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miércoles, 24 de octubre de 2018

Tres poemas de Denise Levertov





ATENTA

Cuando encontré la puerta
me encontré
con que las hojas del parral
hablaban entre ellas, susurrando.
Al notarme, retuvieron su aliento verde, incómodas,
como los hombres cuando abotonan sus abrigos
fingiendo que se estaban yendo ya,
como si la conversación
hubiera terminado justo antes de que una
llegara.
Me gustó, sin embargo,
lo que alcancé a entrever
de sus ocultos gestos.
Y me gustó el susurro de sus voces secretas.
La próxima
me moveré muy lentamente,
como la luz del sol, abriendo
la puerta de a milímetros,
y escucharé tranquila
sin hacer ruido.




EL SECRETO

Dos chicas, en un verso
súbito, descubren
el secreto de la
vida.

Yo que no sé el
secreto escribí
el verso. Ellas
me contaron

(a través de un tercero)
que lo habían encontrado
pero no sé en qué consistía
ni siquiera

cuál era el verso. Ahora no tengo
dudas, pasada más de
una semana, de que olvidaron
el secreto,

el verso, el nombre
del poema. Las amo
porque vieron lo que
no puedo ver,
y por amarme por
el verso que escribí,
y por olvidárselo
de modo que

mil veces más, hasta que las alcance
la muerte, pueden descubrirlo
de nuevo en otros
versos

en otros
acontecimientos. Y por
querer saberlo,
por

suponer que existe
tal secreto, sí,
por eso
más que nada.




VIVIR

Es el fuego en las hojas y en el pasto
tan verde que parece
cada verano el último verano.

Sopla el viento, las hojas
se estremecen al sol,
todos los días el último día.

Hay una salamandra
roja, muy fría
y fácil de atrapar,

que mueve, como en sueños,
sus delicadas patas y su larga cola.
Dejo la mano abierta para que pueda irse.

Cada minuto el último minuto.




De Cada verano el último verano (Zindo & Gafuri, 2018)
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg y Alejandro Crotto

lunes, 30 de julio de 2018

Denise Levertov - Un testamento y una posdata


Creo que los poetas son instrumentos tocados por el poder de la poesía.

     Pero también son hacedores, artesanos; al vidente le es dado ver, pero luego su responsabilidad es comunicar lo que ve a aquellos que no ven ya que somos “miembros unos de otros”.

     Creo que cada espacio y cada coma son partes vivas del poema y tienen una función, del mismo modo que cada músculo y cada poro del cuerpo realizan una función. La manera como se dividen los versos es una función esencial para la vida del poema.

     Creo que el contenido determina la forma; no obstante, ese contenido sólo se descubre en la forma. Como todo lo que vive, es un misterio. La revelación de la forma en sí misma puede significar una alegría profunda; pero pienso que la forma como medio no debería nunca interponerse, ya sea por intención o por descuido, entre el lector y la fuerza esencial del poema; debe fundirse por completo con esa fuerza.

     No creo que concierna a la poesía la imitación violenta de los horrores de nuestro tiempo. Los horrores se dan por supuestos. El desorden es lo común. En general la gente se pone a la altura de las circunstancias, la piel se endurece. Yo deseo poemas portadores de una armonía interior en total contraste con el caos del medio del cual viven. En tanto la poesía tenga una función social, esta consistirá en despertar a los que duermen usando otros medios que no sean la conmoción.

     Considero que Robert Duncan y Robert Creeley son los poetas más importantes entre mis contemporáneos.


*


Esta declaración, escrita en 1959 para la antología de Donald M. Allen, The new american poetry, ha dado lugar —con razón— a malentendidos, y desde hace mucho quería encontrar una oportunidad para corregirla.

     Después de leer aquellos poemas míos de los últimos años que tienen que ver con la guerra y la resistencia, la gente me pregunta a menudo en qué momento “cambié mis puntos de vista con relación al alcance de la poesía” y cosas por el estilo. No he cambiado mis puntos de vista, pero no logré aclararlo, especialmente en el párrafo que comienza diciendo: “No creo que concierna a la poesía una imitación violenta, etc.” Todos supusieron —y no los culpo, por el contrario, admito la oscuridad de la expresión— que me refería al contenido, cuando en realidad hablaba de la forma.

