martes, 7 de octubre de 2014

Cuatro poemas de Martín Gambarotta


La mirada fija por dos segundos en una lámpara
el pomelo que tardó nueve días en cortar, el vaso
de agua que tomó en medio de la noche
la manteca untada por el cuchillo ideal, la inexistencia
del término epitomía que impide decir epitomía del hielo
y lo obligó a decir epítome del hielo, la mano en el hombro
del fotógrafo ácrata, la botella de una bebida impronunciable
que abrió con una cuchara para no volverse chino
y al cerrar los ojos la forma de la lámpara
que bajo sus párpados todavía fosforece.


Cuando se deja de pensar con la bayoneta
y se empieza a pensar con las manos
únicamente crecen flores blancas o rojas
en un patio interno, azaleas cerebrales
del que desayunó raíces, papilla, avena
y con las pupilas dilatadas espera.


Los que quieren
quemar la bandera, los que quieren besarla
los que dicen que es un delantal de carnicero
los que dicen que es un mantel para servir puchero.


Cuando se corta por primera vez
un pomelo en un lugar desconocido
con un cuchillo de punta redonda
y poco filo, más apto en realidad
para untar manteca, el pomelo se vuelve
más extraño que el mundo que lo rodea
de modo que mirarlo detenidamente
por demasiado tiempo antes de partirlo
es una invitación al pánico.

De Relapso+Angola (Vox, 2004)

jueves, 2 de octubre de 2014

Cuatro poemas de Nicolás Pedretti


JESÚS BRILLANTE DE PLÁSTICO JAPONÉS

El abuelo cuelga de su cuello un Jesús falso que brilla en la oscuridad. Un Jesús brillante de plástico japonés, que brilla y es mi amigo. Porque a la noche, cuando el abuelo duerme, mi amigo Jesús se desclava de la cruz, cruza todo el patio a pata y se viene a mi pieza para jugar conmigo. Entra por la fisura liviana de la puerta como bailando limbo, trepa el acolchado y me despierta. Con besitos en el cuello me despierta. Porque le gusta que yo lo suba a mi Harley Davidson en miniatura de los Powers Rangers. Mi amigo es un Jesús brillante de plástico japonés. Y él es feliz así. La moto brilla en la oscuridad de la habitación  y su cuerpito brilla lo mismo sobre ella. Ilumina toda mi alma con su sonrisa de Animé. Y a la mañana, cuando despierto, aparece el chico más lindo del colegio al lado de mi cama, con una docena de facturas en la mano. Porque Jesús es así, cumple tus deseos si lo divertís, por más locos que sean.


ROPERO

Conocí a un flaco re copado jugando a la pelota en Boedo.
Le pregunté cómo se llamaba.
Fabián Casas, me dijo.
Fabián Casas y yo, charlamos un montón.
Después, fuimos a mi casa
a tomar un refresco.
Pero apenas entramos, se metió adentro del ropero.
Vení, métete conmigo, me decía,
que si olemos mucho
aparecemos en la comarca del señor de los anillos;
está todo bien, soy amigo del chabón, me publicó un libro.
Zarpado Fabián, a mí me re cabe Tolkien.
Entonces me metí. Empezamos a oler la ropa
y aparecimos en un bosque.
Dejamos el ropero escondido bajo unas ramas
y partimos hacia la comarca.
Caminamos un rato, hasta que nos cruzamos con el
enano Frodo.
Nos saludamos y nos invitó a comer a su casa.
Comimos muy bien, sopa de hongos con pedacitos de
cangrejo.
Cuando terminamos de comer, nos invitó a su habitación
a fumar.
Fumamos un porro galáctico, re fuerte.
La estábamos pasando re bien,
Fabián no dejaba de sonreír y de decir cosas hermosas.
Hasta que de pronto, Frodo se puso en bolas y empezó a
ponerse re pesado.
Estaba re porreado y nos quería dar masa.
Vámonos Fabián, le dije, Frodo está re loco.
Bueno dale, me dijo, éste tiene una obsesión con el anillo,
pero con el anillo de carne.
Corrimos hasta el bosque y nos metimos en el ropero.
Empezamos a oler y volvimos a casa.
Le pregunté si quería salir y quedarse a comer.
Me dijo que no, que tenía muchas cosas para hacer.

Se metió en el ropero y desapareció.
Después, a la semana, iba caminando por la calle
y un amigo me dice:
“mirá, ahí va volando un ropero igual al tuyo,
con unos flacos arriba”.
Y yo le dije, sí, uno se llama Fabián Casas, el otro Frodo
y son los Reyes del anillo.


LUCAS

Piensa que las parejas que se drogan
duran más, porque comparten su miseria.
Hace imitaciones del enano Nelson
con la pija.


