lunes, 14 de agosto de 2017

Cuatro poemas de Choi Seung-Ho




AUTOBIOGRAFÍA DE HIELO

Yendo a un colegio de hielo, me hice de hielo. El mundo era una máquina de enfriamiento. Mi padre, el profesor, el dictador, hasta el mismo Dios se esforzaban en la producción de hielo. Después de la veintena, endurecido por la congelación, se me congelaron incluso las bolsas de lágrimas. Era yo un castillo de hielo. Con soledad cercada por un blanco muro de hielo, insistí en mi ego de hielo. Nadie podía introducirse en mi interior. Incluso las llamas del amor, al tocarme, se apagaban. En mis horas congeladas, ¿qué habría pensado mi familia de mí? Aunque nunca me dijeron que era altivo, pensarían que lo era. Hachas de hielo en la caverna de hielo, los carámbanos que eran mi barba, esa etapa congelada la he vivido durante mucho tiempo. La historia del ego merece registrarse como una era glacial.




LA FAMILIA DE CUCARACHAS

Dentro de la máquina automática que satisface en todo momento los deseos
de los consumidores
vive una familia de cucarachas
así como vive la familia del alcahuete en los prostíbulos
su caparazón brilla, el hoyo
tragando dinero
empieza la mañana del burdel
cálidamente la fragancia del café y la leche
infinitamente el azúcar y el sueño
y detrás del sonido de la última moneda que cae
viene la noche, la tranquilidad de la noche
que se rompe con los deseos de noches sin sueño
vive la familia de cucarachas
en esa máquina automática en la que el tubo de plástico
como la vejiga de una prostituta
colgando del tanque de agua
derrama agua caliente en el vaso de cartón
todos nosotros llevamos adentro
los límites del amor que comparte esa familia diminuta.




CUARENTA Y CUATRO MUÑECOS DE NIEVE

Según lo que se conoce, una persona desecha al año microbios y células muertas equivalentes más o menos al peso de su cuerpo. Si esas cosas muertas blancuzcas las juntamos y hacemos muñecos de nieve, las personas podrían ver, aunque no les agrade, todos los años muñecos de nieve gris que serían encarnaciones de sí mismos. Este año cumplo cuarenta y cuatro años. ¿Será como tener bajo mi control en este invierno a unos cuarenta y cuatro muñecos de nieve?

Todos los años doy a luz a un muñeco de nieve.




SANDÍA


Soy un humano de la era glacial intermedia. Quiero decir que vivo en medio de grandes eras glaciales. Dicen que los seres de cromañón sobrevivieron a la era glacial. Fueron grandes personalidades. Sin embargo, murieron todos. Esa preocupación sentimental de la humanidad entera de seguir con vida o morir incluso en la era glacial decidí dejársela al cielo y a la tierra. Por mucho que viva, no duraré tanto como la era glacial. Por mucho que mi sangre, que tiempo atrás era agua, se mantenga todavía en la era glacial, estaré clavado hecho un cubo de hielo transparente en un profundo valle en la cordillera de hielo o seré un copo de nieve formado en la cumbre de la montaña durante miles de millones de años, sacudiéndose con el viento. Es temporada de sandías. Doy con ganas una mordida al trozo rojo de sandía.




De Autobiografía de hielo (Bajo la luna, 2010)
Traducción de Kim Un-kyung y Oliverio Coelho

lunes, 7 de agosto de 2017

Tres poemas de Roberta Iannamico




Vinieron el zorro blanco, el zorro gris, el zorro colorado.
Me olisqueaban Los dedos de Los pies.
Yo levantaba una pata y la otra como una flamenca.
Entonces vinieron el zorro azul, el zorro plateado, el zorro verde.

