jueves, 5 de abril de 2018

Kassia St Clair - Las vidas secretas del color (fragmentos)




Los colores deberían entenderse como creaciones culturales subjetivas: fijar de manera plausible una definición específica de todas las tonalidades conocidas es tan posible o imposible como establecer las coordenadas espaciales de un sueño.



El albayalde es un carbonato de plomo básico con una estructura molecular de cristales. Es espeso, opaco y pesado, y hay pruebas rotundas de que ya se fabricaba en Anatolia alrededor del año 2300 a.C., y se ha estado utilizando por todo el mundo desde entonces  utilizando, básicamente, el mismo método descrito por Plinio el Viejo hace 2000 años: se colocaban unas tiras de plomo en un compartimento que se metía en una vasija especial de arcilla dividida en dos. Se vertía vinagre en la otra mitad, y luego se rodeaba la vasija de estiércol animal en el interior de un cobertizo cerrado a cal y canto durante 30 días. Durante ese tiempo, se producía una reacción química relativamente sencilla: los gases del vinagre reaccionaban con el plomo y se generaba acetato de plomo; a medida que fermentaba el estiércol se liberaba CO2, que a su vez reaccionaba con el acetato, convirtiéndolo en carbonato. Al cabo de un mes se enviaba a algún pobre diablo al interior del cobertizo apestoso a recoger las piezas de plomo, para entonces cubiertas de una capa blanca de carbonato de plomo con un aspecto parecido al hojaldre, que se podía moler tal cual, prensar en pastillas y vender.



El albayalde, sin embargo, tenía un defecto letal: en el número de invierno de 1678 de Philosophical Transactions, la revista de la Royal Society, Sir Philiberto Vernatti describió la suerte que corrían los que participaban en la producción del albayalde:

Las afecciones a las que se exponen los trabajadores son el Dolor Inmediato de Estómago, terribles Retorcijones de Tripas y Estreñimiento que no se alivia con Purgas catárticas… También les ocasiona Altas Fiebres, Asma y Falta de Resuello en grado sumo… Luego les provoca Vértigo o Mareos con Intenso Dolor Constante en la Frente, Ceguera, Aturdimiento y Trastornos de Parálisis; pérdida de apetito, Mala gana y Vómitos Frecuentes, por lo general con abundante Flema, a veces mezclada con Bilis, hasta debilitar el Cuerpo al máximo.    



La plata crece y decrece en ciclos sucesivos de lustre y deslustre: un minuto está resplandeciente y refleja todo como un espejo, y al siguiente está eclipsada por una película negra de sulfuro de plata. Hay algo en esta imperfección que la hace más humana: parece tener un ciclo de vida y, al igual que nosotros morimos, su brillo también muere un poco.



En las personas, el amarillo es un color que se asocia a la enfermedad: no hay más que pensar en la piel cetrina, la ictericia o los cálculos biliares. Si se aplica a grupos o fenómenos de masas, las connotaciones son todavía peores. En conjunción con “periodismo” indica sensacionalismo imprudente. El flujo de inmigrantes que llegaron a Europa y América del Norte de Oriente, sobre todo de China a principios del siglo XX, se conocía como “el peligro amarillo”.



A mediados del siglo XX, los nazis encumbraron el ideal ario y ojos azules como el sumun de la humanidad. Una exposición escalofriante del Stadtmuseum de Münich contiene una carta de colores de pelo, que se empleaba en una de las pruebas realizadas para identificar a los que poseían características físicas de la raza aria, que era la que el Führer quería propagar por considerarla una raza superior.    



El azafrán es, al peso, la especia más cara del mundo. En 2013, una onza de azafrán costaba 364 dólares, mientras que la misma cantidad de vainilla valía 8 dólares y el cardamomo unos míseros 3,75 dólares. Esto se debe en parte a que las flores requieren condiciones tan especiales: según un relato del siglo XVI, la Crocus sativus prefiere “noches cálidas, dulces rocíos suaves, terreno fértil y amaneceres brumosos”. Además del breve florecimiento individual de cada flor, toda la cosecha se realiza en una quincena. Hay que recoger las flores y extraer los estigmas a mano; todos los intentos de mecanizar el proceso han fracasado debido a que las flores son demasiado delicadas. Hacen falta entre 70.000 y 100.000 flores para producir un kilo de la especia.



