IGLÚ
Un chico solitario
y miope, riega el patio
de tierra, y escribe.
Bajo la sombra de
un árbol, saca su cuadernito
de noche, de viento
y escribe. ¿Lo que dicen
los pájaros, si es que algo
dicen? ¿Lo que pasa
en su corazón? Adentro
en la cocina, bajo las chapas
de cartón, la casa hierve.
Pero si escribe, el mundo
de inmediato se enfría.
Como si estuviera en un
iglú. Es tan hermoso.
Si escribe, el árbol, el patio,
los hermanos, las tías, la madre
misma, desaparecen.
¿Para eso escribe, entonces?
¿Para estar solo?
ALLÍ DONDE ESTÉS
Mis hermanos
esparcieron tus cenizas
entre los canteros
de la plaza San José.
Ahí querías estar, al aire
libre, entre los niños
que suben a los
toboganes, bajo el sol
o la lluvia, de cara
al cielo. Ningún
encierro por favor.
No quiero
que me encierren
en una cajita
para siempre, decías.
Así estás mejor,
junto al pasto, entre
las flores. ¿Pero estás,
estás ahí realmente?
Y si es así ¿por qué
no voy un día
a visitarte
y te converso un
poco?
Madre, muchacha
mía,
niña sola. No
vaya a ser
que estés ahí, y
en medio
de los largos
días
me estés
esperando.
Si es fría la
vida
a veces, no
quiero
imaginar lo que
serán
tus noches allá
en la plaza
vacía, sin
tele, o un plato
de comida sobre
la mesa
o la llama del
calentador…
¿Quién puede
decir
que tiene una
respuesta
para todo,
incluso
para esto? Pero
lo mío
no es
arrogancia, es
miedo. ¿Y si no
estás?
Ni en la placita
San José
ni en ningún
otro
lado? ¿Y si salgo
a buscarte
como un niño
asustado
entre
las flores?
OFICIO DE TONTOS
Siempre
supe que era un tonto.
Que
la juventud, la belleza
no
eran para mí. El corazón
abriéndose
una y otra vez, sin
ninguna
clave de seguridad.
Si
fuera inteligente, si fuera incluso
sabio,
no escribiría poemas.
La
poesía es para los tontos.
Solo
ellos hacen sonar su tonta
musiquita.
Pasa una mosca volando
y
ya están ahí, cantando no sé
qué
canción. Sobre todo ahora
que
la poesía está en cualquier parte.
Un
frasco de mermelada, una canilla
abierta,
las uñas crecidas del amado…
En
fin, nada se salva de su obstinada
guitarrita.
A veces creo que es una
bendición,
pero también lo contrario:
no
ver las cosas como las ven
los
demás. O verlas como si estuvieras
con
una copita encima, siempre.
Para
los piolas, la fama y el dinero.
Para
los tontos, la poesía pequeñita
y hermosa de Sandro Penna… Es que
los poetas
piensan con el corazón
o no piensan
nada. Alegres o trágicos.
O ni una cosa ni
la otra. Encienden
una lámpara en
el fondo del mar. No
saben nunca
dónde dejaron las llaves.
Pero descubren
ecos, correspondencias
secretas, entre
su casa y la panadería.
Ahora bien, si
tenés sed, no le pidas agua
a un poeta. Te
escribirá un poema
sobre el agua,
tan fresco y reluciente
que te dará más
sed. Si no fuera así, no escribiría
poemas. Porque
la poesía es para los tontos.
Una persona
razonable no escribe, en
medio de la
noche oscura, versitos.
Mirame a mí. Te
fuiste para siempre
con tu bolso y
tu látigo, y aquí estoy:
contando,
como un niño, las sílabas.
De Agüita clara (Gog & Magog, 2020)