No sabían hablar pero se hacían entender clarísimo
con movimientos de sus colas.
Después aparecieron el zorro naranja, el zorro overo y el zorro violeta.
Se acercaban con falsa timidez.
Más atrás el zorro negro, el zorro púrpura, el zorro de agua.
Hacían pis para marcar el territorio.
Yo me senté en el pasto y, antes de que empezaran a comerme
poco a poco, me puse a tejer una cola para igualarlos en belleza.
Vino la tormenta y los zorros empezaron a correr en círculos.
No podían pasar las fronteras que ellos mismos habían marcado.
Me agaché, agarrándome las rodillas hice pis, y se abrió una puerta.
Salieron los zorros.
Me llevaban en andas sobre sus lomos como una princesa.
La lluvia los desconcertaba. Los ponía loquitos.



De tanto cruzar el océano los nadadores se destiñen.
Les crecen naufragios en la espalda.
Desde una punta de la isla la mujer arroja una media de red.
Cansados se dejan pescar: tienen los dientes hermosos.
Sonríen y ella toca el xilofón con una ramita de tamarisco.
Estirando la media arma un tendal y los pone a secar al sol.
Pálidos se balancean.
Cantan igualito al mar.
Ella les peina las algas y los cubre de tatuajes.
Juega todo el día con los nadadores.
A la noche los tira al mar amarrados de los tobillos.



Un tío gordo me dice te saqué la nariz
y yo lo vi jugando de dedo en dedo con mi nariz
por el borde de las cosas.
¿Y ahora qué hace mi tío gordo con una nariz que no es suya?
El tenía nariz de higo y le daba miedo
que algún pájaro se la comiera.
Había pandulces para la navidad.
En el verano tenía el patio lleno de árboles.
Yo iba a la siesta y me probaba narices.
Una semilla de jacarandá,
un limoncito, una ciruela, una aceituna.


De 53/70: Poesía argentina del siglo XXI (EMR; Espacio Santafesino; Centro Cultural Parque de España AECID, 2015)

domingo, 6 de agosto de 2017

Allan Kaprow - El arte No-arte




La sofisticación de la conciencia de las artes es tal hoy en día (1969) que se podría afirmar de hecho


Que el módulo lunar LM constituye un ejemplo superior a todos los esfuerzos escultóricos contemporáneos;


Que la transmisión del intercambio verbal entre el Manned Spacecraft Center de Houston y los astronautas del Apollo 11 fue más rica que cualquier forma de poesía contemporánea;


Que dichos intercambios, con todas sus distorsiones de sonido, pitidos, e interrupciones de comunicación, también superaron a la música electrónica que podemos escuchar en las salas de conciertos;


Que ciertas grabaciones por control remoto de las vidas de familias residentes en guetos, filmadas (bajo su autorización) por antropólogos, son más fascinantes que los “fragmentos de realidad” tan alabados de las películas underground;


Que muchas de las gasolineras de plástico y acero inoxidable iluminadas brillantemente de ciudades como, por ejemplo, Las Vegas, son la más extraordinaria arquitectura diseñada hasta la fecha;


Que los movimientos aleatorios de los compradores, casi en trance, de los supermercados poseen mayor dinamismo que cualquier coreografía de danza moderna;


Que el polvo debajo de las camas y los desperdicios de los vertederos industriales resultan ser ejemplos más convincentes que la reciente oleada de exposiciones que exponen residuos desperdigados por el suelo;


Que los rastros de vapor —los garabatos estáticos y multicolores— que dejan en el cielo las pruebas con misiles no son igualables por los artistas que actualmente se dedican a explorar el medio gaseoso;


Que el teatro que está teniendo lugar en el sudeste asiático —la guerra en Vietnam— o el juicio de los “Ocho de Chicago”, aun tratándose de sucesos indefendibles, representa la mejor forma de teatro posible;



Que… etc., etc., …el arte No-arte es más arte que el arte Arte.


De La educación del des-artista (Árdora Ediciones, 2007)
Traducción de Armando Montesinos y David García Casado

miércoles, 2 de agosto de 2017

10 ejercicios Fluxus





EVENTO SIN TÍTULO / Bengt af Klintberg

Cubre un paraguas de satín azul y a ti mismo con cenizas y mermelada de chabacano; abraza a una persona dormida.

