miércoles, 22 de junio de 2022

Tres poemas de Manoel de Barros

 


SOBRE CHATARRAS


Esto porque fuimos criados en un lugar donde no había

juguetes fabricados. Esto porque teníamos que

fabricar nuestros juguetes: eran vaquitas de hueso,

pelotas de media, automóviles de lata. También

hacíamos de cuenta que un sapo es una vaca ensillada y andábamos en sapo.

Otra era oír en los caracoles los orígenes del mundo.

Me sorprendí mucho cuando, más tarde, tuve que vivir

en la ciudad. En la ciudad, un día, le conté a mi mamá

que había visto en la Plaza a un hombre montado en un caballo de

piedra mostrando un cuchillo largo en lo alto. Mi

mamá me corrigió que no era un cuchillo, era una espada.

Y que el hombre era un héroe de nuestra historia. Claro

que yo no tenía educación de ciudad para saber que

un héroe era un hombre sentado en un caballo de piedra.

Ellos eran personas antiguas de la historia que algún día

defendieron nuestra Patria. Para mí aquellos hombres

encima de la piedra eran chatarra. Serían chatarra de la historia.

Porque me parecía que una vez en el viento, esos

hombres serían como trastos, como cualquier pedazo

de camisa en el viento. Yo me acordaba de los espantapájaros

vestidos con mis camisas. El mundo era una

cosa complicada para un chico que había venido del campo.

No vi nada más lindo en la ciudad que

un pajarito. Vi que todo lo que el hombre fabrica

se convierte en chatarra: bicicleta, avión, automóvil. Sólo lo que no

se convierte en chatarra es ave, árbol, rana, piedra. Hasta una nave espacial

se convierte en chatarra. Ahora pienso que una garza del pantano

es más linda que una nave espacial. Pido disculpas

por cometer esa verdad.



CEPILLO

 

Yo tenía ganas de hacer como los dos hombres que

vi sentados en la tierra cepillando hueso. Al principio creí

que aquellos hombres no estaban bien. Porque se la pasaban

sentados en el suelo todo el día cepillando hueso. Después

aprendí que aquellos hombres eran arqueólogos. Y que

hacían el servicio de cepillar hueso por amor. Y que

querían encontrar en los huesos vestigios de antiguas

civilizaciones que estarían enterradas por siglos

en aquel suelo. Entonces pensé en cepillar palabras. Porque

había leído en algún lugar que las palabras eran

caparazones de clamores antiguos. Yo quería ir detrás de los

clamores antiguos que estaban guardados dentro de las

palabras. Yo sabía también que las palabras poseen

en su cuerpo muchas oralidades remontadas y muchas

significancias remontadas. Quería pues cepillar las

palabras para escuchar la primera mueca de cada una,

Para escuchar los primeros sonidos, aunque todavía

bígrafos. Empecé a hacer eso sentado en mi

escritorio. Pasaba horas enteras, días enteros

dentro de mi cuarto, encerrado, cepillando palabras.

Entonces mis amigos preguntaron, ¿qué hacía todo el día

encerrado en aquel cuarto? Les respondí, medio

entresoñado, que estaba cepillando palabras.

Les pareció que yo no estaba bien. Entonces tiré

el cepillo afuera.

 


CORUMBÁ REVISITADA

 

La ciudad todavía no se despertó. El silencio del lado de

afuera es más espeso. Doblados sobre la oscuridad

duermen los girasoles. Estoy andando sin rumbo como

moscas sin tino- El sol viene todavía apoyado en una bandada

de golondrinas. Busco un sendero de cabras que

antes me llevaba a un pueblo de pescadores. Bajo

por el sendero. Me deslizo por las piedras todavía

mojadas de rocío. Pasa por mí una brisa con alas de

 garzas. Las garzas están por bajas a las orillas del río.

