martes, 8 de enero de 2019

Siete relatos de Lydia Davis



LOS SENTIDOS

Mucha gente trata a sus cinco sentidos con cierto respeto y consideración. Lleva sus ojos al museo, la nariz a una exposición de flores, las manos a la sección de sedas y terciopelos de una tienda de tejidos; sorprenden a sus oídos con un concierto, y le brindan a la boca la emoción de comer en un restaurante.

Pero la mayoría de las personas obligan a sus sentidos a trabajar a fondo día tras día: ¡Leedme el periódico! ¡Vigila, nariz, si la comida se quema! ¡Oídos! ¡Atentos a si llaman a la puerta! ¡Ahora! Los sentidos se cansan. A veces, mucho antes del final, dicen: «Me retiro. Me libro de ese ahora». Y entonces la persona se siente menos preparada para enfrentarse al mundo, y se queda más tiempo en casa, sin parte de lo que necesitaría para seguir adelante.

Si todos los sentidos la abandonan, se queda verdaderamente sola: en la oscuridad, en silencio, entumecidas las manos, sin nada en la boca, sin nada en la nariz. Entonces se pregunta: ¿Los traté mal? ¿No les di ni una alegría?



EL PESCADO

Está frente a un pescado, pensando en ciertos errores irrevocables que ha cometido hoy. El pescado está cocido, y ella está a solas con él. El pescado es para ella: no hay nadie más en la casa. Pero ha tenido un día problemático. ¿Cómo va a comerse este pescado, que se enfría sobre una superficie de mármol? Y, sin embargo, tampoco el pescado, inmóvil como está, y desprovisto de sus espinas, y despojado de su piel de plata, ha estado nunca tan sólo como en este momento: violado irremediablemente y observado con ojos cansados por esta mujer que ha cometido el último error de la jornada y le ha hecho esto.



LA BISABUELA

En la reunión familiar pusieron a las bisabuelas al sol, en el porche. Pero, por algún problema con los niños, en el momento en que el cuñado caía en un estupor alcohólico, todos nos olvidamos de las bisabuelas un buen rato. Cuando abrimos la puerta vidriera, pasamos entre las siringas y nos acercamos a las ancianas iluminadas por el sol, era demasiado tarde: sus manos nudosas se habían fundido con la madera del puño de sus bastones, los labios eran una membrana hendida, los globos oculares, endurecidos, miraban imperturbables hacia el bosquecillo de castaños en el que los niños iban y venían como exhalaciones. Sólo la vieja Agnes conservaba algo de vida, podíamos oír cómo respiraba por la boca, podíamos ver su corazón, funcionando bajo el vestido de seda, pero, cuando nos acercamos a ella, se estremeció y se quedó inmóvil.



LA MADRE

La chica escribió un cuento. «Sería mucho mejor si escribieras una novela», dijo su madre. La chica construyó una casa de muñecas. «Sería mucho mejor si fuera una casa de verdad», dijo la madre. La chica hizo un cojín para su padre. «¿No hubiera sido más útil un edredón?», dijo la madre. La chica excavó un pequeño hoyo en el jardín. «Sería mucho mejor si excavaras uno grande», dijo la madre. La chica excavó un gran hoyo y, dentro, se echó a dormir. «Sería mucho mejor si te durmieras para siempre», dijo la madre.



LA EXCURSIÓN

Un ataque de ira cerca de la carretera, una negativa a hablar en el camino, un silencio en el pinar, un silencio al cruzar el viejo puente del ferrocarril, un intento de ser amable en el agua, un rechazo a terminar la discusión en las piedras lisas, un grito de ira en el terraplén de la orilla, unas lágrimas entre los matorrales.



LA MUJER NÚMERO TRECE

En una ciudad de doce mujeres había una decimotercera. Nadie admitía que vivía allí, no recibía cartas, nadie le hablaba, nadie preguntaba por ella, nadie le vendía pan, nadie le compraba nada, nadie le devolvía la mirada, nadie llamaba a su puerta; la lluvia no caía sobre ella, el día nunca amanecía para ella, el sol nunca brillaba sobre ella, la noche nunca caía para ella; para ella las semanas no pasaban, los años no corrían; su casa estaba sin numerar, su jardín sin cuidar, sin pisadas su camino, sin sueño su cama, sin comer su comida, sin arrugas su ropa; y, a pesar de todo, seguía viviendo en la ciudad sin resentimiento por lo que la ciudad le hacía.