     En esa época reaccionaba con irritación ante la obra de algunos poetas llena de errores de ortografía, un ejemplo sería el “Frist Poem” (sic) de Peter Orlovsky; contra las loas dirigidas a los poemas de Jack Kerouac (me sacudía su prosa, pero pensaba —y aún lo pienso— que sus poemas son inferiores); y contra la publicación entusiasta, que tenía lugar entonces, de cualquier cosa que garabatease algún mal imitador de Allen Ginsberg. Siempre he admirado intensamente la poesía de Allen, con frecuencia he hecho esto público y lo he defendido de sus detractores con firmeza; pero no me gustaba esa basura inconsistente que parecía surgir de todas partes en 1959. No sé si, viéndolo retrospectivamente, aquello era peor que la basura prolija que he visto desde entonces… Al menos a veces era divertida y vivaz, lo cual es más de lo que puede decirse de la escuela de la Facultad del Medio Oeste. Sea como fuese, sentía que escribir “vomitándolo todo” era algo totalmente ajeno a mi ideal del poeta, que simultáneamente es “hacedor” e “instrumento”, y de la poesía (no de los poetas) como un poder, como algo mantenido en sagrada custodia.

     Nuestro periodo histórico fue (es) violento y lleno de horrores, pero nunca, ni por un momento, lo consideré “no poético”, ni que no fuera la misión de la poesía hablar de él, aunque entonces yo misma apenas si había comenzado a hacerlo. Pero los poemas contra los que reaccionaba tampoco trataban estos temas: parecían simplemente, por su falta de forma, por su ausencia de cuidado del lenguaje, de profundidad, de precisión, estar imitando el caos circundante. Los mejores poemas de los últimos años sobre el caos no habían sido escritos —a excepción de Howl—; pienso, por ejemplo, en Passages de Duncan, en Book of nightmares de Galway Kinnell, en algunos de los últimos poemas de Robert Bly en los poemas de LeRoi Jones sobre la ira de los negros; y todos, incluso Howl, están intrincadamente estructurados, mas no son caóticos. La fuerza está ahí, y también el horror, pero están allí precisamente porque son obras de arte, y no escupitajos autocomplacientes. Poseen la “armonía interior” que contrasta con la confusión que los rodea.

    La otra afirmación equívoca en mi declaración de 1959 dice: “En tanto la poesía tenga una función social, está será despertar a los que duermen usando otro medio que no sea la conmoción.” Nuevamente hablaba aquí de forma, no de contenido. Hay versos en mis propios poemas —por ejemplo en el poema llamado ”Life at war“— que han provocado que la gente me diga: “¡Es una conmoción!“; también me han dicho que el poema sirvió para despertarlos de su apatía. Pero creo que este poema tiene una estructura firme. La clase de “conmoción” que rechazaba consistía, por ejemplo, en el uso de mayúsculas, vociferantes, a modo de encabezados, allí donde sentía que un poema bien construido conferiría a la voz un énfasis necesario sin necesidad de usar, salvo en muy raras ocasiones, tipos de imprenta desmesurados. También por conmoción entendía la invención de imágenes sádicas (¡como si se tratara de competir!) cuando la vida misma ya presentaba tantos ejemplos reales de dolor y crueldad. Estas son cuestiones de arte y oficio, no restricciones sobre lo apto de un tema.

     Aunque no lo pensé o escribí con suficiente claridad, estaba deplorando la conmoción como un fin en sí mismo, al tiempo que consideraba el acto de “despertar a los que duermen” como una meta (no como la meta) adecuada para la poesía. Aún hoy sostendría la idea de que la función social de la poesía es dicho acto; pero más que detenerme a indagar si tiene o no una función social daría por sentado que sí la tiene y a la vez diría que dicha función no es la meta primordial. El poema tiene un efecto social de algún tipo, quiéralo o no el poeta. Tiene una energía “cinética” que pone en movimiento (si realmente es un poema y no un simulacro de poema) elementos que de otro modo quedarían en el lector estancados. Ese movimiento, por pequeño que sea, esa puesta en juego de un elemento que de otra manera permanecería dormido o estancado, no puede carecer de importancia si uno concibe al ser humano como una unidad en las que todas las partes están tan relacionadas que ninguna cumple plenamente su función a menos que todas estén activas.    