El río está bufando de lleno. Hay monos todavía en los

árboles ribereños. Después los monos subirán a los

árboles de la ciudad. El río está estirado de ranas hasta las

rodillas. Llego al puerto de los pescadores. Hay canoas

amarradas y mujeres destripando pescados. Al lado los

chicos juegan a las zancadillas. Todavía no desapareció

el rocío de las piedras. Barcazas de venta ambulante se balancean

en las aguas del río. Busco mis vestigios en estas arenas.

Yo recibía los pétalos de sol justo en mí. Quería conocer

El sueño de aquellas garzas a la orilla del río. Pero no fue

posible. Ahora no quiero saber más nada, solamente quiero

perfeccionar lo que no sé.

 


De Memorias inventadas (Griselda García Editora, 2021)                           ´                            Traducción de José Ioskyn

 

jueves, 2 de junio de 2022

Cuatro poemas de Susana Thénon

 


VERGÜENZA DE LAS PALABRAS

 

A veces me avergüenzo de las palabras

 

y querría ser una cuchara, un reloj,

un taburete, un hilito,

un objeto humilde y mudo

al que se toma y quiere sin saberlo.

 

Una presencia pura y muy callada

como algunos rincones,

una fiel quietud

eternamente cercana.

 

Un pan querría ser yo,

mordisqueado con ganas en un baldío.

 

 

 


son las garúas tan

pero tan

sensatas

que

nada las diferencia

de las maestras              de las milanesas

 

y si las maestras llovieran

y si las milanesas silabearan

y las garúas con puré marcharan

                                               ¿qué pasaría?

 

cabalmente lo mismo

es decir

nada

 

 


 

INFORME DESDE MEHNOP

 

hace poco

muy poco

los habitantes de la tierra

en un recreo entre guerra y guerra

nos descubrieron

y armaron un jaleo

como pocas veces se ha visto

diarios

televisión

conferencias

congresos

giras turísticas al observatorio

donde por unos groschen

que incluyen cena y baile a bordo

podían espiarnos

a través de un aparato bastante largo

cuyo nombre no recuerdo ahora mismo

pero que termina en “copio”

¿qué pasa?

ellos afirman juran que aparecimos

lo cual es solo un modo de decir

porque ya hace demasiado tiempo

que existimos

y tanto en este tiempo

que nosotros los hemos visto a ellos

aparecer

y convertirse

en lo que son

gracias a otra palabra

que tampoco recuerdo

pero termina en “greso”

algo así como “greso indefinido”

lo que ocurre es que estamos en una zona oscura

donde los copios no llegaban

pero gracias al greso indefinido

consiguieron un copio

que ve en la oscuridad

y allí nació

MEHNOP

 

éramos muy felices

bueno bastante

no conocíamos ese sonido

que termina en “icosis”

estábamos tranquilos

bueno bastante

nos llevábamos bien

relativamente

nadie peleaba

salvo un millón aislado

de veces

y la sombra era tersa

por lo general

y la vida era dulce

casi siempre

nadie moría ni nacía ni mataba

y si lo hacía

era tan solo una curiosidad

de la oficina de estadísticas

 

y ahora

hemos sido alumbrados

fisgoneados

acechados

y lo que es peor

investigados

y ordena el alcalde

que los vecinos pongan flores

en todas las ventanas

so pena de multa

porque pronto muy pronto

pisará este planeta otrora oculto

el primer ya no me acuerdo

ah sí ya lo recuerdo

adiós adiós adiós

 

adiós amado Dios

cambio y fuera

 

