viernes, 4 de enero de 2019

Kenneth Koch - El arte de la poesía (tres fragmentos)




Qué tan bueno debe ser un poema
antes de que decidamos publicarlo o dárselo a leer a los demás
se puede decidir aplicando las siguientes reglas: pregúntate 1) ¿Es extraordinario?
¿Disfruto cada vez que lo leo?¿Dice algo que yo no sabía
antes de sentarme a escribirlo? y 2) ¿Me convierte en alguien mejor,
o más sabio, o las dos cosas? ¿o pueden las dos no estar
separadas? 3) ¿Es realmente mío
o lo robé de otro lugar? (Esto a veces sucede,
aunque no con tanta frecuencia) 4) ¿Revela algo sobre mí
que no querría que nadie supiera? 5) ¿Es suficientemente “moderno”?
(más sobre esto en breve) 6) ¿Es mi propia “voz”?
Además, está claro, de las preguntas más obvias, como
7) ¿Hay alguna incomodidad no deseada, efectos baratos, intentos infundados de obtener atención
fanfarronadas, ñoñerías, pseudo profundidad, trucos pasados de moda,
fragmentos de sueños mal incorporados, y otras basuras del tipo “bésame, soy poético”?
¿Está libre de esto mi poema? 8) ¿Se mueve fluida y velozmente
de la excitación al sueño para luego llegar desbordando razón
con pureza y solidez y alegría? 9) ¿Es del tipo de poema
que yo envidiaría si otro lo escribiera? 10)
¿Estaría feliz de irme al Paraíso con este poema abrochado en mi
chaqueta angelical como en una pasarela?¿En serio? Y si puedes responder que Sí a todos estos puntos
menos al 4, cuya respuesta debe ser No,
entonces puedes mostrarlo, al menos en ese momento.
Yo volvería a mirarlo, de todos modos, quizás en un par de horas, después en una o dos semanas,
y después en un mes, momento en el que
probablemente te sientas seguro.
Volver a leer un poema ciertamente causa angustia
en muchos casos, pero eso es algo que un escritor debe aprender a sobrellevar.
porque sin eso sería como una gallina que nunca sabrá qué está haciendo,
mientras va pavoneándose y aleteando por la vida. 




En la escritura
el dolor es relativamente poco. No necesitamos volver a hablar de esto
salvo en el miedo de “haber perdido el talento”,
del que voy a hablar enseguida. Este miedo
es un miedo perfectamente lógico para los poetas,
y todos ellos, de tanto en tanto, lo sentirán. Es muy raro
pero eso que uno hace mejor y de lo que depende su felicidad
en gran medida, depende de factores
que parecen estar fuera del control de uno. Porque ¿de dónde viene
la inspiración?
¿Se quedará feliz en su habitación o me visitará esta noche?
¿Soy ya demasiado viejo para que me bese? ¿Le gustará más aquel chico que yo?
¿Soy un viejo cerdo consumido? ¿Es este el fin? ¿Perdí
ese dulce don que tuve la semana pasada,
el mes pasado, el año pasado, la década pasada, que les gustaba a todos
y especialmente a mí? Ya no puedo sentir su tibieza—
lo perdí. Y cuando escribes un nuevo poema
que te gusta, te olvidas de esa angustia, y así hasta tu muerte,
tras la cual serás recordado, no por “haber mantenido tu talento”,
sino por lo que escribiste, más allá de tus preocupaciones y tus miedos.
La verdad, me parece, que nadie pierde su talento,
aunque a veces podemos traspapelarlo —en intentos por permanecer en el pasado,
en aventuras inútiles pensadas para complacer a esos a los que,
si uno pudiera ver claramente, no quisiera complacer,
en libretos de ópera, o incluso en la propia vida
en alguna parte. Pero casi siempre puedes encontrarlo, quizás en la búsqueda de nuevas formas
o no en una forma, sino en la (aparente) falta de ella —
en el “stream of consciousness”. O, por el contrario, puedes tratar de traducir algo.
Renuncia a repetir lo que tuvo éxito hace años. Busca
el éxito de algo con lo que nadie soñó. Escribe un manual de pesca poético. Intenta un arte del amor.
Como sea, estate atento a aquello que temes haber perdido,
el talento que se te traspapeló. Los únicos modos de perderlo realmente
son los daños cerebrales serios y el estar tan atraído
por otra cosa (como dinero, sexo, arreglar motores caros)
que te olvidas de él por completo. Y en ese caso ¿a quién le importa haberlo perdido?




Recuerda, tu obligación es escribir
y, en la escritura,
ser serio sin ser solemne, ser fresco sin ser frío
ser inclusivo sin ser necio, particular sin ser quisquilloso, femenino sin ser afeminado,
masculino sin ser bruto, humano, manteniendo todas las gracias animales
que tenías dentro del vientre, y ser como una bestia sin ser inhumano.
Haz que tu lenguaje siempre sea exquisito, y fresco y verdadero.
No seas engreído. Deja que tu emoción y compasión
te guíen. Y cada vez que emprendas algo, llévalo hasta el fin.




De "El arte de la poesía"; poema incluido en Un tren oculta otro tren (Zindo & Gafuri, 2017)
Traducción de Silvia Galup y Aníbal Cristobo


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