1967





VUÉLVETE INVISIBLE / Bici Forbes

a. escondiéndote
b. despojándote de todas tus marcas distintivas
c. yéndote
d. hundiéndote en el suelo
e. convirtiéndote en alguien más
f. concentrándote tanto en un objeto o idea que dejes de estar consciente de tu presencia física
g. distrayendo a todos los demás de tu existencia física
h. dejando de existir

1966





TE VEO EN TUS SUEÑOS /  Larry Miller

Aparécete en los sueños de otra persona.

1977





BALSA / Milan Knizak

Construye una balsa. Haz una fogata en ella. Flota en ella el tiempo que le tome al fuego quemar la balsa en el agua.

1979





ANIVERSARIO / Ken Friedman

Alguien estornuda.
Un año después, envía una postal que diga “¡Salud!”.





EVENTO DEL ÁRBOL DE NAVIDAD / Ken Friedman

Lleva un árbol de navidad a un restaurante. Coloca el árbol en un asiento a un lado del tuyo. Ordena dos tazas de café, coloca una frente al árbol. Siéntate con el árbol, toma café y platica con él. Después de un rato retírate, dejando el árbol en su asiento. Mientras te vas, dile en voz alta al árbol: “Nos vemos, Herb. ¡Dale mis cariños a tu esposa y a los niños!”

1965





MÚSICA PELIGROSA NÚMERO NUEVE / Dick Higgins
(Para Nam June Paik)

Ofrécete para que te extraigan la columna.

Febrero 1962





SANITAS NO.79 / Tomas Schmit

Un autobús se lleva al público a una buena distancia, lo deposita en un lugar desolado y regresa vacío.

Fecha desconocida





OPCIÓN 8 / Robert Bozzi

El ejecutante entra con un estuche de violín. Saca un violín y un serrucho. Corta el violín a la mitad, coloca las piezas y el serrucho de vuelta en el estuche, lo cierra, hace una reverencia y se retira.

1966





ARCO IRIS NO. 1 PARA ORQUESTA, VARIACIÓN / AY-O

Soplar burbujas de jabón a través de ditintos instrumentos de viento. El director de orquesta corta las burbujas con una espada de samurái.

Fecha desconocida





De Archivo Fluxus 3. Cuaderno de Ejercicios. Eventos, acciones y performances (Tumbona, 2016)
Traducción de Bibiana Padilla Maltos y Alejandro Espinoza Galindo

lunes, 31 de julio de 2017

Jack Kerouac - Doce haikús




Detrás del supermercado
                entre la maleza del aparcamiento,
Flores moradas



El Gran Jefe Caballo Loco
                mira al norte entre lágrimas
La llegada de las primeras nieves



En la escarcha de la mañana
                los gatos
Pisaban despacio



Chicas preciosas suben corriendo
                los escalones de la biblioteca
Con esas minifaldas



Mao Tse Tung ha tomado
                demasiadas setas sagradas
De Siberia en otoño



Atardece —un niño
                aplasta dientes de león
Con un palo



Campo de béisbol vacío
—Un petirrojo    
A saltitos por el banquillo



Lluvia gris de primavera
                —Y nunca podé
Los setos



El gato come cabezas de pescado
                —Todos esos ojos
a la luz de las estrellas



La silla de verano
                por sí sola se mece
En la ventisca



Campanas de misa en el pueblo
                —La excavadora
en la yerba



Nubes de Iowa,
                una detrás de otra
Hacia la eternidad



De Libro de Jaikus (Bartleby, 2007)
Traducción de Marcos Canteli

domingo, 23 de julio de 2017

Ocho piezas de Yoko Ono




PIEZA DE COLECCIÓN

Coleccionar en la mente los sonidos que
se han escuchado casualmente en la semana.
Repetirlos mentalmente en distinto orden
una tarde.

Otoño 1963




PIEZA DE ATRÁS I

Apagar la luz.
Ponerse detrás de una persona durante cuatro horas.




PIEZA DE ATRÁS II

Apagar la luz.
Caminar detrás de una persona durante cuatro horas.

