sábado, 23 de mayo de 2020

Fabio Morábito - Tres fragmentos sobre escritura



LOS NOMBRES DE LOS MUERTOS

Los niños deberían aprender a leer y a escribir no por medio de sustantivos (casa, mamá, árbol, montaña), sino de nombres: Luis, Susana, Juan, Filiberto. Si digo montaña, todo el mundo sabe de lo que hablo, imaginará una montaña y hasta podrá dibujarla, pero si digo Patricia, la gente preguntará: ¿Qué Patricia? Tan palabra es Patricia como montaña, tan existentes son las Patricias como las montañas, pero mientras todas las montañas se parecen entre sí, y por eso pueden dibujarse, ninguna Patricia se parece a otra. Aprender a escribir con vocablos que carecen de un referente preciso, que no remiten a ningún objeto y a ninguna idea y que, como las piedras de los ríos, han perdido su significado a fuerza de tanto frotamiento, les enseñaría a los niños a valorar el sinsentido de las palabras, a repetirlas sin más, con perplejidad o alegría, lo que afinaría su capacidad conjetural, idiomática y, de paso, su oído. Y para no caer en el abstraccionismo y dotar a los nombres de una seriedad fuera de toda duda, ahí están los nombres de los muertos. Las clases de escritura se trasladarían a los cementerios, donde los niños se pasearían entre las tumbas para deletrear y memorizar los nombres de los difuntos. Nada como esos nombres grabados en las lápidas (los más puros que hay, porque con ellos ya no se llama a nadie) para intimar con el sonido de las palabras, ese sonido que los actuales métodos de enseñanza de la escritura, basados enteramente en la equivalencia del signo escrito con la cosa que representa, subordinan demasiado pronto a la tiranía del concepto. Nada mejor que ellos, que resplandecen como una cosa autónoma conforme se apaga la memoria del difunto, para probar la arbitrariedad del lenguaje y recordarnos que, a pesar de la palabra montaña, ninguna montaña se parece a otra, que todo es diferente de todo y que la vida está hecha de nombres propios. Sólo esos nombres, al no tragarse la mentira de la equivalencia y de la semejanza, nos proporcionan a base de lenguaje la salida del lenguaje, el atisbo de la realidad del mundo.



VERSO Y PROSA

La mayor diferencia entre la prosa y la poesía no radica en una cuestión de ritmo, de música o de mayor o menor presencia del elemento racional. En estos rubros, en contra de la opinión corriente, prosa y poesía son iguales. La verdadera diferencia, diría la única, es que sólo hay una forma de escribir un poema, y es verso a verso, mientras no se escriben un cuento o una novela línea por línea. El cuentista y el novelista siempre saben un poco más de lo que están escribiendo; el poeta sólo sabe, de lo que escribe, el verso que lo tiene ocupado, y más allá de él no sabe nada; así, cada nuevo verso lo toma de sorpresa. Todo poema está fincado sobre la sorpresa de quien lo escribe y, en consecuencia, sobre su nula voluntad de construir algo, que se reafirma a cada paso, en cada verso. Siendo en mucha mayor medida que la prosa un arte de la escucha, la poesía debe ajustar cuentas con cada paso que da, antes de concebir el siguiente, y por eso carece de expectativas. La prosa, en cambio, es industriosa. Se dirige hacia un punto, todo lo nebuloso que se quiera, pero real. Como un hombre que avanza por un sendero en medio de una espesura sofocante, no puede ver más allá de unos cuantos metros, pero algo ve; la poesía es como un hombre en una cueva oscura, que antes de dar el siguiente paso debe afianzar ambos pies y encomendarse a Dios. En esto radica su mayor dificultad, pero también su condición más indolora con respecto a la prosa, que es dolorosísima, porque al admitir cierto grado de planeación, nunca se deja abandonar por completo y absorbe a su autor aun cuando éste no escribe, mientras que el poeta, no pudiendo planear nada, cuando interrumpe su poema para dedicarse a otra cosa, lo olvida fácilmente y no lo recuerda hasta el momento en que lo reanuda. La prosa es tiránica e implacable, pero juega limpio; la poesía es huidiza y engañosa: no concede nada, no promete nada. El último verso de un poema sella algo que un segundo antes no existía. No hay pues poemas truncos. En cambio, toda la prosa, en un sentido, es inconclusa.



