martes, 13 de septiembre de 2022

Margaret Atwood - Nueve comienzos

 

1.   ¿POR QUÉ ESCRIBE?

                 Comencé nueve veces con esta pieza. Tiré a la basura cada uno de esos comienzos.

Odio escribir acerca de mi escritura. Casi nunca lo hago. ¿Por qué lo estoy haciendo ahora? Porque dije que lo haría. Recibí una carta. Respondí no. Tiempo después, estaba en una fiesta y la misma persona que me había escrito estaba allí. Es mucho más difícil rehusarse en persona. Decir tiene algo que ver con ser amable (como a las mujeres nos enseñan a serlo) y algo que ver con ser servicial (algo que también nos enseñan). Ayudar a las mujeres, donar medio litro de sangre. Tiene algo que ver con no reclamar las prerrogativas sagradas, la actitud de autoprotección de “no me toques” del artista, con no ser egoísta. Tiene algo que ver con la conciliación, con hacer tu parte, con el apaciguamiento. Me criaron bien. Tengo problemas para pasar por alto las obligaciones sociales. Decir que escribirás sobre tu escritura es una obligación social. No es una obligación hacia la escritura.

 

2.   ¿POR QUÉ ESCRIBE?

    Tiré a la basura cada uno de los nueve comienzos. Parecía que no venían al caso. Demasiado enérgicos, demasiado pedagógicos, demasiado frívolos o beligerantes, con demasiada falsa sabiduría. Como si tuviera una autorrevelación especial que motivaría a otros o alguna clase de conocimiento especial que impartir, alguna frase concisa que actuaría como un talismán para los impulsivos, los obsesivos. Sin embargo, no poseo tales talismanes. Si los tuviera, yo misma no seguiría siendo tan impulsiva y obsesiva.

 

3.   ¿POR QUÉ ESCRIBE?

    Detesto escribir acerca de mi escritura, porque no tengo nada que decir al respecto. No tengo nada que decir, porque no recuerdo qué es lo que ocurre mientras estoy escribiendo. Esos momentos son como trocitos que hubieran sido extraídos de mi cerebro. No es un tiempo que yo misma haya vivido. Puedo recordar los detalles de las habitaciones y de los sitios donde he escrito, las circunstancias, las otras cosas que hice antes y después; sin embargo, no puedo recordar el proceso en sí. Escribir acerca de la escritura requiere inseguridad; el mismo acto de escribir requiere abdicar de esta.

 

4.   ¿POR QUÉ ESCRIBE?

    Existen muchas cosas que pueden decirse acerca de lo que ocurre alrededor de los bordes de la escritura. Puedes tener ciertas ideas, ciertas motivaciones, un plan general que no llega a ver la luz. Puedo escribir acerca de las malas reseñas, acerca de las reacciones sexistas que ha tenido mi escritura, acerca de las ocasiones en que quedé como idiota en algunos programas de televisión. Puedo hablar acerca de los libros que fracasaron, los que nunca terminé y acerca de por qué fracasaron. De aquel que tenía demasiados personajes, del que tenía demasiadas capas temporales, de las pistas falsas que me distrajeron de lo que realmente quería hacer, un cierto rincón del mundo visual, cierta voz, un paisaje inarticulado.

    Puedo hablar acerca de las dificultades que las mujeres enfrentan como escritoras. Por ejemplo, si eres una escritora, alguna vez, en algún sitio, te preguntarán: ¿Te consideras ante todo una escritora o una mujer? Cuidado. Quienquiera que pregunte esto detesta y le teme tanto a la escritura como a las mujeres.

    Muchas de nosotras, al menos las de mi generación, nos cruzamos con maestros o escritores u otros idiotas defensivos, quienes nos decían que las mujeres no podían realmente escribir porque no podían ser conductores de tráiler o infantes de marina y, por lo tanto, no comprendían el lado sórdido de la vida, el cual incluía el sexo con mujeres. Cuando no se nos decía que escribíamos como amas de casa, se nos trataba como hombres honorarios, como si para ser una buena escritora hubiera que dejar de ser mujer.

