miércoles, 4 de mayo de 2022

Judith Schalansky - Tres islas remotas

 

ISLA DE LOS COCOS (COSTA RICA)                                                                                              24 km2, deshabitada.

Una isla, dos mapas, tres tesoros. August Gissler está completamente seguro de que encontrara el oro robado por los piratas que surcaban el Cabo de Hornos con sus barcos de velas negras: el botín de Edward Davis, los saqueos de Benito Bonito y el tesoro de la iglesia de Lima, que incluye una madona de tamaño natural hecha de oro macizo. Gissler, el hijo de un fabricante de Remscheid, que prefirió ser marinero antes que director de una fábrica de papel, ahora observa con atención la cruz marcada en el mapa y lee las anotaciones: En la punta noreste de la Bahía Wafer, hay una pequeña gruta al pie de una roca con tres picos, continuar doscientos pasos hacia el interior, siguiendo la corriente. Gissler tiene treinta y dos años, ojos azules y barba poblada, cuando, pala en mano, da con ese lugar y no encuentra nada más que tierra húmeda. Cava un agujero tras otro, tan profundos que sus tobillos se hunden en una corriente de agua subterránea y tan anchos que podría enterrar un barco, pero no encuentra sus sueños. En un tugurio del puerto compra más mapas, procedentes de la colección familiar del nieto de un pirata; están marcados con cruces antiguas y más modernas. Los estudia con atención, sigue las anotaciones y no deja de excavar en la arcilla oscura de la isla. Horada toda la superficie con pico y pala, cava en círculos y busca financiación y posibles socios, para ello vende participaciones de la recién creada Cocos Plantation Company, fundada a propósito en esta isla de oro. Su esposa y seis familias alemanas le siguen, se asientan todos juntos en una bahía de esta isla tropical, construyen barracas, plantan café, tabaco y azúcar de caña. Siguen cavando y cavando, pero no encuentran nada. Tres años después los Gissler vuelven a estar completamente solos, sus socios los han abandonado, por lo que son los únicos poseedores por derecho de una riqueza que no son capaces de encontrar. Buscar es más importante que encontrar, piensa Gissler, y cada agujero vacío constituye otra prueba más de que el tesoro tiene que estar escondido en cualquier otro lugar de las dos mil cuatrocientas hectáreas de este pedazo de tierra. Su mujer acaba abandonándolo. Cuando deja la isla en 1905, no queda en toda la superficie un solo espacio sin excavar, la barba le llega hasta la cintura y ha perdido dieciséis años de su vida. En toda su vida solo encontró treinta ducados de oro y un guantelete dorado. Poco antes de morir en Nueva York el 8 de agosto de 1935 declaró lo siguiente: Estoy convencido de que un gran tesoro está oculto en la isla, pero había que emplear mucho más tiempo y más dinero para encontrarlo. Si fuera joven, retomaría esta búsqueda una vez más, desde el principio.

 

 

TIKOPIA, ISLA DE SANTA CRUZ (SALOMÓN)                                                                                4.7 km2, 1200 habitantes

Esta isla está habitada desde hace más de tres mil años; es tan pequeña que las olas se pueden escuchar desde su meseta central. Sus habitantes pescan en las aguas salobres y atrapan crustáceos en la orilla; cultivan boniatos, plátanos y ñames gigantes del pantano; almacenan además cereales bajo la tierra por si hay una mala cosecha. Estos víveres resultan suficientes para mil doscientos seres humanos, pero ni para uno más. Si un tornado o una gran sequía devasta la cosecha, muchos de ellos eligen una muerte rápida. Las mujeres solteras se ahorcan voluntariamente en sus casas o se arrojan al mar y algunos padres se dejan arrastrar por las corrientes marinas junto a sus hijos, en un viaje en canoa del cual nunca regresan. Prefieren morir en el mar, antes que padecer una larga agonía de hambre y de sed en tierra firme. Cada año el jefe de las cuatro tribus de Tikopia recuerda las reglas para evitar el crecimiento de la población. Todos los niños deben vivir de acuerdo con ellas y alimentarse solo con lo producido en el huerto familiar, por ello solo el hijo mayor puede tener descendencia; los restantes hijos deben permanecer solteros y ser extremadamente cuidadosos para no engendrar. Los varones se sienten obligados a prevenir la concepción y se han convertido en expertos del coitus interruptus, pero si la concepción no pudo evitarse, las mujeres presionan su vientre con piedras calientes antes de que suceda el parto. A los adultos se les prohíbe tener más descendencia cuando su hijo mayor alcanza la edad casadera, y cuando una pareja tiene un hijo, el hombre pregunta a su mujer: ¿De quién es este hijo, a quien debo alimentar? Y solo él decide si el recién nacido debe vivir. Las cosechas son pequeñas. Déjame matar a nuestro hijo, ya que, si vive, no habrá comida para él. Los recién nacidos se dejan tumbados boca abajo, para que se ahoguen y mueran. Estos niños no reciben sepultura, no forman parte de la vida de Tikopia.

