmando que eso no sucede nunca, que no puede suceder. Debo insistir durante largo tiempo antes de que se decida a ir a ver.

Vuelve repetidas veces, sujetando en la mano zapatos que, manifiestamente, no son los míos. Al final encuentra uno, después el otro.

Noto, detalle en el que aún no había reparado, que en el extremo de mis suelas se encuentran dos pequeñas clavijas metálicas que permiten adaptar instantáneamente cuchillas de patines sobre hielo.




De La cámara oscura (Impedimenta, 2010)
Traducción de Mercedes Cebrián

martes, 27 de marzo de 2018

Bob Flanagan & David Trinidad - Yo



Esto es lo que se llama una autobiografía:
empieza con mi nacimiento en el medio oeste
americano, un país conocido por sus
muñecas de papel, sus tarjetas de béisbol y sus comics—
cosas que se pueden doblar y poner adentro
de la vianda y llevar a la escuela.
Mi escuela era una prisión, pero mi vianda
estaba decorada con dibujos de mis momentos
favoritos de la historia -la mía- personal
aunque también más grande que la vida.
Mi lonchera de los Locos Addams lo decía bien:
entre más raro mejor. Creía en esto,
de ahí mi pasión por los cuerpos tatuados.
Las películas de terror y las revistas de detectives
me estimulaban con promesas de violencia
y los concursos en la televisión me enseñaron
el valor del conocimiento y las grandes ganancias.
Tapado de electrodomésticos
como un recién casado, pero no tenía idea
de cómo hervir, batir, mezclar, licuar
todos los ingredientes insípidos
de mi vida mundana. Año tras año,
contemplaba mis adquisiciones
mientras se apilaban y me rodeaban
como la mierda de las palomas en la estatua que construí
para inmortalizar mi compasión
y recordarme que no soy un monstruo.
Casi siempre era sensible y
recibía los golpes de la vida sin devolverlos.
Aunque hace tiempo pinché un muñeco vudú
novecientas veces en el corazón, hasta que mi madre
me descubrió y me dijo, “Basta”. Desde entonces
nunca volví a perder la paciencia, o cualquier otra cosa.
Lo único que lamento es que
tampoco encontré nada, sólo esto:
“Todos los que insisten llegan a las cumbres”.


De Una muestra de miel (Zindo & Gafuri, 2016)
Traducción de Patricio Grinberg y Luis Alberto Arellano

miércoles, 21 de febrero de 2018

Anton Chéjov - Algunas notas




Nuestro universo se encuentra, probablemente, en el diente de algún monstruo.



Al abuelo le dan de comer pescado; si no se envenena, si sigue con vida, el resto de la familia come.



A las nuevas formas de la literatura la suceden siempre nuevas formas de vida; por eso resultan detestables a un espíritu conservador.



La gente adora hablar de sus enfermedades, aunque estas sean lo menos interesante de su vida.  



Un mendigo ciego cantaba una canción de amor.



Un científico sin talento ha trabajado durante 24 años sin hacer nada bien, formando decenas y decenas de científicos tan mediocres y negligentes como él mismo. Pero, casi en secreto, por la noche, encuaderna libros, esa es su verdadera vocación; al hacerlo, se siente artista y se llena de júbilo. Un encuadernador viene a visitarlo, amateur pero erudito. Este, secretamente, por las noches se dedica a la ciencia.



Mitia y Katia escuchaban decir que su padre hacía explotar rocas en la cantera. Y ellos quisieron, también, hacer explotar a su colérico abuelo. Tomaron una libra de pólvora del taller de su papá, llenaron una botella, le insertaron una mecha, y pusieron la bomba bajo el sillón del abuelo que, tras el almuerzo, dormitaba; pero los soldados y la banda militar pasaron justo entonces frente a la casa, y el milagro de la música les impidió ejecutar su proyecto.



Todo es mejor allí donde no estamos; el pasado sólo puede parecernos maravilloso cuando lo dejamos atrás.




N es la mujer del suplente del procurador, que luego se vuelve miembro del tribunal, y después miembro de la Corte, un hombre mediocre, sin interés. Ella ama perdidamente a su marido, y lo amará hasta la tumba. Le escribe cartas breves y conmovedoras cuando se entera de sus infidelidades. Y cuando ella muere tiene la expresión conmovedora del amor. Sin suda, no era a su marido a quien amaba, sino a otra persona, un ser sublime, magnífico, inexistente, y volcaba este amor en su marido. Después de su muerte, en la casa, creían escuchar sus pasos.



Hacía cuarenta años que Pavel era cocinero. Pero lo que cocinaba no le gustaba, no lo comía jamás.



"Cigarras de la mejor calidad" leía X, al pasar todos  los días por la calle y, cada vez se sorprendía: ¿cómo es posible que vendan cigarras, y quién puede tener necesidad de una cigarra? Sólo treinta años más tarde leyó con atención. "Cigarros de la mejor calidad."



En arte, el público aprecia todo lo que es banal y conocido desde hace mucho tiempo, todo aquello a lo que se ha acostumbrado.



Los perros de la casa idolatraban, no a sus amos que les daban de comer y los acariciaban, sino a la cocinera, una extraña que les daba palazos.