 



nacerás con dolor

crecerás con dolor

irás a la guardería con dolor

a Disneylandia con dolor

al cumpleaños del Quique

al análisis de sangre

al circo y pan con dolor

con temblor

con sudor

amarás con dolor

desamarás

te meterás los cuernos

te ajustarás los pernos

y te criarás los cuervos con dolor

sí señor               no señor

con dolor

preguntarás por qué

por qué por qué

no te contestaré

para qué para qué

con dolor

gozarás brincarás reventarás de risa

dormirás con dolor

ayunarás

te hartarás vomitarás

serás guardián de un hermano

serás guardián de un enano

serás guardián de tus manos

y tragarás

y parirás a la que te parió con dolor

bien tarde y con dolor

y te consolarás con dolor

mataré tu agonía

te sobrevivirás con dolor

con bastante dolor

y me iré

y te irás no sé dónde

y moriré

y volveré a encontrarte con dolor

yo sé por qué

nacerás

naceré

nacerás con dolor terror amor

 

yo sé por qué

yo sé el porqué y el para qué

 

yo sé por qué

 

bailarás mi agonía

cantaré




De Paraíso de nadie (Corregidor, 2022) 

miércoles, 4 de mayo de 2022

Judith Schalansky - Tres islas remotas

 

ISLA DE LOS COCOS (COSTA RICA)                                                                                              24 km2, deshabitada.

Una isla, dos mapas, tres tesoros. August Gissler está completamente seguro de que encontrara el oro robado por los piratas que surcaban el Cabo de Hornos con sus barcos de velas negras: el botín de Edward Davis, los saqueos de Benito Bonito y el tesoro de la iglesia de Lima, que incluye una madona de tamaño natural hecha de oro macizo. Gissler, el hijo de un fabricante de Remscheid, que prefirió ser marinero antes que director de una fábrica de papel, ahora observa con atención la cruz marcada en el mapa y lee las anotaciones: En la punta noreste de la Bahía Wafer, hay una pequeña gruta al pie de una roca con tres picos, continuar doscientos pasos hacia el interior, siguiendo la corriente. Gissler tiene treinta y dos años, ojos azules y barba poblada, cuando, pala en mano, da con ese lugar y no encuentra nada más que tierra húmeda. Cava un agujero tras otro, tan profundos que sus tobillos se hunden en una corriente de agua subterránea y tan anchos que podría enterrar un barco, pero no encuentra sus sueños. En un tugurio del puerto compra más mapas, procedentes de la colección familiar del nieto de un pirata; están marcados con cruces antiguas y más modernas. Los estudia con atención, sigue las anotaciones y no deja de excavar en la arcilla oscura de la isla. Horada toda la superficie con pico y pala, cava en círculos y busca financiación y posibles socios, para ello vende participaciones de la recién creada Cocos Plantation Company, fundada a propósito en esta isla de oro. Su esposa y seis familias alemanas le siguen, se asientan todos juntos en una bahía de esta isla tropical, construyen barracas, plantan café, tabaco y azúcar de caña. Siguen cavando y cavando, pero no encuentran nada. Tres años después los Gissler vuelven a estar completamente solos, sus socios los han abandonado, por lo que son los únicos poseedores por derecho de una riqueza que no son capaces de encontrar. Buscar es más importante que encontrar, piensa Gissler, y cada agujero vacío constituye otra prueba más de que el tesoro tiene que estar escondido en cualquier otro lugar de las dos mil cuatrocientas hectáreas de este pedazo de tierra. Su mujer acaba abandonándolo. Cuando deja la isla en 1905, no queda en toda la superficie un solo espacio sin excavar, la barba le llega hasta la cintura y ha perdido dieciséis años de su vida. En toda su vida solo encontró treinta ducados de oro y un guantelete dorado. Poco antes de morir en Nueva York el 8 de agosto de 1935 declaró lo siguiente: Estoy convencido de que un gran tesoro está oculto en la isla, pero había que emplear mucho más tiempo y más dinero para encontrarlo. Si fuera joven, retomaría esta búsqueda una vez más, desde el principio.