 

 

PINGELAP, ISLAS CAROLINAS (MICRONESIA)                                                                                1.8 km2, 250 habitantes

En esta isla hasta los cerdos son grisáceos; parece como si los animales hubieran sido creados a propósito así para los setenta y cinco habitantes de Pingelap que no pueden distinguir los colores. Nunca podrán ver el purpura rojizo de las puestas de sol, ni el azul profundo del océano ni el amarillo deslumbrante de las papayas maduras, ni siquiera el verde oscuro y perenne de la selva, repleta de árboles del pan, cocoteros y mangos. La culpa de todo esto es de una minúscula mutación del cromosoma ocho y del tifón Liengkieki, que asoló Pingelap hace siglos. Apenas una veintena de isleños sobrevivió al huracán y a las subsiguientes hambrunas, uno de ellos era portador de un gen recesivo que se extendió rápidamente por toda la isla a causa de la endogamia. Hoy en día, diez por ciento de los habitantes de esta isla son completamente daltónicos, mientras que en cualquier otro lugar la probabilidad de padecer esta alteración genética es de algo menos de un caso entre 30 000. En Pingelap las personas se distinguen por el tamaño de sus cabezas, por la frecuencia con la que parpadean, por el brillo de sus ojos, por las arrugas de su entrecejo o la forma de su nariz. Los daltónicos tienden a evitar la luz y suelen salir de sus cabañas solo cuando anochece, y cubren los cristales de sus ventanas con papeles coloreados para que los rayos del sol no dañen sus pupilas. Durante la noche permanecen activos y pese a la oscuridad reinante se mueven con más facilidad que los demás habitantes de la isla. Muchos de ellos dicen recordar todos sus sueños y algunos afirman que pueden pescar sin dificultad en las aguas profundas y oscuras de la laguna, porque distinguen las aletas de los peces reflejadas por el brillo de la luna. Todo su mundo es gris oscuro, aunque insisten en que pueden apreciar detalles que pasan desapercibidos a quienes ven en color: miríadas de tonos y sombras inimaginables para los no daltónicos. Además, se indignan mucho con las charlas vanas e ignorantes de aquellos que se dejan llevar por la magnificencia de los colores; según los daltónicos, el color distrae la atención de lo esencial: la riqueza y variedad de las formas y los sombreados, de las estructuras y los contrastes.



De Atlas de islas remotas (Capitán Swing/Nórdica libros, 2013)                                                  Traducción de Isabel G. Gamero 

domingo, 27 de febrero de 2022

Marie Darrieussecq - Fragmentos de El bebé

 

Mi poder sobre él es sorprendente. Sería sencillo quitármelo de encima. Sueño que lo olvido en el supermercado, en la playa. Recupero el cochecito, pero vacío. Echo a correr. Despierta, entre dos tomas, yo sé que es eso lo que ahora me está prohibido: la huida, desaparecer, largarte.

*

Cuando llora al despertarse y lo levanto en brazos —¡aúpa!—, lo salvo. Seis veces al día, al despertar, yo lo salvo. La mirada extraviada, un último hipo, jadea, gime, resopla; se calma. En mis brazos, encuentra el alivio absoluto.