DESASTRE NATURAL

No resistiremos mucho más aquí, en nuestra casa, a orillas del mar crecido. El frío y la humedad acabarán con nosotros, porque ya no es posible irse: el frío ha agrietado la única carretera que teníamos, la marea ha subido y, donde la marisma es más baja, ha invadido las grietas, ha inundado las grietas, recubriéndolas con cristales de sal, y ha subido de nuevo, más aún, y ha vuelto la carretera intransitable.

El mar llega por las tuberías a nuestros lavabos, y el agua que bebemos es salobre. Han aparecido moluscos en nuestro patio y en nuestro jardín y no podemos dar un paso sin pisar las conchas. Cada vez que sube la marea, el mar cubre nuestros campos y, cuando se retira, deja charcas entre los rosales y en los surcos del terreno donde tenemos plantado centeno. Se ha llevado las semillas; los cuervos se han comido lo poco que había quedado.

Nos hemos trasladado a las habitaciones más altas de la casa y observamos desde la ventana cómo los peces brillan entre las ramas del melocotonero. Una anguila mira, desde abajo, nuestra carretilla de mano.

Se hiela lo que lavamos y tendemos para que se seque en la ventana de arriba: nuestras camisas y pantalones hacen extrañas contorsiones en la cuerda. La ropa que llevamos está siempre húmeda, y la sal nos roza la piel hasta provocarnos rojeces y llagas. Ahora pasamos casi todo el día en la cama bajo mantas pesadas y ásperas; las paredes de madera están hinchadas por la humedad; el mar penetra en las grietas de los alféizares y gotea en el suelo. Tres de los nuestros han muerto de neumonía y bronquitis a diferentes horas de la madrugada, antes del amanecer. Quedamos tres, y estamos débiles, apenas si podemos dormir ligeramente, pensar sin confusión, ver todavía con dificultad la luz y la tiniebla, sólo turbiedad y sombra.



De Cuentos completos (Seix Barral, 2009)
Traducción de Justo Navarro

viernes, 4 de enero de 2019

Kenneth Koch - El arte de la poesía (tres fragmentos)




Qué tan bueno debe ser un poema
antes de que decidamos publicarlo o dárselo a leer a los demás
se puede decidir aplicando las siguientes reglas: pregúntate 1) ¿Es extraordinario?
¿Disfruto cada vez que lo leo?¿Dice algo que yo no sabía
antes de sentarme a escribirlo? y 2) ¿Me convierte en alguien mejor,
o más sabio, o las dos cosas? ¿o pueden las dos no estar
separadas? 3) ¿Es realmente mío
o lo robé de otro lugar? (Esto a veces sucede,
aunque no con tanta frecuencia) 4) ¿Revela algo sobre mí
que no querría que nadie supiera? 5) ¿Es suficientemente “moderno”?
(más sobre esto en breve) 6) ¿Es mi propia “voz”?
Además, está claro, de las preguntas más obvias, como
7) ¿Hay alguna incomodidad no deseada, efectos baratos, intentos infundados de obtener atención
fanfarronadas, ñoñerías, pseudo profundidad, trucos pasados de moda,
fragmentos de sueños mal incorporados, y otras basuras del tipo “bésame, soy poético”?
¿Está libre de esto mi poema? 8) ¿Se mueve fluida y velozmente
de la excitación al sueño para luego llegar desbordando razón
con pureza y solidez y alegría? 9) ¿Es del tipo de poema
que yo envidiaría si otro lo escribiera? 10)
¿Estaría feliz de irme al Paraíso con este poema abrochado en mi
chaqueta angelical como en una pasarela?¿En serio? Y si puedes responder que Sí a todos estos puntos
menos al 4, cuya respuesta debe ser No,
entonces puedes mostrarlo, al menos en ese momento.
Yo volvería a mirarlo, de todos modos, quizás en un par de horas, después en una o dos semanas,
y después en un mes, momento en el que
probablemente te sientas seguro.
Volver a leer un poema ciertamente causa angustia
en muchos casos, pero eso es algo que un escritor debe aprender a sobrellevar.
porque sin eso sería como una gallina que nunca sabrá qué está haciendo,
mientras va pavoneándose y aleteando por la vida. 