    Dichas declaraciones solían hacerse como si fueran la verdad llana. Ahora son cuestionadas. Algunas cosas han cambiado para bien, pero no todas. Hay una falta de autoestima que se inculca muy temprano en muchas jóvenes, antes inclusive de que la escritura sea vista como una posibilidad. Necesitas cierta cantidad de valor para ser una escritora, un valor casi físico, el tipo de valor que necesitas para caminar sobre un tronco para atravesar un río. El caballo te tira y te subes de nuevo. Me arrojaron al agua y así aprendí a nadar. Tienes que saber que puedes hundirte y sobrevivir. A las niñas se les debería permitir jugar en el lodo. Deberían verse libres de la obligación de ser perfectas. Al menos parte de tu escritura debería ser tan efímera como un juego.

    El proceso de escritura incluye una proporción de fracasos. El cesto de papeles evolucionó por una razón. Piensa en él como el altar de la Musa del Olvido, ante el cual sacrificas tus primeros borradores estropeados, las fichas de tu imperfección humana. Ella es la décima musa, sin la cual ninguna de las otras puede funcionar. El don que te ofrece es la libertad de tener una segunda oportunidad. O tantas oportunidades como quieras aprovechar.

 

5.   ¿POR QUÉ ESCRIBE?

        A mediados de la década de 1980 comencé un diario esporádico. El día de hoy volví a él, buscando algo que pudiera desenterrar y presentar como algo pertinente en lugar de escribir una pieza acerca de la escritura. Sin embargo, fue inútil. No había nada específico en el diario acerca de la composición de ninguna cosa que hubiera escrito durante los últimos seis años. En lugar de eso, hay exhortaciones para mí misma: levántate temprano, camina más, evita las tentaciones y las distracciones. Bebe más agua, encontré. Ve a la cama más temprano. Había listas acerca de cuántas páginas había escrito por día, cuántas había vuelto a teclear, cuántas aún me quedaban para terminar. Además de eso, no había nada más que descripciones de habitaciones, recuentos de lo que habíamos cocinado o comido y con quién, cartas escritas y recibidas, dichos notables de niños, pájaros y animales que había visto, el clima. Qué cosechábamos en el jardín. Enfermedades mías y de otros. Muertes, nacimientos. Nada acerca de la escritura.

         1° de enero de 1984. Blakeny, Inglaterra. Al día de hoy, he escrito cerca de 130 páginas de la novela y está comenzando a tomar forma y está alcanzando el punto en el que siento que existe y puede ser terminada y puede que valga la pena. Trabajo en la habitación de la casa grande, y aquí, en la sala de estar, con leña en la chimenea y fuego de coque en el dilapidado Roeburn de la cocina. Como siempre, tengo mucho frío, lo cual es mejor que tener mucho calor; hoy está gris, cálido para esta época del año, húmedo. Si me levantara más temprano, tal vez trabajaría más; sin embargo, podría simplemente pasar más tiempo dejando las cosas para más tarde, como ahora.

            Y así.

 

6.   ¿POR QUÉ ESCRIBE?

    Aprendes a escribir leyendo y escribiendo, escribiendo y leyendo. Como oficio, se adquiere por medio de un sistema de aprendizaje; sin embargo, tú eliges a tus maestros. Algunas veces están vivos, otras están muertos.

    Como vocación involucra la imposición de manos. Recibes tu vocación y, a tu vez, debes pasársela a alguien más. Tal vez lo harás solo a través de tu trabajo, tal vez de otra manera. Sea como sea, eres parte de una comunidad, la comunidad de escritores, la comunidad de cuentacuentos que ha existido desde el comienzo de la humanidad.

