miércoles, 12 de mayo de 2021

Cuatro poemas de Adélia Prado

 


SEDUCCIÓN

 

La poesía me agarra con su rueda dentada,

me fuerza a escuchar inmóvil

su discurso esdrújulo.

Me abraza detrás del muro, se sube

la pollera para que mire, amorosa y loca.

Pasa algo malo, le digo,

también soy hijo de Dios,

déjame desesperar.

Ella me responde pasando

la lengua caliente por mi cuello,

dice algo para calmarme,

habla de piedras, geometría,

se descuida y se pone tierna,

aprovecho para escaparme.

Corro ella corre más,

grito ella grita más,

siete demonios más fuerte.

Me agarra la punta del pie

viene hasta mi cabeza,

haciendo surcos profundos.

Es de hierro su rueda dentada.

 



AMOR VIOLETA

 

El amor me hiere debajo del brazo,

en un hueco entre las costillas.

Alcanza mi corazón por esta vía inclinada.

Pongo el amor en un mortero con ceniza

y granos morados y trituro. Lo macero,

hago de él una cataplasma

lo pongo sobre la herida.

 



COMO UN MACHO

 

Comí frente al televisor

sin usar cuchillo

y repetí el plato

como los camioneros que hablan con la boca llena

vi un programa hasta el final.

Hasta altas horas de la madrugada

me quedé viendo chicas bamboleantes

locutores idiotas dijeron

agarra mi micrófono, linda.

Después fui a dormir y soñé,

volaba perseguida por soldados

un vuelo lleno de miedo

temiendo enredarme en la red eléctrica.

Me desperté con decepción y ansiedad,

un macho verdadero

soñaría con bamboleos.

 



PRIMERA INFANCIA

 

Era rosa, era malva, era leche,

las amigas de mi madre vaticinando:

va a ser muy feliz, va a ser famosa.

Eran puntillas, paño blanco, estrella del alba,

hazte la señal de la cruz, en el oído, en la frente.

Sobre tu boca y tus ojos

el nombre de la Trinidad te proteja.  

Bordados en el vestidito: navíos.

Todos con vela. El viaje que yo haría

alrededor de mí.

 



De Poesía reunida (Griselda García Editora, 2020)                                                                        Traducción de José Ioskyn

miércoles, 3 de marzo de 2021

Mary Oliver - Dos o tres cosas


1


No me molesten.

Acabo

de nacer.

 


2


El vuelo de la mariposa, como al galope,

la conduce por el reino de las hojas

delicadamente, tan bien la conduce

a donde quiera ir, a donde sea, parando

aquí o allá, embriagada entre las gargantas

húmedas de las flores y el barro negro; arriba

y abajo aletea, frenética y sin rumbo; y a veces

por un instante, largo y precioso, se vuelve perfectamente

perezosa, cabalgando inmóvil en la brisa, sobre el suave tallo

de cualquier flor.

 


3


El dios de la tierra

vino hasta mí muchas veces y dijo

tantas cosas, sabias y encantadoras, me tendí

sobre el pasto a escuchar

su voz de perro

voz de cuervo

voz de sapo; ahora

dijo, y ahora

y nunca jamás dijo para siempre,

 


4


lo cual, sin embargo, siempre estuvo

como una filosa pezuña de hierro

clavada en el centro de mi mente.

 


5


Todo lo que necesitas son dos o tres cosas

para atravesar el lago azul, la espesura

de los bosques y la rigidez

de las flores del relámpago –una intensa

memoria del placer, un agudo

conocimiento del dolor.

 


6


¡Pero quitarse de encima la pezuña!

Se necesita una idea 

para eso.



7


Por años y años luché

solo para amar mi vida. Y entonces

la mariposa

se elevó, ligera, con el viento.

“Tampoco ames tanto

tu propia vida” me dijo

y desapareció

dentro del mundo.


De El trabajo del sueño (Caleta Oliva, 2021)

Traducción de Natalia Leiderman y Patricio Foglia

martes, 5 de enero de 2021

Heather Christle - Fragmentos de El libro de las lágrimas

 



Escribir un poema no es muy distinto de cavar un hoyo. Es trabajo. Se intenta aprender lo que se puede de otros hoyos y de las personas que los cavaron antes que nosotros. La dificultad viene de aquellos que no cavan ni se pasan el tiempo dentro de hoyos, y que creen que estos hoyos no deberían ser tan húmedos, ni oscuros, ni llenos de gusanos. "¿Por qué no está tu hoyo lleno de luz?". Es que es un hoyo, señor.




