miércoles, 24 de junio de 2020

Han Kang - Cuatro fragmentos blancos




FULGOR

¿Por qué a la gente le parecerán valiosos los minerales que relumbran, como la plata, el oro o el diamante? Según una hipótesis, se debe a que los antiguos humanos identificaban el refulgir del agua con la vida. El agua que brilla es agua limpia. Solo el agua potable —la que da la vida— es transparente. Cuando deambulando por los desiertos, los bosques y los sucios pantanales, divisaban a lo lejos el fulgor blanco de la superficie del agua, seguramente experimentarían un júbilo punzante, la vida, la belleza.



GUIJARRO BLANCO

Hace mucho ella recogió en la playa un guijarro blanco. Se lo metió en el bolsillo del pantalón después de sacudirle la arena y lo guardó en un cajón cuando llegó a su casa. Era un guijarro liso y redondeado por la erosión del mar. Era tan blanco que creyó que podría verse por dentro, pero no era tan transparente (en realidad, era un guijarro banco común y corriente). A veces lo sacaba y se lo ponía sobre la palma de la mano. Entonces pensaba que, si se pudiera comprimir el silencio en el objeto más pequeño y duro que existiera, este transmitiría al tacto una sensación semejante.



HUESOS BLANCOS

Una vez le hicieron una radiografía de cuerpo entero por los dolores que sufría. Un esqueleto blanquecino se recortaba de pie contra la placa radiográfica, que era como un fondo marino azul gris. Le pareció asombroso que se sostuviera dentro del cuerpo humano algo duro hecho de la misma materia de la roca.
     Mucho antes de eso, cuando estaba entrando en la pubertad, ella se quedó fascinada con la diversidad de los nombres de los huesos: maléolo, rótula, escápula, rodilla, esternón, clavícula…Quién sabe por qué, se alegró de que el ser humano no fuera solamente piel y músculos.



FLOTANDO EN EL AIRE

Cayó una nieve muy húmeda antes de que se pusiera el sol. La nevisca, que se derretía apenas tocaba la acera, fue breve como un chaparrón.
     El casco antiguo de la ciudad de color ceniza, se volvió blanquecino en un abrir y cerrar de ojos. Remedando sus horas andrajosas, la gente se adentraba de pronto en los espacios que se habían vuelto irreales. Ella no se detuvo y siguió andando. Atravesó la belleza que iba a desaparecer — que estaba desapareciendo—. Lo hizo en silencio.



De Blanco (:Rata_, 2020)
Traducción de Sunme Yoon

lunes, 22 de junio de 2020

Tres poemas de Emily Dickinson




379

Tiene tan poco que hacer la hierba—
una esfera de sencillo verde,
solo incubar mariposas,
y entretener abejas,

y agitarse todo el día ante bonitas canciones
que le trae la brisa,
y retener la luz del sol en el regazo
e inclinarse ante todo;

y ensartar el rocío por la noche, como perlas,
y hacerse tan delicada—
que una duquesa sería demasiado vulgar
para percibirlo.

E incluso cuando muere, fallece
con tan divino aroma,
como humildes especias dormidas,
o amuletos de pino.

Después, habitar en graneros soberanos
y pasar los días durmiendo—
tiene tan poco que hacer la hierba,
¡ojalá yo fuese heno!




1056

Si yo pudiese cabalgar ilimitada
como hace la abeja en la pradera
e ir de visita solo donde yo quisiera
y que nadie me visitara,

y flirtear todo el día con ranúnculos
y casarme con quien yo quiera,
y habitar un poco en todos lados,
o mejor, huir

sin policía que persiga
o que me siga si lo hago
hasta que salte penínsulas
para alejarme de ti—

dije, ser solo una abeja
en una corriente de aire
y remar en la nada todo el día
y anclarme fuera del puerto—
¡Qué libertad! Así piensan los cautivos
que aguardan en estrechas mazmorras.




1098

Las hojas, como las mujeres, intercambian
astutas confidencias;
unos cuantos saludos, y unas cuantas
portentosas conclusiones,

en ambos casos las partes
disfrutan del secreto—
compacto e inviolable
a la visibilidad.




De Herbario & Antología botánica (Ya lo dijo Casimiro Parker, 2020)
Traducción de Eva Gallud


martes, 16 de junio de 2020

Wisława Szymborska - Correo literario



De 1953 a 1981, Wisława Szymborska formó parte  del consejo de redacción del semanario Życie literackie (Vida literaria). Una de sus labores era redactar respuestas para los lectores que enviaban textos para la revista. La sección en la que aparecían llevó el nombre de "Correo literario".





