sábado, 14 de octubre de 2023

May Sarton - Acerca del poema

 


Los poemas verdaderos no empiezan con un sentimiento, no importa lo convincente que este sea, y claro que sentimos una gran cantidad de cosas que nunca se convierten en un poema. Un poema emerge cuando la tensión de que algo ha sido experimentado, sentido, o visto, de repente libera una suerte de ansiosa agitación de palabras e imágenes. En ese momento hay un misterioso cambio: la energía absorbida por la experiencia misma ahora deviene otra completamente distinta, y todo lo que importa es resolver el rompecabezas, la clase de laberinto en el que ciertas frases y cierto ritmo se encuentran dispersos, como piezas de un juego de Scrabble.  

 


¿Cuándo está terminado un poema? La respuesta es, creo: cuando todas las tensiones se han equilibrado, cuando el cambio de una sola sílaba afectaría la estructura del poema al punto de hacerlo caer como una torre de naipes.

 

 

Del mismo modo en que debemos trabajar «para que la respiración sea más profunda y se tensen los bordes de nuestro corazón» cuando usamos o desechamos las metáforas que se nos cruzan durante un poema en proceso, así también debemos trabajar para profundizar, e incluso darle aspereza a la música que flota en la superficie de la conciencia.   



Una puede decir «voy a escribir una novela el año próximo», pero una no puede decir «voy a escribir un poema el año próximo». El intelecto y el deseo no controlan la poesía en la misma medida.

 


Varias décadas atrás, en la biblioteca de la Universidad de Buffalo, Charles Abbott les pidió sus papeles de trabajo a los poetas y armó una colección extraordinaria. Desde entonces, otras bibliotecas siguieron el ejemplo y ahora es posible, para estudiantes de diversas partes del país, explorar la mente de un poeta cuando trabaja, y seguir la pista hasta la fuente de aquello que Marianne Moore denominó «el sentimiento y la precisión, la humildad, la concentración y el placer» que deben intervenir en la escritura de un poema.

Pero hay algo que ningún papel de trabajo puede hacer evidente y debo empezar hablando de eso. Me refiero a la disposición que precede a cualquier escritura. Alguien quizás tensione esta idea lo suficiente como para decir que el aspecto formal de un poema, el aspecto más artesanal, es solo un juego. El uso de determinadas palabras para lograr determinados efectos no sería distinto a un crucigrama o a cualquier otro juego de ingenio. Lo que muestran las hojas de trabajo sería la jugada en sí. Lo que no pueden mostrar es que, si bien la poesía es lúdica, se trata de un juego sagrado. Y en este punto, obviamente, la poesía difiere de modo radical del crucigrama. Es algo más y algo distinto a un puro entretenimiento intelectual. ¿En qué consiste la «experiencia sagrada» del juego de la poesía? ¿No anida en la experiencia que precede a la escritura? Porque la escritura de poesía es antes que nada un modo de vida y solo de manera secundaria una vía de expresión. Una casi podría decir que es una disciplina vital, una disciplina que se mantiene para perfeccionar el instrumento experiencial —el poeta mismo—de modo que pueda aprender a ponerse en perfecto estado de apertura y transparencia y de ese modo, ir al encuentro de lo que aparece en su camino con una mirada inocente.



El primer plano del poema es la emoción específica o la imagen o el pensamiento en los que está interesado. Pero el sustrato es todo lo que eres, lo que pensaste, sentiste y viste a lo largo de tu vida. El subconsciente va a estar muy activo cuando te sientes y empieces a bocetar tu texto. Algo de lo que aparezca será incongruente, flojo o banal y es aquí donde la zona consciente de la mente comienza a trabajar, seleccionando, puliendo; es decir, formulando lentamente con la mayor exactitud posible lo que la reverberación musical nada más sugería. El proceso creativo es una alternancia entre lo que es dado y lo que se hace con ese regalo.

 


El proceso creativo […] consiste en ruptura y reconstrucción. Quizás tengas que romper tu poema para para reescribirlo. El principiante se aferra a su poemita y no lo deja crecer. No puede aceptar la destrucción inherente al proceso de crecimiento. Y, muy a menudo, es incapaz de dejar que sus herramientas intelectuales colaboren con sus dotes emotivas y sensuales.

 


Todo poeta atraviesa la experiencia de luchar durante varias horas, descomponer y reconstruir, hasta tener que admitir que todo el asunto es un estropicio. Se ha apresurado a encontrar el foco, ha forzado el ritmo, no ha sido capaz de reconocer ciertas señales que le decían «este es el verso con el que tienes que trabajar», eligiendo otro menos fructífero. Quizás haya arrojado lo valioso por la borda para quedarse con lo residual. Todos hemos tenido esta experiencia, porque el riesgo es muy grande.