SOMOS DE CLASE MEDIA, TODOS NUESTROS SUEÑOS SE HACEN REALIDAD

Hoy me levanté a las diez de la mañana.
Desayuné flan y salí a caminar.
Era un día hermoso de verano.
Caminé unas cuadras y me metí en la playa.
Anduve por la arena y junté caracoles.
Y de pronto, cerca de la escollera, vi a un tipo, un tipo
grande, besando a un nene en la boca.
Me acerqué indignado. Le dije al tipo que era un degenerado
y que dejara en paz a la criatura.
Le tiré arena en los ojos, agarré a la criatura en brazos
y me fui corriendo.
Corrí veinte cuadras sin parar, hasta que llegué a un kiosco. Bajé a la criatura y le pregunté si         kkkk estaba bien y si se quería comer un flan.
Pero re mal, era un enano. Y me dio un sopapo y me fui
re triste.
Pero el día estaba hermoso. Mucho sol. Nubes. Pasó dios
volando en su nube voladora.
Y me gritó “buen día”.
“Buen día” le dije.
“¿Por qué estás triste?” me preguntó.
Le conté lo que me había pasado, me dijo que no esté triste, me roció con un polvo mágico y se fue.
Y me sentí mucho mejor.

De Somos de clase media, todos nuestros sueños se hacen realidad (campotraviesa, 2012)

lunes, 15 de septiembre de 2014

Rafael Espinosa - El basurero


EL BASURERO

Arrecife es la palabra que ahora menos me interesa.
Alude a meandros, es cierto, a laberintos
pero insinúa remotamente también el hallazgo posible de un círculo ideal.
No es lo que ocurre en la vida de los hombres,
entre los cuales nací, como todos,
con un lóbulo en el cuello.
La palabra que me complacería oír es “alopécico”.
De allí puedo extraer un deseo devenido en calvicie total
y a la vez acompañarlos por el parque mientras sus pensamientos del día
modulados por los senderos curvos terminan
por constituir un basural de objetos hermosos.

Pasan autos silenciosos. Pero llegado a este punto, preferiría
verdadero silencio y un basural me lo da.
Así es fácil ser un buen hermano y aceptar yacer entre la especie.
Basta con escoger al más ruin de todos, aunque no peor que nosotros,
con tal que lo mantenga. Los mirlos lo hacen,
paradójicamente a través de un canto armonioso
cuya esencia es ser percibido como la largueza de una evaporación.
Parece de tal modo que sonidos bien escogidos restauran la página en blanco.
Al elaborar con sus gorjeos un cuadro vacío, los mirlos hacen arte contemporáneo.

Quién no quisiera ser el atropellado que descansa para siempre dentro de él,
aunque nadie quiere morir. Allí repetir el pensamiento:
“el páramo satisfizo su íntima entonación”.

Lo propio del árbol es irse callando y lo de las historias ruidosas
acumular un basural hipnótico, con destellos de minerales.
Frente a él estoy yo, con la sensación de que ayer es un anticuario.
Escarbo y encuentro un yo vergonzante, un aforismo y hasta una nube muy blanca.
Está en mí alargarla sabiendo que todas las peticiones que corren todavía a lo largo del subsuelo
no harían con ella una sábana tan grande. Hay algo cruel en extenderla, e inmaculado.
La vida decidirá qué destino darle. Puede elegir enfundar a los suicidas,
puede elegir no distinguirla de la niebla. 


domingo, 7 de septiembre de 2014

Gary Snyder - La llamada de la tierra


LA LLAMADA DE LA TIERRA

El pesado viejo en su cama por la noche
oye el canto del Coyote
                        en la llanura.
Todos los años que trabajó en el rancho, en la mina y en el bosque.
Católico.
Nativo de California.
            Y los Coyotes aúllan en su
octogésimo año.
Llamará al Trampero Oficial
del Gobierno
que utiliza trampas de acero para los Coyotes,
mañana.
Mis hijos perderán esta
música que acaban de empezar
a amar.

*

Los que fueron de ácido de las ciudades
convertidos en Guru o Swami,
hacen penitencia con brillantes
ojos aturdidos, y dejan de comer carne.
En los bosques de Norte América,
la tierra del Coyote y del Águila,
sueñan con la India, en
las por siempre benditas alturas asexuales.
Y duermen en cúpulas
geodésicas calentadas con aceite,
pegadas al bosque como verrugas.

Y el canto del Coyote
            es enmudecido
            porque temen
            la llamada
            de la tierra.

Y vendieron sus cedros vírgenes,
            los árboles más altos en millas alrededor,
a un leñador
que les dijo,

“los árboles están llenos de bichos”.