La Francia prerrevolucionaria estaba plagada de nomenclatura exótica para los colores: por ejemplo, a la combinación de verde manzana con rayas blancas se le llamaba “alegre pastora”, y otros tonos muy peculiares incluían el “quejas indiscretas”, “gran reputación”, “suspiro contenido” y “los vapores”.  



En 2012, se publicó un estudio en el Journal of Hospitality & Tourism Research en que se recomendaba a las camareras llevar rojo. ¿Por qué? El estudio revelaba que, si llevaban ese color, las propinas que les daban los clientes varones aumentaban un 26%.



En las Olimpiadas de Atenas  de 2004, los competidores en deportes de combate que iban de rojo ganaron en el 55% de las ocasiones. Y, según un estudio de los partidos de futbol que se han jugado desde la Segunda Guerra Mundial, los equipos ingleses que llevan este color tienen más probabilidades de ser campeones y, de media, terminan más arriba en la tabla de clasificación que los que llevan otro color. 



Hacen falta muchos insectos, unos 70.000 bichos secos por cada libra de pigmento rojo cochinilla en bruto, pero el resultado final es uno de los más potentes y brillantes que se hayan visto jamás.



Una lista confeccionada alrededor de 1520 registraba los tributos que los aztecas exigían a sus súbditos: al pueblo mixteca, 40 sacos de cochinilla al año; a los zapotecas, 20 bolsas cada 80 días.



Las cochinillas todavía se crían para producir el rojo cochinilla utilizado en cosméticos y en el sector de la alimentación. Puede encontrarse en cualquier producto, desde los chocolates M&M hasta las salchichas, desde los bizcochitos red velvet hasta la Coca-Cola de cereza (y para apaciguar a los remilgados, por lo general se oculta tras la inofensiva etiqueta E120).



El bermellón fue en su día tan preciado y tan costoso como el oro y reinó con toda majestad en tiempos de los artistas medievales que emplearon con gran reverencia el rojo, junto con el pan de oro y el azul ultramar, para las capitulares de los manuscritos y los paneles de tempera. Luego se le aplicaba una veladura que se hacía con una mezcla repugnante de yema de huevo y cerumen.



El púrpura de Tiro se obtenía con dos variedades de marisco autóctono del mediterráneo: el Thias haemastoma y y el Murex brandaris. Si abrías el caparazón rugoso de uno de estos gasterópodos carnívoros, te encontrabas con una glándula hipobranquial (o “florecimiento”) de color pálido posicionada transversalmente. Y si la exprimías obtenías una única gota de un líquido transparente que olía a ajo. Al cabo de unos instantes, la luz del sol volvía el líquido primero amarillo, luego verde-mar, después azul y por fin púrpura-rojo oscuro. El mejor color, tan oscuro que tenía destellos de negro, se conseguía mezclando los fluidos de los dos tipos de marisco.  



La popularidad del púrpura fue una noticia terrible para el Murex y el Thais. Como cada espécimen tan solo contenía una gota, hacían falta unos 250.000 para fabricar una onza de tinte. Las montañas de conchas desechadas son tan inmensas que se han convertido en accidentes geográficos que jalonan la costa mediterránea oriental.



En el siglo IV d.C., el emperador podía llevar púrpura de Tiro, pero cualquier otra persona a quien se sorprendiera luciéndolo se arriesgaba a enfrentarse a la pena de muerte.



El culto al luto alcanzó su punto álgido durante el siglo XIX, con unas normas sociales cada vez más elaboradas que dictaban lo que la gente —y en particular las mujeres— podían ponerse en los meses y años posteriores a la muerte de un familiar o un monarca. El heliotropo y otros tonos suaves de púrpura, eran obligatorios durante todo el luto. En el caso de las viudas, que eran las que más sufrían las consecuencias de la pérdida, sólo se llegaba al medio luto tras dos años de llevar vestidos de color negro mate muy sencillos; para familiares más lejanos, el luto era menos severo y se permitían colores discretos desde el principio. Un grave brote de gripe durante el verano de 1890 resultó en un auge del negro, gris y heliotropo al año siguiente.  



En 1881, Édouard Manet anunció a sus amigos que por fin había descubierto el verdadero color de la atmósfera. “Es violeta —dijo—. El aire fresco es violeta. Dentro de tres años, todo el mundo trabajará en violeta.”




Los egipcios eran especiales en el aprecio que sentían por el azul: la mayoría de las culturas occidentales ni siquiera poseía una palabra específica para la franja entre del espectro entre el verde y el violeta. En cambio, para los egipcios de la Antigüedad, era el color que representaba el cielo, el río Nilo, la creación y la divinidad.