 

 

TIKOPIA, ISLA DE SANTA CRUZ (SALOMÓN)                                                                                4.7 km2, 1200 habitantes

Esta isla está habitada desde hace más de tres mil años; es tan pequeña que las olas se pueden escuchar desde su meseta central. Sus habitantes pescan en las aguas salobres y atrapan crustáceos en la orilla; cultivan boniatos, plátanos y ñames gigantes del pantano; almacenan además cereales bajo la tierra por si hay una mala cosecha. Estos víveres resultan suficientes para mil doscientos seres humanos, pero ni para uno más. Si un tornado o una gran sequía devasta la cosecha, muchos de ellos eligen una muerte rápida. Las mujeres solteras se ahorcan voluntariamente en sus casas o se arrojan al mar y algunos padres se dejan arrastrar por las corrientes marinas junto a sus hijos, en un viaje en canoa del cual nunca regresan. Prefieren morir en el mar, antes que padecer una larga agonía de hambre y de sed en tierra firme. Cada año el jefe de las cuatro tribus de Tikopia recuerda las reglas para evitar el crecimiento de la población. Todos los niños deben vivir de acuerdo con ellas y alimentarse solo con lo producido en el huerto familiar, por ello solo el hijo mayor puede tener descendencia; los restantes hijos deben permanecer solteros y ser extremadamente cuidadosos para no engendrar. Los varones se sienten obligados a prevenir la concepción y se han convertido en expertos del coitus interruptus, pero si la concepción no pudo evitarse, las mujeres presionan su vientre con piedras calientes antes de que suceda el parto. A los adultos se les prohíbe tener más descendencia cuando su hijo mayor alcanza la edad casadera, y cuando una pareja tiene un hijo, el hombre pregunta a su mujer: ¿De quién es este hijo, a quien debo alimentar? Y solo él decide si el recién nacido debe vivir. Las cosechas son pequeñas. Déjame matar a nuestro hijo, ya que, si vive, no habrá comida para él. Los recién nacidos se dejan tumbados boca abajo, para que se ahoguen y mueran. Estos niños no reciben sepultura, no forman parte de la vida de Tikopia.

 

 

PINGELAP, ISLAS CAROLINAS (MICRONESIA)                                                                                1.8 km2, 250 habitantes

En esta isla hasta los cerdos son grisáceos; parece como si los animales hubieran sido creados a propósito así para los setenta y cinco habitantes de Pingelap que no pueden distinguir los colores. Nunca podrán ver el purpura rojizo de las puestas de sol, ni el azul profundo del océano ni el amarillo deslumbrante de las papayas maduras, ni siquiera el verde oscuro y perenne de la selva, repleta de árboles del pan, cocoteros y mangos. La culpa de todo esto es de una minúscula mutación del cromosoma ocho y del tifón Liengkieki, que asoló Pingelap hace siglos. Apenas una veintena de isleños sobrevivió al huracán y a las subsiguientes hambrunas, uno de ellos era portador de un gen recesivo que se extendió rápidamente por toda la isla a causa de la endogamia. Hoy en día, diez por ciento de los habitantes de esta isla son completamente daltónicos, mientras que en cualquier otro lugar la probabilidad de padecer esta alteración genética es de algo menos de un caso entre 30 000. En Pingelap las personas se distinguen por el tamaño de sus cabezas, por la frecuencia con la que parpadean, por el brillo de sus ojos, por las arrugas de su entrecejo o la forma de su nariz. Los daltónicos tienden a evitar la luz y suelen salir de sus cabañas solo cuando anochece, y cubren los cristales de sus ventanas con papeles coloreados para que los rayos del sol no dañen sus pupilas. Durante la noche permanecen activos y pese a la oscuridad reinante se mueven con más facilidad que los demás habitantes de la isla. Muchos de ellos dicen recordar todos sus sueños y algunos afirman que pueden pescar sin dificultad en las aguas profundas y oscuras de la laguna, porque distinguen las aletas de los peces reflejadas por el brillo de la luna. Todo su mundo es gris oscuro, aunque insisten en que pueden apreciar detalles que pasan desapercibidos a quienes ven en color: miríadas de tonos y sombras inimaginables para los no daltónicos. Además, se indignan mucho con las charlas vanas e ignorantes de aquellos que se dejan llevar por la magnificencia de los colores; según los daltónicos, el color distrae la atención de lo esencial: la riqueza y variedad de las formas y los sombreados, de las estructuras y los contrastes.



