martes, 8 de diciembre de 2015

Emmanuel Hocquard - Pequeño diccionario autobiográfico de la elegía


Ah! · · · · · · · · · · ay!

La elegía clásica, tal como se nos enseñó (poema que expresa lamento, pena (V. esa palabra), tristeza, melancolía, dolor, nostalgia, etc.), obedece al siguiente esquema: esto había empezado bien; el tiempo pasó; y, al final, se echó a perder.


1ra columna: ¡Ah!
El tiempo pasa
2da columna: ¡Ay!
Pasé momentos maravillosos con Cynthia.

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Hoy soy desgraciado porque Cynthia es decididamente muy frívola.
Estaba feliz en Roma, rodeado de amigos y cubierto de laureles.

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En el presente estoy solo y triste en mi exilio en Rumania
Myrto se embarcó en esa nave, muy contenta de ir a casarse a Camarina.

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Ay! El barco se hundió y Myrto se ahogó.


Si con Propercio y Ovidio se comparte la intimidad y con Chenier, sobre todo, hechos dispersos, en todos los casos el trabajo está en la amplificación lírica de una situación anecdótica (V. Anécdota).
Y cuando se pisa a fondo, como en el piano, sobre el pedal hiperbólico de la representación elegíaca, se alcanza el pathos.
Resumiendo: al principio, todo va bien. Después las cosas se arruinan. El tiempo elegíaco fluye en esta dirección: Ay de mí!



BADURA SKODA


Extrañamente, el mismo Paul Badura Skoda encontró la respuesta a este dilema, pero mucho tiempo después (demasiado tarde para mí, ay!), con su interpretación -su ejecución, debería decir- del Hammerklavier.
Habiendo hecho construir una réplica exacta del piano de Beethoven, él siguió, al pie de la letra, la recomendación del compositor: tocar como con un martillo. Dicho de otra manera, golpeando como un sordo sobre el clavicordio. Después de tocarlo como con un martillo, no le queda más que tirar el piano, que había quedado completamente destruido.
Escuchando la grabación, quedé impresionado por la proeza. Y a través de él, creí identificar en Beethoven, según la expresión de Glenn Gould, algo así como el proyecto de dar a la música la oportunidad de desaparecer.
Entonces renuncié al piano y opté por la poesía con la intención de escribir elegías. Voy a decir cómo (V. esta palabra)



CÓMO

Para escribir elegías, es necesario saber cómo está hecha una elegía. Y para saber cómo está hecha una elegía, sólo hay que proceder como con un motor. Deben seleccionar una elegía standard, desarmarla y estudiar las partes que dispusieron sobre una mesa.
Como la elegía no tiene una forma particular (pueden darle aquella que más les convenga) ni dimensiones fijas (puede ser larga, corta o entre estar entre una y otra), ustedes tienen que buscar aquello que la distingue de otros géneros poéticos. Bueno, el examen no revela nada particular, excepto, tal vez, un porcentaje de pasado superior a lo normal. Es bastante raro encontrar verbos en futuro en una elegía. Y cuando hay uno, generalmente está en forma negativa. Ej.: Nunca más te veré sonreirme. El poeta elegíaco es decididamente pesimista.
Una vez que examinaron todo, rearmen su elegía, giren y escuchen cantar al motor. La diferencia está ahí. La elegía da un tono específico, reconocible entre todos, como los armónicos menores de los relojes. El tono del reproche y del resentimiento.
Por lo tanto, escribir elegías es muy fácil. Deben leer muchas (aunque no demasiadas, porque en verdad son bastante deprimentes) y, si tienen oído y predisposición elegíaca, van a poder hacerlo. 
Se hace, de hecho, solo. En fin, así lo hice yo (V. Hacer).


De Esta historia es la mía. Pequeño diccionario autobiográfico de la elegía (Zindo & Gafuri, 2015)
Traducción de Patricio Grinberg

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