De Las vidas secretas del color (Ediciones Urano, 2017)
Traducción de Helena Álvarez de la Miyar

domingo, 1 de abril de 2018

Georges Perec - Seis sueños




LA DENTISTA


Al fondo de un dédalo de galerías cubiertas, un poco como en un zoco, llego a la consulta de un dentista.

El dentista no está, pero está su hijo, un muchacho joven que me pide que vuelva más tarde, después recapacita y me dice que su madre vendrá de un momento a otro.

Me voy. Me tropiezo con una mujer muy bajita, guapa y risueña. Es la dentista. Me arrastra a la sala de espera. Le digo que no tengo tiempo. Me abre la boca todo lo grande que es y me dice, estallando en sollozos, que tengo todos los dientes podridos pero que no vale la pena curarme.

Mi gran boca abierta es inmensa. Tengo la sensación casi concreta de una podredumbre total.

Mi boca es tan grande y la dentista tan pequeña que tengo la impresión de que va a meter la cabeza entera en mi boca.

Más tarde, corro a las galerías comerciales. Compro un infiernillo de gas de tres fuegos que cuesta 26 000 francos y un frigorífico de 103 litros




LA ILUSIÓN

Sueño
Ella está junto a mí
Me digo que estoy soñando
Pero la presión de su mano contra mi mano me parece demasiado fuerte
Me despierto
Está sin lugar a dudas junto a mí
Loca felicidad
Enciendo
La luz brilla una centésima de segundo y después se apaga
(una bombilla que estalla)
La abrazo

 (me despierto: estoy solo)




LA VARILLA

«Una preciosa mañana» me encuentro de nuevo en un campo de concentración. Es la hora de levantarse: el problema es encontrar ropa (estoy vestido como en la ciudad, chaqueta de tweed, zapatos ingleses).

En el campo, todo se compra. Veo circular billetes grandes en fajos. Las vigilantas suministran pociones a los detenidos.

Me encuentran un chaleco. Nos ponemos en fila para bajar (estamos en un gran dormitorio comunitario en el primer piso de una especie de barracón en desuso).

Nos escondemos un momento en un pasillo.

Caminamos en fila de a cuatro. Un oficial nos alinea usando una varilla larga de bambú. En principio es bondadoso, pero poco después se pone a injuriarnos terriblemente.

En fila para ser llamados. El oficial grita todo el tiempo pero no nos golpea. En un momento dado, sujetamos (él y yo) un extremo del junco: me invade el pánico ante la idea de ser golpeado por él.
  
El universo del campo está intacto: no podemos hacer nada al respecto.

Más tarde, estallo en sollozos al pasar por delante de un pabellón donde cuidan a niños aquejados de un mal incurable. Allí se encuentra su única oportunidad de sobrevivir. Me pregunto si esta supervivencia no consistirá en transformarlos en pastillas, y me acuerdo en este sentido de una anécdota acerca de curas de adelgazamiento que fueron exitosas porque se les administraban pastillas que en realidad contenían una lombriz solitaria




ESPERMA Y TEATRO

(en un momento dado de la mañana me acuerdo de que he tenido un sueño, pero de ese sueño solo emergen dos palabras: esperma, teatro)




OCHO FRAGMENTOS, QUIZÁS DE UNA ÓPERA

Me parece que he ido a ver la película de Nicholas Ray Johnny Guitar.
  
Vivo en una casa que alquilo por 360 francos al año. La casa se derrumba. Los radiadores se caen.

Envío (sin duda al propietario) una carta de excusas en la que hago recaer la responsabilidad de la degradación de la casa en un soldado de segunda clase, ya que yo mismo soy capitán de reserva.

Una compañera de oficina, M., viene a visitarme. Le sigue G., otra compañera; puede ser que nos moleste: en cualquier caso, nuestra escena en trío provoca en mí una gran incomodidad.

Nos damos varias citas; somos muchos. Salida para el desfile: perspectiva de una gran fiesta. Problema con un traje.

La ópera (a la que asisto) no se parece a la que debía ser. La escena es terriblemente lejana.

La escena, esta vez muy cercana: un hombre alto y calvo, cuyo rostro muestra una gran ternura, le rompe el cráneo a mazazos al rey, a la reina y al Papa. En medio de los innumerables figurantes se encuentra B.

Llamo por teléfono a Z.