SURCOS

Para huir del tedio del salón de clase acostumbraba en mis primeros años escolares trazar en una hoja una carretera imaginaria, una línea sinuosa que la cruzaba de un extremo a otro y a la que después yo añadía unas desviaciones para que ganara complejidad. La recorría con el lápiz una y otra vez, hasta que las líneas se convertían en surcos, luego abría nuevas desviaciones que se convertían en nuevos surcos, y así hasta cubrir la hoja con una red intrincada de caminos. Tenía cuidado de lograr una profundidad pareja en todos los trazos, ya que el juego consistía en agarrar el lápiz y, casi sin ejercer presión alguna, deslizarlo por la hoja para que la propia carretera me guiara por su laberinto de desviaciones y ramales. Era preciso no ahondar en ningún trazo y dejar, por así decirlo, que el surco decidiera. Cuando lo conseguía, el lápiz parecía viajar solo, impulsado por los surcos y no por mi mano. Debe de haber sido mi primera experiencia de lo que llamamos inspiración. Iba descubriendo en cada “viaje” la ruta más secreta entre todas las rutas posibles, pero no tan secreta como para que no fuera susceptible de modificarse en algún punto particularmente blando, en alguna desviación de hondura menos pronunciada. Así, cada trayecto era distinto del anterior, siempre y cuando el pulso se mantuviera ecuánime, pues bastaba un descuido, un aumento imperceptible de la presión sobre el lápiz, para que prevaleciera un único recorrido, una sola verdad sobre la pluralidad de caminos. Ignoro en qué medida ese pasatiempo contribuyó a mi inclinación por la escritura y qué tanto me proveyó de un método para, varios años después, escribir cuentos y poemas, pero seguramente en algo contribuyó a que entendiera que también la escritura es una cuestión de pulso, de no forzar la red de caminos, de ponerse en la condición de ser guiado por una huella sinuosa y comprobar que escribir es descubrir esa huella y que basta ejercer un poco más de presión de lo debido e intervenir un poco más de lo necesario, para quedar preso en un solo surco y repetir lo ya dicho.



De El idioma materno (Sexto Piso, 2014)

miércoles, 29 de abril de 2020

César Aira - Algunas ideas diversas




Al arte más extremadamente experimental (por ejemplo un ballet que consista nada más que en arrancarle una por una las hojas a una planta), el que exhibe su originalidad con el descaro provocador del absurdo y lo gratuito, se lo ve, no sin razón, como producto del capricho individual, del juego de las formas practicado en la intimidad de la voluntad artística, desinteresado de la realidad histórica en la que vive su autor.  
     Y sin embargo esa exacerbación de la originalidad actúa exactamente del mismo modo que la válvula que hace histórica a la Historia. Una vez que se lo ha hecho ya no se lo puede volver a hacer. Lo vuelve irrepetible porque su esencia y su existencia es la irrepetibilidad, y no tiene otra cosa. Igual que los hechos que suceden en el tiempo.