 


El poema te hace mientras haces el poema, y ese hacer requiere toda tu capacidad de pensamiento, sentimiento, análisis y síntesis.

 


Los enemigos de la creación son y siempre han sido la facilidad, el mero ingenio, la autoindulgencia y sobre todo, el malentendido en torno a qué es la inspiración. Sé que estoy inspirada cuando me transformo en una furia con suficiente nivel de autocrítica como para cavar hacia aquello que quiero decir, podando muchas irrelevancias que florecieron en la página durante la excitación del comienzo.

 


A veces una debe esperar un tiempo largo antes de encontrar la forma. «No es la métrica», dice Emerson, «sino una forma determinada de musicalidad intrínseca, haciendo de un poema un pensamiento tan apasionado y tan vivo, que, como el espíritu de un animal o planta, tiene su propia arquitectura». Algunos poemas son gestaciones internas, nos persiguen, nos abruman, hacen su propio camino a través de un lento proceso interno de refinamiento.  

 


De Sobre la escritura (Salta el Pez Ediciones, 2023)                                                                  Traducción de Ivana Romero

lunes, 14 de agosto de 2023

Valeria Mata - Post-turismo


En 1990, Joël Henry fundó el Laboratorio de Viajes Experimentales (Latourex) con la intención de reinventar el turismo con una propuesta basada en el juego, el humor y el azare. Para iniciarse en el turismo experimental, basta elegir y ejecutar alguna de las sugerencias que se plantean a continuación.

Aeroturismo: Pasar un día entero en un aeropuerto sin tomar ningún vuelo. Disfrutar de las comodidades del lugar, las ofertas sanitarias, comerciales y gastronómicas, el ballet de viajeros en tránsito y el vals de los destinos en la pantalla de “salidas”.

Arqueoturismo: Repetir de manera idéntica un viaje realizado tiempo atrás.

Turismo de final de línea: Tomar un autobús, metro o tren de una ciudad y viajar hasta que acabe la línea. Bajar, encontrar alojamiento para pasar la noche y explorar la zona en la que se encuentra.

Turismo paparazzi: Seguir con discreción a algunos amigos cuando salgan de vacaciones, no perderlos de vista. Tomarles muchas fotos con un teleobjetivo. A su regreso a casa, darles la bienvenida con una presentación de diapositivas de sus vacaciones.

Autostopía: Ir a la carretera más próxima equipado con una mochila y un cartón reciclado, de aproximadamente 20 x 50 centímetros, en el que se haya escrito, en letras mayúsculas, el nombre de un destino lejano: ANTANANARIVO, BUENOS AIRES, SHANGHÁI, ULÁN BATOR, etcétera. Adoptar la posición de quien hace autostop —pulgar levantado— y esperar.

Turismo doble: Visitar lugares cuyos nombres tengas palabras repetidas, por ejemplo: Bora Bora, Kwe Kwe, Baden Baden.

Hiperturismo: Pasar una temporada en un supermercado realizando diversos juegos como el del “Carro monocromo”, que consiste en llenar el carrito con objetos del mismo color y fotografiar la obra producida, o el “Droplifting”, en el que se depositan a escondidas creaciones personales —textos, dibujos, fotos, platos de comida, dispositivos usb con música— en las secciones de un supermercado, con el objetivo de compartirlas gratuitamente. Cada objeto donado deberá marcarse con la frase “tómame, soy gratis”.

Lazaroturismo: Explorar una ciudad con los ojos vendados con la ayuda de una persona de confianza.

Turismo encadenado: Recorrer una serie de topónimos que formen una cadena en la que la última sílaba del nombre de uno coincida con la primera del siguiente. Por ejemplo: Zanzíbar, Chechenia, Niágara (Cataratas del), Ramallah, Lahore, República Dominicana, Nasca, Cabo verde, Detroit, y así sucesivamente.


De Todo lo que se mueve (Ediciones DocumentA/Escénicas, 2023)

martes, 25 de julio de 2023

Cinco poemas de Cecilia Pavón

 


LA CRÍTICA DE ARTE

Una vez conocí a un crítico de arte que no podía amar,

solamente decir si una obra de arte era buena o mala.

Aunque en eso también se equivocaba porque al faltarle la fe principal de todas, la llama que mueve el mundo y todas las cosas, siempre elegía obras intrascendentes.