    En cuanto a la sociedad humana particular a la cual tú misma perteneces, algunas veces sentirás que hablas por dicha sociedad; otras veces, cuando toma una forma injusta, sentirás que hablas contra esta o por esa otra comunidad, la comunidad de los oprimidos, los explotados, los que no tienen voz. De cualquier forma, sentirás presiones intensas; en otros países, tal vez serán fatales. Sin embargo, incluso aquí, cuando hablas “por las mujeres” (o por cualquier otro grupo que esté oprimido), habrá muchos al alcance de la mano (tanto a favor como en contra) que te digan que te calles o que te digan lo que quieren que digas o que lo digas de otra forma. O que los salves. La cartelera te espera; sin embargo, si sucumbes a sus tentaciones terminarás por ser bidimensional.

    Di lo que tengas que decir. Deja que los otros digan lo que tengan que decir.

 

7.   ¿POR QUÉ ESCRIBE?

    ¿Por qué somos tan adictos a la causalidad? ¿Por qué escribes tú? (Tratado escrito por un psicólogo infantil, que mapea tus traumas formativos. A la inversa: la lectura de las manos, la astrología y los estudios genéticos, que señalan a las estrellas, el destino, la herencia.) ¿Por qué escribe? (Es decir, ¿por qué mejor no haces algo útil?) Si fueras un doctor, podrías contar alguna fábula acerca de cómo le colocaste un curita a tu gato cuando eras niño o sobre cómo siempre deseaste curar el sufrimiento. Nadie puede discutir acerca de eso, pero ¿escribir? ¿Para qué sirve?

    Algunas respuestas posibles: ¿Por qué brilla el sol? En vista de lo absurdo de la sociedad moderna, ¿por qué hacer cualquier otra cosa? Porque soy una escritora. Porque deseo descubrir los patrones en el caos del tiempo. Porque debo hacerlo. Porque alguien tiene que dar testimonio. ¿Por qué lees? (Esta última pregunta es engañosa: tal vez no lo hacen.) Porque deseo forjar en la fragua de mi alma la consciencia no creada de mi raza. Porque deseo fabricar un hacha para partir el océano congelado interior. (Estas ya han sido utilizadas, pero son buenas.)

    Si nada funciona, aprende a la perfección cómo encogerte de hombros. O di: es mejor que trabajar en un banco. O di: por diversión. Si dices esto último, no te creerán o te descartarán como trivial. De cualquier forma, habrás evitado la pregunta.

 

8.   ¿POR QUÉ ESCRIBE?

    No hace mucho, mientras limpiaba el exceso de papel que había en mi sitio de trabajo, abrí el cajón de un archivero que no había abierto en años. Adentro había un bulto de páginas sueltas, dobladas, plegadas y mugrientas, atadas con el sobrante de una cuerda. Contenía cosas que había escrito a finales de la década de 1950, en la preparatoria y en los primeros años de la universidad. Había poemas garabateados, con manchas de tinta, acerca de la nieve, la desesperación y la Revolución húngara. Había cuentos acerca de niñas que debían casarse y profesores de preparatoria desalentados con cabello parduzco (terminar como cualquiera de los dos, en ese tiempo, era mi visión del infierno); había mecanografiado esas páginas con dos dedos, en una máquina de escribir que hacía que las letras en la página se vieran rojizas.

        Entonces, aquí estoy, de vuelta en el décimo segundo grado, leyendo revistas de escritores, luego de haber terminado lacomposición para la clase de francés, mecanografiando mis poemas lúgubres y mis cuentos polvorientos. (Me fascinaba el polvo. Tenía un ojo avizor para la basura en el césped y el excremento de perro en las aceras. En estos cuentos, por lo general, estaba nevando y había mucha humedad o estaba lloviendo; al menos había aguanieve. Si era verano, el calor y la humedad siempre eran agobiantes y mis personajes tenían marcas de sudor debajo de los brazos; si era primavera, el lodo se les pegaba a los pies. Algunos dirán que todo esto es simplemente el clima normal de Toronto.)

      En las esquinas superiores de la derecha de algunas de estas páginas, la muchacha esperanzada de diecisiete años había escrito: “Derecho exclusivo para la primera publicación en América del Norte”. No estaba segura de qué quería decir con eso de “Derecho exclusivo para la primera publicación en América del Norte”; lo puse porque las revistas literarias decían que debías hacerlo. En ese momento, era aficionada a las revistas literarias, ya que no tenía a nadie más a quién pedirle consejos profesionales.