De Atlas de islas remotas (Capitán Swing/Nórdica libros, 2013)                                                  Traducción de Isabel G. Gamero 

domingo, 27 de febrero de 2022

Marie Darrieussecq - Fragmentos de El bebé

 

Mi poder sobre él es sorprendente. Sería sencillo quitármelo de encima. Sueño que lo olvido en el supermercado, en la playa. Recupero el cochecito, pero vacío. Echo a correr. Despierta, entre dos tomas, yo sé que es eso lo que ahora me está prohibido: la huida, desaparecer, largarte.

*

Cuando llora al despertarse y lo levanto en brazos —¡aúpa!—, lo salvo. Seis veces al día, al despertar, yo lo salvo. La mirada extraviada, un último hipo, jadea, gime, resopla; se calma. En mis brazos, encuentra el alivio absoluto.

Su aliento límpido contra mi rostro, su olor a bebé, a carne blanca alimentada con leche, surgido del sueño.

Cuando tiene hambre, no es más que eso, esa carencia; cuando está contento, se halla en un estado de alegría total, breve, previa a la inmediata frustración: desbordado, arrastrado por sus emociones.

*

Cuando se despierta, el bebé me impide escribir.

En la Femme gelée, Annie Ernaux escribe: «Durante dos años, en la flor de la edad, toda la libertad de mi vida se ha resumido en el suspense de una siesta de niño cada tarde.»

El bebé me impide fumar y beber porque mama de mi pecho.

Fumo y bebo a hurtadillas, como algunos alcohólicos.

Para prolongar unos minutos la escritura de esta página, le he colocado boca abajo: recupera un sueño profundo. En la actualidad, los médicos desaconsejan esa posición: favorece la «muerte súbita del lactante».

*

Una vez le has atendido, y se ha dormido de nuevo, te queda todo el resto: la casa, las compras, la comida, poner la mesa, vaciar el lavavajillas, tender la colada, hacer la cama: no es él quien nos extenúa, es la intendencia perpetua.

*

El bebé ve fantasmas. Sus ojos deambulan por el espacio, desconoce nuestras sonrisas, no oye nuestras llamadas: persigue en la casa el lento desplazamiento de los espectros.

Cuando crece, se nos acerca. Nos contesta, nos imita. Es tan menudo que, recién salido del limbo, puede volver a él. Lo recuerda. Titubea. Duerme mucho. Yo intento mirar hacía donde mira él, ver lo que él ve. ¿Un reflejo sobre la tele? ¿El balanceo del árbol en la ventana? Asustada, ante la idea de que prefiera las sombras a nosotros.

Cuando abre la boca sobre mí, no tiene ni pizca de duda: soy suya. Según la teoría, yo soy él: él no diferencia su cuerpo del mío. Espero la guardería para enseñarle, precisamente, que eso no es así, para establecer la frontera entre nosotros.

*

Durante estos dos primeros meses sólo he estado en el mundo a medias, entendiendo sólo a medias lo que me decían, viendo sólo a medias a la gente, mal leyendo los libros. La mitad de mi cerebro estaba con él: ¿estaba desabrigado, respiraba bien, le había oído gemir? Por mucho que advirtiera a mis interlocutores, no parecían tomarme en serio: una pose de adolescente, una coquetería de escritor.

Era una forma de locura. Vivía en contacto permanente con otro mundo, como una extraterrestre que escucha incesantemente, en su caja craneana, los ecos de su planeta originario. Estaba dotada de ubicuidad, de supra-sensibilidad.

Acuesto al bebé boca abajo sobre mis rodillas, le hago callar dándole a chupar el dedo. Con la mano derecha, que permanece libre, puedo escribir.

*

Cuando nació quería volver a quedarme embarazada inmediatamente.

Quería repetirlo de nuevo, a él, el mismo. Yo quería tenerlo repetido, dos veces, tres, coleccionar sus clones, parirlos en un presente eterno.