Obras nacidas de la indiferencia y no de la empatía.

Él afirmaba que a las obras de arte no les importaba el mundo, y siempre citaba a un artista conceptual

que había enterrado una escultura para que nadie la viera.

Yo, por mi parte, no iba a museos hacía años, porque la pintura me había dejado de emocionar.

Un día que nos encontramos a tomar un café, le dije:

“Yo creo en el amor, la fe principal de todas, la que mueve el mundo y todas las cosas”.

Pero apenas terminé de pronunciar la frase me di cuenta de que mi corazón estaba helado

y mis ojos eran dos rocas enterradas para siempre en el mar. 

 


 

Porque la poesía tiene que ver con la soledad

quiero estar

perdida para siempre en la moda

recorriendo las casas de ropa que todavía

quedan abiertas.

Podría estar horas acá

sin hablar con nadie

mirando cada vestido,

cada remera en

liquidación

sin importarme que pasen

las horas o los años;

siempre esa misma euforia

(como de color magenta)

de mirar y mirar prendas e imaginarme

una vida distinta con cada

cartera, con cada par de zapatos, con cada pantalón.

 

 


VI

 

Vi en una vidriera un juego de ponche de cristal:

consistía en una gran fuente y doce tacitas colgadas alrededor.

Pensé en una fiesta con mis amigos de toda la vida

donde bebiéramos un ponche hecho de lava y agua

pensé en convivir yo sola con la ponchera en un departamento

de veinte metros cuadrados

hacer ponche de hielo y hierbas todos los días

para fantasmas, para personas que nunca vendrán.

 

 


TE MANDO UN MENSAJE DICIENDO QUE TENGO MIEDO

 

¿Pero qué importa?

¿A quién le importa que yo tenga miedo?

Hoy fui a la pileta con mi hijo y pensé:

El dolor es privado.

Miraba a un padre sumergirse en el agua con su hijo,

le sostenía por la espalda para que flotara.

Pero el otro día vi también un post en facebook de un chico

trans brasileiro que decía que el dolor era social.

Y me acordé también de un texto de Eileen Myles

que decía algo sobre compartir el dolor

con extraños en una panadería;

no lo podría citar de memoria.

Como sea,

tengo miedo de encontrarme con mi ex.

Cada vez que nos dice que nos encontremos

tengo miedo y me resulta traumático.

Me acuerdo que siempre quería ahorcarme

y pegarme para tener sexo

y eso empezó al final de la relación

y es un gran misterio

porque él empezó a querer hacer esas cosas.

Supongo que fue porque descubrió algo de sí mismo

que antes no sabía

y yo ya no quise estar ahí para que él desarrollara

esa parte de su espíritu.

Justo me mandaste un poema que habla sobre el agua.

Es febrero en Buenos Aires y me inscribí en una pileta

para obligarlo a mi hijo a salir por un rato de

su mundo de animés, por otro lado

también me pregunto:

¿qué tendría de malo vivir mirando animés?

Yo vivo pensando en escribir poemas,

¿cuál es la diferencia?

Ahora nado y pienso en el desamor.

Ayer salí rápido del agua, me sequé

y busqué mi celular para escribir todo con mayúscula:

El desamor es mi gran estrategia.

 



TRENZA

 

Y pensé que mi día es como una larga trenza de pelo negro y sedoso

y dentro de esa larga trenza está este libro en el que caen las palabras

un día tengo fe

y un día pierdo la fe

un día tengo fe

y un día pierdo la fe

y en el día se trenzan la fe y la falta de fe

la fe y la falta de fe

la fe y la falta de fe

 


De Diario de una persona inventada. Poesía reunida 2001-2023 (Blatt & Ríos, 2023)

lunes, 26 de junio de 2023

Cuatro poemas de Richard Brautigan




VICKI DUERME CON GENTE MUERTA

 

Vicki duerme en el bosque

con gente muerta, pero

a la mañana siempre se peina.

Sus padres no la entienden.

Y ella no los entiende.

Ellos lo intentan. Ella lo intenta. La gente

muerta lo intenta. Algún día

                lo lograrán.

 



CLAUDIA 1923-1970

 

Su madre sigue viva,

                tiene 65.

 

Su abuela sigue viva,

                tiene 86.

 

“¡Las personas de mi familia

viven muchos años!”

 

                                —Solía decir Claudia

                                   riendo.

 

Qué sorpresa

se llevó.

 



MORGAN


Morgan quedó segundo en la elección para presidente

del centro de estudiantes en 1931.