Halina W., Białystok. Lo que vamos a decir a continuación suena muy desmoralizador: es usted una persona demasiado franca y cándida para escribir bien. En las entrañas de un escritor con talento se arremolinan los más diversos demonios. E incluso si antes o después de escribir se encuentran adormecidos (o deberían encontrarse adormecidos), durante la escritura tienen una frenética actividad. Sin su ayuda, el escritor no podría adentrarse en las complicadas vivencias de sus personajes. Nada humano me es ajeno: ¡oh, esta sentencia no se puede aplicar a las vidas de los santos bondadosos! Reciba nuestros más cordiales saludos.




Grażyna, Starachowice. Para usted la poesía es lo sublime, lo absoluto, la eternidad, el suspiro y el gemido, todo ello en una concentración tal que supera incluso la de los álbumes de recuerdos de señoritas de principios de siglo. Con esa grandilocuencia va a ser difícil conquistar al lector actual. Es más, hasta la persona más cercana y de confianza, tras oír apenas una frase de esas, mirará a la interlocutora con pavor y al cabo de unos instantes recordará de pronto que tiene que salir a hacer un recado muy urgente. ¿Entonces, qué? ¿Nos desabrochamos las alas e intentamos escribir algo con los pies en la tierra.




M. S., Koszalin. «Me han criticado por inventarme las historias, porque dicen que debería escribir solo sobre lo que me ha pasado en la vida. ¿Tienen razón?». No la tienen. Con un planteamiento tan dogmático habría que condenar a tres cuartas partes de la literatura mundial. Ningún escritor utiliza únicamente argumentos tomados de su propia vida. Siempre que puede, echa mano de los ajenos, los mezcla con los suyos o simplemente se los inventa. Pero para un verdadero artista inventar es lo mismo que imaginar con una claridad real, e imaginar las cosas con esa claridad real significa, por su parte, lo mismo que vivirlas personalmente. Es así como Flaubert pudo declarar que era Emma Bovary. Si se hubiera topado con esos metomentodo que le niegan el derecho al autor a inventarse el tema, habría tenido que renunciar a su novela y limitarse a soñar que una Madame Bovary en persona la escribiera algún día. Y habría sido, naturalmente, una novela escrita por una notable grafómana. Hasta aquí la teoría. Cuando envíe usted los relatos anunciados no nos pondremos a investigar el grado de coincidencia con su currículo, porque no somos una unidad de la policía judicial, sino críticos literarios.




Zb.-P., Lublin. La poesía siempre exagera un poquito, pero hay que reconocer que en la actualidad lo hace menos que en cualquier época anterior. En nuestros días sería impensable la idea de J. A. Morsztyn[i], que en el soneto titulado «Los galeotes» comparaba sus tribulaciones amorosas con el sufrimiento de un esclavo encadenado a una galera y concluía, sin ningún reparo, que a los galeotes, a pesar de todo, les resultaba más fácil vivir en este mundo. El soneto está escrito con brillantez, pero no parece que nadie haya llegado a creerse nunca el dolor de su autor. ¿Qué se desprende de eso? Si queremos que nos crean, seamos comedidos. «Lloro tu ausencia con lágrimas de sangre». ¡Por favor, señor Zbigniew!




Heliodor, Przemyśl. Escribe usted: «Sé que en algunos pasajes los poemas son flojos, pero ¿qué le vamos a hacer?, ya no pienso corregirlos más». ¿Y por qué, Heliodor? ¿Porque la poesía es algo demasiado sagrado? ¿O porque es algo demasiado insignificante? Ambas formas de tratar la poesía son erróneas y, lo que es peor, eximen a los poetas primerizos de la obligación de trabajar el poema. Es agradable y placentero decirles a los amigos que el viernes a las 24:45 nos poseyó el espíritu del vate y empezó a susurrarnos al oído cosas misteriosas con tanta exaltación que apenas si dábamos abasto para anotar lo que nos dictaba. Incluso grandes poetas han disfrutado contando esos cuentos a sus sorprendidos amigos. Pero en casa, a escondidas, corregían afanosamente esos dictados de ultratumba, borraban partes, los rehacían. Una cosa son los espíritus, pero también la poesía tiene su lado prosaico.




Marek T., Zakopane. Tienes una idea errónea de los poetas. Desde que el mundo es mundo, no ha habido ninguno que cuente las sílabas con los dedos. El poeta nace con oído. Con algo tenía que nacer, digo yo.