        Si fuera una arqueóloga, cavando a través de las capas de papeles viejos que marcan las eras de mi vida como escritora, me hubiera encontrado en el nivel más profundo o el nivel de la Edad de Piedra (digamos, alrededor de los cinco a siete años) con unos pocos poemas y cuentos, precursores ordinarios de todos mis frenéticos garabatos posteriores. (Muchos niños escriben a esa edad, del mismo modo que muchos niños dibujan. Lo extraño es que muy pocos de estos se convierten en escritores o pintores.) Después de eso, hay un gran vacío. Durante ocho años, simplemente no escribí. Entonces, de pronto y sin ningún eslabón perdido en medio, hay fajos de manuscritos. Una semana no era escritora, a la siguiente ya lo era.

        ¿Quién creía ser para salirme con la mía? ¿Qué pensaba que estaba haciendo? ¿Qué me hizo ser así? Aún no tengo respuestas para estas preguntas.

 

9.   ¿POR QUÉ ESCRIBE?

        Está la página en blanco y aquello que te obsesiona. Está la historia que desea atraparte y la resistencia que le pones. Está el deseo que sientes de sacarte de encima esta servidumbre, de irte de pinta, de hacer cualquier otra cosa: lavar la ropa, ver una película. Están las palabras y sus inercias, sus sesgos, sus ineficiencias, sus glorias. Están los riesgos que tomas y la pérdida de valor y la ayuda que llega cuando menos lo esperas. Está la revisión laboriosa, las páginas garabateadas y estrujadas que flotan sobre el piso como basura desparramada. Está la única oración que sabes que rescatarás.

        Al día siguiente está la página en blanco. Te entregas a ella como una sonámbula. Algo ocurre, algo que después no puedes recordar. Ves lo que has hecho. No tiene remedio. Comienzas de nuevo. Nunca se vuelve más fácil.


De Blancos móviles (Elefanta/Universidad Veracruzana, 2022)                                          (Traducción de Leonardo Martínez y Cecilia Núñez)

jueves, 28 de julio de 2022

Eugenia Almeida - Algunos fragmentos sobre la escritura

 


Escribir es un acto de fe. Fe en el lenguaje (una fe mil veces destruida y vuelta a levantar), fe en que existe una posibilidad de encuentro.



Comenzar a escribir tiene que ver con el deseo. Continuar escribiendo, no.



¿Cómo escribir?

Oír esa pregunta mil veces.

Mil veces.

Una y otra vez.

La única respuesta que encuentro es escueta y seca. Suena a fastidio. Pero es sólo la desesperada transmisión de una verdad tan simple que desorienta: no hay otra forma de escribir que escribiendo. Todo lo que tiene de potencia la escritura es algo que sucede mientras. No antes ni después. Sólo en ese momento.



Se escribe con el cuerpo. No se trata de una actividad mental.

Se escribe con la espalda, las manos, los ojos, la nuca, las piernas.

No hay que olvidar eso: cada vez que hay escritura, es un cuerpo el que escribe.



Escribir es estar en actitud de búsqueda sin orientarse hacia ningún objetivo. Estar despiertos, alertas, abiertos. ¿A qué? A todo. Ser sismógrafos de los más mínimos movimientos.



La vieja frase “dueño de lo que callas, esclavo de lo que dices”. Una falsa oposición. No nos pertenecen ni las palabras ni los silencios. Nos atraviesan.



Escribir implica habitar intensamente el tiempo presente. Poner el cuerpo en actitud de completa entrega.



Lo que me puede salvar es la escritura. No por lo que quede escrito. Nunca. Eso carece de toda importancia. Lo que me puede salvar es el gesto, el pequeño ritual que me recuerda quién soy y al desplegarse dice que quizás aún no es tiempo de subirse al tren de la noche.