Su aliento límpido contra mi rostro, su olor a bebé, a carne blanca alimentada con leche, surgido del sueño.

Cuando tiene hambre, no es más que eso, esa carencia; cuando está contento, se halla en un estado de alegría total, breve, previa a la inmediata frustración: desbordado, arrastrado por sus emociones.

*

Cuando se despierta, el bebé me impide escribir.

En la Femme gelée, Annie Ernaux escribe: «Durante dos años, en la flor de la edad, toda la libertad de mi vida se ha resumido en el suspense de una siesta de niño cada tarde.»

El bebé me impide fumar y beber porque mama de mi pecho.

Fumo y bebo a hurtadillas, como algunos alcohólicos.

Para prolongar unos minutos la escritura de esta página, le he colocado boca abajo: recupera un sueño profundo. En la actualidad, los médicos desaconsejan esa posición: favorece la «muerte súbita del lactante».

*

Una vez le has atendido, y se ha dormido de nuevo, te queda todo el resto: la casa, las compras, la comida, poner la mesa, vaciar el lavavajillas, tender la colada, hacer la cama: no es él quien nos extenúa, es la intendencia perpetua.

*

El bebé ve fantasmas. Sus ojos deambulan por el espacio, desconoce nuestras sonrisas, no oye nuestras llamadas: persigue en la casa el lento desplazamiento de los espectros.

Cuando crece, se nos acerca. Nos contesta, nos imita. Es tan menudo que, recién salido del limbo, puede volver a él. Lo recuerda. Titubea. Duerme mucho. Yo intento mirar hacía donde mira él, ver lo que él ve. ¿Un reflejo sobre la tele? ¿El balanceo del árbol en la ventana? Asustada, ante la idea de que prefiera las sombras a nosotros.

Cuando abre la boca sobre mí, no tiene ni pizca de duda: soy suya. Según la teoría, yo soy él: él no diferencia su cuerpo del mío. Espero la guardería para enseñarle, precisamente, que eso no es así, para establecer la frontera entre nosotros.

*

Durante estos dos primeros meses sólo he estado en el mundo a medias, entendiendo sólo a medias lo que me decían, viendo sólo a medias a la gente, mal leyendo los libros. La mitad de mi cerebro estaba con él: ¿estaba desabrigado, respiraba bien, le había oído gemir? Por mucho que advirtiera a mis interlocutores, no parecían tomarme en serio: una pose de adolescente, una coquetería de escritor.

Era una forma de locura. Vivía en contacto permanente con otro mundo, como una extraterrestre que escucha incesantemente, en su caja craneana, los ecos de su planeta originario. Estaba dotada de ubicuidad, de supra-sensibilidad.

Acuesto al bebé boca abajo sobre mis rodillas, le hago callar dándole a chupar el dedo. Con la mano derecha, que permanece libre, puedo escribir.

*

Cuando nació quería volver a quedarme embarazada inmediatamente.

Quería repetirlo de nuevo, a él, el mismo. Yo quería tenerlo repetido, dos veces, tres, coleccionar sus clones, parirlos en un presente eterno.

Una amiga, madre de dos niños: «Yo no puedo escribir porque soy incapaz de hacer morir a los niños.»

En Cementerio de los animales, de Stephen King, hay una escena final extraordinaria, en la que el hijo de cuatro años regresa del otro mundo para matar a su madre, que le abre los brazos. No puede dejar de abrirle los brazos, ni siquiera al ver la navaja que lleva, el clásico rictus... Una pesadilla impecable.

Actualmente mataré a todos los bebés que haga falta en mis textos, pero siempre tocando madera. No es el tabú lo que me preocupa, es la repetición, la maldición, todo lo que hace creer neuróticamente en la sombra que la escritura aporta a la vida.

Escribir sin superstición: alejar de uno mismo los fantasmas.