En la escritura
el dolor es relativamente poco. No necesitamos volver a hablar de esto
salvo en el miedo de “haber perdido el talento”,
del que voy a hablar enseguida. Este miedo
es un miedo perfectamente lógico para los poetas,
y todos ellos, de tanto en tanto, lo sentirán. Es muy raro
pero eso que uno hace mejor y de lo que depende su felicidad
en gran medida, depende de factores
que parecen estar fuera del control de uno. Porque ¿de dónde viene
la inspiración?
¿Se quedará feliz en su habitación o me visitará esta noche?
¿Soy ya demasiado viejo para que me bese? ¿Le gustará más aquel chico que yo?
¿Soy un viejo cerdo consumido? ¿Es este el fin? ¿Perdí
ese dulce don que tuve la semana pasada,
el mes pasado, el año pasado, la década pasada, que les gustaba a todos
y especialmente a mí? Ya no puedo sentir su tibieza—
lo perdí. Y cuando escribes un nuevo poema
que te gusta, te olvidas de esa angustia, y así hasta tu muerte,
tras la cual serás recordado, no por “haber mantenido tu talento”,
sino por lo que escribiste, más allá de tus preocupaciones y tus miedos.
La verdad, me parece, que nadie pierde su talento,
aunque a veces podemos traspapelarlo —en intentos por permanecer en el pasado,
en aventuras inútiles pensadas para complacer a esos a los que,
si uno pudiera ver claramente, no quisiera complacer,
en libretos de ópera, o incluso en la propia vida
en alguna parte. Pero casi siempre puedes encontrarlo, quizás en la búsqueda de nuevas formas
o no en una forma, sino en la (aparente) falta de ella —
en el “stream of consciousness”. O, por el contrario, puedes tratar de traducir algo.
Renuncia a repetir lo que tuvo éxito hace años. Busca
el éxito de algo con lo que nadie soñó. Escribe un manual de pesca poético. Intenta un arte del amor.
Como sea, estate atento a aquello que temes haber perdido,
el talento que se te traspapeló. Los únicos modos de perderlo realmente
son los daños cerebrales serios y el estar tan atraído
por otra cosa (como dinero, sexo, arreglar motores caros)
que te olvidas de él por completo. Y en ese caso ¿a quién le importa haberlo perdido?




Recuerda, tu obligación es escribir
y, en la escritura,
ser serio sin ser solemne, ser fresco sin ser frío
ser inclusivo sin ser necio, particular sin ser quisquilloso, femenino sin ser afeminado,
masculino sin ser bruto, humano, manteniendo todas las gracias animales
que tenías dentro del vientre, y ser como una bestia sin ser inhumano.
Haz que tu lenguaje siempre sea exquisito, y fresco y verdadero.
No seas engreído. Deja que tu emoción y compasión
te guíen. Y cada vez que emprendas algo, llévalo hasta el fin.




De "El arte de la poesía"; poema incluido en Un tren oculta otro tren (Zindo & Gafuri, 2017)
Traducción de Silvia Galup y Aníbal Cristobo


jueves, 27 de diciembre de 2018

Édouard Levé - Algunas obras




1. Un libro describe obras que su autor imaginó, pero que no ha realizado.



4. Se dejan caer de una grúa maniquíes de aluminio del tamaño de un hombre de diferentes alturas. Sometidos a una metamorfosis por las abolladuras, adoptan la pose que les impone su nueva morfología.



64. Un abrigo hecho de luciérnagas.



73. Se exhiben en una vitrina notas manuscritas encontradas en los bolsillos de gente muerta.



84. Se arma un inventario fotográfico de obras destruidas. Cenizas y escombros reemplazan la pieza cuando su destrucción es total. Los daños se clasifican en distintos tipos: incendio, inundación, inmersión, terremoto, choque, caída, derrumbe, bombardeo, atentado, vandalismo, mala conservación.  



90. Apocalipsis. Un cordero disecado se mantiene de pie, degollado. Tiene siete ojos. Y siete cuernos.



93. Instalado en el campo, un hombre dibuja levando la mina del lápiz hacia los lugares desde donde viene el canto de los pájaros. De principio a fin, la mina no se despega del papel. Cuando se dirige hacia un sonido, el trazo se mantiene a una distancia del centro proporcional a la que separa al hombre del pájaro. El centro de la hoja corresponde, a escala, al lugar que él ocupa en el paisaje.  