Nunca lo pudo superar.

Después de eso nunca más se interesó

en las personas. No se podía contar con ellas.

Trabaja como guardia nocturno

en la misma fábrica desde hace más de treinta años.

A media noche camina bajo el silencio de las máquinas.

Finge que son sus amigas y que lo quieren

mucho. Ellas habrían votado

por él.

 



EL PANQUEQUE DE AMELIA EARHART

 

No pude encontrar un poema

para este título. Lo busqué durante años

y ahora me doy

por vencido.

 

3 de noviembre de 1970.

 

                                       

                                                                                                                                                                                                                                                                    De Cargando mercurio con una horquilla (Zindo & Gafuri, 2023)

Traducción de Sebastián Díaz Barriga


jueves, 22 de junio de 2023

Cuatro poemas de Leónidas Lamborghini

 


INTROVERTIDO

 

Como el que

quiere sacarse

esa pena

que lleva adentro.

 

Como el que

no puede

hacerlo.

 

Como el que

no puede

sacarse esa pena

que es él mismo

que lleva adentro.

 



EL FANTASMA

 

Como el que

una vez

escuchó hablar

de fantasmas:

 

y ahora mira a su alrededor

con aprehensión

pero allí

no hay nadie más que él.

 

Como el que

escucha ahora

hablar

a un fantasma:

 

y mira a su alrededor

con aprehensión

pero allí

no hay nadie más que él.

 

Como el que

lo ha escuchado hablar

y mira a su alrededor

con aprehensión:

 

pero allí

no hay nadie

más que él.

 



EL ESCARABAJO

 

Como el que

en la playa desierta

ve un escarabajo.

 

Como el que

lo fatiga

con obstáculos.

 

Como el que

en la desierta playa

se inclina

sobre las huellas

del escarabajo

y ve en ellas

su propia fatiga.

 



EL MENSAJE

 

Como el que

arroja

una botella

al mar.

 

Como el que

la arroja

vacía.

 

Como el que

la arroja

vacía:

 

y ese

es su mensaje.

 

 


De Circus (ediciones seré breve, 2023)

martes, 16 de mayo de 2023

Ariana Harwicz - Algunos fragmentos sobre escritura, arte y moral


La gran diferencia entre un escritor y un trabajador de la escritura (o un escritor profesional) es que el escritor profesional controla su obra. Se pone al servicio de la demanda. Que la novela no sea muy breve, pero tampoco muy larga, que se adecúe a un género, que no tenga demasiados diálogos, que sea latinoamericana, pero no del todo. Ese escritor inspecciona su escritura subido a una torre de control y con el agente literario al teléfono. En cambio, el escritor no profesional no puede controlar su corazón, tiene que hacer el libro que tiene que hacer, hasta las últimas consecuencias. Tiene que escribir lo que tiene que escribir. Aunque no sea el libro que le conviene, aunque destruya su figura de autor, aunque no sea lo que se espera de él, aunque le adviertan que así no tendrá muchas traducciones ni premios. Y, sobre todo, aunque lo puedan cancelar. La misión de la literatura no es separar al verdugo de su víctima o juzgar quién debe ser condenado a muerte, sino transgredir. Un poco como los que trabajan con material explosivo: nunca saben cuándo finalmente va a fallar y a explotarles la granada despedazándoles una mano.



Esta época lee mal porque lee desde la identidad. Los pro-wagnerianos ven a Wagner como Dios. Los anti-wagnerianos lo ven como un nazi. El problema es que Wagner no es ni solamente Dios, ni solamente un nazi, sino las dos cosas a la vez. Si se elimina la ambigüedad en un artista, se lo destruye.


¿Por qué el escritor debería acoplarse a la mentalidad de su tiempo? Las mejores obras han sido transversales, oblicuas: se adelantaron al pensamiento de su época, o retrocedieron. Si se aplican los límites de la vida civil a la ficción, qué sentido tiene el arte. Es como una copia mala de la vida. El arte es una visión, y las visiones son siempre proféticas.


Qué depravación el discurso que vuelve a las mujeres inocentes por naturaleza, ovejitas sin maldad, seres sin fanatismo, ni odio, incapaces de actos macabros. Así no se las defiende ni respeta, no se hace justicia, no se consigue la igualdad y la emancipación. Pero, sobre todo, se las niega. Las mujeres que torturan niños son mujeres también. Ilse Koch era mujer, nacida de una mujer, y creaba objetos con la piel de los prisioneros en Buchenwald y Majdanek. Marie Curie era mujer y salvaba a los soldados de amputaciones con las radiografías en el campo de batalla.