MIS ZAPATOS

¿He perdido mis zapatos? ¿Cómo he perdido mis zapatos?
  
Era en una gran verbena: podríamos dar toda una vuelta por el aire agarrándonos al extremo de una bala de cañón, de una bola o de unos globos —gag clásico del vendedor de globos cuyas mercancías se lo llevan volando.

El viaje se acababa sobre una plataforma muy alta. Para volver al nivel del suelo podíamos —era una de las atracciones más concurridas de la verbena— deslizarnos por un inmenso pasadizo de tela (como una manga enorme llena de pliegues, como un gigantesco intestino delgado): me aseguran que era muy impresionante, pero en absoluto peligroso.

Fue muy agradable, en efecto (caída libre siempre amortiguada), y totalmente inofensivo.

Al salir de este aparato, muy satisfecho, fui a sentarme en un banco. Ahí es cuando me di cuenta de que había perdido mis zapatos.

Llamo al empleado responsable de abajo y le pido ir a ver si mis zapatos se han quedado en el fondo del aparato. Me responde que es imposible. Insisto, añadiendo que son botines con cordones, casi nuevos (me los acaban de regalar), fácilmente reconocibles. Pero el empleado sigue afirmando que eso no sucede nunca, que no puede suceder. Debo insistir durante largo tiempo antes de que se decida a ir a ver.

Vuelve repetidas veces, sujetando en la mano zapatos que, manifiestamente, no son los míos. Al final encuentra uno, después el otro.

Noto, detalle en el que aún no había reparado, que en el extremo de mis suelas se encuentran dos pequeñas clavijas metálicas que permiten adaptar instantáneamente cuchillas de patines sobre hielo.




De La cámara oscura (Impedimenta, 2010)
Traducción de Mercedes Cebrián

martes, 27 de marzo de 2018

Bob Flanagan & David Trinidad - Yo



Esto es lo que se llama una autobiografía:
empieza con mi nacimiento en el medio oeste
americano, un país conocido por sus
muñecas de papel, sus tarjetas de béisbol y sus comics—
cosas que se pueden doblar y poner adentro
de la vianda y llevar a la escuela.
Mi escuela era una prisión, pero mi vianda
estaba decorada con dibujos de mis momentos
favoritos de la historia -la mía- personal
aunque también más grande que la vida.
Mi lonchera de los Locos Addams lo decía bien:
entre más raro mejor. Creía en esto,
de ahí mi pasión por los cuerpos tatuados.
Las películas de terror y las revistas de detectives
me estimulaban con promesas de violencia
y los concursos en la televisión me enseñaron
el valor del conocimiento y las grandes ganancias.
Tapado de electrodomésticos
como un recién casado, pero no tenía idea
de cómo hervir, batir, mezclar, licuar
todos los ingredientes insípidos
de mi vida mundana. Año tras año,
contemplaba mis adquisiciones
mientras se apilaban y me rodeaban
como la mierda de las palomas en la estatua que construí
para inmortalizar mi compasión
y recordarme que no soy un monstruo.
Casi siempre era sensible y
recibía los golpes de la vida sin devolverlos.
Aunque hace tiempo pinché un muñeco vudú
novecientas veces en el corazón, hasta que mi madre
me descubrió y me dijo, “Basta”. Desde entonces
nunca volví a perder la paciencia, o cualquier otra cosa.
Lo único que lamento es que
tampoco encontré nada, sólo esto:
“Todos los que insisten llegan a las cumbres”.


De Una muestra de miel (Zindo & Gafuri, 2016)
Traducción de Patricio Grinberg y Luis Alberto Arellano

miércoles, 21 de febrero de 2018

Anton Chéjov - Algunas notas




Nuestro universo se encuentra, probablemente, en el diente de algún monstruo.



Al abuelo le dan de comer pescado; si no se envenena, si sigue con vida, el resto de la familia come.



A las nuevas formas de la literatura la suceden siempre nuevas formas de vida; por eso resultan detestables a un espíritu conservador.



La gente adora hablar de sus enfermedades, aunque estas sean lo menos interesante de su vida.  



Un mendigo ciego cantaba una canción de amor.



Un científico sin talento ha trabajado durante 24 años sin hacer nada bien, formando decenas y decenas de científicos tan mediocres y negligentes como él mismo. Pero, casi en secreto, por la noche, encuaderna libros, esa es su verdadera vocación; al hacerlo, se siente artista y se llena de júbilo. Un encuadernador viene a visitarlo, amateur pero erudito. Este, secretamente, por las noches se dedica a la ciencia.