De Cuaderno de notas (La Compañía de los Libros, 2011)
Traducción de Leopoldo Brizuela

jueves, 15 de febrero de 2018

Dos poemas de Denise Levertov




LOS TIBURONES

Y bien, el último día aparecieron los tiburones.
Aparecen aletas negras, inocentes
como una advertencia. El mar se torna
siniestro, ¿están por todas partes?
Créelo, dejan en el agua una brecha de seis pies.
¿No es este el mismo mar, y ya no
jugaremos más con él?
Me gustaba diáfano, y no
demasiado calmo, con bastantes olas
para lanzarme a él. Por primera vez
había osado nadar en lo hondo.
Llegaron al atardecer, en el instante
en que un resplandor cobrizo aquieta el mar,
no lo suficientemente oscuro aún
para ser iluminado por la luna, aún
lo bastante claro para verlos fácilmente. Negro
el aguzado borde de las aletas.




LA TERCERA DIMENSIÓN

Quién me creería si
dijera: “Me agarraron y

hendieron desde
el cuero cabelludo hasta la pelvis, y

todavía estoy viva, y
me paseo contenta

del sol y todas
las dádivas del mundo”. La honestidad

no es tan simple:
la simple honestidad no es

sino una mentira.
¿No esconden los árboles

el viento entre
sus hojas y

hablan con susurros?
La tercera dimensión

se esconde.
Si los empedradores

parten piedras, las
piedras son piedras:

pero el amor
me partió en dos

y estoy
viva para

contar el cuento; pero no
honestamente:

las palabras
cambian las cosas. Deja que sea

—aquí, bajo el dulce sol—
una ficción, mientras yo

respiro y
cambio el paso. 




De El poeta y su trabajo II (Editorial Universidad Autónoma de Puebla, 1983)
Traducción de Alberto Girri

lunes, 12 de febrero de 2018

Jules Renard - Fragmentos



23 de noviembre de 1888

No serás nada. Por más que hagas: no serás nada. Comprendes a los mejores poetas, a los prosistas más profundos, pero aunque digan que comprender es igualar, serás tan comparable a ellos como un ínfimo enano puede compararse con gigantes.

Trabajas todos los días. Te tomas la vida en serio. Crees fervorosamente en tu arte. Eres moderado con la mujer. Pero no serás nada.

No tienes que preocuparte por el dinero, no has de ganarte el pan de cada día. Eres libre, y el tiempo te pertenece. Solo tienes que querer. Pero te falta poder.

No serás nada. Llora, grita, agárrate la cabeza con las dos manos, espera, desespera, reanuda la tarea, empuja la roca. No serás nada.

Tienes una cabeza extraña, esculpida a cuchilladas como las de los genios. La frente se te ilumina como a Sócrates. Según la frenología, recuerdas a Cromwell, a Napoleón y a tantos otros, y sin embargo no serás nada. ¿Por qué este derroche de buenas disposiciones, de dones favorables, si no has de ser nada?

¿En qué astro, en qué mundo, al amparo de qué Dios, en qué nueva vida contarás entre los seres, dónde te envidiarán, dónde los vivos te saludarán respetuosamente, dónde serás algo?



18 de marzo de 1890

Los elogios se invierten como se invierte el dinero, para que nos lo devuelvan con intereses.



2 de junio de 1890

He construido castillos en el aire tan hermosos que me conformo con las ruinas.



30 de mayo de 1894

Mi literatura no es sino la continua corrección de lo que me sucede en la vida.

Como alguien que febrilmente busca en un libro qué hacer para reanimar al ahogado que yace en la orilla.



29 de julio de 1895

Toda nuestra crítica consiste en reprochar a otros que no tengan las cualidades que nosotros creemos tener.



8 de diciembre de 1896

El paraíso no está en la tierra. Pero hay fragmentos. En la tierra hay un paraíso roto.



30 de diciembre de 1896

Un mono: un pariente pobre.



14 de mayo de 1898

Tengo gustos de acróbata solitario. Me gusta darme la espalda a mí mismo.



20 de julio de 1898

La esperanza es salir con un sol radiante y regresar bajo la lluvia.



1 de octubre de 1898

A ti y a mí, cerdo, solo nos apreciarán una vez muertos.

La moral está en los hechos, no en los sentimientos. Si cuido bien a mi padre, puedo entretenerme deseando su muerte.



11 de marzo de 1901

Trata de no aceptar nada de manos que no te gustaría estrechar si no te ofreciesen nada.



10 de noviembre de 1901

Amo, amo, ciertamente amo, y creo amar profundamente a mi mujer, pero de todo lo que dicen los grandes amantes —Don Juan, Rodrigo, Ruy Blas— no hay una sola palabra que pudiera decirle sin echarme a reír.



17 de noviembre de 1901

¡Qué rabia no ser Victor Hugo!



15 de abril de 1902

El pájaro enjaulado no sabe que no sabe volar.



2 de noviembre de 1903 

Me felicitan por no escribir demasiado. Pronto me felicitarán por no escribir nada.



11 de octubre de 1904

En los campos de patatas, todos los campesinos parecen cavar sus tumbas.



16 de diciembre de 1904.

Por fin sé lo que distingue al hombre de la bestia: los problemas de dinero.



11 de agosto de 1907

Imagino muy bien mi busto en la plaza del cementerio viejo con esta inscripción:


A JULES RENARD

sus compatriotas indiferentes.



De Diario 1887-1910 (Debolsillo, 2008)
Traducción de Josep Massot e Ignacio Vidal-Folch