K. K., Bytom. Lamentamos tener que repetir todo el tiempo: inmaduro, trivial, amorfo… Pero, al fin y al cabo, no se trata de una sección para premios Nobel, sino para los que tendrán que esperar todavía un tiempo antes de encargar un frac y viajar a Estocolmo. Nos apena que considere usted el verso libre como una liberación de todo tipo de reglas. Escribe usted frases sueltas que corta como le viene en gana y coloca algunas palabras a la derecha, y después otras a la izquierda. La poesía (independientemente de las consideraciones que podamos hacer sobre ella) es, ha sido y será siempre un juego y no existe un juego sin reglas. Es algo que los niños saben perfectamente. ¿Por qué lo olvidan los adultos?




K. K. K., Katowice. Un relato negro que no desmerece en nada de los que se suelen leer en la revista Panorama[ii]. No despreciamos en absoluto ese género, porque es lo único que se puede leer con una cierta atención en la sala de espera del dentista. Pero la verdadera literatura empieza realmente cuando los personajes vivos intrigan más que un misterioso cadáver. Cordiales saludos.




B. K., Radom. A juzgar por la caligrafía, el autor no es una persona de avanzada edad, es decir, tiene aún por delante una gran cantidad de benévolo tiempo. Así que, que lea buena poesía y que la lea bien, siguiendo las infinitas posibilidades de cada palabra utilizada. Se trata, ni más ni menos, de las mismas palabras que reposan muertas en los diccionarios o que tienen una vida gris en el habla cotidiana. ¿Cómo es posible que en la poesía brillen con esa luz, como si fueran completamente nuevas y hubieran sido descubiertas apenas un momento antes por el poeta? He ahí, como diría Horacio.




A. M., Varsovia. Los gatitos maúllan, miau, miau, mientras el reloj de pared, tic-tac, tic-tac, y papá y mamá les dan un beso a los niños antes de ir a dormir, muac, muac… ¿Qué cosita es? Está más claro que el agua, poemillas infantiles escritos por algunas horrendas señoras. Desea usted unirse al grupo. No podemos prohibírselo, pero, por lo que más quiera, tenga usted piedad de nuestros hijos, que no hacen otra cosa que salir huyendo ante ese tipo de literatura, fiuuu, fiuuu, fiuuu.




Br. U., Varsovia. El poema es a primera vista ultramoderno, aquí y allá una escalerita, aquí y allá una y escrita en un verso aparte, y, claro, ninguna coma, ningún punto, algunas letras en versalita en medio de las palabras (¡una novedad!); pero al leer aparece en toda su museística melancolía «una granizada de besos» y «una lluvia de lágrimas» y un «ríete tú, payaso». Todo eso junto es como un Alfa Romeo que no arranca porque en lugar de gasolina le han llenado el depósito de avena.




P-ł, Sopot. Una de las desgracias de nuestro siglo es que las distintas generaciones han dejado de hablar entre sí. Sobre todo la generación nacida ya después de la Segunda Guerra Mundial tiene la tendencia a encerrarse en sus enclaves, sin mostrar ningún tipo de interés por nadie que no sea de su quinta. Cualquiera que sea la causa y cualesquiera que sean las consecuencias para la vida social, hay algo que ya sabemos: eso no augura nada bueno a la literatura. La falta de curiosidad es grave para su existencia. Conlleva lo mismo que en la pintura la insensibilidad al color o en la música la falta de oído. En los relatos que nos envía usted hay una gran estrechez, un gran agobio y no hay ningún problema. No hay ventanas hacia el exterior y por lo tanto tampoco perspectiva alguna de que en algún momento se abran. Francamente mal; un estilo resultón no salva nada en este caso.




Mił, Brzesko. Las descripciones de la naturaleza no forman parte de las prestaciones obligatorias de un escritor. Si no se tienen suficientes palabras frescas para hacer que la descripción sea interesante, es mejor olvidarse de los destellos de la luna en el agua. Además, el fragmento de la novela que nos ha enviado trata del robo de una vaca. En un momento así, ni el ladrón ni la vaca sacada del establo están como para admirar los encantos de la naturaleza.




A. A., Białystok. Traza usted una clara frontera entre la belleza y la fealdad, una frontera de lo más tópica: las mariposas y las golondrinas son bellas y las orugas y los murciélagos son asquerosos. Los lectores con sensibilidad hacia la naturaleza estarán molestos y con motivo. Puede usted, faltaría más, loar el atractivo de la rosa, ¿pero por qué tiene que ser al mismo tiempo a costa de la ortiga, que está muy lejos de carecer de encanto? ¿Y los monos? Solo parecen feos comparados con aquellas personas que nos gustan. Porque en comparación con el resto de la gente, salen bastante bien parados, ¿no? Para nosotros, por ejemplo, los ojos de una babuina encierran tanta belleza nostálgica como los ojos de Michèle Morgan. Quiere usted ser poeta, pero no se fija en las cosas.