Quizá no podemos conocer las verdaderas razones de nuestro llanto. Quizá no lloramos por, sino cerca o alrededor.




Un director quería que la joven Shirley Temple llorase en una escena de su película y le dijo que “un hombre feo, verde con los ojos color sangre había secuestrado a su madre”. Temple lloró y la cámara filmó. Tanto Temple como su madre se enfadaron al enterarse de innecesario engaño del director, pues la joven ya sabía llorar a voluntad si la escena se rodaba por la mañana, antes de que los acontecimientos del día ”diluyeran su ánimo melancólico”. “Llorar es demasiado difícil después de comer”, afirmó Temple.




En ocasiones, los cuerpos de los pacientes con “muerte cerebral” secretan lágrimas cuando les extirpan los órganos. Qué extraño es decidir el sujeto de esta frase. Por ejemplo, no diré que los cuerpos de los futbolistas secretan lágrimas cuando ganan la copa del mundo, aunque sea igual de cierto.




“Romper” a llorar parece el verbo adecuado, como si las lágrimas fueran acumulándose en una membrana hasta que esta acaba por ceder, hasta que la frontera entre el cuerpo y sus lágrimas se disuelve, hasta que el yo ciudadano entra en la nación del llanto. O quizá es que el propio yo se vuelve lágrimas y se rompe en gotas pequeñas y cálidas.




Una queja en Amazon sobre una muñeca que llora que algunos días también puede describirme a mí:

La muñeca llora, pero luego no hace nada más. Después de los lloros se oye un ruido mecánico dentro de la muñeca (como si intentara hacer algo), pero no pasa nada. El ruido continúa hasta que la apagas manualmente.




El sistema lagrimal se desarrolló por primera vez cuando los peces se convirtieron en anfibios terrestres. Dejamos el agua y comenzamos a llorar por el hogar que habíamos perdido.




Desde hace mucho tiempo se viene diciendo que los elefantes lloran lágrimas de emoción, aunque desde hace exactamente el mismo tiempo los observadores escépticos han replicado que los animales sólo lloran en respuesta al dolor físico. Lloren o no, los elefantes son célebres por el duelo que profesan a sus muertos. En 1999, Damimi, una elefanta en cautividad de setenta y dos años “murió de pena” después de que su joven amiga elefanta falleciese al dar a luz. Según la BBC, “los empleados del zoo dijeron que derramó lágrimas sobre el cuerpo de su amiga y luego permaneció inmóvil en su cercado durante días”. Finalmente murió de inanición.




El día que nació mi hija, el ginecólogo pasó a verme durante su ronda de visitas. Quise preguntarle qué le había obligado a hacerme la cesárea, qué había causado la infección que le obligó a practicar la cirugía. No recuerdo cómo planteé la pregunta, pero recuerdo con absoluta precisión su respuesta: "La vagina es un sitio sucio". ¿Qué libro me habría gustado arrojarle a la cara? Nuestros cuerpos, nuestras vidas. Amazon calcula que el peso de su edición en tapa dura es de medio kilo.




En la universidad, los estudiantes han calculado que es imposible que todos los seres humanos de la tierra lloren lo bastante en un día para llenar el más breve de los ríos del mundo. Sin embargo, si cada uno se comprometiera a derramar cincuenta y cinco lágrimas, podríamos llenar una piscina olímpica.




Se dice que lloramos cuando fracasa el lenguaje, cuando las palabras ya no pueden transmitir adecuadamente nuestro dolor. Cuando mi llanto no está suficientemente exento de palabras, me golpeo la cabeza con los puños.




De El libro de las lágrimas (Tránsito, 2020)                                                           Traducción de Magdalena Palmer

lunes, 9 de noviembre de 2020

Annie Ernaux - Fragmentos

 


Todas las noches, en una radio, compiten dos canciones, una reciente, la otra más vieja, a veces tienen solo un año de diferencia. Los oyentes llaman para decir cuál prefieren. La mayoría son jóvenes, muchas chicas. El conductor atiende un llamado, “al azar” afirma, y pregunta cuál es la canción más votada. Siempre gana la más nueva.

Ayer, la chica que lava el pelo en la peluquería decía “la moda de ahora es más linda que la de antes, qué feo nos vestíamos hace diez años.

Perfecta adecuación de la juventud con su época, creencia en la superioridad de lo nuevo —lo bueno es “lo que acaba de salir”— porque si fuera de otra manera significaría que no creen en ellos mismos y todavía menos en el futuro.