Mitia y Katia escuchaban decir que su padre hacía explotar rocas en la cantera. Y ellos quisieron, también, hacer explotar a su colérico abuelo. Tomaron una libra de pólvora del taller de su papá, llenaron una botella, le insertaron una mecha, y pusieron la bomba bajo el sillón del abuelo que, tras el almuerzo, dormitaba; pero los soldados y la banda militar pasaron justo entonces frente a la casa, y el milagro de la música les impidió ejecutar su proyecto.



Todo es mejor allí donde no estamos; el pasado sólo puede parecernos maravilloso cuando lo dejamos atrás.




N es la mujer del suplente del procurador, que luego se vuelve miembro del tribunal, y después miembro de la Corte, un hombre mediocre, sin interés. Ella ama perdidamente a su marido, y lo amará hasta la tumba. Le escribe cartas breves y conmovedoras cuando se entera de sus infidelidades. Y cuando ella muere tiene la expresión conmovedora del amor. Sin suda, no era a su marido a quien amaba, sino a otra persona, un ser sublime, magnífico, inexistente, y volcaba este amor en su marido. Después de su muerte, en la casa, creían escuchar sus pasos.



Hacía cuarenta años que Pavel era cocinero. Pero lo que cocinaba no le gustaba, no lo comía jamás.



"Cigarras de la mejor calidad" leía X, al pasar todos  los días por la calle y, cada vez se sorprendía: ¿cómo es posible que vendan cigarras, y quién puede tener necesidad de una cigarra? Sólo treinta años más tarde leyó con atención. "Cigarros de la mejor calidad."



En arte, el público aprecia todo lo que es banal y conocido desde hace mucho tiempo, todo aquello a lo que se ha acostumbrado.



Los perros de la casa idolatraban, no a sus amos que les daban de comer y los acariciaban, sino a la cocinera, una extraña que les daba palazos.



De Cuaderno de notas (La Compañía de los Libros, 2011)
Traducción de Leopoldo Brizuela

jueves, 15 de febrero de 2018

Dos poemas de Denise Levertov




LOS TIBURONES

Y bien, el último día aparecieron los tiburones.
Aparecen aletas negras, inocentes
como una advertencia. El mar se torna
siniestro, ¿están por todas partes?
Créelo, dejan en el agua una brecha de seis pies.
¿No es este el mismo mar, y ya no
jugaremos más con él?
Me gustaba diáfano, y no
demasiado calmo, con bastantes olas
para lanzarme a él. Por primera vez
había osado nadar en lo hondo.
Llegaron al atardecer, en el instante
en que un resplandor cobrizo aquieta el mar,
no lo suficientemente oscuro aún
para ser iluminado por la luna, aún
lo bastante claro para verlos fácilmente. Negro
el aguzado borde de las aletas.




LA TERCERA DIMENSIÓN

Quién me creería si
dijera: “Me agarraron y

hendieron desde
el cuero cabelludo hasta la pelvis, y

todavía estoy viva, y
me paseo contenta

del sol y todas
las dádivas del mundo”. La honestidad

no es tan simple:
la simple honestidad no es

sino una mentira.
¿No esconden los árboles

el viento entre
sus hojas y

hablan con susurros?
La tercera dimensión

se esconde.
Si los empedradores

parten piedras, las
piedras son piedras:

pero el amor
me partió en dos

y estoy
viva para

contar el cuento; pero no
honestamente:

las palabras
cambian las cosas. Deja que sea

—aquí, bajo el dulce sol—
una ficción, mientras yo

respiro y
cambio el paso. 




De El poeta y su trabajo II (Editorial Universidad Autónoma de Puebla, 1983)
Traducción de Alberto Girri

lunes, 12 de febrero de 2018

Jules Renard - Fragmentos



23 de noviembre de 1888

No serás nada. Por más que hagas: no serás nada. Comprendes a los mejores poetas, a los prosistas más profundos, pero aunque digan que comprender es igualar, serás tan comparable a ellos como un ínfimo enano puede compararse con gigantes.

Trabajas todos los días. Te tomas la vida en serio. Crees fervorosamente en tu arte. Eres moderado con la mujer. Pero no serás nada.

No tienes que preocuparte por el dinero, no has de ganarte el pan de cada día. Eres libre, y el tiempo te pertenece. Solo tienes que querer. Pero te falta poder.