Grzywa, Zakopane. No queda otra, joven melenudo, hay que conocer la poesía clásica, aunque solo sea para evitar trabajar en balde. No vaya a ser que —cosa que puede suceder— escribas Król-Duch[iii] y después te siente mal que alguien lo haya escrito antes.





Marek de Varsovia. Tenemos un principio. Todos los poemas sobre la primavera quedan descalificados automáticamente. Es un tema que ha dejado de existir en la poesía. En la vida sigue existiendo, claro. Pero son dos cosas distintas.




L. Ar., Cracovia. Parece ser que Lev Tolstói se escondía en un armario para escuchar las conversaciones de las chiquillas de la familia. Le deseamos a usted aunque sea una mínima parte de esa curiosidad. Porque escribe usted una novela sobre la vida de las universitarias en una residencia estudiantil y, aunque la trama es ágil y está bien llevada, las chicas hablan como en una novela de Madame de La Fayette: «Mi temor es —dice una— que Maciek no sea capaz de comprender los sentimientos que albergo». «Oh, sí —responde otra—, diríase que en los últimos tiempos se encuentra algo distraído»




Paulina, Jelenia Góra. Las fábulas de animales, moraleja incluida, están algo pasadas de moda, pero, en todo caso, dedicarse a ese género exige originalidad, empezando, por ejemplo, por el tipo de animales introducidos. Y usted, que si el león, que si el lobo, que si la oveja. Le rogamos que busque animales que Esopo no tuvo en cuenta. ¿Qué le parecerían, por ejemplo, las bacterias?




El. M. T., Poznań. El poema de cinco folios titulado «Poeta» no posee valores literarios, pero es un curioso ejemplo de una leyenda que aún pervive aquí y allá sobre el poeta como amante de las musas, un poeta que camina sobre pétalos de rosa y nada en las fuentes de la abundancia. Querida Ela, ¿dónde ha visto usted a alguien así? Mándenos, por favor, el nombre y la dirección de ese semidiós. Le preguntaremos qué editorial le paga en oro puro por cada verso, quién no cesa de echarle flores, y cómo se hace para tener siempre dulces sueños. Porque los poetas a los que conocemos tienen sueños de todos los colores, de vez en cuando, además, les duelen las muelas, no siempre llegan a fin de mes y les caracteriza una innata tendencia a tener una vida no demasiado feliz. Algunos, es cierto, de vez en cuando disfrutan de alguna que otra cosa, pero tampoco es que sea algo permanente.




Marcus, Limanowa. En la primera parte del poemilla, una mala mujer le arranca al protagonista su corazón sangrante y lo arroja a la basura, donde lo devora una rata. En la parte final el protagonista confiesa a la mala mujer que está dispuesto a perdonarla y que su corazón sigue latiendo solo por ella. Disponer de un corazón de repuesto es algo muy poco habitual. Confiamos en que ese caso despierte el interés del mundo de la ciencia.




Malina Z., Krynica. «¡Cambien lo que quieran, pero publíquenlos!». Los hemos cambiado a fondo y nos han salido los Poemas de Lausana de Mickiewicz. Desgraciadamente, ya publicados.




Ludomir, Olsztyn. Por los poemas que nos envía, hemos llegado a la conclusión de que está usted enamorado. Alguien dijo que todos los enamorados son poetas. Pero probablemente es una exageración. Le deseamos todo tipo de éxitos en su vida personal




De Correo literario (Nórdica, 2018)
Traducción de Abel Murcia y Katarzyna Moloniewicz




[i] Poeta y político polaco (1621-1693).
[ii] Semanario ilustrado publicado en Silesia desde el año 1954.
[iii] Rey-Espíritu, del poeta, dramaturgo y filósofo romántico polaco Juliusz Słowacki.