De Inundación (Ediciones DocumentA/Escénicas, 2019)

miércoles, 22 de junio de 2022

Tres poemas de Manoel de Barros

 


SOBRE CHATARRAS


Esto porque fuimos criados en un lugar donde no había

juguetes fabricados. Esto porque teníamos que

fabricar nuestros juguetes: eran vaquitas de hueso,

pelotas de media, automóviles de lata. También

hacíamos de cuenta que un sapo es una vaca ensillada y andábamos en sapo.

Otra era oír en los caracoles los orígenes del mundo.

Me sorprendí mucho cuando, más tarde, tuve que vivir

en la ciudad. En la ciudad, un día, le conté a mi mamá

que había visto en la Plaza a un hombre montado en un caballo de

piedra mostrando un cuchillo largo en lo alto. Mi

mamá me corrigió que no era un cuchillo, era una espada.

Y que el hombre era un héroe de nuestra historia. Claro

que yo no tenía educación de ciudad para saber que

un héroe era un hombre sentado en un caballo de piedra.

Ellos eran personas antiguas de la historia que algún día

defendieron nuestra Patria. Para mí aquellos hombres

encima de la piedra eran chatarra. Serían chatarra de la historia.

Porque me parecía que una vez en el viento, esos

hombres serían como trastos, como cualquier pedazo

de camisa en el viento. Yo me acordaba de los espantapájaros

vestidos con mis camisas. El mundo era una

cosa complicada para un chico que había venido del campo.

No vi nada más lindo en la ciudad que

un pajarito. Vi que todo lo que el hombre fabrica

se convierte en chatarra: bicicleta, avión, automóvil. Sólo lo que no

se convierte en chatarra es ave, árbol, rana, piedra. Hasta una nave espacial

se convierte en chatarra. Ahora pienso que una garza del pantano

es más linda que una nave espacial. Pido disculpas

por cometer esa verdad.



CEPILLO

 

Yo tenía ganas de hacer como los dos hombres que

vi sentados en la tierra cepillando hueso. Al principio creí

que aquellos hombres no estaban bien. Porque se la pasaban

sentados en el suelo todo el día cepillando hueso. Después

aprendí que aquellos hombres eran arqueólogos. Y que

hacían el servicio de cepillar hueso por amor. Y que

querían encontrar en los huesos vestigios de antiguas

civilizaciones que estarían enterradas por siglos

en aquel suelo. Entonces pensé en cepillar palabras. Porque

había leído en algún lugar que las palabras eran

caparazones de clamores antiguos. Yo quería ir detrás de los

clamores antiguos que estaban guardados dentro de las

palabras. Yo sabía también que las palabras poseen

en su cuerpo muchas oralidades remontadas y muchas

significancias remontadas. Quería pues cepillar las

palabras para escuchar la primera mueca de cada una,

Para escuchar los primeros sonidos, aunque todavía

bígrafos. Empecé a hacer eso sentado en mi

escritorio. Pasaba horas enteras, días enteros

dentro de mi cuarto, encerrado, cepillando palabras.

Entonces mis amigos preguntaron, ¿qué hacía todo el día

encerrado en aquel cuarto? Les respondí, medio

entresoñado, que estaba cepillando palabras.

Les pareció que yo no estaba bien. Entonces tiré

el cepillo afuera.

 


CORUMBÁ REVISITADA

 

La ciudad todavía no se despertó. El silencio del lado de

afuera es más espeso. Doblados sobre la oscuridad

duermen los girasoles. Estoy andando sin rumbo como

moscas sin tino- El sol viene todavía apoyado en una bandada

de golondrinas. Busco un sendero de cabras que

antes me llevaba a un pueblo de pescadores. Bajo

por el sendero. Me deslizo por las piedras todavía

mojadas de rocío. Pasa por mí una brisa con alas de

 garzas. Las garzas están por bajas a las orillas del río.

