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miércoles, 22 de octubre de 2014

Cuatro poemas de Charles Reznikoff


*
Comerás pan con sal y
beberás agua con mesura,
y sobre la tierra dormirás
y vivirás una vida de sufrimientos…
Mishnah, Aboth 6: 4

Salmón y vino tinto
Y una torta suculenta con pasas de uvas y nueces:
ninguna dieta para un escritor de versos
que debe aprender a ayunar
y beber agua con mesura.

Aquellos de nosotros sin casa ni tierra
que partimos mañana
debemos mantener nuestro equipaje liviano
un salmo, tal vez un diálogo—
breve como la canción de Lamec en el Génesis,
incluso Job entre sus amigos—
pero no más.

Como un árbol en diciembre
después que los vientos lo desnudaron
dejando solo tronco y ramas
para atravesar y sobrevivir
la ráfaga del invierno.


*

Mientras vagaba con mis infelices pensamientos,
miré y vi
que había llegado a un lugar soleado
familiar y aún así extraño.

“¿Dónde estoy?” le pregunté a un extraño. “En el Paraíso.”
“¿Puede esto ser el Paraíso?” pregunté sorprendido,
porque había autos y fábricas.
“Lo es”, respondió. “Éste es el sol que brilló sobre Adán una vez;
y el mismo viento que sopló sobre él, también.”


*

Caminando por la autopista,
huelo las flores amarillas de un arbusto,
miro los tordos sobre el césped, quizás—
pero ¿por qué todos
se alejan acelerando sus autos,
a dónde van
con tanto apuro?
Deben estar yendo a escuchar hombres sabios
y a mirar mujeres hermosas,
y yo soy un tonto
por estar deambulando acá solo.


*

Los demoledores de casas dejaron una puerta y una escalera,
que ahora conduce a la habitación vacía de la noche.


De Para atravesar y sobrevivir la ráfaga del invierno (Luz Mala Ediciones, Mar del Plata, 2013)
Traducción de Celeste Soresi y Mariela Montero

lunes, 17 de septiembre de 2012

Charles Reznikoff - Masacres


De HOLOCAUSTO:


MASACRES*

1

El primer día que llegaron los alemanes a la ciudad
donde vivía la muchacha
juntaron a los hombres judíos y los obligaron a recoger la basura de las calles
con las manos.
Los hicieron desvestirse
y tras cada judío, un soldado alemán con bayoneta
le ordenaba correr:
si el judío paraba,
recibía un piquete en la espalda.
Casi todos regresaron a sus casas sangrando,
entre ellos su padre.
Después, cuando la guardia alemana abandonó la plaza,
la invadieron grandes camiones;
de cada uno saltaron cerca de doce soldados,
con uniformes verdes y cascos de acero:
eran hombres de las S.S.
Fueron de puerta en puerta
sacaron a los hombres judíos —jóvenes y viejos—   
y los llevaron a la plaza:
ahí les hicieron poner las manos en la nuca.
Aquella vez se llevaron unos treinta judíos;
entre ellos, su padre.
Los subieron a un camión y se los llevaron.
La muchacha quiso alcanzarlos,
corrió hasta llegar a un bosque vecino.
Ahí los encontró a todos—
muertos.

Les habían disparado
y con cierto orden
estaban tendidos en la tierra:
judíos y polacos
en grupos de cinco
pero judíos y polacos separados.
Besó a su padre:
estaba frío,
apenas se lo habían llevado una hora antes.


2

Cuando llegaron los alemanes
Su padre era dueño de una tenería
Y hombre prominente dentro de la comunidad judeo-polaca.
Metieron a sus caballos a la sinagoga y la convirtieron en establo.
Una tarde de sábado, campesinos de las aldeas vecinas
llegaron a decir que
los alemanes estaban matando judíos: tenían que escapar, esconderse.
Pero el rabino y otros ancianos del pueblo
dijeron que escapar era inútil;
pensaron que los alemanes se llevarían algunos muchachos para obligarlos a trabajar
pero no creyeron que mataran a nadie.