sábado, 23 de mayo de 2020

Fabio Morábito - Tres fragmentos sobre escritura



LOS NOMBRES DE LOS MUERTOS

Los niños deberían aprender a leer y a escribir no por medio de sustantivos (casa, mamá, árbol, montaña), sino de nombres: Luis, Susana, Juan, Filiberto. Si digo montaña, todo el mundo sabe de lo que hablo, imaginará una montaña y hasta podrá dibujarla, pero si digo Patricia, la gente preguntará: ¿Qué Patricia? Tan palabra es Patricia como montaña, tan existentes son las Patricias como las montañas, pero mientras todas las montañas se parecen entre sí, y por eso pueden dibujarse, ninguna Patricia se parece a otra. Aprender a escribir con vocablos que carecen de un referente preciso, que no remiten a ningún objeto y a ninguna idea y que, como las piedras de los ríos, han perdido su significado a fuerza de tanto frotamiento, les enseñaría a los niños a valorar el sinsentido de las palabras, a repetirlas sin más, con perplejidad o alegría, lo que afinaría su capacidad conjetural, idiomática y, de paso, su oído. Y para no caer en el abstraccionismo y dotar a los nombres de una seriedad fuera de toda duda, ahí están los nombres de los muertos. Las clases de escritura se trasladarían a los cementerios, donde los niños se pasearían entre las tumbas para deletrear y memorizar los nombres de los difuntos. Nada como esos nombres grabados en las lápidas (los más puros que hay, porque con ellos ya no se llama a nadie) para intimar con el sonido de las palabras, ese sonido que los actuales métodos de enseñanza de la escritura, basados enteramente en la equivalencia del signo escrito con la cosa que representa, subordinan demasiado pronto a la tiranía del concepto. Nada mejor que ellos, que resplandecen como una cosa autónoma conforme se apaga la memoria del difunto, para probar la arbitrariedad del lenguaje y recordarnos que, a pesar de la palabra montaña, ninguna montaña se parece a otra, que todo es diferente de todo y que la vida está hecha de nombres propios. Sólo esos nombres, al no tragarse la mentira de la equivalencia y de la semejanza, nos proporcionan a base de lenguaje la salida del lenguaje, el atisbo de la realidad del mundo.



VERSO Y PROSA

La mayor diferencia entre la prosa y la poesía no radica en una cuestión de ritmo, de música o de mayor o menor presencia del elemento racional. En estos rubros, en contra de la opinión corriente, prosa y poesía son iguales. La verdadera diferencia, diría la única, es que sólo hay una forma de escribir un poema, y es verso a verso, mientras no se escriben un cuento o una novela línea por línea. El cuentista y el novelista siempre saben un poco más de lo que están escribiendo; el poeta sólo sabe, de lo que escribe, el verso que lo tiene ocupado, y más allá de él no sabe nada; así, cada nuevo verso lo toma de sorpresa. Todo poema está fincado sobre la sorpresa de quien lo escribe y, en consecuencia, sobre su nula voluntad de construir algo, que se reafirma a cada paso, en cada verso. Siendo en mucha mayor medida que la prosa un arte de la escucha, la poesía debe ajustar cuentas con cada paso que da, antes de concebir el siguiente, y por eso carece de expectativas. La prosa, en cambio, es industriosa. Se dirige hacia un punto, todo lo nebuloso que se quiera, pero real. Como un hombre que avanza por un sendero en medio de una espesura sofocante, no puede ver más allá de unos cuantos metros, pero algo ve; la poesía es como un hombre en una cueva oscura, que antes de dar el siguiente paso debe afianzar ambos pies y encomendarse a Dios. En esto radica su mayor dificultad, pero también su condición más indolora con respecto a la prosa, que es dolorosísima, porque al admitir cierto grado de planeación, nunca se deja abandonar por completo y absorbe a su autor aun cuando éste no escribe, mientras que el poeta, no pudiendo planear nada, cuando interrumpe su poema para dedicarse a otra cosa, lo olvida fácilmente y no lo recuerda hasta el momento en que lo reanuda. La prosa es tiránica e implacable, pero juega limpio; la poesía es huidiza y engañosa: no concede nada, no promete nada. El último verso de un poema sella algo que un segundo antes no existía. No hay pues poemas truncos. En cambio, toda la prosa, en un sentido, es inconclusa.



SURCOS

Para huir del tedio del salón de clase acostumbraba en mis primeros años escolares trazar en una hoja una carretera imaginaria, una línea sinuosa que la cruzaba de un extremo a otro y a la que después yo añadía unas desviaciones para que ganara complejidad. La recorría con el lápiz una y otra vez, hasta que las líneas se convertían en surcos, luego abría nuevas desviaciones que se convertían en nuevos surcos, y así hasta cubrir la hoja con una red intrincada de caminos. Tenía cuidado de lograr una profundidad pareja en todos los trazos, ya que el juego consistía en agarrar el lápiz y, casi sin ejercer presión alguna, deslizarlo por la hoja para que la propia carretera me guiara por su laberinto de desviaciones y ramales. Era preciso no ahondar en ningún trazo y dejar, por así decirlo, que el surco decidiera. Cuando lo conseguía, el lápiz parecía viajar solo, impulsado por los surcos y no por mi mano. Debe de haber sido mi primera experiencia de lo que llamamos inspiración. Iba descubriendo en cada “viaje” la ruta más secreta entre todas las rutas posibles, pero no tan secreta como para que no fuera susceptible de modificarse en algún punto particularmente blando, en alguna desviación de hondura menos pronunciada. Así, cada trayecto era distinto del anterior, siempre y cuando el pulso se mantuviera ecuánime, pues bastaba un descuido, un aumento imperceptible de la presión sobre el lápiz, para que prevaleciera un único recorrido, una sola verdad sobre la pluralidad de caminos. Ignoro en qué medida ese pasatiempo contribuyó a mi inclinación por la escritura y qué tanto me proveyó de un método para, varios años después, escribir cuentos y poemas, pero seguramente en algo contribuyó a que entendiera que también la escritura es una cuestión de pulso, de no forzar la red de caminos, de ponerse en la condición de ser guiado por una huella sinuosa y comprobar que escribir es descubrir esa huella y que basta ejercer un poco más de presión de lo debido e intervenir un poco más de lo necesario, para quedar preso en un solo surco y repetir lo ya dicho.