El río está bufando de lleno. Hay monos todavía en los

árboles ribereños. Después los monos subirán a los

árboles de la ciudad. El río está estirado de ranas hasta las

rodillas. Llego al puerto de los pescadores. Hay canoas

amarradas y mujeres destripando pescados. Al lado los

chicos juegan a las zancadillas. Todavía no desapareció

el rocío de las piedras. Barcazas de venta ambulante se balancean

en las aguas del río. Busco mis vestigios en estas arenas.

Yo recibía los pétalos de sol justo en mí. Quería conocer

El sueño de aquellas garzas a la orilla del río. Pero no fue

posible. Ahora no quiero saber más nada, solamente quiero

perfeccionar lo que no sé.

 


De Memorias inventadas (Griselda García Editora, 2021)                           ´                            Traducción de José Ioskyn

 

jueves, 2 de junio de 2022

Cuatro poemas de Susana Thénon

 


VERGÜENZA DE LAS PALABRAS

 

A veces me avergüenzo de las palabras

 

y querría ser una cuchara, un reloj,

un taburete, un hilito,

un objeto humilde y mudo

al que se toma y quiere sin saberlo.

 

Una presencia pura y muy callada

como algunos rincones,

una fiel quietud

eternamente cercana.

 

Un pan querría ser yo,

mordisqueado con ganas en un baldío.

 

 

 


son las garúas tan

pero tan

sensatas

que

nada las diferencia

de las maestras              de las milanesas

 

y si las maestras llovieran

y si las milanesas silabearan

y las garúas con puré marcharan

                                               ¿qué pasaría?

 

cabalmente lo mismo

es decir

nada

 

 


 

INFORME DESDE MEHNOP

 

hace poco

muy poco

los habitantes de la tierra

en un recreo entre guerra y guerra

nos descubrieron

y armaron un jaleo

como pocas veces se ha visto

diarios

televisión

conferencias

congresos

giras turísticas al observatorio

donde por unos groschen

que incluyen cena y baile a bordo

podían espiarnos

a través de un aparato bastante largo

cuyo nombre no recuerdo ahora mismo

pero que termina en “copio”

¿qué pasa?

ellos afirman juran que aparecimos

lo cual es solo un modo de decir

porque ya hace demasiado tiempo

que existimos

y tanto en este tiempo

que nosotros los hemos visto a ellos

aparecer

y convertirse

en lo que son

gracias a otra palabra

que tampoco recuerdo

pero termina en “greso”

algo así como “greso indefinido”

lo que ocurre es que estamos en una zona oscura

donde los copios no llegaban

pero gracias al greso indefinido

consiguieron un copio

que ve en la oscuridad

y allí nació

MEHNOP

 

éramos muy felices

bueno bastante

no conocíamos ese sonido

que termina en “icosis”

estábamos tranquilos

bueno bastante

nos llevábamos bien

relativamente

nadie peleaba

salvo un millón aislado

de veces

y la sombra era tersa

por lo general

y la vida era dulce

casi siempre

nadie moría ni nacía ni mataba

y si lo hacía

era tan solo una curiosidad

de la oficina de estadísticas

 

y ahora

hemos sido alumbrados

fisgoneados

acechados

y lo que es peor

investigados

y ordena el alcalde

que los vecinos pongan flores

en todas las ventanas

so pena de multa

porque pronto muy pronto

pisará este planeta otrora oculto

el primer ya no me acuerdo

ah sí ya lo recuerdo

adiós adiós adiós

 

adiós amado Dios

cambio y fuera

 

 



nacerás con dolor

crecerás con dolor

irás a la guardería con dolor

a Disneylandia con dolor

al cumpleaños del Quique

al análisis de sangre

al circo y pan con dolor

con temblor

con sudor

amarás con dolor

desamarás

te meterás los cuernos

te ajustarás los pernos

y te criarás los cuervos con dolor

sí señor               no señor

con dolor

preguntarás por qué

por qué por qué

no te contestaré

para qué para qué

con dolor

gozarás brincarás reventarás de risa

dormirás con dolor

ayunarás

te hartarás vomitarás

serás guardián de un hermano

serás guardián de un enano

serás guardián de tus manos

y tragarás

y parirás a la que te parió con dolor

bien tarde y con dolor

y te consolarás con dolor

mataré tu agonía

te sobrevivirás con dolor

con bastante dolor

y me iré

y te irás no sé dónde

y moriré

y volveré a encontrarte con dolor

yo sé por qué

nacerás

naceré

nacerás con dolor terror amor

 