Una amiga, madre de dos niños: «Yo no puedo escribir porque soy incapaz de hacer morir a los niños.»

En Cementerio de los animales, de Stephen King, hay una escena final extraordinaria, en la que el hijo de cuatro años regresa del otro mundo para matar a su madre, que le abre los brazos. No puede dejar de abrirle los brazos, ni siquiera al ver la navaja que lleva, el clásico rictus... Una pesadilla impecable.

Actualmente mataré a todos los bebés que haga falta en mis textos, pero siempre tocando madera. No es el tabú lo que me preocupa, es la repetición, la maldición, todo lo que hace creer neuróticamente en la sombra que la escritura aporta a la vida.

Escribir sin superstición: alejar de uno mismo los fantasmas.

*

En la casa donde pasamos las vacaciones, yo escribo en el jardín. El bebé duerme en una habitación silenciosa, fresca, al amparo de los gatos y de las corrientes de aire. Nos separan varias puertas. Sin embargo, yo percibo su despertar. Me levanto: acaba de abrir los ojos. Juega con sus manos, canta, todavía no llora. ¿Tengo un nuevo reloj latiendo en mi cerebro? ¿Me ha nacido sin saberlo un sexto sentido capaz de percibir, sin que yo las aceche, sus alteraciones en el fondo de la casa? Como si el rumor de los árboles, de los pájaros, del viento, estuviera acompañado de una frecuencia íntima, de otra manera de escuchar.

Desde hace algún tiempo, todas las tardes al acostarse, el bebé llora, inconsolable. Le dejamos en su cuna y cerramos la puerta.

Es la hora del vino blanco y de las aceitunas, del sol oblicuo, de la felicidad de estar entre adultos, bajo los pinos.

 *

Siempre que me topo con un recién nacido, me regocijo de que el bebé haya emergido de ese lago opaco, donde la luz sólo cae sobre llantos de hambre y sonrisas de satisfacción, en una práctica ausencia de la mirada. El lactante es una presencia extraña bajo unas facciones curiosamente familiares. Tiene algo del padre y de la madre, pero no sabemos nada de él. No sabemos por qué llora, si tiene frío, si tiene hambre, si va a chillar, si va a dormir. Sin duda él es «la inquietante extrañeza». Tiene la mirada de los moribundos o de los locos. A veces el ojo gira sobre sí mismo, aparece la blancura de la córnea, un tic sacude el párpado. Existe un velo permanente, casi una funda de almohada. El lactante es ansiogénico, el lactante es patético: al igual que un enfermo grave, hay que esforzarse en aliviarle, ayudarle, entenderle. Pasa a ser el bebé cuando se le fija la mirada, cuando busca el mundo bajo el velo.

Cuanto más parlotea el bebé, más le imitamos. Construye unas sílabas claras y reconocibles: «da», «be», «re». La incongruencia de esas cantinelas nos encanta. Dialogamos mediante ecos. La casa en la que el bebé reina es una casa de locos.

*

Trabajo la masa, sol en las baldosas. Él está arrellanado en su cochecito, chupa el hocico de su jirafa de caucho. Yo tarareo valses, musiquillas de circo y pasodobles; a trozos, como un popurrí, con voz gangosa o arrulladora. Hago tonterías, bailo para él, ríe a carcajadas, me sigue con la mirada por toda la cocina. Soy la reina, la mejor de las madres, la más guapa, la más graciosa, su madre-estrella, su gran amor. Le arranco de su cochecito y bailamos un vals, es un bailarín excelente.

*

Cuando alguno de los abuelos se lo lleva a dar un paseo, o cuando lo vigila alguna de las abuelas, yo no siento la menor inquietud, y sí un gran alivio: aprendo que alejado de mi vista él sigue existiendo, que puede vivir sin mí, que no se muere sin mí. Libro de mi omnipotencia.

La realidad —su existencia— dibuja poco a poco mi espacio, me separa poco a poco de él.

