lunes, 26 de junio de 2023

Cuatro poemas de Richard Brautigan




VICKI DUERME CON GENTE MUERTA

 

Vicki duerme en el bosque

con gente muerta, pero

a la mañana siempre se peina.

Sus padres no la entienden.

Y ella no los entiende.

Ellos lo intentan. Ella lo intenta. La gente

muerta lo intenta. Algún día

                lo lograrán.

 



CLAUDIA 1923-1970

 

Su madre sigue viva,

                tiene 65.

 

Su abuela sigue viva,

                tiene 86.

 

“¡Las personas de mi familia

viven muchos años!”

 

                                —Solía decir Claudia

                                   riendo.

 

Qué sorpresa

se llevó.

 



MORGAN


Morgan quedó segundo en la elección para presidente

del centro de estudiantes en 1931.

Nunca lo pudo superar.

Después de eso nunca más se interesó

en las personas. No se podía contar con ellas.

Trabaja como guardia nocturno

en la misma fábrica desde hace más de treinta años.

A media noche camina bajo el silencio de las máquinas.

Finge que son sus amigas y que lo quieren

mucho. Ellas habrían votado

por él.

 



EL PANQUEQUE DE AMELIA EARHART

 

No pude encontrar un poema

para este título. Lo busqué durante años

y ahora me doy

por vencido.

 

3 de noviembre de 1970.

 

                                       

                                                                                                                                                                                                                                                                    De Cargando mercurio con una horquilla (Zindo & Gafuri, 2023)

Traducción de Sebastián Díaz Barriga


jueves, 22 de junio de 2023

Cuatro poemas de Leónidas Lamborghini

 


INTROVERTIDO

 

Como el que

quiere sacarse

esa pena

que lleva adentro.

 

Como el que

no puede

hacerlo.

 

Como el que

no puede

sacarse esa pena

que es él mismo

que lleva adentro.

 



EL FANTASMA

 

Como el que

una vez

escuchó hablar

de fantasmas:

 

y ahora mira a su alrededor

con aprehensión

pero allí

no hay nadie más que él.

 

Como el que

escucha ahora

hablar

a un fantasma:

 

y mira a su alrededor

con aprehensión

pero allí

no hay nadie más que él.

 

Como el que

lo ha escuchado hablar

y mira a su alrededor

con aprehensión:

 

pero allí

no hay nadie

más que él.

 



EL ESCARABAJO

 

Como el que

en la playa desierta

ve un escarabajo.

 

Como el que

lo fatiga

con obstáculos.

 

Como el que

en la desierta playa

se inclina

sobre las huellas

del escarabajo

y ve en ellas

su propia fatiga.

 



EL MENSAJE

 

Como el que

arroja

una botella

al mar.

 

Como el que

la arroja

vacía.

 

Como el que

la arroja

vacía:

 

y ese

es su mensaje.

 

 


De Circus (ediciones seré breve, 2023)

martes, 16 de mayo de 2023

Ariana Harwicz - Algunos fragmentos sobre escritura, arte y moral


La gran diferencia entre un escritor y un trabajador de la escritura (o un escritor profesional) es que el escritor profesional controla su obra. Se pone al servicio de la demanda. Que la novela no sea muy breve, pero tampoco muy larga, que se adecúe a un género, que no tenga demasiados diálogos, que sea latinoamericana, pero no del todo. Ese escritor inspecciona su escritura subido a una torre de control y con el agente literario al teléfono. En cambio, el escritor no profesional no puede controlar su corazón, tiene que hacer el libro que tiene que hacer, hasta las últimas consecuencias. Tiene que escribir lo que tiene que escribir. Aunque no sea el libro que le conviene, aunque destruya su figura de autor, aunque no sea lo que se espera de él, aunque le adviertan que así no tendrá muchas traducciones ni premios. Y, sobre todo, aunque lo puedan cancelar. La misión de la literatura no es separar al verdugo de su víctima o juzgar quién debe ser condenado a muerte, sino transgredir. Un poco como los que trabajan con material explosivo: nunca saben cuándo finalmente va a fallar y a explotarles la granada despedazándoles una mano.



Esta época lee mal porque lee desde la identidad. Los pro-wagnerianos ven a Wagner como Dios. Los anti-wagnerianos lo ven como un nazi. El problema es que Wagner no es ni solamente Dios, ni solamente un nazi, sino las dos cosas a la vez. Si se elimina la ambigüedad en un artista, se lo destruye.