De El idioma materno (Sexto Piso, 2014)

miércoles, 29 de abril de 2020

César Aira - Algunas ideas diversas




Al arte más extremadamente experimental (por ejemplo un ballet que consista nada más que en arrancarle una por una las hojas a una planta), el que exhibe su originalidad con el descaro provocador del absurdo y lo gratuito, se lo ve, no sin razón, como producto del capricho individual, del juego de las formas practicado en la intimidad de la voluntad artística, desinteresado de la realidad histórica en la que vive su autor.  
     Y sin embargo esa exacerbación de la originalidad actúa exactamente del mismo modo que la válvula que hace histórica a la Historia. Una vez que se lo ha hecho ya no se lo puede volver a hacer. Lo vuelve irrepetible porque su esencia y su existencia es la irrepetibilidad, y no tiene otra cosa. Igual que los hechos que suceden en el tiempo.





Siempre he pensado que la magia, a despecho de sus atractivos inmediatos, no es de fiar, por precaria, prendida con alfileres. Sus dones, así como se dan se pueden quitar, puesto que no obedecen a las leyes sólidas y reconocidas de la naturaleza. De hecho, creo que su reverso latente es la pesadilla. Supongamos que le pido a un agente mágico la capacidad de cantar, y una voz maravillosa, y me lo concede. Hago una carrera fulgurante en el mundo del bel canto, una noche estoy dando un recital en un gran teatro, lleno de melómanos... ¿Qué le impide quitarme el don que me ha dado graciosamente, en ese preciso momento como podría ser en cualquier otro, y hacerme pasar el papelón más grande de mi vida? Que la suspensión se haya producido en el peor momento puede atribuirse al azar o la mala suerte. Porque, como digo, podría haber sido en cualquier otro momento, ya que a una causa sin causa real no se le puede pedir puntualidad en los efectos. Eso yo lo sabía de entrada, y mi supuesta carrera de éxitos como cantante habría debido hacerla con el corazón en la boca, con esa espada de Damocles pendiendo sobre mí en cada presentación en público. Conociéndome, sé que no habría podido resistir la tensión; habría preferido no exhibir mi don, cantar para mí, encerrado en mi casa, solo, cuidándome de que no me oyera nadie. Mi maravillosa voz mágica habría sido un secreto.





¿Por qué no existe, ni existió nunca, el ensayo “de vanguardia”? Todas las innovaciones, experimentaciones, rupturas, provocaciones, se hicieron sobre la poesía o el relato; el ensayo apenas si aceptó algunas tímidas modificaciones, superficiales, como aproximarse al poema en prosa (o, al revés, escribirse en verso como hizo Pope) o aproximarse al relato, y en este caso al relato más convencional. Su única relación con vanguardismos fue explicarlos o justificarlos o promoverlos desde un formato nada vanguardista. Quedó preso de la Razón y el sentido común, lo que no puede sorprender porque es su razón de ser. Cuanto más se reinventaba la literatura, menos podía hacerlo el ensayo, porque su función era dar cuenta, hacia el exterior de la literatura, de esas reinvenciones, y cuanto más avanzadas fueran éstas, más convencionalmente claro debía ser el ensayo para darse a entender.
     Alguien dijo que el ensayo es la “piedra de toque” para evaluar la calidad intelectual de un autor. En efecto, en la poesía o el relato hay demasiados subterfugios para disimular carencias, mientras que en el ensayo la inteligencia y el conocimiento y el talento del autor están al desnudo. Es cierto, o al menos es convincente, pero el escritor al desnudo no es todo el escritor. Esos subterfugios y ocultamientos son parte integral del trabajo literario. El ensayo es la piedra de toque de lo que el escritor no es, no de lo que es.