*

Finalmente el Gobierno decidió
hacer la guerra          completa. La Derrota
            es Anti-Americana.
Y fueron al aire,
sus mujeres junto a ellos
            con exagerados peinados
            poniendo esmalte de uñas en los
 botones del cañón pistoleril.
Y nunca volvieron,
            porque encontraron,
 que la tierra
es pro-Comunista. Y sucia.
Y los insectos están con el Viet Cong

Por eso bombardean y bombardean
días tras día, a través del planeta
            cegando gorriones
rompiendo los tímpanos de los búhos
astillando troncos de cerezos
enroscando y rizando
con entrañas de ciervos
las rocas quebradizas, polvorientas.

Todos estos americanos en ciudades especiales en el cielo
depositando venenos y explosivos
a través de Asia primero,
y después Norte América,

una guerra contra la tierra.
Cuando esté hecha, no habrá
            sitio

para que se esconda un Coyote.


                                               envío

                                   Me gustaría decir que
                                   el Coyote está para siempre
                                   en tu interior.

                                   Pero no es verdad.


Tomado de El poeta y su trabajo. Número 8.
Traducción de José Luis Regojo

Rogelio Saunders - Y esta cabeza ya no pensará más


Y ESTA CABEZA YA NO PENSARÁ MÁS

Y esta cabeza ya no pensará más.
El sol sobre los techos, siempre
como un redondel metálico,
mítico. El dedo estriado de polvo
y la boca O negra en que la sobresalen
dos cuernos de babosa.
Y esta cabeza ya no pensará más.
Oigo gotear la leche en la espita,
resonar el escalón-cabeza.
Solo, los tercos asuntos, estallido.
Cien niños. Un niño.
Y esta cabeza ya no pensará más.
Los senos redondos en la lisa sábana.
El charol excesivo en el serpentín de cobre.
Cansancio del ojo. Tú no entiendes.
Nadie entiende.
Tampoco yo.
Y esta cabeza ya no pensará más.
Alta torre y no presunto manicomio.
Dos lunas y ninguna mía.
Cien acrisoladas maquetas y ninguna mía.
El ojo, harto de su tensión, di-suelto.
Ja: el cálamo maestro de la escritura,
sinuosa sinusoide de la Oikonomía.
Y esta cabeza ya no pensará más.
No será pensada esta pequeñez circular.
Estos pequeños hocicos que mordisquean
el cráneo agusanado.
Tantos padres y madres. Tantos amigos.
Tanta sed sin sueño.
Oh familia. Oh techo.
Y esta cabeza ya no pensará más.
Hubo una juventud con lentos ríos celestes.
Y hubo dudosos guardianes de ondulados rostros de paja.
Diciendo: sí. Esperando. Siempre
esperando. Siempre, como el sol,
la exigencia invisible.
El ansia invisible.
El tirón en la camisa.
La oreja corroída
por los largos milenios de no oír.
Oreja sin resonancia. Oh oreja amiga
sin resonancia.
Ese no pegajoso como una musiquilla,
oreja del abismo, pequeña
boca incesante con cuernos de babosa
mordisqueando mordisqueando mordisqueando.
Y esta cabeza ya no pensará más.
La pluma sonriente abandonada
a su estupidez irremediable.
Prensada entre dos curvaturas de latón
la lengua silabea.
Oh ya sé que nunca hubo otro tiempo.
Todos sabemos lo que es mejor.
Por naturaleza preferimos que todo, menos eso,
exista. Mitos. Lisura del silencio-color.
Oh sagrado mito que golpetea
allende la benéfica muerte de los dioses.
Y esta cabeza ya no pensará más.
Enfermo, ¿persiste? El camino
se extiende más allá.
Un ladrillo rojo. Solsticio.
Los quietos cristales asomados como niños
pisoteando con su intensa mirada sin color
la in(ex)tensa sonrisa muerta de los niños.
Y esta cabeza ya no pensará más.
No partió. No volvió.
Los payasos ciclotímicos, en enrallado risoto,
recogieron el alambre siempre extendido en exceso.
Recogieron sin fin. Sin fin, recorrieron
el borde del disco brillante.
Oh sin saliente. Con buen pie.
O: un bonito traspié.
Y esta cabeza ya no pensará más.
No se entendió nada. No se escuchó nada
nunca. Si bien miles de ojos leyeron, y miles de cabezas
asintieron, y se adelantaron
hombros
pestañas
labios en
elástico
plop
manos amigas
manos cordiales
amorosos-amistosos
senos admirativos,
oh y admiraron
oh y sin
ninguna duda besaron
comprensivos oh cuán poco infinitos
ignorantes de que a toda
boca le está negado el infinito.
Y esta cabeza ya no pensará más.
En un sueño, os lo digo, la boca del poeta
cantó ante multitudes.
Y en el reverso su lengua de ceniza
babosobeaba entrecosida en el espejo.
La hinchazón de la máscara.
El ¡plop! de la máscara.
Cuán familiar. Cuán solidario.
Y esta cabeza ya no pensará más.
La felicidad es un escurridizo pez de plata
fijo en su sempiterno ondular.
Es algo neto, ganancioso, eficaz.
El baile (o eventum) en que, por clara decisión,
ya nada falta. El gran Eventum en que se celebra
lo que falta.
El pisoteo-golpeteo de la gran Falta
a más no faltar.
Silencio-color. Felicidad-parloteo.
Perfecto sin que nada falte para siempre en ese oh Falsaltar.
Único solo no superable en cuanto oscuro hecho de la comprensión pura de
no necesitarse en lo más mínimo el más mínimo síntoma de luminosidad.
Así oscuro absoluto brillante vacío ensordecedor.
Sin queja sin remordimiento.
Ojo risa cabeza risa ojo cabeza plop.