Siempre he pensado que la magia, a despecho de sus atractivos inmediatos, no es de fiar, por precaria, prendida con alfileres. Sus dones, así como se dan se pueden quitar, puesto que no obedecen a las leyes sólidas y reconocidas de la naturaleza. De hecho, creo que su reverso latente es la pesadilla. Supongamos que le pido a un agente mágico la capacidad de cantar, y una voz maravillosa, y me lo concede. Hago una carrera fulgurante en el mundo del bel canto, una noche estoy dando un recital en un gran teatro, lleno de melómanos... ¿Qué le impide quitarme el don que me ha dado graciosamente, en ese preciso momento como podría ser en cualquier otro, y hacerme pasar el papelón más grande de mi vida? Que la suspensión se haya producido en el peor momento puede atribuirse al azar o la mala suerte. Porque, como digo, podría haber sido en cualquier otro momento, ya que a una causa sin causa real no se le puede pedir puntualidad en los efectos. Eso yo lo sabía de entrada, y mi supuesta carrera de éxitos como cantante habría debido hacerla con el corazón en la boca, con esa espada de Damocles pendiendo sobre mí en cada presentación en público. Conociéndome, sé que no habría podido resistir la tensión; habría preferido no exhibir mi don, cantar para mí, encerrado en mi casa, solo, cuidándome de que no me oyera nadie. Mi maravillosa voz mágica habría sido un secreto.





¿Por qué no existe, ni existió nunca, el ensayo “de vanguardia”? Todas las innovaciones, experimentaciones, rupturas, provocaciones, se hicieron sobre la poesía o el relato; el ensayo apenas si aceptó algunas tímidas modificaciones, superficiales, como aproximarse al poema en prosa (o, al revés, escribirse en verso como hizo Pope) o aproximarse al relato, y en este caso al relato más convencional. Su única relación con vanguardismos fue explicarlos o justificarlos o promoverlos desde un formato nada vanguardista. Quedó preso de la Razón y el sentido común, lo que no puede sorprender porque es su razón de ser. Cuanto más se reinventaba la literatura, menos podía hacerlo el ensayo, porque su función era dar cuenta, hacia el exterior de la literatura, de esas reinvenciones, y cuanto más avanzadas fueran éstas, más convencionalmente claro debía ser el ensayo para darse a entender.
     Alguien dijo que el ensayo es la “piedra de toque” para evaluar la calidad intelectual de un autor. En efecto, en la poesía o el relato hay demasiados subterfugios para disimular carencias, mientras que en el ensayo la inteligencia y el conocimiento y el talento del autor están al desnudo. Es cierto, o al menos es convincente, pero el escritor al desnudo no es todo el escritor. Esos subterfugios y ocultamientos son parte integral del trabajo literario. El ensayo es la piedra de toque de lo que el escritor no es, no de lo que es.





Todas las religiones afirman que hay alguna clase de vida después de la muerte. Al parecer es lo que define a una religión o la distingue de filosofías o sabidurías o ascetismos. Y es una de las cosas que más me disgustan de la religión, esa negación timorata de la muerte como lo que realmente es, una aniquilación completa y definitiva. Me disgusta no sólo por la cobardía que refleja y por la frívola necedad de reemplazar un hecho clamoroso de la realidad por una ilusión sin ningún fundamento, sino por algo que encuentro mucho más grave; por excluir al hombre del orden de la naturaleza. El fenómeno histórico de la vida, al que le debemos todo, no existe sin la muerte. Pretender exceptuarnos, en razón de un privilegio tan dudoso como el espíritu o la conciencia, me parece un sacrilegio, o peor: una deslealtad con el resto de los seres vivos (y no excluyo a las moscas ni a los árboles).





Una de las características más distintivas del arte de los locos es el horror vacui. Llenan hasta el último milímetro de la superficie con trazos, formas, colores. Es la obsesión, la persistencia, del loco. No exclusivas del verdadero loco, también de una rama de neuróticos, y de los salvajes, y de los niños (algunos niños).
     Ahora, lo que yo me pregunto: ¿el novelista no hace lo mismo, con las palabras? ¿No llena cada página, infatigable y obsesivamente con palabras? Nunca lo pensamos, porque no vemos al libro, quizás por la distribución del texto en páginas (con verso y reverso) como el objeto material que es.





De Continuación de ideas diversas (Jus, 2017)

viernes, 13 de marzo de 2020

Hebe Uhart - Fragmentos sobre escritura



Los siguientes fragmentos pertenecen a Las clases de Hebe Uhart (Blatt & Ríos, 2015), libro de  apuntes y notas tomados por Liliana Villanueva tras asistir durante diez años al taller de escritura de Hebe.