Todas las religiones afirman que hay alguna clase de vida después de la muerte. Al parecer es lo que define a una religión o la distingue de filosofías o sabidurías o ascetismos. Y es una de las cosas que más me disgustan de la religión, esa negación timorata de la muerte como lo que realmente es, una aniquilación completa y definitiva. Me disgusta no sólo por la cobardía que refleja y por la frívola necedad de reemplazar un hecho clamoroso de la realidad por una ilusión sin ningún fundamento, sino por algo que encuentro mucho más grave; por excluir al hombre del orden de la naturaleza. El fenómeno histórico de la vida, al que le debemos todo, no existe sin la muerte. Pretender exceptuarnos, en razón de un privilegio tan dudoso como el espíritu o la conciencia, me parece un sacrilegio, o peor: una deslealtad con el resto de los seres vivos (y no excluyo a las moscas ni a los árboles).





Una de las características más distintivas del arte de los locos es el horror vacui. Llenan hasta el último milímetro de la superficie con trazos, formas, colores. Es la obsesión, la persistencia, del loco. No exclusivas del verdadero loco, también de una rama de neuróticos, y de los salvajes, y de los niños (algunos niños).
     Ahora, lo que yo me pregunto: ¿el novelista no hace lo mismo, con las palabras? ¿No llena cada página, infatigable y obsesivamente con palabras? Nunca lo pensamos, porque no vemos al libro, quizás por la distribución del texto en páginas (con verso y reverso) como el objeto material que es.





De Continuación de ideas diversas (Jus, 2017)

viernes, 13 de marzo de 2020

Hebe Uhart - Fragmentos sobre escritura



Los siguientes fragmentos pertenecen a Las clases de Hebe Uhart (Blatt & Ríos, 2015), libro de  apuntes y notas tomados por Liliana Villanueva tras asistir durante diez años al taller de escritura de Hebe.



Escribir es una artesanía extraña donde es necesaria e imprescindible la conexión con uno mismo, ya que el que va a escribir debe aprender a acompañarse, a desdoblarse de alguna manera siendo a un mismo tiempo el personaje que siente y el otro, el que observa a ese que siente o que está viviendo algo. La conexión con uno mismo es importante, porque si yo soy una bronca permanente o un rencor o un odio, yo soy una pasión en estado vivo y por lo tanto, no puedo cualificarla, ni puedo definirla, ni puedo acotarla, ni puedo criticarla. Si tengo un rencor eterno no puedo escribir sobre eso porque soy yo un rencor, soy yo una bronca. Entonces, debo pararme y mirar.




Al escribir tiene que haber un momento de vacilación, debo saber y no saber adónde voy, para que el texto sea como un viaje y para que ocurran novedades en el trayecto, que es lo mejor que puede pasar. Si ya sé adónde voy, si me encierro en la consecución de mi meta, no me va a ocurrir nada interesante.




Si tengo un sentimiento debo profundizarlo, no quedarme en la superficie. Estoy cansada, por ejemplo, pero ¿cómo es la cualidad de mi cansancio?, o ¿de qué manera particular uno se cansa de sí mismo? Si la observación o la percepción no está acabada, completa, me abstengo de escribir, porque lo que escriba va a traicionar la idea que tengo del tema. Si, por ejemplo, escribo en un cuento que estoy enamorada, todo el mundo tiene una experiencia de estar enamorado, pero con esa parte del pliegue o del desdoble yo miro la cualidad de mi enamoramiento, es decir, qué detalle concreto es propio de ese sentimiento. Todo el mundo se ha enamorado alguna vez, pero todos los amores son distintos, particulares. Y la literatura es lo particular, son los detalles.




Decía Horacio Quiroga: “No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego. Si eres capaz de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino”.




Desde la tragedia griega, todo cuento empieza con un “pero”. La tragedia es la matriz del cuento. En todo héroe hay una contradicción, un conflicto. Prometeo era amigo de los hombres y el ladrón del fuego que provoca la ira de Zeus, que al final lo perdona, no por justicia sino por orgullo. A Ajax, el gran guerrero, le ofrecen la ayuda de los Dioses pero él responde: “así cualquiera, yo lo haré solo”, con el resultado de que la omnipotencia se castiga con la locura. Cuando un personaje se vuelve llano, se aplasta el relato. Si no hay un “pero”, no hay cuento, no hay literatura.




Lo primero que tiene que saber el que va a escribir es cuál es su meta, con qué material se debe meter o puede meterse. Cada uno debe saber cuáles son sus limitaciones, decirse: no me puedo meter con este material, porque no lo puedo manejar. No todos los materiales son para mí. Yo debo saber que un tema me va a convocar y que se va a imponer sobre todos los demás. Es como elegir cualquier otra actividad de la vida. Como con un vestido: puede gustarme, pero yo sé que no me va a quedar bien. O como cuando voy a un restaurante, hay de todo pero tengo que elegir lo que a mí me gusta o lo que deseo comer o lo que puedo pagar del menú.