¿Por qué el escritor debería acoplarse a la mentalidad de su tiempo? Las mejores obras han sido transversales, oblicuas: se adelantaron al pensamiento de su época, o retrocedieron. Si se aplican los límites de la vida civil a la ficción, qué sentido tiene el arte. Es como una copia mala de la vida. El arte es una visión, y las visiones son siempre proféticas.


Qué depravación el discurso que vuelve a las mujeres inocentes por naturaleza, ovejitas sin maldad, seres sin fanatismo, ni odio, incapaces de actos macabros. Así no se las defiende ni respeta, no se hace justicia, no se consigue la igualdad y la emancipación. Pero, sobre todo, se las niega. Las mujeres que torturan niños son mujeres también. Ilse Koch era mujer, nacida de una mujer, y creaba objetos con la piel de los prisioneros en Buchenwald y Majdanek. Marie Curie era mujer y salvaba a los soldados de amputaciones con las radiografías en el campo de batalla.


Y bueno, ya que estamos, volvamos a Theodor Adorno: el arte no tiene que tener ninguna función. El arte no es el ministerio de justicia, ni el social, ni el de la mujer, ni el de la igualdad, ni el de la familia. De vuelta a Rimbaud: “El arte es la pérdida de la moralidad, la literatura no tiene que tener la finalidad de hacernos mejores personas”.



De El ruido de una época (Editorial Marciana, 2023)

lunes, 6 de marzo de 2023

Claudia Masin - Poesía y reparación

 


¿Cuándo, cómo surge aquello que nos enferma? La palabra, o mejor dicho, el habla es —al principio de la vida— desobediencia. Con el paso de los años, con la tarea de amansamiento y de adaptación que se realiza sistemática e implacablemente sobre cada uno de nosotros, esa potencia de revuelta del habla primaria se va perdiendo. Ciertos modos de vinculación con la palabra —la poesía entre ellos— le devuelven ese carácter primero: el de la insumisión.

 


¿Cuál es la enfermedad que a todos nos atraviesa, más allá de las historias personales? Aprender desde muy temprano a aceptar lo injusto, lo cruel, lo violento, aprender a establecer un sistema de jerarquías: dónde depositaremos el odio, quién o quiénes no serán nunca merecedores de amor o compasión. Eso es lo dado, lo que entendemos como natural, aunque de natural no tenga nada. Ese es el discurso del Amo, monstruoso, dañino, incluso letal a veces, el discurso que creemos propio y es dictado, el que hay que desactivar para que advenga otro que no esté montado en el odio y el miedo. Estoy convencida de que si la poesía no es desobediencia, si no es cuestionamiento de lo dado, no es nada. O mejor dicho, es otra herramienta de alienación, de sometimiento, mera repetición de un discurso que aniquila la vida, o digámoslo claramente: mero palabrería que sostiene un edificio ya suficientemente provisto de materiales que lo sostengan.

 


Las historias que contamos en los poemas no son idénticas —a veces son opuestas— a las historias que contamos acerca de nuestra vida como si fuera cierta y no la construcción que es, la farsa que es, la fachada que nos permite movernos por el mundo, la fachada del yo soy, yo pienso. La poesía, como dice Juan L. Ortiz, rompe la función comunicacional del lenguaje, y para hacer eso tiene —necesariamente— que anclar en zonas pantanosas: el sueño, el inconsciente, la infancia, lo que desconocemos de nosotros mismos, lo que deseamos sin saber que lo deseamos, lo que tememos sin saber que lo tememos. Tiene que anclar en el cuerpo.

 


Lejos de ser un acto intelectual, la escritura es esa violencia que se siente físicamente, no es algo que hacemos, es algo que ocurre, que le ocurre a nuestro cuerpo, como la enfermedad, como la cura, algo que se produce como un fenómeno climático, como una inundación o un alud, con esa misma potencia y sin que medie una voluntad capaz de decidir cuándo llega, cuánto permanece, cuándo se va, qué deja en pie, qué demuele.

 


Tendemos a identificar el momento en que escribimos un poema con el momento en que comienza la escritura. Pero ¿es el acto de escribir lo mismo que la escritura? Creo que la escritura es mucho más que la acción concreta de escribir. Un poema puede comenzar muchos años antes de su escritura. Porque un poema nunca es propio, nunca nos pertenece. Escribe Mary Oliver: ningún poema trata sobre uno —o alguno— de nosotros. El poema forma parte de un largo documento sobre la especie. Cada poema trata sobre mi vida, pero también sobre la tuya, y sobre cien mil vidas que están aún por venir. Que lo escribiera una persona no es ni de lejos tan importante o interesante como el hecho de que nos pertenezca a todos. Un poema —dije antes— es una conversación, y no sólo una conversación que entablamos con quien eventualmente lo leerá. Es también una conversación con nuestras lecturas, con los muertos, con los ancestros, con los seres amados, con los desconocidos, con todo lo que existe, animado e inanimado, con nosotros mismos pero no como entidad separada: nosotros mismos como indiscernibles de lo otro que nos constituye y nos moldea. Esa conversación se materializa en el acto de escribir, pero no podemos saber cuándo se ha iniciado, y definitivamente puede continuar mucho tiempo después de que haya sido escrito el poema que intenta traducirla, puede continuar hasta nuestra muerte y más allá.