*

En la casa donde pasamos las vacaciones, yo escribo en el jardín. El bebé duerme en una habitación silenciosa, fresca, al amparo de los gatos y de las corrientes de aire. Nos separan varias puertas. Sin embargo, yo percibo su despertar. Me levanto: acaba de abrir los ojos. Juega con sus manos, canta, todavía no llora. ¿Tengo un nuevo reloj latiendo en mi cerebro? ¿Me ha nacido sin saberlo un sexto sentido capaz de percibir, sin que yo las aceche, sus alteraciones en el fondo de la casa? Como si el rumor de los árboles, de los pájaros, del viento, estuviera acompañado de una frecuencia íntima, de otra manera de escuchar.

Desde hace algún tiempo, todas las tardes al acostarse, el bebé llora, inconsolable. Le dejamos en su cuna y cerramos la puerta.

Es la hora del vino blanco y de las aceitunas, del sol oblicuo, de la felicidad de estar entre adultos, bajo los pinos.

 *

Siempre que me topo con un recién nacido, me regocijo de que el bebé haya emergido de ese lago opaco, donde la luz sólo cae sobre llantos de hambre y sonrisas de satisfacción, en una práctica ausencia de la mirada. El lactante es una presencia extraña bajo unas facciones curiosamente familiares. Tiene algo del padre y de la madre, pero no sabemos nada de él. No sabemos por qué llora, si tiene frío, si tiene hambre, si va a chillar, si va a dormir. Sin duda él es «la inquietante extrañeza». Tiene la mirada de los moribundos o de los locos. A veces el ojo gira sobre sí mismo, aparece la blancura de la córnea, un tic sacude el párpado. Existe un velo permanente, casi una funda de almohada. El lactante es ansiogénico, el lactante es patético: al igual que un enfermo grave, hay que esforzarse en aliviarle, ayudarle, entenderle. Pasa a ser el bebé cuando se le fija la mirada, cuando busca el mundo bajo el velo.

Cuanto más parlotea el bebé, más le imitamos. Construye unas sílabas claras y reconocibles: «da», «be», «re». La incongruencia de esas cantinelas nos encanta. Dialogamos mediante ecos. La casa en la que el bebé reina es una casa de locos.

*

Trabajo la masa, sol en las baldosas. Él está arrellanado en su cochecito, chupa el hocico de su jirafa de caucho. Yo tarareo valses, musiquillas de circo y pasodobles; a trozos, como un popurrí, con voz gangosa o arrulladora. Hago tonterías, bailo para él, ríe a carcajadas, me sigue con la mirada por toda la cocina. Soy la reina, la mejor de las madres, la más guapa, la más graciosa, su madre-estrella, su gran amor. Le arranco de su cochecito y bailamos un vals, es un bailarín excelente.

*

Cuando alguno de los abuelos se lo lleva a dar un paseo, o cuando lo vigila alguna de las abuelas, yo no siento la menor inquietud, y sí un gran alivio: aprendo que alejado de mi vista él sigue existiendo, que puede vivir sin mí, que no se muere sin mí. Libro de mi omnipotencia.

La realidad —su existencia— dibuja poco a poco mi espacio, me separa poco a poco de él.

En cuanto me sienta suficientemente razonable para permitirme ir al cine mientras él está protegido -en lugar de trabajar o de guisar, de esforzarme en el rendimiento-, iré a ver la película de Dominique Cabrera Le Lait de la tendresse humaine, sobre esa mujer que se escapó cuando nació su hijo.

*

«Diabólico», «guerra santa», «cruzada», «el bien y el mal»; cuando el bebé me pregunte si Dios existe, yo le contestaré que espero que no.

*

Hemos comprado una cámara de vídeo. El bebé de la pantalla parece más real, delimitado, tangible, que el bebé que está en mis brazos, esta nebulosa, esta criatura a la que tendría que comerme o violar para saciarme finalmente de ella.

*

Cuando yo era un bebé de seis meses vi caminar al hombre en la Luna. Mis padres me despertaron en plena noche para colocarme ante la tele. Me gusta que tuvieran esa idea, me gusta lo jóvenes que eran.

El bebé es la única criatura del mundo que sólo está dotada, como medio de defensa, de una sirena, ciertamente poderosa. Pulsar la alarma y esperar la ayuda sustituyen en su caso las patas para correr, el chorro de tinta para cegar, las garras menudas.