95. Un artista realiza diez pinturas en sus uñas. Las de la mano izquierda las pinta con la derecha y viceversa. La exposición tiene lugar en el domicilio del espectador. El artista pone a su disposición un dado con diez caras, que debe tirar. Se muestra el dedo correspondiente al número que salga, durante el tiempo que el observador quiera. Los otros dedos permanecen ocultos. Después de tirar diez veces el dado, la exposición termina. El espectador tiene treinta y seis chances entre cien mil de ver las diez pinturas en la misma sesión.



157. Se plastifican fotografías en formato pequeño y se las enrolla. Su autor las ingiere y las expulsa después de realizado el proceso normal de exposición. Luego se exponen.



165. Fotografías borrosas representan obras realizadas por artistas miopes, como ellos las verían sin anteojos.



200. Un film de un minuto reconstituye la caída de Charles Baudelaire en las baldosas de la iglesia de Saint-Loup, en Namur. La descendiente directa de su hermano interpreta al poeta.



247. En lugar de cada párrafo de una novelase imprime un rectángulo negro cuya superficie es la suma de las superficies de sus letras. Los espacios y los interlineados han desaparecido. La parte superior de los rectángulos se ubica en donde comenzarían los párrafos correspondientes. La narración se reduce a una serie de pinturas geométricas.



252. En una escuela abandonada, se invita a los visitantes a elegir uno de los círculos de pelo humano ubicados en el suelo y a arrodillarse ahí.



263. Un hombre sentado mira un cerebro sumergido en un acuario esférico lleno de agua, ubicado sobre una mesa. Fotografía.



320. Los elementos de un zapato se ensamblan en forma de esfera.



333. Una silla enorme rodeada de varias mesitas.



412. Cincuenta personas protestan sin causa, con pancartas y banderines que no tienen nada escrito. En silencio, caminan por las calles. Se filma la manifestación hasta que la neutralicen las fuerzas de seguridad.



413. Un hombre copia meticulosamente pinturas abstractas realizadas por monos.



438. Un cirujano realiza tatuajes invisibles en las paredes de los órganos internos.



531. Después de haber publicado un libro en el que describe proyectos de obras que no ha realizado, el autor lo reescribe en lápiz en un cuaderno, de memoria, con los ojos cerrados. 



De Obras (Eterna Cadencia, 2018)
Traducción de Matías Battistón

viernes, 14 de diciembre de 2018

Tres poemas de Hilde Domin




PAISAJE CAMBIANTE

Uno tiene que saber irse
y sin embargo, ser igual que un árbol:
como si se quedasen las raíces en el suelo,
como si se moviese el paisaje
y nosotros nos quedásemos parados.
Aguantar la respiración
hasta que cese el viento
y el aire ajeno comience a rodearnos,
hasta que el juego de luz y sombra,
de azul y verde,
muestre los viejos patrones
y estemos como en casa
donde sea,
y podamos sentarnos y recostarnos
como si fuera la tumba
de nuestra madre.




CASA SIN VENTANAS

El dolor nos encierra en un ataúd,
en una casa sin ventanas.
La primavera deja ver las flores
límpidas y más claras
sus aristas.
Mi noche, una apuesta,
un dado de silencio.

El consuelo quiere entrar
y no halla puertas, ni ventanas.
Enfurecido amontona la leña
quiere forzar un milagro y
enciende
la casa del dolor.




COLONIA

La ciudad hundida
para mí
sola
hundida.

Nado
en las calles.
Otros caminan.

Las viejas casas
tienen grandes puertas nuevas
de vidrio.

Los muertos y yo
nadamos
a través de las puertas nuevas
de nuestras viejas casas.




De Canciones para dar aliento (Llantén, 2018)
Traducción de Geraldine Gutiérrez Wienken

martes, 11 de diciembre de 2018

Peter Zumthor - Fragmentos sobre arquitectura




La construcción es el arte de configurar un todo con sentido a partir de muchas particularidades.




Creo que, en el contexto de un objeto arquitectónico, los materiales pueden adquirir cualidades poéticas si se generan las pertinentes relaciones formales y de sentido en el propio objeto, pues los materiales no son de por sí poéticos.




Amo la música. El lento fraseo de los conciertos de piano de Mozart, las baladas de John Coltrane, el timbre de la voz humana en ciertas canciones me son muy cercanos.

