La guerra comenzó en el frente occidental en agosto de 1914,
cuando los alemanes invadieron Bélgica con el propósito de avanzar en la
conquista de Francia. En Fraimbois las tropas detuvieron al cura del pueblo y prendieron
fuego a las colmenas a su cargo. Cuando el cura preguntó por qué había que
destruir las abejas, el oficial al mando contestó: «¿Qué esperaba? Es la guerra».
En el campo de batalla, las moscas revolotean por los
cadáveres, pero las abejas vuelan sobre ellas, pues las abejas son almas.
En los libros de emblemas del siglo XVI, conocidos por el
poema «Adiós a las armas» de George Peele, las guerras han terminado, el
soldado ha podido envejecer con fortuna y la imagen de la paz es que «ya su
casco hará de colmena a las abejas».
En Asam los muertos se transforman en abejas, salvo los
niños fallecidos en la infancia, que se convierten en moscas en el mundo de los
muertos. En Timor, los príncipes y los guerreros se vuelven abejas. En Borneo,
las abejas se transmutan en personas, se casan con personas y se transmutan de
nuevo en abejas.
En el Paraíso de Dante los ángeles revolotean como abejas.
Las abejas han de ser informadas de los hechos familiares
relevantes, sobre todo de las muertes. Era habitual que las colmenas se
cubrieran de negro o se giraran, que se dejara comida del velatorio o se
enterrara un retal de la ropa del difunto frente a ellas. Se decía que, si no
se avisaba a las abejas, morirían todas o abandonarían la colmena en busca de
su dueño. Los apicultores solían sentarse junto a la colmena a leer cartas de
la parentela ausente.
La especialista en abejas, Hilda M. Ransome, informa en
1927: «Hace poco, una mujer de Sussex dijo que la muerte de su bebé se debió a
que había olvidado hacer partícipes a las abejas de su nacimiento».
Emily Dickinson:
Aún no tengo la fuerza
de anunciárselo a la
abeja
Jonet Watson de Dalkeith era una bruja. En 1661 declaró que
satanás se le había aparecido como un apuesto joven vestido de verde y con
sombrero negro, y le había dejado una marca en el hombro. Al cabo de unos días,
mientras se quitaba la ropa, una abeja singularmente grande se posó en la
marca.
Los marineros escoceses sabían que si una abeja aparecía en
su barco era una bruja.
El incesante murmullo de las abejas judías es el nombre
secreto de Yahvé.
De Ensayos elementales (Anagrama, 2026) Traducción de Aurelio Major
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