 

Cuando está sentado —para lo que necesita ayuda— le quedan liberadas las manos: en seis meses ha sobrevolado los millones de años que separan al Australopiteco del Neandertal.

Cuando le prohibimos algo —tocar la taza que abrasa, golpear el ordenador—, nos estamos refiriendo a lo que más le interesa en el mundo. Nuestras ofrendas de cubos y de osos son tratadas con desprecio: es capaz de volverse doscientas veces hacia el objeto deseado. Su obstinación y su concentración están a la altura de lo que se le oculta: sin duda, el secreto del universo, la clave de toda una serie de enigmas.


De El bebé (Anagrama, 2004)                                                                                                    Traducción de Joaquín Jordá

martes, 25 de enero de 2022

Tres poemas de Ana Martins Marques

 

HISTORIA


Tengo 39 años.

Mis dientes tienen unos 7 años menos.

Mis senos tienen unos 12 años menos.

Aún más recientes son mis cabellos y mis uñas.

Por la mañana como un pan.

Tiene una historia de 2 días.

Al salir de mi apartamento,

que tiene unos 40 años

vistiendo unos jeans de 4 años

y una camiseta de no más que 3,

intercambio con mi vecino

palabras de unos 800 años

y piso sin querer un charco

con 2 horas de historia

deshaciendo una imagen

que vivió

algunos segundos.

 

 

SILENCIO

 

Lengua de las cosas

 

Pero también: lengua de hablar

con las cosas

y con las propias palabras

 

El nombre de las cosas

cuando no hablamos de ellas

 

Único modo que tienen los muertos

de cantar

 

Lo que hay entre una taza y otra taza

entre una piedra y una rosa

entre Venus y una silla

 

Modo como suena

una palabra

tachada

 

Toda habla nace con la cicatriz del silencio

que fue quebrado

 

No hay palabra que no sea marcada por el silencio

como camisas que se secaron

atadas al tendedero

 

Del mismo modo, frecuentemente el silencio

surge manchado por una palabra

como un espejo sucio

 

La forma más próxima del silencio es el círculo:

forma geométrica de la espera

 

El rastro que dejó

el animal que no pasó

 

Este es mi nombre

cuando no me llamas

 

 

DESEO

 

Soy alérgica al deseo

como al moho, al mar,

a los gatos, a la leche,

a los lugares cerrados, a ciertas flores.

Soy alérgica al deseo:

me duelen los ojos,

se me hinchan las piernas,

el sexo arde

como una caja de abejas

sellada.

El deseo me enciende

como una casa incendiada;

el deseo me deja

sin nada más.

 


De La vida submarina y otros poemas (Ediciones Vestigio, 2021)                                             Traducción de Jerónimo Pizarro, revisada por Alexandra Maia)

 

 

 

lunes, 13 de diciembre de 2021

Cuatro poemas de Verónica Viola Fisher

 


Había una vez un corazón que no sentía. Su ser era puro pensamiento. Y latía acompasadamente, racional. Un día le ocurrió que se aburrió. Siempre el mismo latido, repetido hasta el cansancio. Quería un cambio. Pensó primero en cambiar la fuerza de cada bombeo. Y apareció una débil música, donde había golpes débiles y golpes fuertes. Después, pensó en complicarla más, cambiando el intervalo de los latidos. Entre uno y otro no había el mismo tiempo. Se aceleraba, se detenía, inventaba cadencias rítmicas. Pero entonces todo cambió para el corazón. La música lo hacía sentir. Su pensamiento se desintegró, y su sangre, que era azul, se volvió roja.

 


Había una vez un tornillo. Que se había caído de una cabeza. El tornillo necesitaba una cabeza para existir como tal, cumplir su función, hacer algo de su vida. Pero ninguna cabeza lo recogía. Y tirado en el suelo lloraba oxidándose. ¡Pobre tornillo! Hasta que lo abrocharon a un taco Fisher. Pero el tornillo sufría, en contacto con el plástico en vez de una masa suave y mullida. Que además le hablaba. Este plástico estaba muerto. Un día, después de mucho tiempo, la pared se descascaró de más y el tornillo volvió a caer, solo. ¿Entraría en una rodilla? Entonces lo agarró otra cabeza, y pudo ayudarla, completando un vacío que la tenía loca.