La capacidad humana de inventar melodías, armonías y ritmos me deja estupefacto.

No obstante, el mundo de los sonidos abarca también lo contrario de la melodía, la armonía y el ritmo; aparte de los sonidos meramente funcionales que llamamos ruido, conocemos desarmonías y ritmos quebrados, fragmentos y apelotonamientos de sonidos, elementos con los que trabaja la música contemporánea.

Creo que la arquitectura contemporánea debería disponer un plan tan radical como la nueva música, aunque poniéndole límites a ese imperativo. Cuando la composición de un edificio se basa en desarmonías y fragmentaciones, en una secuencia de ritmos rotos, clustering y quiebres estructurales, si bien es verdad que esa obra puede transmitir mensajes, la curiosidad se disipa con la comprensión del enunciado, y la que queda es la pregunta sobre la utilidad del objeto arquitectónico para la vida práctica.




La arquitectura tiene su propio ámbito existencial. Dado que mantiene una relación especialmente corporal con la vida, en mi opinión, al principio no es mensaje ni signo, sino una cobertura y un trasfondo de la vida que junto a ella ocurre, un receptáculo sensible para el ritmo de los pasos del suelo, para la concentración  del trabajo, para el sosiego del sueño.




El dibujo arquitectónico intenta traducir en imagen, del modo más preciso posible, la irradiación del objeto en un determinado lugar. Pero justamente el empeño puesto en esta representación puede dejar sentir con especial claridad la ausencia del objeto real, lo que conlleva que se manifiesta la insuficiencia de toda representación, así como una curiosidad por la realidad prometida en esa representación y, quizá también en el caso de que lo prometido nos conmueva, el deseo ardiente de que se haga presente.




Los detalles deben expresar lo que exija la idea fundamental del proyecto en su lugar correspondiente: copertenencia o separación, tensión o ligereza, fricción, solidez, fragilidad.

Los detalles, cuando salen bien, no son decoración. No distraen, no entretienen, sino que conducen a la comprensión del todo, a cuya esencia necesariamente pertenecen.




La presencia de determinado edificios tiene, para mí, algo secreto. Parecen simplemente estar ahí. No se les depara ninguna atención especial, pero sin ellos es casi imposible imaginarse el lugar donde se erigen. Estos edificios parecen estar fuertemente enraizados en el suelo. Dan la impresión de ser una parte natural de su entorno, y parecen decir: “Soy como tú me ves, y pertenezco a este lugar”.

Despierta toda mi pasión poder proyectar edificios que, con el correr del tiempo, queden soldados de esta manera natural con la forma y la historia del lugar donde se ubican.




Con cada nuevo edificio se interviene en una determinada situación histórica. Para la calidad de esta intervención, lo decisivo es si se logra o no dotar a lo nuevo de propiedades que entren en una relación de tensión con lo que ya está allí, y que esta relación cree sentido. Para que lo nuevo pueda encontrar su lugar nos tiene primero que estimular a ver de una forma nueva lo preexistente. Uno arroja una piedra al agua: la arena se arremolina y vuelve a asentarse. La perturbación fue necesaria, y la piedra ha encontrado su sitio. Sin embargo, el estanque ya no es el mismo que antes.




Los edificios que nos impresionan siempre nos transmiten un sentimiento fuerte de lo que es su espacio. Rodean, de un modo peculiar, ese misterioso vacío que llamamos espacio y lo hacen vibrar.




Estos tiempos de transformaciones no permiten grandes gestos. Son pocos los valores comunes que todos aún compartimos y sobre los cuales se puede construir. Por tanto, soy partidario de una arquitectura de razón práctica, que surja de aquello que todos nosotros aún podemos conocer, entender y sentir.




Si un proyecto bebe únicamente de lo existente y de la tradición, si repite lo que su lugar le señala de antemano, en mi opinión, está falto de la confrontación con el mundo, la irradiación de lo contemporáneo. Y, si una obra de arquitectura no nos cuenta sino del curso del mundo o de lo visionario, si hacer oscilar en ella al lugar concreto donde se levanta, entonces echo de menos el anclaje sensorial de la construcción a su lugar, el peso específico de lo local.