yo sé por qué

yo sé el porqué y el para qué

 

yo sé por qué

 

bailarás mi agonía

cantaré




De Paraíso de nadie (Corregidor, 2022) 

miércoles, 4 de mayo de 2022

Judith Schalansky - Tres islas remotas

 

ISLA DE LOS COCOS (COSTA RICA)                                                                                              24 km2, deshabitada.

Una isla, dos mapas, tres tesoros. August Gissler está completamente seguro de que encontrara el oro robado por los piratas que surcaban el Cabo de Hornos con sus barcos de velas negras: el botín de Edward Davis, los saqueos de Benito Bonito y el tesoro de la iglesia de Lima, que incluye una madona de tamaño natural hecha de oro macizo. Gissler, el hijo de un fabricante de Remscheid, que prefirió ser marinero antes que director de una fábrica de papel, ahora observa con atención la cruz marcada en el mapa y lee las anotaciones: En la punta noreste de la Bahía Wafer, hay una pequeña gruta al pie de una roca con tres picos, continuar doscientos pasos hacia el interior, siguiendo la corriente. Gissler tiene treinta y dos años, ojos azules y barba poblada, cuando, pala en mano, da con ese lugar y no encuentra nada más que tierra húmeda. Cava un agujero tras otro, tan profundos que sus tobillos se hunden en una corriente de agua subterránea y tan anchos que podría enterrar un barco, pero no encuentra sus sueños. En un tugurio del puerto compra más mapas, procedentes de la colección familiar del nieto de un pirata; están marcados con cruces antiguas y más modernas. Los estudia con atención, sigue las anotaciones y no deja de excavar en la arcilla oscura de la isla. Horada toda la superficie con pico y pala, cava en círculos y busca financiación y posibles socios, para ello vende participaciones de la recién creada Cocos Plantation Company, fundada a propósito en esta isla de oro. Su esposa y seis familias alemanas le siguen, se asientan todos juntos en una bahía de esta isla tropical, construyen barracas, plantan café, tabaco y azúcar de caña. Siguen cavando y cavando, pero no encuentran nada. Tres años después los Gissler vuelven a estar completamente solos, sus socios los han abandonado, por lo que son los únicos poseedores por derecho de una riqueza que no son capaces de encontrar. Buscar es más importante que encontrar, piensa Gissler, y cada agujero vacío constituye otra prueba más de que el tesoro tiene que estar escondido en cualquier otro lugar de las dos mil cuatrocientas hectáreas de este pedazo de tierra. Su mujer acaba abandonándolo. Cuando deja la isla en 1905, no queda en toda la superficie un solo espacio sin excavar, la barba le llega hasta la cintura y ha perdido dieciséis años de su vida. En toda su vida solo encontró treinta ducados de oro y un guantelete dorado. Poco antes de morir en Nueva York el 8 de agosto de 1935 declaró lo siguiente: Estoy convencido de que un gran tesoro está oculto en la isla, pero había que emplear mucho más tiempo y más dinero para encontrarlo. Si fuera joven, retomaría esta búsqueda una vez más, desde el principio.