 


Había una vez una cajita de música. En la cajita de música, los dientes tocaban Para Elisa. Y afuera, una bailarina danzaba. Pero un día nadie más le dio cuerda, y se oxidó. Entonces la encontró una niña. La niña guardaba la cajita de música como un tesoro, y cada vez que le daba cuerda cantaba y bailaba, como si fuera ella la bailarina y ella la música. La cajita de música era inspiradora aún muerta. Así, hay objetos eternos, que se reinventan y dan cosas diferentes en diferentes momentos.

 


Había una vez un alma. Había una vez un yo, un superyó, y un ello. Había una vez una carta natal. Había una vez una borra de café. Había una vez un dios. Había una vez muchos dioses. Había una vez el I Ching. Había una vez el horóscopo chino. Había una vez el horóscopo maya. Había una vez causa y efecto. Había una vez un espíritu. Había una vez el inconsciente. Había una vez un mazo de cartas. Había una vez un mae de santo, un cura, un médium, una bruja. ¿Quién soy? Todas las respuestas a todas las preguntas había una vez. Y ninguna era cierta.



De Había una vez (Caleta Olivia, 2021)

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Mary Ruefle - Los colores de la tristeza

 


La tristeza azul es más dulce cortada en tiras con tijeras y luego en trocitos con un cuchillo, es la tristeza del ensueño y la nostalgia: puede ser, por ejemplo, el recuerdo de la felicidad que ahora es solo recuerdo, que ha retrocedido hasta un hueco que no se puede desempolvar porque está fuera de tu alcance; inconfundible y polvorienta, la tristeza azul habita en tu incapacidad para desempolvarla, es tan inalcanzable como el cielo, es un hecho que refleja la tristeza de todos los hechos. La tristeza azul es aquello que deseas olvidar, pero no puedes, como cuando de golpe en el autobús uno se imagina con absoluta claridad una bola de polvo en el closet, un pensamiento tan extraño e intransmisible que sonroja, una intensa rosa que se extiende sobre el hecho azul de la tristeza, creando una situación que solo puede compararse con un templo que existe, pero que para visitarlo es necesario viajar tres mil kilómetros en trineo y raquetas de nieve, ochocientos a caballo y otros ochocientos en bote, más mil quinientos en tren.   

 

*

 

La tristeza púrpura es la tristeza de la música clásica y la berenjena, de las campanadas de medianoche, los órganos humanos, los puertos cortados por partes cada año, las palabras con demasiados significados, el incienso, el insomnio y la luna creciente. Es la tristeza del dinero de juguete y de los icebergs vistos desde una canoa. Es posible bailar con la tristeza púrpura, aunque despacio, tan despacio como se cavaría un pozo para un gigante dormido. La tristeza púrpura es penetrante y se adentra más profundamente que los depósitos de níquel más grandes del mundo, o que cualquier otra tristeza sobre la tierra. Es la tristeza de los almacenes y de tacones resonando en un largo pasillo, es el sonido de tu madre cerrando la puerta por la noche, dejándote solo.     

 

*

 

La tristeza gris es la tristeza de los clips y las ligas, de la lluvia y las ardillas y el chicle, de los bálsamos y los ungüentos y los cines. La tristeza gris es la más común de todas las tristezas, es la tristeza de la arena en el desierto y de la arena en la playa, la tristeza de las llaves en el bolsillo, de las latas en un estante, del pelo en un peine, de las tintorerías y de las pasas. La tristeza gris es bella, pero no debe ser confundida con la belleza de la tristeza azul, que es irremplazable. Es triste decirlo, pero la tristeza gris es reemplazable, se puede reemplazar todos los días, es la tristeza de un muñeco de nieve derritiéndose en una tormenta de nieve.