Hay una acción recíproca entre nuestros sentimientos y las cosas que nos rodean. Como arquitecto debo confrontarme con todo esto. Trabajo en las formas, en las figuras (la fisonomía), en las presencias materiales que integran nuestro espacio vital. Con mi trabajo contribuyo a que aparezcan las circunstancias reales y creo determinadas atmósferas en el espacio que hacen que se despierten nuestros sentimientos.




La arquitectura es siempre una materia concreta; no es abstracta, sino concreta. Un proyecto sobre el papel no es arquitectura, sino únicamente una representación más o menos defectuosa de lo que es la arquitectura, comparable con las notas musicales. La música precisa de su ejecución. La arquitectura necesita ser ejecutada. Luego surge su cuerpo, que es siempre sensorial.




Entre la puesta de sol y el amanecer nos orientamos con las luces que nosotros mismos producimos y encendemos. Esas luces no son comparables con la luz del día; son demasiado débiles y flojas, con sus intensidades centelleantes y sus sombras, que se difunden con tanta rapidez. Pero si no pienso en esas luces que nosotros mismo fabricamos como un esfuerzo por suprimir la noche, sino que intento pensarlas en el seno mismo de la noche, como una acentuación de la misma, como lugares íntimos de luz en medio de la oscuridad creados por el hombre, entonces se vuelven hermosas y pueden desarrollar su propio encanto. ¿Qué luces queremos encender en el periodo que va entre la puesta de sol y el amanecer? ¿Qué queremos iluminar en nuestras casas, en nuestras ciudades y en nuestros paisajes? ¿Cómo y durante cuánto tiempo?



De Pensar la arquitectura (Gustavo Gilli, 1998)
Traducción de Pedro Madrigal

sábado, 8 de diciembre de 2018

Cinco poemas de María Negroni




BIOGRAFÍA

Me llamo Emily. Nací en Nueva Inglaterra, un 10 de diciembre muy blanco y altivo, y otra vez blanco. Mi padre nos leía la Biblia con ojos de Pentateuco, afirmando que ese libro, que es el Libro de los Libros, contiene cuanto existe de inhallable en lo real. Tuve que buscar cómo engendrarme de algún modo, recurrir al silencio que es nido muy vacío, muy en paz. Así inventé los bosques, el desquiciado mundo, la antigüedad del agua. Esa fue mi forma de partir. Aún no he regresado.  



PELIGRO

Yo no quería depender de un solo ser. Me hubiera muerto de temblor, de espera. Preferí balbucear como una idiota en el jardín manchado de lenguaje, esperar su sentencia —de Muerte— con mi laúd de música mía. Yo quise que la mente dictara las palabras, no lo oscuro que sentía. Yo quería ver Amherst a la luz de septiembre, cuando el aire deja de ser aire y la boca está plena de lo que no tuvo. Dulce vino mucho que se da de beber, siempre más, en el bosque de al lado. Nada como una música que no se puede tocar.



CONJUGACIONES

Jugaba – jugabas – jugaba – jugábamos – jugaban – jugaban.
Los niños dejan el sol en la taza y se van a cazar el tesoro que nadie —jamás— sabrá traducir.



DESASTRE

En la exclusión que empieza —pero sigue— en el Jardín del Goce, poner en ascuas la cabeza, aguda y resfriada. Y después, en sociedad austera, aprender a olvidar también cantando. Es noche plena: palabra en metro que viene de tan lejos, breve cárcel. Dura ley cubrir con frialdad la frialdad, con estilo la ausencia, con poemas sin mundo el mundo. ¿Con qué alarido mudo iré al encuentro de lo que no pudo ser?



AMÉN

Que la vida me encuentre cubierta de harapos, con los ojos cóncavos. Que me sueñe menguante, sin la ayuda de gente —vertical— o dichosa.
Que no creer nada sea mi fe, mi éxtasis más hondo extinguirme.
Que arneses me arrastren hacia el gran trabajo.
Que unos cuantos niños de oraciones blancas.
Que los más de los días.
Que el barullo
y la gracia.



De Archivo Dickinson (La Bestia Equilátera, 2017)

jueves, 6 de diciembre de 2018

Gonçalo M. Tavares - Notas sobre música




Es evidente que la expresión "orejas largas" no resulta solo de una descripción anatómica. Orejas largas es aquel que sabe escuchar.

En la China antigua, los hombres de "orejas largas" eran considerados sabios, y los taoístas hablan de la capacidad, que algunos hombres tienen, de recibir una "luz auricular". Esa es también una bella definición de música.