Y esta cabeza ya no pensará más.

martes, 26 de agosto de 2014

Dos poemas de Mario Ortiz


ESCRITO CON UNA HEBRA DE LANA MARRÓN QUE ENCONTRÉ POR AHÍ

Tomá el hilo y extendelo.
Colocá en uno de sus extremos a una madre junto a unas agujas.
Distribuí cuatro paredes y formá una habitación con un amplio ventanal que dé a un patio con plantas y una parra.
¿Es la tarde? ¿Ya anochece y es otoño? Desplegá con tu mano el color del cielo, de las cosas y de la luz. Cuidá esos detalles.
La madre comenzará a tejer. Soltá el hilo a medida que lo demande.
Aprovechá ese momento porque la hebra es extremadamente corta, apenas unos centímetros.
Cuando ya no sientas en la yema de tus dedos el cosquilleo de la lana que va corriendo, cerrá los ojos por un momento hasta que todo haya desaparecido.

Ese pulóver hubiese sido para vos.


PEQUEÑO TRATADO DE GEOLOGÍA DOMÉSTICA

     Tengo en mis manos una piedra de canto rodado que encontré en Sierra de la Ventana.  Su interior seco y compacto permanece imperturbable acaso desde la extinción de los últimos grandes reptiles, sin recibir el sol que iluminó la aparición de los primeros cazadores nómades y sus pinturas rupestres, la construcción de la gran pirámide, el ascenso y caída de Roma, el nacimiento de Jesús, los trovadores y Shakespeare, las correrías de los tehuelches por la meseta patagónica, la Revolución de Mayo, las esperanzas y desdichas de esta ciudad que está sobre un mar que no es un mar sino, apenas, una entrada de ría de barro pegajoso y gris.
  Si la partiese con un martillo, recibiría directamente el resplandor de una tarde calurosa, mis miradas, los ruidos ahogados de la calle, los ladridos del Yago. Me pregunto qué entendería de todo esto, si es que una piedra pudiese tener algún pensamiento.
   La dejo junto a la maceta, intacta.
   Si no sufre algún accidente, los días y las noches, el viento y la lluvia la erosionarán muy lentamente.
   En algún momento, desaparecemos el Yago y yo, los lugares y rostros de siempre. 
   Partícula a partícula se desgranará hasta que, devenida un pequeño cascotito, exhiba por fin lo que fue ese interior seco y oscuro ante un mundo completamente desconocido.
   Para ese entonces, estas palabras y esta tarde habrán sido, apenas, menos que imágenes fugaces en un sueño interminable.

   La piedra está a la sombra de la maceta.
   Almacena frescura.


De Cuadernos de Lengua y Literatura. Volumen IX, de próxima aparición en Ediciones Liliputienses, España.

viernes, 15 de agosto de 2014

Michael Longley - Autocuración

AUTOCURACIÓN

Yo quería enseñarle los nombres de las flores,
autocuración y centaura; en la gran finca
donde nunca pasta el ganado, asfódelo de ciénaga.
¿Acaso podría yo haber amado a alguien tan fuera de quicio
y, como dicen, haberle dado alas?
Había dormido en cuna hasta los doce
por ser tan infantil, me supongo,
o por falta de cama: ¿acaso su padre no había
perdido todo en el juego menos el pastizal juncoso?
Parecía tener el cráneo cincelado como una cuña
sobre los hombros, y la espalda jorobada,
lo cual le daba un aire casi académico.
Pero no podía recordar las cosas que le había enseñado:
cada nombre flotaba sobre su flor
como una mariposa incapaz de posarse.
Ese día desfloré una tragontina
para dejar en libertad a los mareados insectos.
Con delicadeza deslizó la mano entre mis muslos.
Me dio miedo; y aún no sé por qué
pero salí corriendo, bañada en lágrimas, a contárselo a todos.
Me enteré de que todos los días de aquella semana
lo azotaron con una vara de endrino, y luego lo amarraron
en el henar. Yo podría haber sido la vaca
a la cual habría descolado después con cizallas,
y él el carnero enredado en alambre de púas
que mató a pedradas cuando lo dejaron libre.


Traducción de Pura López Colomé