De Curar y ser curados. Poesía y reparación (Las Furias, 2022)

jueves, 2 de marzo de 2023

Cinco poemas de Roberta Iannamico



CADA VEZ QUE SALGO

 

Una pared

que da justo

a la puerta de mi casa

dice te amo

cada vez que salgo

la leo

en diagonal

está

la esquina del chapista

con el chapista

siempre

en el medio del portón

las partes de arriba de la pared

tiene puntas

de botellas rotas

para que los gatos

no hagan nido entre los fierros

parece un palacio

 


 

PIEDRAS

 

Había unas piedras

grandes y bestias

en un camino

en la montaña

las piedras son tan duras

que no necesitan piel

aunque el agua les imprime

una piel suave

y el viento

cierta piel de gallina

a la sombra son frías

y son calientes al sol

hay una con forma de zapato

o de cabeza de perro

y otra con forma de sapo

que es una de las formas más comunes

entre las piedras

un árbol creció sobre una piedra

se adhirió a ella

tomó su exacta forma

la raíz no podía penetrar

como en la tierra

era un árbol que vivía de la lluvia

o del aire

o del amor a su piedra.

 

 


INVIERNO

 

Hoy cuido del fuego

actividad por la que puteo

pero que también

me tiene enamorada

lo alimento

aprendo a darle cada vez más

lo que lo hace arder.

 

 


LLUEVE

 

Hoy llueve finito

sin parar

es un día de invierno en medio del verano

una lluvia de invierno

con ese recogimiento

esa serenidad resignada

adentro de la casa

laten las vidas

de todos los que la habitamos

late la casa viva

calentita por dentro

mojada por fuera

como una semilla

que va a germinar

 

 


DANZA

 

Tenía cientos de árboles

en frente mío

de distintos colores

de distintos tamaños

de distintas formas

todos moviendo sus copas

por el viento

el viento demostraba su poder

y ellos respondían

cantando y bailando

devotos.




De Rosa. Poemas 1997-2021 (Gog & Magog, 2021)

martes, 8 de noviembre de 2022

Cuatro poemas de Ariel Delgado

 


YO TENGO MÁS DE LO MISMO

 

Si sentir es saber,

no quiero saber.

No me preguntes.

La lluvia cae en todas partes,

la ciudad a veces

se vuelve insoportable

y la primavera es siempre la misma.

Si decir la verdad

no arregla nada, mejor es callarse.

Tu ropa está en mi cama

y sé que todo es irreal,

no quiero decir nada con esto,

una vez fuimos todo junto.

El río está en el mismo lugar,

no ayuda.

En el arroyo crecen flores

que nadie ve,

son amarillas con bordes

naranjas en los pétalos,

son tapadas por juguetes

o cubiertas de bicicletas

que algunos tiran cuando ya no sirven,

yo voy y las piso,

no me gusta ver cosas lindas

crecer entre tanta basura,

sin darme cuenta

hoy me pongo a escribir estas cosas;

crecen flores amarillas

entre la basura que tiran

en el arroyo de mi barrio.

 



EL ORDEN EMOCIONAL

 

A mí me gusta trabajar

en una empresa mayorista,

estar nueve horas diarias ocupado,

encerrado en un galpón

sin ver el cielo,

desconocer el movimiento

dormido de las nubes.

Me hace muy feliz

acomodar 600 cuadernos

de 24 hojas en un anaquel

de dos metros por 80 centímetros,

establecer el orden de las cosas.

Acá yo soy el que acomoda todo:

tengo el poder de ponerle

un destino a los objetos,

en vez de estar minutos y días

frente al escritorio

mirando como un espiral se extingue

con su luz hacia el centro.

 



EL FRÍO QUE PROVOCO


Con el frío de mayo

escribir se hace insoportable.

Sin embargo, persisto

y hago de todo para que sea

más difícil;

prendo el ventilador,

ando en remerita,

pantalones cortos,

chancletas.

Así sí, con el frío que provoco

escribir se hace mucho más fácil

que con el frío de mayo.