 

*

 

La tristeza verde es la tristeza vestida para graduarse, es la tristeza de junio, de las tostadoras relucientes que salen de sus cajas, de la mesa puesta antes de la fiesta, del aroma de las fresas nuevas y de los asados que gotean a punto de ser devorados; es la tristeza de lo que no se percibe y, por lo tanto, nunca se siente y pocas veces se expresa, salvo algunas veces por bailarinas de polka y niñas que, imitando a sus abuelas, deciden quién se quedará con sus conejos cuando ellas mueran. La tristeza verde pesa menos que un pañuelo sin usar, es el silencio fúnebre de los huesos bajo la alfombra de hierba verde cortada al parejo en la que los novios caminan con alegría.      

 

*

 

La tristeza café es la tristeza común. Es la tristeza de enormes piedras erguidas. Eso es todo. Así de simple. Enormes, erguidas piedras alrededor de otras tristezas, protegiéndolas. Un círculo de enormes, erguidas piedras, ¿quién lo hubiera pensado? 

 

*

 

La tristeza naranja es la tristeza de la ansiedad y la preocupación, es la tristeza de un globo naranja vagando sobre montañas nevadas, la tristeza de las cabras salvajes, la tristeza del cálculo, como cuando uno se preocupa de que otro cargamento de pensamientos esté a punto de entrar en la casa, de que un soufflé o un Cessna caigan el día reservado para no estar triste, es la neblina naranja de un zorro a la distancia, habla el extraño lenguaje astado de fantasmas y baterías muertas, es la tristeza de todas las cosas que se dejan en el horno durante la noche y se olvidan por la mañana, y así la tristeza naranja se pierde dentro de nosotros, igual que su motivo.   

 

De My private property (Wave Books, 2017)                                                                                               Traducción LEG


lunes, 20 de septiembre de 2021

Camila Sosa Villada - Acerca del poema

 

Un poema es un animal muy difícil de cazar. Todo intento de acercamiento solo lo espanta y huye. Se transparenta a voluntad, se diluye y desaparece frente a nuestros ojos. Parece que lo tenemos, pensamos que puede poseerse, pero frente a la posibilidad de escribirlo solo quedan tambaleando unas pocas palabras.

Un día pasé frente a una funeraria y sentí muy cerca la existencia de un poema. Los deudos estaban en la vereda fumando, hablando del clima, de las cuentas por pagar. Algunos tenían en los ojos rastros de haber llorado. Pero se habían organizado fuera del velorio para poder hablar de nada, de lo corriente que es la vida y alejarse del hecho fatal de tener que pensar en la muerte, en todo lo que hay que resolver delante de la muerte. Como no tenía con que escribir en ese momento, escribí una nota en mi teléfono celular.

Esto había funcionado alguna vez en un viaje, frente a la belleza del mar Báltico. Esa vez había anotado las primeras palabras del poema en el teléfono celular, como las guías con lápiz que hacen los pintores sobre la tela para luego comenzar a pintar. Pero esta vez, al volver a casa e intentar escribir a partir de esas palabras, el poema se extinguió. Fue como tirarlo al fuego.

Creía que existía un método para la poesía. Pero lo cierto es que la poesía no admite técnicas ni métodos. Busca el vacío. De esa sensación de impotencia, de invalidez frente a lo absurdo de escribir un poema, extraigo un aprendizaje. No se llega al poema sabiendo algo, se entra en él completamente ignorante y se sale de él más ignorante aún. Y solo contamos con dos apoyos: el de la distancia en el tiempo y la corrección.

Ciertos sucesos, el amor, el sufrimiento, un mal recuerdo, una dicha, hacen que el poema se acerque, que pasee cerca nuestro. Es preciso saber que está cerca, que anda por ahí y esperar el momento oportuno para atraerlo a nuestra trampa. Pero hay un protocolo, algo así como una ceremonia que llama al duende. El rito de abrirse a la ceguera, a la negritud. Estar dispuestos a eso.


De El viaje inútil (DocumentA/Escénicas, 2018).

martes, 14 de septiembre de 2021

Gonçalo M. Tavares - Cinco películas cortas

 

¿QUÉ HABRÁ SUCEDIDO, SEÑOR?