Invierno 1961




PIEZA DE ESCONDITE

Esconderse hasta que todos se vayan a sus casas.
Esconderse hasta que todos se olviden de uno.
Esconderse hasta que todos mueran.

Primavera 1964




PIEZA DE CIUDAD

Caminar por toda la ciudad con un cochecito de bebé vacío.

Invierno 1961




PIEZA DE NIEVE

Pensar que está cayendo nieve.
Pensar que está cayendo nieve en todas partes
todo el tiempo.
Al hablar con una persona, pensar
que la nieve está cayendo entre
ambos.
Dejar de conversar cuando se piensa
que la persona está cubierta de nieve.

Verano 1963




PIEZA DE PIEDRA

Buscar una piedra que tenga el tamaño o el peso de uno.
Romperla hasta convertirla en polvo fino.
Tirarlo al río. (a)
Enviar pequeñas cantidades a los amigos. (b)
No decirle a nadie lo que se ha hecho.
No explicar sobre el polvo a los amigos
a quienes se les envió.

Primavera 1963




PIEZA DE QUEMAR

Hacer diferentes objetos para quemar.
Los objetos deben ser materiales y
complejos.

                p. ej:     autobiografía
                               bordado
                               juego de mahjong
                               silla tallada
                               estudio electrónico, etc.

Apreciar la diferencia de tiempo
que tardan en arder.
La pieza está lista cuando se conviertan en ceniza.

No utilizar objetos industriales para quemar.

Primavera 1960




De Pomelo (Ediciones de la Flor, 1970)
Traducción de Pirí Lugones

lunes, 3 de julio de 2017

Elizabeth Bishop - El pez


Pesqué un enorme pez, lo mantuve
junto a la embarcación, fuera del agua,
a medias, con mi anzuelo
enganchado en su boca. No luchó,
no había opuesto ninguna resistencia.
Hoscamente pendía con su peso
demolido y horrible y venerable.
Su parda piel estaba en ciertas partes
descascarada como papel-tapiz, tenía formas
como rosas en pleno florecimiento, pero
tiznadas y diluidas por la vejez.
Lo moteaban percebes y rosetas
finísimas de cal. Lo infestaban
diminutos piojos marinos.
De su vientre colgaban
hilachas de sargazo.
Mientras sus branquias respiraban
el oxígeno atroz —aterradoras agallas,
sanas, tersas de sangre,
capaces de cortar brutalmente—
pensé en la basta carne blanca
comprimida como plumaje,
las espinas grandes y pequeñas,
los salvajes colores negro y rojo
de sus entrañas deslumbrantes.
su vejiga de natación
rosada como una enorme peonía.
Miré sus ojos amarillentos,
mucho mayores que los míos,
aunque menos profundos;
los iris empotrados y rellenos
con papel de estaño impreciso
visto a través de una mica antigua y con rayas.
Se movían levemente, aunque no
para corresponderme la mirada:
eran como un objeto
que se inclinara hacia la luz.
Admiré su cara resentida,
el mecanismo de su mandíbula.
Entonces vi
que de su labio inferior
—si eso puede llamarse labio—
húmedo, torvo, en forma de arma,
colgaban cinco viejos sedales,
o tal vez cuatro y un alambre
con el sistema giratorio aún atado,
y sus cinco grandes anzuelos
firmemente clavados en su boca.
Un sedal verde, hilachas a su término,
donde el pez lo rompió;
dos sedales más gruesos
un esbelto hilo negro, rizado
por forcejeos y sacudimientos
de cuando se libró y pudo escapar.
Como medallas de raídos listones
oscilantes, cinco pelos,
barbas de la sabiduría,
brotaban
de su mandíbula doliente.
Yo miraba y miraba
y la victoria llenó
la embarcación de alquiler,
desde el fondo junto a la quilla
donde el petróleo desplegaba un arcoíris
en torno del motor comido de óxido,
hasta el desaguador anaranjado, las bancas
hendidas por el sol, las chumaceras
en sus toletes, hasta que todo fue
arcoíris, arcoíris, arcoíris.
Y dejé que el pez escapara.


