domingo, 23 de julio de 2017

Ocho piezas de Yoko Ono




PIEZA DE COLECCIÓN

Coleccionar en la mente los sonidos que
se han escuchado casualmente en la semana.
Repetirlos mentalmente en distinto orden
una tarde.

Otoño 1963




PIEZA DE ATRÁS I

Apagar la luz.
Ponerse detrás de una persona durante cuatro horas.




PIEZA DE ATRÁS II

Apagar la luz.
Caminar detrás de una persona durante cuatro horas.

Invierno 1961




PIEZA DE ESCONDITE

Esconderse hasta que todos se vayan a sus casas.
Esconderse hasta que todos se olviden de uno.
Esconderse hasta que todos mueran.

Primavera 1964




PIEZA DE CIUDAD

Caminar por toda la ciudad con un cochecito de bebé vacío.

Invierno 1961




PIEZA DE NIEVE

Pensar que está cayendo nieve.
Pensar que está cayendo nieve en todas partes
todo el tiempo.
Al hablar con una persona, pensar
que la nieve está cayendo entre
ambos.
Dejar de conversar cuando se piensa
que la persona está cubierta de nieve.

Verano 1963




PIEZA DE PIEDRA

Buscar una piedra que tenga el tamaño o el peso de uno.
Romperla hasta convertirla en polvo fino.
Tirarlo al río. (a)
Enviar pequeñas cantidades a los amigos. (b)
No decirle a nadie lo que se ha hecho.
No explicar sobre el polvo a los amigos
a quienes se les envió.

Primavera 1963




PIEZA DE QUEMAR

Hacer diferentes objetos para quemar.
Los objetos deben ser materiales y
complejos.

                p. ej:     autobiografía
                               bordado
                               juego de mahjong
                               silla tallada
                               estudio electrónico, etc.

Apreciar la diferencia de tiempo
que tardan en arder.
La pieza está lista cuando se conviertan en ceniza.

No utilizar objetos industriales para quemar.

Primavera 1960




De Pomelo (Ediciones de la Flor, 1970)
Traducción de Pirí Lugones

lunes, 3 de julio de 2017

Elizabeth Bishop - El pez


Pesqué un enorme pez, lo mantuve
junto a la embarcación, fuera del agua,
a medias, con mi anzuelo
enganchado en su boca. No luchó,
no había opuesto ninguna resistencia.
Hoscamente pendía con su peso
demolido y horrible y venerable.
Su parda piel estaba en ciertas partes
descascarada como papel-tapiz, tenía formas
como rosas en pleno florecimiento, pero
tiznadas y diluidas por la vejez.
Lo moteaban percebes y rosetas
finísimas de cal. Lo infestaban
diminutos piojos marinos.
De su vientre colgaban
hilachas de sargazo.
Mientras sus branquias respiraban
el oxígeno atroz —aterradoras agallas,
sanas, tersas de sangre,
capaces de cortar brutalmente—
pensé en la basta carne blanca
comprimida como plumaje,
las espinas grandes y pequeñas,
los salvajes colores negro y rojo
de sus entrañas deslumbrantes.
su vejiga de natación
rosada como una enorme peonía.
Miré sus ojos amarillentos,
mucho mayores que los míos,
aunque menos profundos;
los iris empotrados y rellenos
con papel de estaño impreciso
visto a través de una mica antigua y con rayas.
Se movían levemente, aunque no
para corresponderme la mirada:
eran como un objeto
que se inclinara hacia la luz.
Admiré su cara resentida,
el mecanismo de su mandíbula.
Entonces vi
que de su labio inferior
—si eso puede llamarse labio—
húmedo, torvo, en forma de arma,
colgaban cinco viejos sedales,
o tal vez cuatro y un alambre
con el sistema giratorio aún atado,
y sus cinco grandes anzuelos
firmemente clavados en su boca.
Un sedal verde, hilachas a su término,
donde el pez lo rompió;
dos sedales más gruesos
un esbelto hilo negro, rizado
por forcejeos y sacudimientos
de cuando se libró y pudo escapar.
Como medallas de raídos listones
oscilantes, cinco pelos,
barbas de la sabiduría,
brotaban
de su mandíbula doliente.
Yo miraba y miraba
y la victoria llenó
la embarcación de alquiler,
desde el fondo junto a la quilla
donde el petróleo desplegaba un arcoíris
en torno del motor comido de óxido,
hasta el desaguador anaranjado, las bancas
hendidas por el sol, las chumaceras
en sus toletes, hasta que todo fue
arcoíris, arcoíris, arcoíris.
Y dejé que el pez escapara.


De Más de dos siglos de poesía norteamericana I (UNAM, 1993)
Traducción de José Emilio Pacheco