¿Por qué hacemos juicios rápidos? Porque nos da angustia mantenernos en la duda. Para escribir, el juicio rápido no sirve. Si yo digo de un personaje “es un aparato”, no digo nada, tengo que especificar qué clase de aparato es. Si digo “me molesta”, “no me gusta”, “no existe”, o “me molesta porque existe” o “es un fantasma”, lo niego, son expresiones rápidas que no definen al personaje. Para escribir debo mantenerme en una duda razonable, quedarme un poco antes del concepto, de la crítica, del juicio rápido.




Un alumno del taller escribió sobre su abuelo: “lo veo podando el cerco”. Esa es una visión idealizada y sentimental del abuelo y el apego no sirve para escribir. ¿Cómo, de qué manera podaba el cerco el abuelo? “Mi madre amasaba el pan cada día” es otra generalidad, hay millones de madres que han amasado el pan, pero ¿de qué forma?, ¿qué olores yo percibía cada día?, ¿de qué manera particular amasaba mi madre el pan? Siempre debo ir a lo particular para escribir.




Al escribir no hay que dar mucha información, hay que eludir, sugerir, no explicitar. Hay que ponerse en la escritura, no dar una muestra de lo que puedo o soy capaz de hacer y listo. Se trata de entrar más en el sujeto que piensa, siente, hace, sin temor a ser sentimental o ridículo. Si no queda bien, después se poda.




No debemos engolosinarnos con las palabras, ni con los adjetivos redundantes, ni con las frases importantes. Al escribir no hay que quedarse en un concepto, hay que quedarse a unos pasos del concepto, un poco antes, sin llegar a él. Hay que darse tiempo y no cerrar. Ahí, en ese lugar antes del concepto, está la literatura, lo que nos hace ver, lo que abre ventanas. Ahí y no en la frase conclusa, inteligente, pedante. Hay que desconfiar de las frases hechas, de los lugares comunes y de los conceptos terminados.


lunes, 24 de febrero de 2020

Cuatro poemas de Ana Blandiana



SEMILLAS DE PIEDRA

Si, tal como dice San Agustín,
el Mal no es más que ausencia del Bien
y la muerte ausencia de vida,
en esta tierra baldía
nosotros somos malos
y estamos muertos,
y ni siquiera nos damos cuenta
puesto que no sabemos qué es ser
bueno
o qué es estar
vivo,
así como las semillas de piedra de la arena
no saben lo que es germinar.



ORACIÓN

Dios de las libélulas, de las mariposas nocturnas,
de las alondras y de las lechuzas,
dios de las lombrices, de los escorpiones,
de las cucarachas de la cocina,
dios que a cada uno has enseñado algo distinto
y que sabes de antemano todo lo que le pasará a cada uno,
me gustaría saber qué has sentido
cuando has establecido las proporciones
de los venenos, colores y perfumes,
cuando en un pico pusiste el canto
y en el otro el cacareo,
en un alma el crimen y en otra el éxtasis,
daría cualquier cosa por saber
si tuviste remordimientos
porque a unos los hiciste víctimas y a otros verdugos,
igual de culpable ante todos
porque a todos los has puesto ante hechos consumados.
Dios de la culpa por haber decidido a solas
la proporción entre el bien y el mal,
la balanza mantenida en equilibrio con dificultad
sobre el cuerpo ensangrentado
de tu hijo que no se parece a ti.



De Mi patria A4 (Pre-Textos, 2014)
Traducción de Viorica Patea y Antonio Colinas



CADA VEZ MÁS EXTRAÑA

Cada vez más extraña
con menos amigos.
Todo lo que me era familiar
se ha fundido
en la gran luz;
allí me esperan cada vez más,
aquí estoy cada vez más sola,
siempre más sola,
como las aves
obligadas a marcharse
a países más cálidos.



UN CABALLO JOVEN

Nunca he llegado a entender en qué mundo vivo.
Cabalgaba sobre un caballo tan joven y feliz como yo
y al galope sentía su corazón batir
contra mis piernas
y el mío, latiendo incansable en el galope,
todo lo atravesaba, sin que yo advirtiera
que mi montura descansaba
sobre el esqueleto de un caballo
haciéndose pedazos en segundos
mientras yo seguía cabalgando
sobre un joven caballo de aire
en un siglo que ya no era el mío.



De El sol más allá y El reflujo de los sentidos (Pre-Textos, 2016)
Traducción de Viorica Patea y Natalia Carbajosa