De Más de dos siglos de poesía norteamericana I (UNAM, 1993)
Traducción de José Emilio Pacheco

viernes, 30 de junio de 2017

Adam Zagajewski - El indescriptible cinismo de la poesía



EL INDESCRIPTIBLE CINISMO DE LA POESÍA

El universo interior, donde la poesía es la soberana absoluta, tiene la particularidad de ser inefable. Es como el aire; aparecen en él corrientes, diferencias de temperatura y tormentas, pero su propiedad primordial es la transparencia total y absoluta. ¿Cómo actúa, pues, ese universo interior, que es inefable y, no obstante, nada desea tanto como expresarse? Se sirve de un subterfugio. Finge estar interesado, y mucho, por la realidad exterior. ¿Se hunde un gran estado? Estupendo, el universo interior está encantado: ya tiene un tema. La muerte aparece en el horizonte. El universo interior, que se cree inmortal, se estremece de alegría. ¿Una guerra? ¡De maravilla! ¿Un sufrimiento? ¡Albricias! ¿Los árboles? ¿Las rosas marchitas? ¡Todavía mejor! La realidad. ¡Bravo! La realidad es simplemente imprescindible; si no existiera habría que inventarla.
     La poesía se esfuerza por engañar a la realidad; finge preocuparse por sus pesares. Menea compasivamente la cabeza. Ay, otro terremoto —dice—. Oh, una nueva injusticia. Otra inundación, otra revolución. Otra vez alguien ha envejecido.
     La poesía teme que su secreto se descubra. Un día, la realidad se percatará de que el corazón de la poesía está frío. O que la poesía no tiene corazón, sino unos ojos enormes y un oído muy fino. De pronto, la realidad comprenderá que no ha sido para la poesía más que un pozo inagotable de metáforas, y se esfumará. La poesía se quedará sola en el mundo, muda, vacía, triste e intransmisible.



MATÉ A HITLER

Se me ha hecho tarde; soy viejo. Ya es hora de contar lo que sucedió en el verano de 1937 en un pequeño pueblo de Hessen. Maté a Hitler.
     Soy holandés, un encuadernador jubilado desde hace mucho. En los años treinta, me apasionaba la política europea, muy trágica por aquel entonces. Dicho sea de paso, mi mujer era judía, de modo que mi interés por la política no tenía nada de académico. Decidí liquidar a Hitler, yo solito, con métodos artesanales, precisos, como se encuaderna un libro. Y lo logré.
     Sabía que, en verano, a Hitler le gustaba viajar prácticamente sin escolta con un grupo reducido de amigos y que solía detenerse en los restaurantes veraniegos de pequeñas aldeas para comer a la sombra de los tilos.
     ¿A qué vienen todos estos detalles? Sólo diré una cosa: lo maté a tiros y logré huir.
     Era domingo, hacía bochorno, se avecinaba una tormenta, las abejas revoloteaban como ebrias.
     El restaurante se ocultaba bajo unos árboles enormes. El suelo estaba recubierto de una grava menuda. Era casi completamente oscuro y reinaba una modorra tan pesada que tuve que hacer un gran esfuerzo para apretar el gatillo. La botella de vino se volcó y el líquido rojo se derramó por el mantel de papel blanco.
     Después, corrí con mi pequeño automóvil como alma que lleva el diablo, pero nadie me perseguía. Estalló una tormenta, cayó un aguacero.
     Por el camino, tiré la pistola a una zanja poblada de ortigas; ahuyenté a dos ocas, que se dieron a la fuga tambaleándose torpemente.
     ¿A qué vienen tantos detalles?
     Regresé triunfante a casa. Me arranqué la peluca, quemé la ropa y lavé el coche.
     De poco me sirvió todo aquello porque, al día siguiente, alguien que se parecía al muerto como un huevo a otro huevo y que era quizá aún más despiadado que él ocupó su lugar.
     La prensa no hizo ni una sola mención al asesinato. Uno había desaparecido y había aparecido otro.
     Aquel día, las nubes eran completamente negras y el aire se pegaba a la piel como la melaza.