Y bueno, ya que estamos, volvamos a Theodor Adorno: el arte no tiene que tener ninguna función. El arte no es el ministerio de justicia, ni el social, ni el de la mujer, ni el de la igualdad, ni el de la familia. De vuelta a Rimbaud: “El arte es la pérdida de la moralidad, la literatura no tiene que tener la finalidad de hacernos mejores personas”.



De El ruido de una época (Editorial Marciana, 2023)

lunes, 6 de marzo de 2023

Claudia Masin - Poesía y reparación

 


¿Cuándo, cómo surge aquello que nos enferma? La palabra, o mejor dicho, el habla es —al principio de la vida— desobediencia. Con el paso de los años, con la tarea de amansamiento y de adaptación que se realiza sistemática e implacablemente sobre cada uno de nosotros, esa potencia de revuelta del habla primaria se va perdiendo. Ciertos modos de vinculación con la palabra —la poesía entre ellos— le devuelven ese carácter primero: el de la insumisión.

 


¿Cuál es la enfermedad que a todos nos atraviesa, más allá de las historias personales? Aprender desde muy temprano a aceptar lo injusto, lo cruel, lo violento, aprender a establecer un sistema de jerarquías: dónde depositaremos el odio, quién o quiénes no serán nunca merecedores de amor o compasión. Eso es lo dado, lo que entendemos como natural, aunque de natural no tenga nada. Ese es el discurso del Amo, monstruoso, dañino, incluso letal a veces, el discurso que creemos propio y es dictado, el que hay que desactivar para que advenga otro que no esté montado en el odio y el miedo. Estoy convencida de que si la poesía no es desobediencia, si no es cuestionamiento de lo dado, no es nada. O mejor dicho, es otra herramienta de alienación, de sometimiento, mera repetición de un discurso que aniquila la vida, o digámoslo claramente: mero palabrería que sostiene un edificio ya suficientemente provisto de materiales que lo sostengan.

 


Las historias que contamos en los poemas no son idénticas —a veces son opuestas— a las historias que contamos acerca de nuestra vida como si fuera cierta y no la construcción que es, la farsa que es, la fachada que nos permite movernos por el mundo, la fachada del yo soy, yo pienso. La poesía, como dice Juan L. Ortiz, rompe la función comunicacional del lenguaje, y para hacer eso tiene —necesariamente— que anclar en zonas pantanosas: el sueño, el inconsciente, la infancia, lo que desconocemos de nosotros mismos, lo que deseamos sin saber que lo deseamos, lo que tememos sin saber que lo tememos. Tiene que anclar en el cuerpo.

 


Lejos de ser un acto intelectual, la escritura es esa violencia que se siente físicamente, no es algo que hacemos, es algo que ocurre, que le ocurre a nuestro cuerpo, como la enfermedad, como la cura, algo que se produce como un fenómeno climático, como una inundación o un alud, con esa misma potencia y sin que medie una voluntad capaz de decidir cuándo llega, cuánto permanece, cuándo se va, qué deja en pie, qué demuele.

 


Tendemos a identificar el momento en que escribimos un poema con el momento en que comienza la escritura. Pero ¿es el acto de escribir lo mismo que la escritura? Creo que la escritura es mucho más que la acción concreta de escribir. Un poema puede comenzar muchos años antes de su escritura. Porque un poema nunca es propio, nunca nos pertenece. Escribe Mary Oliver: ningún poema trata sobre uno —o alguno— de nosotros. El poema forma parte de un largo documento sobre la especie. Cada poema trata sobre mi vida, pero también sobre la tuya, y sobre cien mil vidas que están aún por venir. Que lo escribiera una persona no es ni de lejos tan importante o interesante como el hecho de que nos pertenezca a todos. Un poema —dije antes— es una conversación, y no sólo una conversación que entablamos con quien eventualmente lo leerá. Es también una conversación con nuestras lecturas, con los muertos, con los ancestros, con los seres amados, con los desconocidos, con todo lo que existe, animado e inanimado, con nosotros mismos pero no como entidad separada: nosotros mismos como indiscernibles de lo otro que nos constituye y nos moldea. Esa conversación se materializa en el acto de escribir, pero no podemos saber cuándo se ha iniciado, y definitivamente puede continuar mucho tiempo después de que haya sido escrito el poema que intenta traducirla, puede continuar hasta nuestra muerte y más allá.



De Curar y ser curados. Poesía y reparación (Las Furias, 2022)