No serás nada. Llora, grita, agárrate la cabeza con las dos manos, espera, desespera, reanuda la tarea, empuja la roca. No serás nada.

Tienes una cabeza extraña, esculpida a cuchilladas como las de los genios. La frente se te ilumina como a Sócrates. Según la frenología, recuerdas a Cromwell, a Napoleón y a tantos otros, y sin embargo no serás nada. ¿Por qué este derroche de buenas disposiciones, de dones favorables, si no has de ser nada?

¿En qué astro, en qué mundo, al amparo de qué Dios, en qué nueva vida contarás entre los seres, dónde te envidiarán, dónde los vivos te saludarán respetuosamente, dónde serás algo?



18 de marzo de 1890

Los elogios se invierten como se invierte el dinero, para que nos lo devuelvan con intereses.



2 de junio de 1890

He construido castillos en el aire tan hermosos que me conformo con las ruinas.



30 de mayo de 1894

Mi literatura no es sino la continua corrección de lo que me sucede en la vida.

Como alguien que febrilmente busca en un libro qué hacer para reanimar al ahogado que yace en la orilla.



29 de julio de 1895

Toda nuestra crítica consiste en reprochar a otros que no tengan las cualidades que nosotros creemos tener.



8 de diciembre de 1896

El paraíso no está en la tierra. Pero hay fragmentos. En la tierra hay un paraíso roto.



30 de diciembre de 1896

Un mono: un pariente pobre.



14 de mayo de 1898

Tengo gustos de acróbata solitario. Me gusta darme la espalda a mí mismo.



20 de julio de 1898

La esperanza es salir con un sol radiante y regresar bajo la lluvia.



1 de octubre de 1898

A ti y a mí, cerdo, solo nos apreciarán una vez muertos.

La moral está en los hechos, no en los sentimientos. Si cuido bien a mi padre, puedo entretenerme deseando su muerte.



11 de marzo de 1901

Trata de no aceptar nada de manos que no te gustaría estrechar si no te ofreciesen nada.



10 de noviembre de 1901

Amo, amo, ciertamente amo, y creo amar profundamente a mi mujer, pero de todo lo que dicen los grandes amantes —Don Juan, Rodrigo, Ruy Blas— no hay una sola palabra que pudiera decirle sin echarme a reír.



17 de noviembre de 1901

¡Qué rabia no ser Victor Hugo!



15 de abril de 1902

El pájaro enjaulado no sabe que no sabe volar.



2 de noviembre de 1903 

Me felicitan por no escribir demasiado. Pronto me felicitarán por no escribir nada.



11 de octubre de 1904

En los campos de patatas, todos los campesinos parecen cavar sus tumbas.



16 de diciembre de 1904.

Por fin sé lo que distingue al hombre de la bestia: los problemas de dinero.



11 de agosto de 1907

Imagino muy bien mi busto en la plaza del cementerio viejo con esta inscripción:


A JULES RENARD

sus compatriotas indiferentes.



De Diario 1887-1910 (Debolsillo, 2008)
Traducción de Josep Massot e Ignacio Vidal-Folch

miércoles, 3 de enero de 2018

Tres poemas de Richard Brautigan




MISTERIOSA HISTORIA A LO DASHIELL HAMMET

Cada vez que salgo de mi cuarto de hotel
acá en Tokio
hago las mismas cuatro cosas:
me aseguro de tener mi pasaporte
mi cuaderno
mi lapicera
y mi diccionario
inglés-japonés.

El resto de la vida es un completo misterio.

Tokio
26 de mayo de 1976




RECITAL POP JAPONÉS

Nunca nunca te olvides
de las flores
que fueron rechazadas,
ridiculizadas.

Una chica muy tímida le regala a la
nueva estrella del pop un hermoso
ramo
de flores

entre canciones. Qué coraje
el suyo caminar hacia
el escenario y darle
las flores.

Como si fueran basura, él las toma y
las deja en el piso. Quedan ahí.
Ella vuelve a su lugar y mira
las flores, tiradas.
No lo soporta.

Huye.
Se va
pero la música
sigue.

Yo prometo.
Prometan ustedes, también.
Tokio
31 de mayo de 1976




TAXISTA

Me gusta este taxista,
que corre a través de las oscuras calles
de Tokio
como si la vida nada significara.
Me siento igual.

Tokio
17 de junio de 1976
10 p.m.



De 30 de junio, 30 de junio (Zindo & Gafuri, 2016)
Traducción de María Eugenia Soler y María Gabriela Raya