Escribir es una artesanía extraña donde es necesaria e imprescindible la conexión con uno mismo, ya que el que va a escribir debe aprender a acompañarse, a desdoblarse de alguna manera siendo a un mismo tiempo el personaje que siente y el otro, el que observa a ese que siente o que está viviendo algo. La conexión con uno mismo es importante, porque si yo soy una bronca permanente o un rencor o un odio, yo soy una pasión en estado vivo y por lo tanto, no puedo cualificarla, ni puedo definirla, ni puedo acotarla, ni puedo criticarla. Si tengo un rencor eterno no puedo escribir sobre eso porque soy yo un rencor, soy yo una bronca. Entonces, debo pararme y mirar.




Al escribir tiene que haber un momento de vacilación, debo saber y no saber adónde voy, para que el texto sea como un viaje y para que ocurran novedades en el trayecto, que es lo mejor que puede pasar. Si ya sé adónde voy, si me encierro en la consecución de mi meta, no me va a ocurrir nada interesante.




Si tengo un sentimiento debo profundizarlo, no quedarme en la superficie. Estoy cansada, por ejemplo, pero ¿cómo es la cualidad de mi cansancio?, o ¿de qué manera particular uno se cansa de sí mismo? Si la observación o la percepción no está acabada, completa, me abstengo de escribir, porque lo que escriba va a traicionar la idea que tengo del tema. Si, por ejemplo, escribo en un cuento que estoy enamorada, todo el mundo tiene una experiencia de estar enamorado, pero con esa parte del pliegue o del desdoble yo miro la cualidad de mi enamoramiento, es decir, qué detalle concreto es propio de ese sentimiento. Todo el mundo se ha enamorado alguna vez, pero todos los amores son distintos, particulares. Y la literatura es lo particular, son los detalles.




Decía Horacio Quiroga: “No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego. Si eres capaz de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino”.




Desde la tragedia griega, todo cuento empieza con un “pero”. La tragedia es la matriz del cuento. En todo héroe hay una contradicción, un conflicto. Prometeo era amigo de los hombres y el ladrón del fuego que provoca la ira de Zeus, que al final lo perdona, no por justicia sino por orgullo. A Ajax, el gran guerrero, le ofrecen la ayuda de los Dioses pero él responde: “así cualquiera, yo lo haré solo”, con el resultado de que la omnipotencia se castiga con la locura. Cuando un personaje se vuelve llano, se aplasta el relato. Si no hay un “pero”, no hay cuento, no hay literatura.




Lo primero que tiene que saber el que va a escribir es cuál es su meta, con qué material se debe meter o puede meterse. Cada uno debe saber cuáles son sus limitaciones, decirse: no me puedo meter con este material, porque no lo puedo manejar. No todos los materiales son para mí. Yo debo saber que un tema me va a convocar y que se va a imponer sobre todos los demás. Es como elegir cualquier otra actividad de la vida. Como con un vestido: puede gustarme, pero yo sé que no me va a quedar bien. O como cuando voy a un restaurante, hay de todo pero tengo que elegir lo que a mí me gusta o lo que deseo comer o lo que puedo pagar del menú.




¿Por qué hacemos juicios rápidos? Porque nos da angustia mantenernos en la duda. Para escribir, el juicio rápido no sirve. Si yo digo de un personaje “es un aparato”, no digo nada, tengo que especificar qué clase de aparato es. Si digo “me molesta”, “no me gusta”, “no existe”, o “me molesta porque existe” o “es un fantasma”, lo niego, son expresiones rápidas que no definen al personaje. Para escribir debo mantenerme en una duda razonable, quedarme un poco antes del concepto, de la crítica, del juicio rápido.