DOMINGO

 

Empiezo de nuevo

el agua del calentador está tibia.

El sol desaparece

despacio en el horizonte.

Barro la casa

y escondo la mugre

en cualquier rincón.

Mi gato duerme

arriba de una silla

y empiezo de nuevo

a pensar en el día

que no voy a conocer.




De Poesía (Ediciones Neutrinos, 2022)


viernes, 21 de octubre de 2022

Cinco poemas de Santiago Venturini

 

¡Soltate!

me dijo mi papá el día

en que me enseñó a disparar.

Encorvado como cazador

levanté mi escopeta

entre los locos del Tiro Federal

y disparé al aire.

Algo cayó al suelo:

no sé si un pedazo de techo

o un halcón.

 

¡Soltate!

me dijo la Clari esa tarde

en que me enseñó a usar

los patines de mi hermana.

Dos días después

rodaba por las calles

de la colonia agrícola

dejando atrás a perros

y vecinos

con sus sillones plegables

en la vereda.

 

Tengo que soltarme otra vez

pero estoy duro Clari

sigo un poco duro

papá,

necesito más tiempo

o tal vez ya soy así:

un chico que sabe patinar

un chico que sabe disparar

pero que escribe siempre

lo mismo

y siempre igual.

 

 

 

 

En una casa de la cuadra

vivía una pareja gay.

Los padres del barrio

hablaban de ellos

desde el púlpito de la mesa.

Algunos no decían

demasiado,

pero decían.

 

Por eso inventamos un juego

para la siesta:

tirarle piedras a la ventana

de los putos.

Yo tiraba

y años más tarde

esas piedras me pegaron a mí.

 

Un tiempo después

uno de ellos “se murió de sida”

–así decían los vecinos–

y el otro se quedó solo.

Ya no lo molestábamos,

porque la viudez es siempre

respetable

o porque le teníamos miedo

a esa enfermedad.

Un día se escapó

de ese barrio de dementes.

Nos miró desde un auto

jugando en la calle

como los hijos salvajes

de los salvajes.

La casa sigue ahí

aunque la reformaron.

Ahora en el lugar

donde dormían los dos

hay un living con cortinas

de mal gusto.



 

 

Durante los años en que tuvo

su taller en la casa,

tu papá usaba una máscara

de soldador.

No mires

te decía

pero vos mirabas

las chispas.

Después te dabas vuelta

y veías los yuyos

y las plantas quemados,

la puerta y las ventanas

quemadas.

Era un efecto óptico.

Ahora te parece

una premonición.

 

 

 

 

En las casas

alrededor de la curtiembre

el olor de los ácidos entraba

en las piezas y las cocinas.

Los padres trepaban a los techos

para ver las chapas

comidas por la corrosión.

 

A la tarde

hacíamos la tarea drogados

sobre las carpeta de la primaria,

y seguimos drogados toda

la secundaria.

 

Los cueros de animales

que habían protegido

un sistema perfecto de órganos

estaban colgados en los galpones

como mapas de lugares raros.

 

Las flores crecían igual

los árboles se volvían altos

y nosotros hacíamos todo

lo que las personas comunes

hacen

aunque por dentro

estábamos mutando.

Mi vecino dice

que desde esa época

tiene las puntas de los dedos verdes.

Yo me volví un poco lento

para entender algunas cosas.

Todavía no sé

si es un mecanismo de defensa

o el efecto secundario

de esos químicos.

 

 

 

 

Cada vez que a papá

le dolía la cabeza

todos funcionábamos en mute.

El ruido de una cucharita

contra la taza

era igual para él

que el de una cortadora de césped.

Acostado en la pieza oscura

con un pañuelo en la frente

nos marcaba

los ritmos de vida.

Si papá resucita

todos festejan,

si papá enloquece

corremos como perdices

hacia otras casas.

 

Me hubiera gustado

ir hasta su cama

y acercar un ojo al agujero

de su oído

para espiar lo que había

dentro de esa cabeza:

su casa de la infancia

prendiéndose fuego,

el interior de una heladera,

su padre gritando

en un auto de los 50,

o él mismo tirado en el piso

de su cerebro.

No sé qué había

pero lo heredé

y ahora

cada vez que me gana

la cefalea

recuerdo lo que me enseñó

una vez:

cuando empiece el dolor

cerrá los ojos

y pensá en un color frío

como el azul.

Ese es mi fondo de pantalla

durante cada ataque.

Un color que fue el mismo

a lo largo de los siglos,

pero me pregunto

si los dos lo imaginamos

igual

o si hasta en eso

fuimos diferentes.

 



De En la colonia agrícola (Iván Rosado, 2016)