Esta mañana, paseando a mi perra en celo, me crucé con la viejita que pasea con correa a un perro callejero vivaracho que en cuanto nos huele a los lejos se pone al acecho. Nos saludamos. Empiezo a estar en la edad en la que le decís buenos días a esas señoras mayores con quienes te topas dos veces al día, por presciencia más aguda del momento en el que me voy a convertir en una de ellas.  A los veinte ni siquiera las veía, ya estarían muertas antes de que me salieran arrugas.





En el subte, un chico y una chica se hablan en tono violento o se acarician, alternativamente, como si no hubiera nadie alrededor. Pero es falso: cada tanto miran a los pasajeros con aire desafiante. Impresión terrible. Me digo que la literatura es eso para mí.





Un chico joven de piernas robustas, alto, boca gruesa, está sentado en el RER* en un asiento del lado del pasillo. Del otro lado, una mujer con un nene de dos o tres años en su regazo que mira todo a su alrededor, como sofocado de asombro, y pregunta “¿cómo hace el señor para cerrar las puertas?”. Tal vez es la primera vez que se sube a un RER. Uno y otro, el joven y el niño, me trasladan a momentos de mi vida: el último año del colegio, en mayo, cuando D., alto, labios gruesos, como el chico de ahí, me esperaba a la salida del colegio, cerca del correo. Y la época, más tarde, en la que mis hijos eran chicos y descubrían el mundo.

Otras veces volví a encontrarme con gestos y frases de mi madre en una mujer que esperaba en la caja del supermercado. Es afuera, entonces, en los pasajeros del metro o del RER, la gente que sube las escaleras mecánicas de las galerías Lafayette y del supermercado Auchan, donde se deposita mi existencia pasada. En individuos anónimos que no sospechan que conservan una parte de mi historia, en rostros y cuerpos que nunca más vuelvo a ver. Acaso yo misma, en las calles y los comercios, inmersa en la multitud, llevo en mi la vida de los otros.

*Tren regional que conecta París con los suburbios.





Atentado en la Galería Uffizi, de Florencia. Cinco muertos y cuadros arruinados, incluyendo un Giotto. Grito unánime: pérdidas inestimables, irreparables. No por la muerte de los hombres, las mujeres y el bebé, sino por las pinturas. El arte es por lo tanto más importante que la vida, la representación de una madona del siglo XV lo es más que la respiración y el cuerpo de un niño, ¿porque la madona atravesó los siglos, porque millones de visitantes todavía podrán tener el placer de contemplarla, mientras que el chico muerto solo hacía feliz a un número reducido de personas y algún día se iba a morir de todas formas? Pero el arte no es algo que está encima de la humanidad. En la madona de Giotto estaban los cuerpos de las mujeres que conoció y tocó. Entre la muerte de un niño y la destrucción de su cuadro, ¿él qué hubiera elegido? La respuesta no es evidente. Su cuadro probablemente. Desvelando así la parte oscura del arte.





Ver escrito PARÍS con fondo azul, al tomar el carril que lleva a la autopista A15, de golpe me sorprendió, me llenó de felicidad. Leía por primera vez ese nombre en el cartel con el imaginario de los quince años, cuando nunca había ido a París y esta ciudad era un sueño. Instante raro, en el que una sensación del pasado vuelve al presente, se le superpone. Como cuando hacemos el amor y todos los hombres el pasado y el que está ahí se convierten en uno solo.





No más francos en tres o cuatro años. En su lugar, el euro. Malestar, casi dolor ante esta desaparición. Desde la infancia hasta ahora, mi vida fue en francos. El caramelo carambar: cinco francos antiguos. El vale del bar en la facultad: dos francos de los años sesenta. El aborto clandestino: cuatrocientos francos. Mi primer sueldo: mil ochenta francos. En menos de diez años, decir “yo ganaba mil ochenta francos” bastará para situarnos en un tiempo desaparecido, volvernos anacrónicos como esos nobles del siglo XIX que todavía contaban en escudos.




De Diario del afuera / La vida exterior (Milena Caserola, 2015)                                                Traducción de Sol Gil


domingo, 1 de noviembre de 2020

Tres poemas de Natalia Litvinova

 



Un día no pude

levantarme de la cama.

Esa mañana

una cal extraña

caía sobre el río.

 

Taparon los espejos

y dieron vuelta los retratos.

En una barca me llevaron a ver

a la curandera.