Un alumno del taller escribió sobre su abuelo: “lo veo podando el cerco”. Esa es una visión idealizada y sentimental del abuelo y el apego no sirve para escribir. ¿Cómo, de qué manera podaba el cerco el abuelo? “Mi madre amasaba el pan cada día” es otra generalidad, hay millones de madres que han amasado el pan, pero ¿de qué forma?, ¿qué olores yo percibía cada día?, ¿de qué manera particular amasaba mi madre el pan? Siempre debo ir a lo particular para escribir.




Al escribir no hay que dar mucha información, hay que eludir, sugerir, no explicitar. Hay que ponerse en la escritura, no dar una muestra de lo que puedo o soy capaz de hacer y listo. Se trata de entrar más en el sujeto que piensa, siente, hace, sin temor a ser sentimental o ridículo. Si no queda bien, después se poda.




No debemos engolosinarnos con las palabras, ni con los adjetivos redundantes, ni con las frases importantes. Al escribir no hay que quedarse en un concepto, hay que quedarse a unos pasos del concepto, un poco antes, sin llegar a él. Hay que darse tiempo y no cerrar. Ahí, en ese lugar antes del concepto, está la literatura, lo que nos hace ver, lo que abre ventanas. Ahí y no en la frase conclusa, inteligente, pedante. Hay que desconfiar de las frases hechas, de los lugares comunes y de los conceptos terminados.


lunes, 24 de febrero de 2020

Cuatro poemas de Ana Blandiana



SEMILLAS DE PIEDRA

Si, tal como dice San Agustín,
el Mal no es más que ausencia del Bien
y la muerte ausencia de vida,
en esta tierra baldía
nosotros somos malos
y estamos muertos,
y ni siquiera nos damos cuenta
puesto que no sabemos qué es ser
bueno
o qué es estar
vivo,
así como las semillas de piedra de la arena
no saben lo que es germinar.



ORACIÓN

Dios de las libélulas, de las mariposas nocturnas,
de las alondras y de las lechuzas,
dios de las lombrices, de los escorpiones,
de las cucarachas de la cocina,
dios que a cada uno has enseñado algo distinto
y que sabes de antemano todo lo que le pasará a cada uno,
me gustaría saber qué has sentido
cuando has establecido las proporciones
de los venenos, colores y perfumes,
cuando en un pico pusiste el canto
y en el otro el cacareo,
en un alma el crimen y en otra el éxtasis,
daría cualquier cosa por saber
si tuviste remordimientos
porque a unos los hiciste víctimas y a otros verdugos,
igual de culpable ante todos
porque a todos los has puesto ante hechos consumados.
Dios de la culpa por haber decidido a solas
la proporción entre el bien y el mal,
la balanza mantenida en equilibrio con dificultad
sobre el cuerpo ensangrentado
de tu hijo que no se parece a ti.



De Mi patria A4 (Pre-Textos, 2014)
Traducción de Viorica Patea y Antonio Colinas



CADA VEZ MÁS EXTRAÑA

Cada vez más extraña
con menos amigos.
Todo lo que me era familiar
se ha fundido
en la gran luz;
allí me esperan cada vez más,
aquí estoy cada vez más sola,
siempre más sola,
como las aves
obligadas a marcharse
a países más cálidos.



UN CABALLO JOVEN

Nunca he llegado a entender en qué mundo vivo.
Cabalgaba sobre un caballo tan joven y feliz como yo
y al galope sentía su corazón batir
contra mis piernas
y el mío, latiendo incansable en el galope,
todo lo atravesaba, sin que yo advirtiera
que mi montura descansaba
sobre el esqueleto de un caballo
haciéndose pedazos en segundos
mientras yo seguía cabalgando
sobre un joven caballo de aire
en un siglo que ya no era el mío.



De El sol más allá y El reflujo de los sentidos (Pre-Textos, 2016)
Traducción de Viorica Patea y Natalia Carbajosa

jueves, 6 de febrero de 2020

Louise Glück - Parábola de la paloma


Una paloma vivía en una aldea.
Cuando abría la boca 
solo emitía dulzura, un sonido
como una luz plateada alrededor
de la rama del cerezo. Pero
la paloma no estaba satisfecha.