EL ÉXTASIS Y LA IRONÍA

En poesía se encuentran dos elementos contradictorios: el éxtasis y la ironía. El elemento extático está relacionado con la aceptación incondicional del mundo y de todo lo que tiene de cruel y absurdo. En cambio, la ironía es una representación artística del pensamiento, de la crítica y de la duda. El éxtasis está dispuesto a abarcar el mundo entero, mientras que la ironía, que sigue el rastro de las ideas, lo pone todo en tela de juicio, plantea preguntas capciosas, hace dudar del sentido de la poesía e incluso de sí misma. La ironía sabe que el mundo es triste y trágico.
     Que dos elementos tan distintos puedan dar forma a la poesía es algo desconcertante y, mirándolo bien, incluso embarazoso. No es de extrañar, pues, que casi nadie lea poemas.



EN DEFENSA DEL ADJETIVO

A menudo nos repiten que debemos suprimir los adjetivos. Un buen estilo —oímos decir— puede prescindir perfectamente del adjetivo; le basta el arco sólido del sustantivo y la flecha ubicua del verbo. Y, sin embargo, el mundo sin adjetivos es triste como el quirófano en el día de domingo. Una luz azulina se filtra a través de las ventanas frías, zumban en voz baja los mustios tubos fluorescentes.
     El sustantivo y el verbo son suficientes para los soldados y los dirigentes de los países totalitarios. Porque el adjetivo es el garante indeleble de la individualidad de los objetos y las personas. He aquí un montón de melones en un tenderete. Para un adversario de los adjetivos la situación no presenta ninguna dificultad. «Los melones están en el tenderete». Y lo cierto es que un melón es amarillento como la tez de Talleyrand mientras discurseaba en el Congreso de Viena, otro es verde, inmaduro y lleno de arrogancia juvenil, y hay uno que tiene la cara chupada y se ha sumido en un silencio profundo y fúnebre como si no pudiera acabar de despedirse de los campos de Provenza. No hay dos melones iguales. Algunos son oblongos, otros rechonchos. Duros o blandos. Huelen a campiña y a amaneceres o están secos, resignados a todo, asesinados por el transporte, por la lluvia, por las manos de unos desconocidos y por el cielo plomizo de un suburbio parisino.
     El adjetivo es para la lengua lo que el color para las artes plásticas. Pongamos por caso a ese señor de edad provecta que se ha sentado a mi lado en el vagón de metro: ¡es una mina de adjetivos! Finge dormitar, pero observa a los pasajeros por debajo de los párpados entornados. Por su rostro vaga una sonrisa guasona que a ratos se convierte en un mohín irónico. No sé si lo que habita en su interior es un desespero apacible, cansancio o un sentido del humor inmune a la acción destructora del tiempo.
     El ejército limita la cantidad de adjetivos. Sólo el adjetivo «uniforme» parece complacer sus ojos sin color. Ropa uniforme, carabinas uniformes. Quien, después de unas maniobras, se pone el traje de civil para ir a dar un garbeo por una ciudad de civiles recuerda la increíble explosión de adjetivos, colores, matices, formas y diferencias con la que saluda el cosmos repleto de individualidades bien marcadas.
     ¡Viva el adjetivo! Pequeño o grande, olvidado o actual. ¡Te necesitamos, oh adjetivo maltratado por los puristas! ¡Nos haces falta, oh adjetivo moldeable y esbelto que yaces ingrávido, ojo avizor, sobre los objetos y las personas, velando por que no se pierda el sabor vivificante de la individualidad! Ciudades sombrías y calles bañadas en un sol pálido y cruel. Nubes del color de las alas de las palomas y grandes nubarrones negros rebosantes de ira: ¿qué sería de vosotras sin las alígeras flotillas de adjetivos que siguen vuestra estela?
     La ética no sobreviviría ni un solo día sin adjetivos. Bueno, malo, artero, magnánimo, vengativo, apasionado, noble —he aquí unos vocablos que brillan como la cuchilla de la guillotina.
   Y, si no fuera por los adjetivos, tampoco habría recuerdos. La memoria está construida con adjetivos. Una calle larga, un día tórrido de agosto, un portillo chirriante que conduce al jardín y allí, entre las grosellas recubiertas de polvo estival, tus ingeniosos dedos («tus» también es un adjetivo —sólo que posesivo—). 