*


Se absorbe la música como se absorbe algo que está en el aire y no se ve. Es, de hecho, una sustancia —y esa sustancia sonora puede tener una carga triste, alegre, neutral, melancólica o excitante. Y son raras las sustancias del mundo capaces de provocar reacciones tan distintas.


*


El sonido, nótese, es siempre una energía que recorre un itinerario laberíntico.

El oído humano está hecho para oír música y no por casualidad su estructura interna no es una línea recta, al contrario: es curva y contracurva, contracurva y curva.

Y en el laberinto ocurre esa cosa rara: avanzar es muchas veces lo mismo que andar para atrás.


*


El laberinto, retrasando lo que viene de afuera, da tiempo para que el cerebro se prepare para la llegada del sonido.


*


Oír es una forma sutil de voltear nuestro cuerpo hacia un lado. Si oigo el sonido que viene de mi derecha, aunque no voltee mi cuerpo hacia allá, ya está mentalmente inclinado hacia mi lado derecho. Eso.


*


Decidir a qué sonido dar atención es, al final, decidir a qué volumen poner las distintas partes del mundo. Es una decisión importante.


*


¿Qué hacemos cuando a nuestro oído llega una música informe, con melodías que nos dejan atontados, nos desequilibran, nos hacen caer, nos hacen pedir una silla para sentarnos? He aquí lo que hacemos: desistimos y decimos: eso no es música, es ruido. O entonces intentamos dar forma a este informe/disforme. Intentamos hacer cuadrados en lo que es caótico, hacer triángulos, rectángulos y circunferencias en lo que parece tener más de mil lados.


*


¿Cómo es que un sonido deja de estar loco? ¿Cómo es que un sonido deja de ser delirante? Exactamente como una persona deja de estar loca. Cuando algo o alguien la comprende, la escucha y le dice de forma clara y sincera: te entiendo. Entender al loco es ya curarlo, es dejar de considerarlo loco.


*


Conducidos por un músico arqueólogo, mil hombres comienzan a excavar la tierra en busca de un sonido. En busca, por lo tanto, de cualquier cosa que no tenga ancho, largo y espesor. Hombres que excavan no para encontrar viejas piezas, tesoros, huesos que expliquen la extinción de los dinosaurios —pero que excavan, simplemente, para intentar encontrar una música.


*


He aquí el fósil que todos quieren, el más raro, aquel que registra lo que los antiguos cantaban y silbaban.


*


De hecho, qué pena no saber qué cantaba el primer Homo sapiens.


*


La música es, de cierta manera, muda en términos de lenguaje. Los sonidos no hablan, existen como un elemento físico que aparece un instante y de inmediato desaparece —como una piedra que existiera, ocupara espacio y tuviera peso, pero solamente durante un microsegundo— para pronto desaparecer.
Una piedra efímera, he aquí el sonido; una piedra momentánea, he aquí el sonido. Y esto es raro, claro.

Y la partitura (para quien la sabe leer) puede ser vista, entonces, como el anuncio de esa piedra efímera, la amenaza de su aparición.


*


El final de un concierto, la extraña sensación de que la orquesta —que hace mucho abandonó el espacio y se retiró a bambalinas— continúa, al final allí, tocando en pleno espacio vacío.

¿Cuándo es que termina de sonar aquello que escuchamos? ¿Cuándo es que se cierra en los oídos el sonido? Como si existieran, de hecho, dos duraciones distintas de una música —una colectiva, pública, y otra individual y privada.


*


Que la música anuncie el mal o el bien, la violencia o el tedio, el placer o el dolor que duele mucho en el lugar equivocado, que anuncie todo y cada cosa en particular, pero que jamás anuncie la nada —he aquí lo que se pide a la música.


*


¿De qué sentirías más falta, perdiendo la audición? ¿De las informaciones que te darían por intermedio de la voz?

A esta respuesta posiblemente, después de mucho pensar, responderíamos: la gran pérdida sería la música. Porque la información sonora puede ser sustituida por otros varios tipos de información —información escrita, etc. Ahora bien, la música, esa, no puede pasar para otro medio. No es información. Si te vuelves sordo, perderás la música.



De Breves notas sobre música & breves notas sobre literatura-bloom (Matadero, 2018)
Traducción de María Alzira Brum