Al día siguiente, antes del amanecer, un judío de una aldea vecina
entró al pueblo gritando:
“¡Sálvense, judíos!
Los alemanes nos están matando.”
Y la gente del pueblo vio llegar a los alemanes.
El abuelo de la muchacha dijo: “Corran a esconderse, hijos, pero yo me quedo:
no me harán daño.”
Quienes pudieron se ocultaron en el bosque.
Durante el día oyeron balaceras—
gritos y tiros aislados;
pero al anochecer pensaron que los alemanes se estarían yendo del pueblo
y, en efecto, al cruzarse con ellos los campesinos
decían: “Regresen.
Los alemanes mataron a todos.”

Cuando regresaron,
vieron que los alemanes habían concentrado unos ciento cincuenta judíos,
entre ellos al rabino y otros notables
y los habían reunido en el centro del pueblo.
Le dijeron al rabino que llevara su manto ritual—
le ordenaron que se lo pusiera y con él cantara y bailara. Se negó
fue golpeado, igual que los otros judíos.
Luego los condujeron al cementerio.
Ahí les habían cavado una fosa poco profunda.
Los obligaron a acostarse
y dispararon. Pero su padre permaneció en el pueblo, vivo:
había dicho que estaba en su tienda cortando cuero para hacer zapatos
y fue registrado como zapatero.

Después, los alemanes entraron al pueblo para llevárselo todo;
el lugar hormigueaba de alemanes —cuatro o cinco por cada judío.
Muchos fueron llevados a un camión;
quienes no pudieron subir por sí mismos
fueron aventados; y aquellos que no alcanzaron lugar
recibieron la orden de correr siguiéndolo.
Los alemanes contaban a los judíos y buscaban a cada faltante de su lista.
La muchacha estaba entre los que corrían,
con su hijita en brazos.
Había quienes, también, cargaban dos o tres niños
llevándolos en brazos conforme corrían tras el camión.
Fusilaban a los que caían en el lugar mismo de la caída.

Cuando la muchacha alcanzó el camión,
todos estaban abajo, desnudos y formados,
entre ellos su familia.
Había una pequeña colina y al pie de la colina una zanja.
Los judíos recibieron la orden de pararse a lo alto de la colina
y cuatro hombres de la S.S. dispararon, los mataron uno a uno.
Cuando la muchacha llegó a la cima y miró hacia abajo
vio tres o cuatro filas de cadáveres sobre la tierra.
Algunos jóvenes intentaron huir
pero fueron alcanzados
y muertos ahí mismo.
Los niños se despedían de sus padres;
la hija de la muchacha dijo,
“Mamá, ¿qué esperamos? ¡Vamos a correr!”

Su padre no quiso desvestirse por completo
y se quedó en ropa interior.
Los hijos le pidieron que lo hiciera
pero no quiso y fue golpeado.
Luego los alemanes le desgarraron la ropa
y lo mataron.
También mataron a su madre,
y mataron a la madre de su padre;
tenía ochenta años
y llevaba dos niños en los brazos;
la hermana de su padre
también cargaba niños,
fue fusilada en el acto.
La hermana más joven y otra muchacha, amiga de su hermana,
se dirigieron a uno de los alemanes,
desnudas ante él,
le suplicaron misericordia.
El alemán las miró a los ojos
y las mató —a su hermana y a su joven amiga;
cayeron
abrazándose una a la otra.
El alemán que había matado a su hermana menor
se volvió havia la muchacha
y le dijo “¿a quién mato primero?”
Tenía a su hija en brazos y no quiso contestar.
Sintió que le quitaba a la niña;
la niña gritó y fue ejecutada.
Luego se dirigió hacia ella: la tomó de los cabellos
y le volteó la cabeza.
Permaneció parada y oyó un disparo
pero siguió de pie.
Volvió a voltearle la cabeza y le disparó;
cayó a la fosa
entre los cuerpos.

De pronto sintió que se ahogaba;
otros cuerpos habían caído sobre ella.
Trató de tomar aire
y empezó a trepar hacia el borde de la zanja,
y sintió que la jalaban
y mordían sus piernas.
Por fin llegó al borde.
Yacían cuerpos en todas partes
pero no todos estaban muertos:
agonizaban, pero no morían;
y los niños gemían, “Mamá!, ¡Papá!”
Quiso erguirse pero no pudo.
Los alemanes se habían ido.
Estaba desnuda,
cubierta de sangre y tierra con el excremento de las víctimas,
y notó que tenía un disparo atrás de la cabeza.
La sangre chorreaba
por todas partes;
y oyó gritos y lamentos de los sobrevivientes.
Comenzó a buscar entre los cuerpos a su hijita
gritando su nombre;
queriendo unirse a los muertos,
y llamando a su padre y a su madre;
“¿Por qué no me mataron a mí también?”