 

Es mal de ojo,

volvé a tu casa,

abrí la almohada

y quemá lo que encuentres.

 

Hallé pelo,

cáscara de huevo

y restos de mi fotografía.

Esparcí las cenizas

en el cruce de los caminos.

 

Los cuatro vientos

extendieron mi maldición

sobre el pueblo.

 

 


 

La abuela intenta

que la punta del hilo

entre en la aguja.

 

Una capa

de piel vieja

la protege.

 

No sangra

cuando se pincha.

 

De noche el cielo

es una fosa

donde brillan

agujas

sin enhebrar.

 

 



Subo al tejado

manchada de fruta,

me acuesto

junto al panal.

 

Las abejas

salen de sus celdas

y me exploran.

 

Sus barrigas

sobre mí

como algodones

de veneno.

 

Desde el tejado

miro a los hombres

decapitar el lino

con la hoz.

Pero la flor se levanta

tras su paso

con su sangre violenta

acunada por el viento.

 

De los tallos jugosos

vuelven a brotar

los pétalos celestes.

La naturaleza no descansa,

trabaja y resucita.




De Cesto de trenzas (Llantén, 2018)

viernes, 30 de octubre de 2020

Cuatro poemas de Roberta Iannamico

 


UN CUENTO DE NIEVE

 

Un día de nieve

pueden pasar

muchas cosas

por ejemplo

ir caminando por la nieve

en un campo abierto

dejando huellas

y ver que desde un cerro

completamente blanco

viene bajando alguien

vestido de un color hermoso

imperial

caminan el mismo camino

desde distintas puntas

en un punto

se juntarán.

 


 

EL VIAJE

 

Para ir

a ese lugar del mar

subiste rápida al remís

y qué infantil tu alegría

cuando viste que el aire

del interior del auto

era en realidad

agua transparente

liviano y blando

tu cuerpo en el agua

descansabas

veías moverse como peces

tus zapatillas rojas.

 

 


SIN TÍTULO

 

Dejamos la ventana abierta

para que entre

el ruido del mar

el aire del mar

la vibración del mar

nos cantaba

su grave canción

mientras dormíamos

entraba por nuestros poros

y nuestros oídos

de caracol.

 

 


TARDE

 

Serenidad de la tarde

dos pájaros conversan

uno arriba y otro abajo

como viejas

el que está abajo se acerca

me hace la pasadita

es un hornero

galante paisano

se va

caminando como llegó

está dando

un paseo por la tierra.



De Muchos poemas (Ediciones Neutrinos, 2017)

martes, 27 de octubre de 2020

Cuatro poemas de Tamara Tenenbaum



BAR MITZVÁ

 

Yo no tuve Bar Mitzvá

porque no quise. Me daba vergüenza

hacer una fiesta en el salón

y ponerme un vestido blanco

para que todos me miraran.

Pero cuando tenía 12 años

mi mamá me compró

unos tacos

para el Bat

de otra.

Y al verme caminar

se dio cuenta

de que caminaba torcida

para el lado derecho.

Me sacaron una placa

me hicieron un molde de yeso

y me dieron un corsé de plástico.

Ese fue mi Bat-Mitzvá.

Así me hice mujer

ante los ojos de Dios.

 



NO NECESITO NADA

 

Lo peor del corsé

lejos

era cuando se me caían las monedas

y tenía que hacer

como que no me importaba

porque no podía

agacharme a levantarlas.

Dese entonces me acostumbré

a fingir que no me importan

las cosas que no puedo tener.

 



PUERTAS MARCADAS CON SANGRE

 

Todas las casas

en las que viví siempre

tuvieron mezuzá

en la puerta.

Pronto me voy a mudar

a la primera

que no va a tener.

Yo no creo en nada

y odio la creencia, fervientemente

la odio

pero estoy pensando

en poner la mezuzá.

Solo por si acaso

por si te protege  

de los hombres lobo

o de las mujeres hermosas

o de morir desangrada

cada vez que

menstruás.



 

PRECAUCIÓN, PRECAUCIÓN

 

Recopilo cuentos de gatos.

Historias de gatos que se escaparon

que se tiraron del balcón

que se perdieron

que no volvieron más

que se murieron

que los operaron

que nunca quedaron iguales

que caminan torcido

que tienen pedazos pelados

que eran divinos

y ahora son huraños.

Las recuerdo, las cuento y las repito

para que nunca nos olvidemos

de que eso nos puede

pasar a nosotros.




De Reconocimiento de terreno (Pánico el pánico, 2019)