De Dos ciudades (Acantilado, 2006)
Traducción de J. Slawomirski y A. Rubió

martes, 13 de junio de 2017

Tres poemas de Ilya Kaminsky




BAILANDO EN ODESA

     En una ciudad gobernada conjuntamente por palomas y cuervos, las palomas cubrían el distrito central y los cuervos el mercado. Un niño sordo contó los pájaros que había en el patio de su vecino y obtuvo un número de cuatro dígitos. Marcó ese número en el teléfono y le declaró su amor a la voz del otro lado.

     Mi secreto: a la edad de cuatro años me quedé sordo. Cuando perdí el oído, empecé a ver voces. En un tranvía lleno de gente, un hombre con un solo brazo me dijo que mi vida estaría misteriosamente conectada a la historia de mi país. Y sin embargo mi país ha desaparecido; sus ciudadanos se dan cita en sueños para realizar elecciones. El hombre no describió sus caras, sólo unos pocos nombres: Roldán, Aladino, Simbad.



JOSEF BRODSKY

     Josef se ganaba la vida dando clases de todo, desde ingeniería hasta griego. Sus ojos eran soñolientos y pequeños, su cara dominada por un enorme bigote como el de Nietzsche. Murmuraba. ¿Te gusta Brahms? No te puedo oír, le dije. ¿Qué tal Chopin? No te puedo oír. ¿Mozart? ¿Bach? ¿Beethoveen? Tengo problemas de audición, ¿podría repetirme lo que dijo, por favor? Vas a tener mucho éxito en la música, dijo él.

     Para conocerlo, me voy de vuelta al Leningrado de 1964. Las calles están endiabladamente frías: nos sentamos en el pavimento; el inicia abruptamente (una risa seca, un cigarrillo) a contarme la historia de su vida. Mientras hablamos sus palabras se convierten en carámbanos. Yo las leo en el aire.



BAILANDO EN ODESA

Vivíamos al norte del futuro, los días abrían
cartas firmadas por un niño, una frambuesa, una página de cielo.

Mi abuela arrojaba tomates
desde su balcón, tiraba de la imaginación como de un mantel
sobre mi cabeza. Yo pintaba el rostro de mi madre.
Ella entendía de soledad,
escondía a los muertos en la tierra como si fueran partisanos.

La noche nos desvistió (yo le tomé
el pulso) mi madre bailó, y llenó el pasado
con duraznos y cacerolas. Con esto mi doctor se reía, su nieta
tocó mi párpado —yo la besé

detrás de su rodilla. La ciudad tembló,
un barco fantasma se hacía a la mar.
Y mi compañero de escuela inventó veinte nombres para judío.
Él era un ángel, no tenía nombre,
y sí, luchamos. Montados en tractores, mis abuelos pelearon

contra los tanques alemanes, yo guardaba una maleta llena
con poemas de Brodsky. La ciudad tembló,
un barco fantasma se hacía a la mar.

De noche, me despertaba a susurrar: sí, estuvimos vivos.
Estuvimos vivos, sí, no digas que fue un sueño.

En la fábrica local, mi padre
tomó un puñado de nieve, lo puso en mi boca.
El sol dio comienzo a su narración rutinaria,

blanqueaba sus cuerpos: madre y padre bailaban, se movían
mientras la oscuridad bailaba a sus espaldas.
Era abril. El sol lavó los balcones, abril.

Yo recuento la historia que la luz bosqueja
en mi mano: Librito, vete a la ciudad sin mí.



De Bailando en Odesa (Valparaíso, 2014)
Traducción de G. A. Chaves