Una estación de servicio, de noche. El empleado tiene un gorro en la cabeza, el cliente tiene un automóvil blanco y está fuera de él, pagando. El coche blanco tiene la puerta del conductor abierta y parece ahora una puerta que invita, que no se cierra porque hay algo de afuera que hace falta: el conductor. Y esa puerta abierta muestra que el conductor se bajó solo por pocos segundos, un minuto a lo sumo, porque va a pagar y enseguida va a volver, va a entrar por la puerta abierta del automóvil, la va a cerrar y regresará a la carretera. Sin embargo, algo va a pasar, algo le va a pasar al conductor, algo que no vamos a ver pero que adivinaremos por los sonidos, algo va a sucederle al conductor porque la puerta del conductor no se quedará abierta solo por pocos segundos, o un minuto, o varios minutos, la puerta se quedará abierta, a la espera, como una persona a la espera, como un perro a la espera del lado de afuera de la puerta de una casa, la puerta del automóvil se quedará así, abierta, a la espera durante una hora, dos, toda la noche se quedará así a la espera de su dueño, de su conductor.

 


EL NÚMERO 76

Una vaca, con el número 76 en la oreja, está muerta, el cuerpo tumbado en la nieve. El frío súbito y excesivo mató varios animales. Decenas, cientos, miles de animales. Pero ningún animal era igual a aquella vaca con el número 76 pintado en un cartelito amarillo prendido a la oreja. Este número, vaya a saber por qué, asusta.

 


EL ALMACÉN

En un almacén, un póster de Marilyn Monroe, en el fondo.

Después vemos el almacén. Alimentos sin acomodar, suciedad en el mostrador y en los estantes.

Después vemos a la pareja que trabaja en el almacén, probablemente sus dueños. Son feos, terriblemente feos.

En el fondo, el póster de Marilyn Monroe.

 


LA MÁSCARA

El hombre con una máscara de perro. A su lado, una bailarina de siete años. La niña muestra sus habilidades.

Estamos en un salón de danza. Vemos el espejo y en el espejo se ve todo el salón. Está vacío. Solo un hombre con la máscara de perro y la niña de siete años que hace los pasos de baile, acompañando, con precisión, la música. Es cada pausa, la máscara de perro aplaude. Debe ser el padre de la niña, pensamos. Es una muestra de la niña y el padre está aplaudiendo, pensamos.

Pero, de todas formas, ¿por qué así?

 


LA FUGA

Alguien huye, corre a gran velocidad y está asustado. Lo vemos por su rostro que seguimos de cerca: las cejas, el sudor; la cara tensa, todo en este plano muestra que estamos frente a una fuga y una persecución. Y lo que nunca vemos —pues el plano es siempre del rostro— es al perseguidor, al hombre que con maldad detrás de ese hombre que huye.

Pero el plano se abre y tenemos una sorpresa: el hombre está corriendo alrededor de una mesa, de una mesa grande, claro, y circular, pero de una mesa.

No está entrenando en alguna modalidad extraña, hasta la extrañeza tiene límites. Y no hay perseguidor porque solo hay una mesa y no hay espacio para nadie más.

Pero lo que importa es que nuevamente vemos, muy cerca, aquel rostro asustado. Y si un rostro está así de asustado es porque tiene sus razones. Y aquel rostro asustado justifica por completo la fuga, aun cuando no haya perseguidor y cuando el hombre corra y huya alrededor de una mesa, todo está justificado. Miramos el rostro asustado y pensamos que sí, es justo, es adecuado, es equilibrado, está bien así. Aquel hombre merece tener miedo y estar asustado.

Si estuvieras, por ejemplo, en la misma situación —corriendo como loco alrededor de una mesa—, ¿no estarías asustado también? Yo sí, digo, respondo que sí, que si corriera de aquella manera, que si tuviera tal miedo corriendo alrededor de una mesa, me daría más miedo y por eso correría más todavía, como un loco, para huir, para que no me alcance.  



De Short Movies (interZona, 2021)                                                                                              Traducción de Julia Tomasini