Estuvo ahí toda la noche.
De pronto vio alemanes a caballo
y se sentó en el campo
y escuchó la orden de amontonar los cadáveres;
y los cuerpos —muchos estaban heridos pero vivían—
fueron amontonados con palas.
Había niños que corrían.
Los alemanes los atraparon
y los fusilaron también;
pero no se acercaron a donde ella estaba. Los alemanes se fueron
y con ellos los campesinos de los alrededores
—obligados a ayudar—
y con ellos las metralletas y camiones.   

Se quedó tirada en el campo.
Los pastores trajeron sus rebaños;
y le tiraron piedras,
creyendo que estaba muerta o loca.
Después un granjero que pasaba la vio,
le dio de comer
y le ayudó a reunirse con los judíos en un bosque cercano.


3

Las tropas ocupantes formaron a las mujeres judías,
les ordenaron desvestirse,
y ellas permanecieron en ropa interior.
Un oficial, viendo la fila de mujeres,
Se detuvo a mirar a una joven—
Alta, de largas trenzas y ojos radiantes.
Siguió mirándola, luego sonrió y le dijo:
“¡Da un paso adelante!”
Atónita —todas lo estaban— no se movió,
él volvió a decir: “¡Da un paso adelante!
¿No quieres vivir?”
Ella dio ese paso
y entonces él dijo: “Qué pena
enterrar a semejante belleza.
¡Vete!
Pero no mires atrás.
Hay una calle que lleva a la avenida.
Síguela.”
Ella dudó
y luego empezó a caminar.
Las otras la miraron
—sin duda con envidia—
y ella avanzó, lentamente, paso a paso.
El oficial sacó su revólver
y le disparó por la espalda.


4

Un soldado que disparaba se había sentado en el borde estrecho de la fosa,
los pies colgando;
mientras fumaba un cigarro,
con la metralleta en las rodillas.

Al llegar cada camión, sus ocupantes—
hombres, mujeres y niños judíos de distintas edades—
tenían que desvestirse
y acomodar su ropa en lugares asignados,
en grandes pilas:
zapatos, abrigos, ropa interior.

El hombre de la S.S. sentado en la fosa,
llamó a su camarada
y contó hasta veinte, ya completamente desnudos,
y les ordenó bajar los escalones clavados en las paredes de la fosa:
tuvieron que trepar entre las cabezas de los muertos
hacia donde señalaba el soldado.
Mientras se dirigían a la fosa,
una joven esbelta de pelo negro,
al pasar junto a un civil alemán que estaba observando,
se señaló a sí misma y dijo:
“Tengo veintitrés años”.
Una vieja de pelo blanco
cargaba un bebé de un año
en sus brazos,
le cantaba y lo acariciaba,
y el niño parecía gozar;
y un padre sostenía la mano de su hijito
—el niño a punto de romper en llanto—
le hablaba suavemente,
acariciando su cabeza
y señalando al cielo.

Muy pronto los cuerpos fueron apilados en la fosa,
uno sobre otro,
todavía con los cráneos visibles y la sangre corriendo por los hombros;
algunos aún se movían,
levantando los brazos y agitando las cabezas.


5

Sacaron a unos veinte jasídicos de sus casas,
con los caftanes
y los mantos rituales que llevaban
y los libros sagrados en las manos.
Los llevaron a una colina.
Ahí recibieron la orden de cantar sus plegarias
y levantar los brazos para implorar la ayuda de Dios.
Y mientras lo hacían,
los oficiales les rociaron gasolina
y les prendieron fuego.


*Basado en una publicación del gobierno de los Estados Unidos, Juicios criminales ante el Tribunal Militar de Nuremberg y en las grabaciones del juicio de Eichmann en Jerusalén.


De Una antología de poesía norteamericana desde 1950 (Ediciones del Equilibrista, 1992)
Traducción: Adriana González Mateos y Myriam Moscona