De El paisaje interior (Universidad Autónoma de Tlaxcala, 1990)
Traducción de Patricia Gola

jueves, 15 de febrero de 2018

Dos poemas de Denise Levertov




LOS TIBURONES

Y bien, el último día aparecieron los tiburones.
Aparecen aletas negras, inocentes
como una advertencia. El mar se torna
siniestro, ¿están por todas partes?
Créelo, dejan en el agua una brecha de seis pies.
¿No es este el mismo mar, y ya no
jugaremos más con él?
Me gustaba diáfano, y no
demasiado calmo, con bastantes olas
para lanzarme a él. Por primera vez
había osado nadar en lo hondo.
Llegaron al atardecer, en el instante
en que un resplandor cobrizo aquieta el mar,
no lo suficientemente oscuro aún
para ser iluminado por la luna, aún
lo bastante claro para verlos fácilmente. Negro
el aguzado borde de las aletas.




LA TERCERA DIMENSIÓN

Quién me creería si
dijera: “Me agarraron y

hendieron desde
el cuero cabelludo hasta la pelvis, y

todavía estoy viva, y
me paseo contenta

del sol y todas
las dádivas del mundo”. La honestidad

no es tan simple:
la simple honestidad no es

sino una mentira.
¿No esconden los árboles

el viento entre
sus hojas y

hablan con susurros?
La tercera dimensión

se esconde.
Si los empedradores

parten piedras, las
piedras son piedras:

pero el amor
me partió en dos

y estoy
viva para

contar el cuento; pero no
honestamente:

las palabras
cambian las cosas. Deja que sea

—aquí, bajo el dulce sol—
una ficción, mientras yo

respiro y
cambio el paso. 




De El poeta y su trabajo II (Editorial Universidad Autónoma de Puebla, 1983)
Traducción de Alberto Girri

miércoles, 15 de febrero de 2017

Denise Levertov - El lenguaje como una forma de vida



Es el poeta quien tiene el lenguaje a su cuidado; es quien, más que los otros, reconoce el lenguaje como una forma de vida y como un recurso común que ha de ser estimado y servido como estimamos y servimos a la tierra y sus aguas, la vida animal y vegetal. El aspirante a poeta que considera el lenguaje simplemente como algo utilizable, así como el mal campesino o el industrial rapaz miran el suelo o los ríos meramente como cosas que serán utilizadas, no descubrirá una poesía profunda; solamente, según su grado de habilidad, construirá un disfraz más o menos aceptable —una subpoesía, en el mejor de los casos eficazmente representativa de su pensar o sentir—, una referencia, no una encarnación. Estará contribuyendo, aunque aparentemente no de inmediato, a la erosión del lenguaje, al igual que el campesino y el industrial irresponsables contaminan los ríos. Todos nuestros recursos comunes, tangibles e intangibles, necesitan que se les dé, no sólo que se les quite; requieren el cuidado que nace del amor intelectual, de una comprensión de sus perfecciones.
    Es más, el amor del poeta por el lenguaje debe alcanzar la pasión si quiere que el lenguaje, es decir la poesía, lo recompense con milagros inesperados. La pasión por las cosas del mundo y la pasión por nombrarlas deben ser en él indistinguibles. Creo que la intensidad del sentimiento de Wordsworth residía tanto en su nombrar la cascada como en su aprehensión física de ella, cuando escribió:       

…The sounding cataract
Haunted me like a passion.

La sonora catarata
me habitaba como una pasión.


    La tarea del poeta es custodiar la sabiduría del lenguaje que, como declaró Robert Duncan, no es un mazo de fichas que puede ser manipulado, sino un Poder. Y es sólo a partir de esta sabiduría que accederá a la música, a esa canción interna del habla que no es el resultado de las partes eufónicas sino de una atención ejercida sobre las relaciones orgánicas de los fenómenos experimentados y la armonía latente y los contrapuntos del lenguaje que se identifica con esos fenómenos. Escribir poesía es un proceso de descubrimiento, de revelación de la música inherente, la música de las correspondencias, del paisaje interior.   


De El paisaje interior (Universidad Autónoma de Tlaxcala, 1990)
Traducción de Patricia Gola