 

 

TIKOPIA, ISLA DE SANTA CRUZ (SALOMÓN)                                                                                4.7 km2, 1200 habitantes

Esta isla está habitada desde hace más de tres mil años; es tan pequeña que las olas se pueden escuchar desde su meseta central. Sus habitantes pescan en las aguas salobres y atrapan crustáceos en la orilla; cultivan boniatos, plátanos y ñames gigantes del pantano; almacenan además cereales bajo la tierra por si hay una mala cosecha. Estos víveres resultan suficientes para mil doscientos seres humanos, pero ni para uno más. Si un tornado o una gran sequía devasta la cosecha, muchos de ellos eligen una muerte rápida. Las mujeres solteras se ahorcan voluntariamente en sus casas o se arrojan al mar y algunos padres se dejan arrastrar por las corrientes marinas junto a sus hijos, en un viaje en canoa del cual nunca regresan. Prefieren morir en el mar, antes que padecer una larga agonía de hambre y de sed en tierra firme. Cada año el jefe de las cuatro tribus de Tikopia recuerda las reglas para evitar el crecimiento de la población. Todos los niños deben vivir de acuerdo con ellas y alimentarse solo con lo producido en el huerto familiar, por ello solo el hijo mayor puede tener descendencia; los restantes hijos deben permanecer solteros y ser extremadamente cuidadosos para no engendrar. Los varones se sienten obligados a prevenir la concepción y se han convertido en expertos del coitus interruptus, pero si la concepción no pudo evitarse, las mujeres presionan su vientre con piedras calientes antes de que suceda el parto. A los adultos se les prohíbe tener más descendencia cuando su hijo mayor alcanza la edad casadera, y cuando una pareja tiene un hijo, el hombre pregunta a su mujer: ¿De quién es este hijo, a quien debo alimentar? Y solo él decide si el recién nacido debe vivir. Las cosechas son pequeñas. Déjame matar a nuestro hijo, ya que, si vive, no habrá comida para él. Los recién nacidos se dejan tumbados boca abajo, para que se ahoguen y mueran. Estos niños no reciben sepultura, no forman parte de la vida de Tikopia.

 

 

PINGELAP, ISLAS CAROLINAS (MICRONESIA)                                                                                1.8 km2, 250 habitantes

En esta isla hasta los cerdos son grisáceos; parece como si los animales hubieran sido creados a propósito así para los setenta y cinco habitantes de Pingelap que no pueden distinguir los colores. Nunca podrán ver el purpura rojizo de las puestas de sol, ni el azul profundo del océano ni el amarillo deslumbrante de las papayas maduras, ni siquiera el verde oscuro y perenne de la selva, repleta de árboles del pan, cocoteros y mangos. La culpa de todo esto es de una minúscula mutación del cromosoma ocho y del tifón Liengkieki, que asoló Pingelap hace siglos. Apenas una veintena de isleños sobrevivió al huracán y a las subsiguientes hambrunas, uno de ellos era portador de un gen recesivo que se extendió rápidamente por toda la isla a causa de la endogamia. Hoy en día, diez por ciento de los habitantes de esta isla son completamente daltónicos, mientras que en cualquier otro lugar la probabilidad de padecer esta alteración genética es de algo menos de un caso entre 30 000. En Pingelap las personas se distinguen por el tamaño de sus cabezas, por la frecuencia con la que parpadean, por el brillo de sus ojos, por las arrugas de su entrecejo o la forma de su nariz. Los daltónicos tienden a evitar la luz y suelen salir de sus cabañas solo cuando anochece, y cubren los cristales de sus ventanas con papeles coloreados para que los rayos del sol no dañen sus pupilas. Durante la noche permanecen activos y pese a la oscuridad reinante se mueven con más facilidad que los demás habitantes de la isla. Muchos de ellos dicen recordar todos sus sueños y algunos afirman que pueden pescar sin dificultad en las aguas profundas y oscuras de la laguna, porque distinguen las aletas de los peces reflejadas por el brillo de la luna. Todo su mundo es gris oscuro, aunque insisten en que pueden apreciar detalles que pasan desapercibidos a quienes ven en color: miríadas de tonos y sombras inimaginables para los no daltónicos. Además, se indignan mucho con las charlas vanas e ignorantes de aquellos que se dejan llevar por la magnificencia de los colores; según los daltónicos, el color distrae la atención de lo esencial: la riqueza y variedad de las formas y los sombreados, de las estructuras y los contrastes.



De Atlas de islas remotas (Capitán Swing/Nórdica libros, 2013)                                                  Traducción de Isabel G. Gamero