Veía a los aldeanos
congregarse a escuchar bajo
el árbol en flor.
No pensaba: estoy
más alta que ellos,
quería andar entre ellos,
experimentar la violencia del sentimiento humano,
en parte para mejorar su canción.

Así que se transformó en humana.
Halló pasión, halló violencia,
al principio mezcladas, luego
como emociones separadas
y estas no estaban
restringidas por la música. Así que
su canción se transformó,
las dulces notas de su deseo de humana
agriadas y achatadas.
Entonces
el mundo retrocedió; la mutante
cayó del amor
como de la rama del cerezo,
cayó manchada con la sangrienta
fruta del árbol.

Así que es verdad después de todo, no solo
una regla del arte:
cambia de forma y cambiarás tu naturaleza.
Y es esto lo que nos hace el tiempo.



De Praderas (Pre-Textos, 2017)
Traducción de Andrés Catalán

sábado, 1 de febrero de 2020

Dos poemas de Tess Gallagher




Ahora somos como aquel montón mate de arena
del jardín del Pabellón de Plata de Kyoto,
diseñado para revelarse solo a la luz de la luna.

¿Quieres que esté de duelo?
¿Quieres que guarde luto?

¿O, como la luz de la luna en la arena blanquísima,
que use tu oscuridad para brillar, para relucir?

Brillo.       Estoy de duelo.




AHORA CERCA DE MÍ

Por entre la niebla del valle
veo los caballos
moviéndose apenas, los flancos
y crines acariciados, la depresión
del lomo. El amor humano es una maravilla,
aunque solo sea para decir: ¡este cuerpo! ¡esta niebla!




De El puente que cruza la luna (Bartleby, 2006)
Traducción de Eduardo Moga

jueves, 9 de enero de 2020

Cuatro poemas de Adília Lopes



MICROBIOGRAFÍAS

Enrique de Navarra
en la mañana siguiente a la noche en que soñó
que era despedazado por fieras
mandó matar
a todos los leones de los fosos de su castillo
a tiros de arcabuz

*

Nathaniel Hawthorne
se lavaba siempre las manos
antes de abrir las cartas de Sophia Peabody
su novia

*

Un cuadro de Ensor
que había sido robado
estaba enterrado a 30 cm de profundidad
en la playa belga de Mariakerke

*

Constant Troyon
le pagaba a un pintor menor
nunca el mismo
para que pintara
los cielos de sus cuadros
porque él solo se creía capaz
de pintar caballos y vacas

*

Mi madre era una persona
tan austera
que las tías de mi padre
le decían a mi madre
¡ay Maria Adelaide
ese vestido tuyo!
ya tenía edad para ir al colegio



FIN DE TARDE EN LISBOA

Mi cuarto
es un acuario
y yo un pez
para el álamo
que me ve
del otro lado
del cristal
de la ventana

Las sombras
del álamo
y el sol
de junio
son manos
que me dicen
adiós

La luz
y el rumor
del viento
en los álamos
son mariposas
blancas

Es festivo
10 de junio
Y Corpus Christi

Voy a leer
Portugal, el Mediterráneo y el Atlántico
de Orlando Ribeiro
acabo de leer
no maten al bebé
de Kenzaburo Oé

Son las 18:18
estamos a 26°C
en mi cuarto

Ya comenzó
a refrescar

Por la mañana
en Santa Isabel
fue día
de primeras comuniones

Me tocó
solo una migaja
de hostia
había
mucha gente



AUTOBIOGRAFÍA SUMARIA DE ADÍLIA LOPES

A mis gatos
les gusta jugar
con mis cucarachas



50 AÑOS

Tal vez escriba
poemas
que ya he leído
que otros ya escribieron
que yo misma ya escribí
me olvido
de mi vida



De Escribir un poema es como atrapar un pez (Tragaluz Editores, 2018)
Traducción de Alejandro Giraldo Gil