En cuanto me sienta suficientemente razonable para permitirme ir al cine mientras él está protegido -en lugar de trabajar o de guisar, de esforzarme en el rendimiento-, iré a ver la película de Dominique Cabrera Le Lait de la tendresse humaine, sobre esa mujer que se escapó cuando nació su hijo.

*

«Diabólico», «guerra santa», «cruzada», «el bien y el mal»; cuando el bebé me pregunte si Dios existe, yo le contestaré que espero que no.

*

Hemos comprado una cámara de vídeo. El bebé de la pantalla parece más real, delimitado, tangible, que el bebé que está en mis brazos, esta nebulosa, esta criatura a la que tendría que comerme o violar para saciarme finalmente de ella.

*

Cuando yo era un bebé de seis meses vi caminar al hombre en la Luna. Mis padres me despertaron en plena noche para colocarme ante la tele. Me gusta que tuvieran esa idea, me gusta lo jóvenes que eran.

El bebé es la única criatura del mundo que sólo está dotada, como medio de defensa, de una sirena, ciertamente poderosa. Pulsar la alarma y esperar la ayuda sustituyen en su caso las patas para correr, el chorro de tinta para cegar, las garras menudas.

 

Cuando está sentado —para lo que necesita ayuda— le quedan liberadas las manos: en seis meses ha sobrevolado los millones de años que separan al Australopiteco del Neandertal.

Cuando le prohibimos algo —tocar la taza que abrasa, golpear el ordenador—, nos estamos refiriendo a lo que más le interesa en el mundo. Nuestras ofrendas de cubos y de osos son tratadas con desprecio: es capaz de volverse doscientas veces hacia el objeto deseado. Su obstinación y su concentración están a la altura de lo que se le oculta: sin duda, el secreto del universo, la clave de toda una serie de enigmas.


De El bebé (Anagrama, 2004)                                                                                                    Traducción de Joaquín Jordá

martes, 25 de enero de 2022

Tres poemas de Ana Martins Marques

 

HISTORIA


Tengo 39 años.

Mis dientes tienen unos 7 años menos.

Mis senos tienen unos 12 años menos.

Aún más recientes son mis cabellos y mis uñas.

Por la mañana como un pan.

Tiene una historia de 2 días.

Al salir de mi apartamento,

que tiene unos 40 años

vistiendo unos jeans de 4 años

y una camiseta de no más que 3,

intercambio con mi vecino

palabras de unos 800 años

y piso sin querer un charco

con 2 horas de historia

deshaciendo una imagen

que vivió

algunos segundos.

 

 

SILENCIO

 

Lengua de las cosas

 

Pero también: lengua de hablar

con las cosas

y con las propias palabras

 

El nombre de las cosas

cuando no hablamos de ellas

 

Único modo que tienen los muertos

de cantar

 

Lo que hay entre una taza y otra taza

entre una piedra y una rosa

entre Venus y una silla

 

Modo como suena

una palabra

tachada

 

Toda habla nace con la cicatriz del silencio

que fue quebrado

 

No hay palabra que no sea marcada por el silencio

como camisas que se secaron

atadas al tendedero

 

Del mismo modo, frecuentemente el silencio

surge manchado por una palabra

como un espejo sucio

 

La forma más próxima del silencio es el círculo:

forma geométrica de la espera

 

El rastro que dejó

el animal que no pasó

 

Este es mi nombre

cuando no me llamas

 

 

DESEO

 

Soy alérgica al deseo

como al moho, al mar,

a los gatos, a la leche,

a los lugares cerrados, a ciertas flores.

Soy alérgica al deseo:

me duelen los ojos,

se me hinchan las piernas,

el sexo arde

como una caja de abejas

sellada.

El deseo me enciende

como una casa incendiada;

el deseo me deja

sin nada más.

 


De La vida submarina y otros poemas (Ediciones Vestigio, 2021)                                             Traducción de Jerónimo Pizarro, revisada por Alexandra Maia)